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Tú eres el Mesías, el Hijo de
Dios vivo. La confesión de Pedro en el evangelio concentra
nuestra atención en este domingo. Pedro menciona dos verdades fundamentales:
la mesianidad y la divinidad de Jesucristo. Es decir, Él
es el Mesías, el que había de venir para salvar
al pueblo, el ungido del Señor; y Él es el
Hijo de Dios. Jesús se dirige a sus
apóstoles y les pregunta: ¿Quién dice la gente que es
el Hijo del hombre? Los apóstoles responden, sin demasiado
compromiso, lo que la gente pensaba de Jesús: unos decían
que era Juan el Bautista, otros que Jeremías o alguno
de los profetas. En efecto, Jesús ya había realizado varios
milagros y había ofrecido diversas predicaciones, su fama empezaba a
extenderse. Sin embargo, Jesús desea saber cuál es el pensamiento
de sus hombres: Y vosotros ¿quién decís que soy yo?
La pregunta toca la esencia misma de la relación entre
Jesús y sus discípulos. De esta respuesta depende el significado
de sus vidas. De esta respuesta depende el sentido del
sacrifico que habían hecho al dejar sus bienes y ponerse
en seguimiento del maestro. No era, por tanto, una
respuesta que se ofrece a la ligera y de modo
superficial. Había que meditar antes de hablar. Por ello, debemos
agradecer a Pedro su respuesta. Ella orienta todas las respuestas
que nosotros ofrecemos a la identidad de Jesús. Debemos
agradecer, sobre todo, al Padre del cielo que revela a
Pedro la identidad de su Hijo: Tú eres el Mesías
el Hijo de Dios vivo. Jesús es el Mesías, es
decir, aquel que Dios ha ungido con el Espíritu Santo
para realizar la misión de la salvación de los hombres
y su reconciliación con Dios. Jesús es quien viene a
instaurar el Reino de Dios. El esperado por las naciones.
Jesucristo es el Hijo de Dios vivo: en este caso,
la palabra: Hijo de Dios, no tiene sólo un sentido
impropio en el que se subraya una filiación adoptiva, sino
un sentido propio. Es decir, aquí Pedro reconoce el carácter
trascendente de la filiación divina, por eso, Jesús afirma solemnemente:
esto no te lo ha revelado la carne, ni la
sangre sino mi padre que está en el cielo. (EV).
No se equivoca Pablo al exponer, después de una larga
meditación sobre el misterio de la salvación, que los planes
divinos son inefables: qué abismo de generosidad, de sabiduría y
de conocimiento de Dios (2L). Efectivamente cuando uno contempla
el plan de salvación y comprende, en cuanto esto es
posible, que Dios se ha encarnado por amor al hombre,
no queda sino prorrumpir en un canto de alabanza y
en una disponibilidad total al plan divino. Así, después de
su confesión, Pedro recibe el primado: será la piedra de
la Iglesia, poseerá las llaves de los cielos.
MENSAJE DOCTRINAL
1.
Jesús es el Mesías. La palabra Mesías significa “ungido”. En
Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que
le eran consagrados para una misión que habían recibido de
él. Este era el caso de los reyes (cf. 1
S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12_13; 1 R
1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv
8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R
19, 16). Éste debía ser por excelencia el caso del
Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf.
Sal 2, 2; Hch 4, 26_27). El Mesías debía ser
ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2)
a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4,
14; 6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61,
1; Lc 4, 16_21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de
Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.
( Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 436)
Los ángeles anunciaron
a los pastores Os ha nacido en la ciudad de
Belén un salvador, que es Cristo (el Mesías, el ungido)
Señor (Lc 2,11). Jesús es quien el Padre ha santificado
y lo ha enviado al mundo. Esta consagración mesiánica manifiesta
su misión divina: Jesús ha venido para glorificar del
Padre y salvar a los hombres, siguiendo el plan
divino. Muchos de sus contemporáneos descubrieron en Jesús al Mesías
que había de venir: Simeón, Ana, las gentes que lo
aclamaban Hijo de David. Sin embargo, el estilo de Mesías
que Jesús encarna choca fuertemente con las esperanzas de los
sumos sacerdotes, quienes esperaban un mesianismo de poder político. Ver
a un Mesías humilde que habla de pobreza, de sufrimiento,
de bienaventuranzas, resultaba para ellos algo incomprensible. Los mismos apóstoles
en el momento de la Asunción expresan su esperanza de
que Jesús manifieste todo su poder: «Señor, ¿es en
este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?»
Hch 1,6. La comprensión del mesianismo de Jesús llego
a los apóstoles sólo lentamente y de manera progresiva. Ellos
tenían que entrar dentro de sí mismos y meditar toda
la ejecutoria de Cristo, tenían que llegar a comprender “que
era necesario que el Mesías padeciera y así entrara en
su gloria”. Jesús pone un empeño particular en purificar
la concepción mesiánica de sus apóstoles. Su misión de Mesías
repetirá los pasos del siervo doliente, será necesario que el
Mesías sea rechazado por los ancianos, se le condene a
muerte y resucite al tercer día. Jesús que, durante su
vida había sido reservado al recibir el título de Mesías,
cambia de actitud ante la pregunta del Sumo pontífice: «Yo
te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios». Dícele
Jesús: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro
que a partir de ahora veréis al hijo del hombre
sentado a la diestra del Poder y venir sobre
las nubes del cielo». Mt 26,64.
¿No es verdad que nosotros,
como los apóstoles, tenemos que purificar nuestra concepción sobre Cristo,
sobre su misión, sobre su seguimiento? ¿No es verdad que,
también nosotros, debemos entrar en el misterio de Cristo y
ver queÉl es la cabeza y que nosotros somos sus
miembros y que lo que ha tenido lugar en la
cabeza, lo reproducirán también los miembros? En el fondo, se
trata de descubrir el sentido de la misión de la
propia vida, el sentido de la donación por amor en
el sacrificio, el sentido del amor a la verdad para
dar Gloria a Dios y a los hombres. Da gloria
a Dios, éste podría ser el lema de la vida
del cristiano. Estás injertado en la vida de Cristo, el
ungido, perteneces a un sacerdocio real, eres pueblo de su
propiedad, da gloria a Dios con tu vida, con tus
sufrimientos, con tus alegrías, con tu muerte.
2. Jesús es el
Hijo de Dios. Hijo de Dios, en el Antiguo
Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt
32, 8; Jb1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4,
22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb
18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14,
1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2
S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación
adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones
de una intimidad particular. Cuando el Rey_Mesías prometido es llamado
"hijo de Dios" (cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2,
7), no implica necesariamente, según el sentido literal de esos
textos, que sea más que humano. Los que designaron así
a Jesús en cuanto Mesías de Israel (cf. Mt 27,
54), quizá no quisieron decir nada más (cf. Lc 23,
47). (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 441).
Sin embargo,
es distinto el caso que ahora nos ocupa. Cuando Pedro
confiesa a Jesús como "el Cristo, el Hijo de Dios
vivo" (Mt 16, 16) hace una confesión de la divinidad
del Mesías. Por ello, Cristo le le responde
con solemnidad "no te ha revelado esto ni la carne
ni la sangre, sino mi Padre que está en los
cielos" (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de
su conversión en el camino de Damasco: "Cuando Aquél que
me separó desde el seno de mi madre y me
llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí
a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles..."
(Ga 1,15_16). "Y en seguida se puso a predicar a
Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de
Dios" (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf.
1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica
(cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro
como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).
Si Pedro
pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de
Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Los
Evangelios narran dos momentos solemnes, el bautismo y la
transfiguración de Cristo, en los que la voz del Padre
lo designa como su "Hijo amado" (Mt 3, 17; 17,
5). Jesús se designa a sí mismo como "el Hijo
Único de Dios" (Jn 3, 16) y afirma mediante este
título su preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la
fe en "el Nombre del Hijo Unico de Dios" (Jn
3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación
del centurión delante de Jesús en la cruz: "Verdaderamente este
hombre era Hijo de Dios" (Mc 15, 39), porque solamente
en el misterio pascual es donde el creyente puede alcanzar
el sentido pleno del título "Hijo de Dios".
El mundo actual
también encuentra dificultades para comprender la divinidad de Cristo.
En el común de los creyentes parece obscurecerse esta verdad
fundamental de nuestra fe. El Credo que rezamos cada domingo
afirma la divinidad de Jesucristo: “Creo en Jesucristo Hijo único
de Dios. Nacido del Padre antes de todos los siglos.
Dios de Dios luz de luz”. Es necesario que nuestra
predicación ayude a las personas a descubrir la maravilla del
plan divino y la profundidad de la encarnación. Dios, en
su inmenso amor, quiso hacerse uno como nosotros, para llevarnos
al Padre.
SUGERENCIAS PASTORALES
1. Importancia de la catequesis sobre la
divinidad de Jesucristo. Los medios de comunicación: periódicos, libros,
revistas, televisión, cine etc... ofrecen, no pocas veces,
una visión deformada de Cristo. Se le presenta como un
hombre magnífico, de grandes ideales, pero un simple hombre cuya
doctrina puede parangonarse con la de otros grandes personajes o
líderes religiosos, no se dice nada de su divinidad, se
esconde o se desvirtúa. Nuestros fieles están expuestos a todo
este tipo de información, o mejor, de desinformación. Es, pues,
importante, casi urgente, echar mano de todos los medios a
disposición, para hacer una adecuada catequesis sobre este punto esencial
de la fe. Catequesis infantil que arranca desde el hogar
materno, pero que encuentra un momento privilegiado en la catequesis
para la primera comunión. Las primeras nociones aprendidas en el
hogar materno bajo el calor del hogar, no se olvidan,
penetran suave y definitivamente en el alma, y nos acompañan
durante todo el derrotero de la vida. Catequesis juvenil donde
se plantean los problemas más serios de la vida y
se abre el abanico de la existencia. Es el momento
en el que se descubre el propio “yo” y se
establece un diálogo profundo con Cristo Señor. Catequesis para adultos
cuando han pasado ya las primeras etapas de la vida,
se han ido cristalizando las posturas y disposiciones del hombre
y de la mujer, y la persona se encuentra
en un momento de ajustes profundos de su existencia. ¡Cuánto
bien haremos al hombre al mostrarle que Cristo, es el
Hijo de Dios que vino a la tierra por salvarlo
y reconciliarlo con el Padre! Mostrar que Él es la
revelación del Padre y que en Él tenemos acceso al
cielo, a la vida eterna. Esta es la esperanza
que vence cualquier pena y desafío de la vida
2. El
amor al Papa. La liturgia de hoy nos invita
a incrementar nuestro amor y adhesión al Papa, como
sucesor de Pedro y vicario de Cristo. Veamos en él
al Buen Pastor, veamos en él a la roca sobre
la que se edifica la Iglesia, veamos enél a quien
posee las llaves del Reino de los cielos. No lo
dejemos solo en su sufrimiento por la Iglesia, acompañémosle, no
solo con nuestra oración, sino también con nuestro sufrimiento y
con nuestra acción apostólica. Conviene repetir aquí lo que Juan
Pablo II dijo a unas religiosas de clausura al inicio
de su pontificado: “Yo cuento con vosotras, yo cuento con
vuestra oración y sacrificio”. Que el Papa, sucesor de Pedro,
pueda contar también con nosotros para la “nueva evangelización”.
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