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El
tema del amor de Dios concentra hoy nuestro pensamiento. La
primera lectura nos muestra que el amor de Dios no
tiene acepción de personas y que la salvación tiene un
carácter universal, como bien lo demuestran los hechos sucedidos en
la casa del centurión Cornelio. Dios quiere que todos los
hombres se salven y a todos les es ofrecida el
perdón de sus pecados (1L). La segunda lectura, tomada de
la primera carta de san Juan, hace una afirmación sorprendente:
Dios es amor. Quien no ama no ha conocido a
Dios. Por lo tanto, conocer a Dios, escucharle, seguirle, es
sinónimo de vivir en el amor, de experimentarlo vivamente y
hacerlo propio (2L). El evangelio nos presenta un momento de
intimidad entre Cristo y sus apóstoles: ya no os llamo
siervos, sois mis amigos, permaneced en mi amor. El amor
de Cristo es expresión del amor del Padre. Así como
el Padre ha amado a Cristo, así Cristo nos ha
amado a nosotros.
Mensaje doctrinal
1. Dios no tiene acepción de
personas. La segunda lectura nos expone la parte final de
la conversión al cristianismo de Cornelio y su familia. Cornelio
era un centurión de la cohorte itálica que tenía su
sede en Cesarea. Era un hombre que temía a Dios
y hacía limosnas, pero no era judío. Cornelio tiene una
visión en la que se le pide que llame a
un tal Simón, llamado Pedro, que se encuentra en Joppe.
Así, envía mensajeros en busca de aquel hombre. Mientras los
mensajeros van de camino, Pedro tiene también una visión en
la que una voz le invita a comer alimentos que
eran retenidos como impuros por los judíos. La petición se
repite hasta tres veces con la subsiguiente negativa de Pedro.
La visión concluye con una afirmación taxativa: lo que Dios
ha purificado, no lo llames tú profano. Después de esto,
Pedro acude a Cesarea para encontrar a Cornelio y, después
de escuchar la narración de éste, concluye: verdaderamente comprendo que
Dios no hace acepción de personas sino que en cualquier
nación el que le teme y practica la justicia le
es grato. El espíritu desciende sobre los presentes, como si
se tratase de un segundo Pentecostés, el Pentecostés de los
gentiles, y la escena concluye con el bautismo de Cornelio
y toda su familia.
El pasaje es de máxima importancia
para comprender el carácter universal de la salvación. Dios nos
hace acepción de personas en relación con su amor salvífico.
Al enviarnos a su Hijo nos ha expresado un amor
que no conoce los límites de raza, de carácter o
dignidades civiles. Dios, el Buen Pastor de nuestras almas, desea
que todas las ovejas entren en su redil. Al encarnarse
el Hijo de Dios se ha unido de algún modo
a todo hombre y lo ha invitado a la salvación.
Éste es el descubrimiento que hace Pedro. Él no puede
llamar a nadie impuro porque todos son hijos de Dios,
todos son imagen de Dios, porque Dios ha creado a
cada hombre por amor, más aún lo ha creado por
una sobreabundancia de amor. La dignidad del hombre se revela
en su vocación a la vida divina. "La razón más
alta de la dignidad humana consiste en la vocación del
hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado
al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe
sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre
por amor; y no vive plenamente según la verdad si
no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su
Creador (Gaudium et spes 19,1).
En este texto de los
hechos de los apóstoles (no anterior al año 80), Pedro
asienta un principio fundamental: en Dios no hay acepción de
personas. Principio que, a la vez, él ha recibido por
iluminación divina en el caso de Cornelio. Ya san Pablo
en la carta a los romanos (años 54-59) había establecido
el mismo principio: "Tribulación y angustia sobre toda alma humana
que obre el mal: del judío primeramente y también del
griego; en cambio, gloria, honor y paz a todo el
que obre el bien; al judío primeramente y también al
griego; que no hay acepción de personas en Dios. Rm
2, 9-11. Así, los criterios de raza, temperamento y las
distinciones humanas, quedan atrás para dar lugar a una nueva
visión del hombre, del mundo, de la creación: "Todo aquello
que ha sido creado por Dios es puro". Es el
pecado el que introduce el desorden en la creación y
en el ser humano. Por eso, todos estamos necesitados de
salvación y de redención, todos hemos pecado, todos hemos contraído
el pecado original y hay un desorden interior, una tendencia
desordenada al placer.
2. Dios tiene siempre la iniciativa en
el camino de la salvación. Nos amó primero. En la
segunda lectura san Juan repite en dos ocasiones: Dios envió
a su Hijo. Dios envía a su Hijo único para
redimirnos del pecado que nos tenía sojuzgados. Nos encontrábamos en
desgracia, como el "hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó
y cayó en manos de salteadores" (cf. Lc 10, 30)
y Dios, en su infinita bondad se apiadó de nosotros.
El costo de esta piedad supera toda imaginación: el envío
de su Hijo. Dios envía a su Hijo para que
sea nuestra propiciación, para que nos rescate del pecado y
de la "segunda muerte", la eternidad desgraciada, la pérdida definitiva
de Dios. Por eso, debemos sostener firmemente que Dios nos
amó primero. El amor no consiste, pues, en que nosotros
hayamos amado a Dios, sino en que él ha querido
amarnos a nosotros cuando estábamos en desgracia.
Al inicio del
catecismo de la Iglesia Católica encontramos un texto admirable: "Dios,
infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio
de pura bondad ha creado libremente al hombre para que
tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo
tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le
llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a
amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres,
que el pecado dispersó, a la unidad de su familia,
la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como
Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos.
En él y por él, llama a los hombres a
ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y
por tanto los herederos de su vida bienaventurada" (Catecismo de
la Iglesia Católica 1).
"No somos, por tanto, nosotros los
que primero observamos los mandamientos y después Dios venga a
amarnos, sino por el contrario: si Él no nos amase,
nosotros no podríamos observar sus mandamientos. Ésta es la gracia
que ha sido revelada a los humildes y permanece escondida
a los soberbios" (San Agustín, De los Tratados sobre san
Juan 82, 2-3; 83).
Es la gracia del amor de Dios
que nos precede, prepara y acompaña nuestras obras. Sin Él
o al margen de Él y de su amor, no
podemos nada.
3. El amor de Dios se muestra en
su Hijo Jesucristo.El evangelio nos muestra un momento de intimidad
de Cristo con sus apóstoles: permaneced en mi amor. Es
decir, permaneced en el amor del Padre que se expresa
en el Hijo. Cristo es la revelación del amor del
Padre. Y Cristo nos muestra el camino para llegar a
la casa del Padre. Él es el camino, la verdad
y la vida. Así como el Padre lo envía a
Él, así Él nos envía a nosotros los cristianos al
mundo para cumplir una misión de salvación. Esta misión sólo
la podremos cumplir si observamos el mandamiento principal: el amarnos
unos a otros como Cristo nos ha amado.
Sugerencias pastorales
1.
Saber esperar en la providencia de Dios. El mundo que
nos circunda nos hace dudar de la providencia de Dios.
Por una parte, estamos acostumbrados a "asegurar" de algún modo
el futuro. No nos gusta dejar nada en manos de
otro, ni siquiera de Dios. Nos cuesta confiarnos a sus
designios amorosos y buscamos alguna confirmación de orden natural. Los
grandes avances de la ciencia y de la tecnología han
ampliado, casi sin límites, el deseo de dominar la materia
y tenerla bajo estricto control. Todo se debe programar y
nada puede quedar al arbitrio de alguna fuerza que no
sea la del hombre mismo. Esta sed de dominio y
poder sobre la materia no deja lugar en la sociedad
humana a la providencia divina. Por otra parte, la presencia
del mal es siempre un escándalo ante la providencia de
Dios. Si Dios es bueno, ¿cómo es que existe el
mal? Este domingo estamos invitados a ver la providencia de
Dios a la luz de la fe. Es decir, estamos
invitados a renovar nuestra fe en Cristo muerto y resucitado
que vence el pecado y vence el mal y nos
muestra el amor del Padre y nos incorpora a su
amor: como yo os he amado, así debéis amaros los
unos a los otros. De frente a la tentación de
querer dominar sobre mi propia vida o la vida de
los demás, Jesús nos pide un abandono filial en la
providencia de del Padre celestial que cuida de las más
pequeñas necesidades de sus hijos. Aquel que nos dio a
su Hijo, ¿qué no nos dará si se lo pedimos
correctamente? No se trata ciertamente de una actitud ingenua e
irresponsable de cara al futuro, no. Se trata de "buscar
primero el Reino de Dios" sabiendo que todo lo demás
no nos faltará. Se trata de saber que Dios es
amor y que, por lo tanto, cuanto viene de Dios
es amor, incluso el dolor o la enfermedad, incluso los
trabajos y fatigas. ¡Cuántas veces los caminos ásperos de Dios
nos han hecho mucho más bien que los valles tranquilos
de la propia rutina! Dios sabe de qué tenemos necesidad.
Cuando tengamos duda sobre qué hacer, cómo actuar, qué obra
emprender, hagamos esta pregunta: ¿qué es aquello que Dios me
pide más insistentemente? No temamos emprender las obras de Dios
que no nos faltará la providencia que nos sostenga y
acompañe.
Una oración de S¯ren Kierkegaard dice así: "Oh Dios
Tú nos has amado primero. He aquí que nosotros hablamos
de ello como un simple hecho histórico, como si una
sola vez nos hubieses amado primero. Sin embargo, Tú lo
haces siempre. Muchas veces, en cada ocasión, durante toda la
vida. Tú nos amas primero. Cuando nos despertamos en la
mañana y volvemos a Ti nuestro pensamiento, Tú estás primero.
Tú nos has amado primero. Y si mi levanto al
alaba y en ese mismo instante elevo hacia ti mi
alma en adoración, Tú ya me has precedido y me
has amado primero. Cuando recojo mi espíritu de una disipación
y pienso en Ti, Tú has sido el primero. ¡Y
así siempre! Y nosotros, ingratos, hablamos siempre como si sólo
una vez Tú nos hubieses amado primero".
2. Saber amar
a nuestros hermanos en la realidad concreta de la vida.
Para amar a nuestros hermanos debemos practicar la pureza de
corazón. Y esto no es cosa de poca monta. La
pureza de corazón significa estar desprendido del amor desordenado de
sí mismo. La falta de pureza de corazón es la
que me lleva a pensar en mí, olvidándome de las
necesidades de mis hermanos; la impureza de corazón hace surgir
los celos, las envidias, los rencores, los afectos desordenados. ¡Cuánto
mal se esconde detrás de esta impureza de corazón! Por
el contrario, el que es puro de corazón ama con
un corazón desprendido. Sabe negarse a sí mismo. No tiene
acepción de personas. A todos trata con respeto y dignidad.
Es universal en su amor y en su entrega a
los demás. ¡Qué necesidad tan grande tienen los hombres y
mujeres de nuestro tiempo de esta virtud! La necesitan los
padres de familia para mantener su fidelidad mutua y para
educar a los hijos con tino olvidándose de sí mismos.
Una madre, un padre, de puro corazón es una persona
que irradia confianza, seguridad, es luz en su familia, mantiene
encendido el fuego del entusiasmo. Ayuda a crecer a cada
uno de sus hijos sin compensaciones personales. Se sabe "servidor
de Dios y de su familia, de sus hijos". La
pureza de corazón no conoce los afectos desordenados, desconoce la
envidia y el egoísmo a ultranza. Los puros de corazón,
según la bienaventuranza, "verán a Dios" ¡Qué premio! Ver a
Dios ya en esta vida manteniendo el corazón desprendido.
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