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Autor: P. Antonio Izquierdo B - Domingo 24o. del Tiempo Ordinario
Primera: Is 50, 5-9a; Segunda: Sant 2, 14-18; Evangelio: Mc 8, 27-35
B - Domingo 24o. del Tiempo Ordinario
Sagrada Escritura:
Primera: Is 50, 5-9a; Segunda: Sant 2,
14-18 Evangelio: Mc 8, 27-35
Nexo entre las lecturas
¿En qué consiste
la esencia del hombre? La liturgia de hoy nos da
una respuesta. En la primera lectura, tres son los rasgos
del hombre según el designio de Dios: el hombre es
un ser "que escucha", que sufre, que experimenta la presencia
y asistencia de Dios. El evangelio presenta a Jesús como
la perfecta realización del hombre: el Ungido de Dios, el
varón de dolores, el siervo obediente hasta la muerte, el
que pierde su vida para salvar las de los hombres.
Finalmente, Santiago en la segunda lectura enseña que el hombre
es aquel en quien fe y obras se unen en
alianza indisoluble para lograr la perfecta realización humana.
Mensaje doctrinal
1.
El hombre según Dios. Pienso que la definición del hombre
no ha de buscarse ni sólo ni principalmente en el
hombre (aunque no ha de excluirse esta búsqueda), dado que
no es autocreativo ni se llama a sí mismo a
la existencia. La definición más auténtica del hombre la puede
dar quien le ha creado y le ha llamado del
no ser al ser, de la nada a la existencia.
En el tercer canto del Siervo se delinea en cierta
manera una síntesis de antropología teológica. El primer rasgo, no
reportado por la lectura litúrgica, define al ser humano como
quien recibe de Dios el don de hablar palabras de
vida para los demás, sobre todo para el cansado y
agobiado. Luego, aparecen en este canto, otros tres rasgos que
se hallan en el texto litúrgico:
1) El hombre es
el ser a quien Dios le ha capacitado para "escuchar",
igual que los discípulos. Es un discípulo de Dios, que
implica no sólo la escucha teórica, sino a la vez
la escucha que conduce a la praxis, a la realización
de lo escuchado, de la voz originaria que le precede
y que norma su vida. En otros términos, el hombre
es un discípulo obediente de Dios.
2) El hombre no
es un ser para la muerte, como diría Heidegger, pero
sí un ser para el sufrimiento. El sufrimiento es el
yunque en que se forja el hombre; es el molde
en que se configura su personalidad; es la frontera, el
caso-límite que revela su temporalidad; es la cifra real y
misteriosa de la condición humana.
3) El hombre es el
ser asistido por Dios, en quien Dios muestra su presencia
constante y eficaz. Esa presencia divina resulta ser la roca
en que se fundan todas las grandes certezas del hombre;
el faro luminoso que orienta al hombre en la oscuridad;
el estandarte que le enardece en la batalla por ser
y hacerse hombre cada día. A modo de conclusión, se
puede decir que quien excluye la solidaridad, la escucha, el
dolor, la presencia divina de la concepción del hombre, no
sabe realmente qué es el hombre.
2. Cristo, el verdadero
hombre. Jesús es en primer lugar el Mesías, el Ungido
de Dios, que somete toda su persona a la misión
que Dios le confía, llegando incluso hasta la obediencia de
la cruz. Por eso, en Jesús se unen el Ungido
y el Siervo del sufrimiento, no como dos títulos contrapuestos
de su condición humana, sino como dos nombres de una
misma persona que lo definen y lo caracterizan. Incluso cuando
a Jesús se le compara con otras figuras de la
Biblia (Moisés, Elías, Juan Bautista, Salomón, Jonás...), él es distinto.
Como él mismo dirá: "He aquí uno mayor que Jonás...
he aquí uno mayor que Salomón". Por otra parte, en
su condición sufriente Jesús no se autolesiona ni reniega de
su suerte, sino que mantiene una absoluta confianza en Dios,
que le asistirá en medio del dolor y que le
resucitará de entre los muertos. Por todo ello, Jesús llama
a Pedro satanás cuando éste intenta apartarle sea de su
misión redentora sea de su perfecta condición humana según Dios.
En Jesús, finalmente, se hace realidad también otro rasgo señalado
por Santiago en la segunda lectura: la coherencia entre la
fe y las obras; no las obras de la ley,
sino las obras de la fe. Podemos decir que la
autoconciencia de Jesús coincide con su autorrealización.
Sugerencias pastorales
1. Hombre
y cristiano. No pocas veces en la historia del pensar
-y también probablemente del vivir- estas dos realidades han marchado
por caminos distintos. Casi parecía a algunos que no se
puede ser plenamente hombre siendo perfectamente cristiano o que no
se puede ser plenamente cristiano, siendo perfectamente hombre. En definitiva,
es, en términos antropológicos, el dilema planteado desde hace siglos
entre fe y razón, entre ciencia y fe. En un
nuevo clima cultural y espiritual, Juan Pablo II, en continuidad
con la doctrina católica, ha afirmado rotundamente: "La fe y
la razón son como las dos alas con las cuales
el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la
verdad". Traduciendo la frase en términos antropológicos, se puede afirmar:
"El hombre y el cristiano son como las dos alas
con las que el espíritu humano se eleva hacia la
realización de su plena humanidad". Tal vez pueda ser fructuoso
preguntarnos por qué, en el pasado y probablemente también hoy,
se ha separado al hombre del cristiano o al cristiano
del hombre. ¿Qué aspectos, que rasgos del vivir cristiano han
podido oscurecer e incluso alienar de una concepción del hombre
auténtica? ¿Qué modelos de cristiano se han presentado o se
presentan en nuestros días que puedan parecer a otros, cristianos
o no, menos humanos o hasta deshumanizantes? El concilio declaró
bellamente que Cristo revela el hombre al hombre, pero cabe
preguntar: ¿Seguimos en esto todos los cristianos las huellas de
Cristo? No cabe duda que en esto queda un largo
camino. Recorrerlo es tarea de cada uno y de todos
los cristianos.
2. La paradoja cristiana. "Quien quiera salvar su
vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí
y por el Evangelio la salvará", nos dice Jesús. Es
la gran paradoja cristiana, es decir, humana. En términos paradójicos,
Jesucristo plantea la gran batalla de la existencia humana. Es
la batalla entre el egoísmo y la entrega, entre la
seducción del yo y la atracción de Dios, entre el
culto a la personalidad y el culto a la verdadera
humildad. Normalmente, pero de modo equivocado, se piensa que siendo
egoísta se va uno a realizar, a salvar su identidad,
a lograr una personalidad de gran talla. El resultado después
de un cierto tiempo es la conciencia de estar buscando
lo imposible, la frustración por tantas energías gastadas inútilmente, y
ojalá también, al darse cuenta de haber errado el camino,
aceptar el propio error y enderezar los pasos por el
camino justo. Ese camino justo es el de vaciarse de
sí para llenarse de Dios, el de darse a los
demás desinteresadamente sin buscar compensaciones de ningún género, es el
de la humildad profunda de quien sabe y acepta que
todo lo que es y tiene proviene de Dios y
lo debe poner al servicio de los demás. Éste es
el camino de la salvación. Éste es el camino de
la auténtica realización del hombre. Éste es el camino de
la paradoja cristiana. Hermano, caminemos juntos y alegres por él.
Es el camino que Cristo nos ha enseñado a sus
discípulos.
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