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Autor: P. Antonio Izquierdo B - Domingo 26o. del Tiempo Ordinario
Primera: Num 11, 25-29; Segunda: Sant 5, 1-6; Evangelio: Mc 9, 38-43.47-48
B - Domingo 26o. del Tiempo Ordinario
Sagrada Escritura:
Primera: Num 11, 25-29 Segunda: Sant 5,
1-6 Evangelio: Mc 9, 38-43.47-48
Nexo entre las lecturas
Los textos de
hoy hacen todos referencia a la vida comunitaria, sea en
el pueblo en marcha hacia la tierra prometida, sea en
la comunidad eclesial. La primera lectura habla de la donación
del Espíritu de Dios a los setenta jefes del pueblo
en camino por el desierto. En el Evangelio se reflejan
ciertos aspectos de la vida de los discípulos y de
los primeros cristianos en sus relaciones internas y en las
relaciones con los que no pertenecen a la comunidad cristiana.
Santiago se dirige al final de su carta a los
miembros ricos de la comunidad para recriminar su conducta y
hacerles reflexionar sobre ella a la luz del juicio final.
Mensaje doctrinal
1. Una comunidad imperfecta. Lo primero que salta a
los ojos, leyendo los textos de hoy, es que la
comunidad cristiana primitiva y ya antes la comunidad judía del
desierto están marcadas por la limitación e imperfección. Resulta evidente
la intolerancia exclusivista respecto a quienes no pertenecen al propio
grupo sea por parte de Josué : "Mi señor Moisés,
prohíbeselo" (primera lectura) sea por parte de Juan: "Maestro, hemos
visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y
no viene con nosotros y tratamos de impedírselo" (Evangelio). Otro
punto es el escándalo que algunos miembros "fuertes" y "grandes"
de la comunidad dan a los "pequeños", poniendo en peligro
su fe sencilla y su misma pertenencia a Cristo (Evangelio).
Entre quienes causan un escándalo imponente están los ricos, que
ponen la seguridad en sus riquezas. Y que además se
aprovechan abusivamente de los pobres, no pagando diariamente el salario
a los obreros, entregándose al lujo y a los placeres,
pisoteando en perjuicio del pobre la ley y la justicia
(segunda lectura). Aprendamos una cosa: ninguna comunidad cristiana concreta está
exenta de imperfecciones, debilidades y miserias. El Papa ante esta
realidad nos invita, de cara al pasado a purificar la
memoria, y de cara al presente al arrepentimiento y a
la renovación. Una comunidad imperfecta nos hace vivir más conscientes
de que el Espíritu de Dios, no el hombre, es
el alma que la vivifica y santifica con su presencia
y sus dones.
2. Una comunidad, reflejo de Cristo. Ante
todo, se ha de recalcar la gran tolerancia, o mejor
dicho, la enorme apertura de espíritu de Jesucristo frente a
quienes no pertenecen al grupo, a la comunidad creyente. "No
se lo impidáis", dice Jesús a Juan y a los
discípulos. Este comportamiento de Jesús halla su prefiguración en el
de Moisés, al saber que su espíritu ha sido comunicado
a Eldad y Medad que no pertenecían al grupo de
los setenta: "¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Ojalá
que todo el pueblo de Yahvéh profetizara porque Yahvéh les
daba su espíritu!". Jesús motiva su postura con dos reflexiones:
1) Quien invoca mi nombre para hacer un milagro, no
puede luego inmediatamente hablar mal de mí. La persona de
Jesús ejerce un influjo universal, no puede quedar encerrada dentro
de los límites institucionales.
2) Quien no está contra nosotros,
está con nosotros. Y esto es verdad, incluso cuando no
se pertenece a la misma comunidad de fe. Por otra
parte, dentro de la comunidad las relaciones entre los diversos
miembros han de regirse por el mandamiento de la caridad.
Esa caridad que podríamos llamar "pequeña", moneda corriente para la
convivencia diaria. Simplemente, por ejemplo, dar un vaso de agua
con la única intención de vivir la caridad cristiana. Otra
forma de vivir la caridad es evitando el escándalo. Por
amor hacia el hermano uno debe estar dispuesto a acabar
con cualquier cosa que lo pueda dañar. En las relaciones
intraeclesiales debe reinar también la justicia entre los dueños de
las tierras y los asalariados. Los ricos, por su parte,
han de ser muy conscientes de que sus riquezas no
son tanto para gozarlas y despilfarrarlas cuanto para ponerlas al
servicio de los necesitados.
Sugerencias Pastorales
1. La libertad del espíritu.
En el catecismo de la Iglesia se nos enseña que
"todo lo bueno y verdadero de las diversas religiones lo
aprecia la Iglesia como un don de aquel que ilumina
a todos los hombres, para que al fin tengan vida"
(C.E.C. 843). El Espíritu es como el alma de la
Iglesia, pero sin carácter exclusivo ni excluyente. El Espíritu goza
de autonomía para actuar más allá del cuerpo eclesial. Los
hijos de la Iglesia hemos de tratar de conocer y
de sentirnos llenos de gozo por las manifestaciones y la
impronta del Espíritu en otras religiones. Todo lo que nazca
de la acción del Espíritu, donde quiera que sea, será
bueno, santo y verdadero. Es verdad que junto a la
acción del Espíritu y mezcladas con ella están las acciones
humanas, con toda su imperfección e incluso pecado. Por eso,
es necesario el discernimiento, esa capacidad de saber distinguir y
separar la obra del Espíritu de la acción de los
hombres. Distinguir y separar, pero no eliminar. "No apaguéis el
Espíritu", nos exhorta san Pablo. En la coyuntura actual de
la sociedad y de la Iglesia -y seguramente esta situación
se acentuará en el futuro- es importante que los cristianos
sepamos acoger la libertad del Espíritu. Es importante, además, que
seamos educados, ya desde pequeños, a la tolerancia y libertad
de espíritu, pero sobre todo a la prudencia y al
discernimiento cristianos. ¿Has tenido alguna oportunidad, en la escuela, en
el trabajo, en las relaciones de amistad, de ejercitarte en
la tolerancia, el respeto, la prudencia y el discernimiento?
2.
Autoridad y riqueza en la Iglesia. En la Iglesia sólo
algunos han sido llamados por Dios para ejercer la autoridad
institucional, pero todos tenemos el derecho y el deber de
ejercer la autoridad de la santidad. Puesto que el cristiano
concibe la autoridad como servicio, la jerarquía practica su servicio
mirando por la buena marcha de la comunidad eclesial en
la doctrina, en la vida moral, en las acciones litúrgicas.
Por su parte, las almas santas ejercen su autoridad sobre
la comunidad eclesial entregando con generosidad sus vidas a Dios
y a los hombres, atrayendo hacia Dios y hacia el
Espíritu a muchos con su comportamiento y testimonio de vida.
Son dos modos diversos de ejercer la autoridad, ambos al
servicio de toda la Iglesia. Ni qué decir cabe que
muchos miembros de la jerarquía, además de la autoridad jurídica
de que gozan, sobresalen también por su autoridad moral, por
su santidad. En la Iglesia hay ricos de bienes, y
muchos de ellos son a la vez ricos de amor
verdadero. En la Iglesia se dan también los pobres en
bienes, pero que poseen una riqueza extraordinaria de fe, de
amor y de esperanza. Hay también, desgraciadamente, los otros, los
ricos de bienes y pobres de amor, los pobres de
bienes y ricos en ansias de lucro y de riquezas.
No nos engañemos. Los verdaderos ricos en la Iglesia son
los santos. Si además de ser ricos en santidad, son
ricos en dólares, mucho mejor. Con tal de que los
pongan al servicio de todos.
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