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El capítulo 18 del evangelio de san
Mateo forma una parte distinta del resto de su evangelio.
En ella encontramos algunas enseñanzas de Jesús que se relacionan
con la vida de las primeras comunidades cristianas. Por eso,
a esta parte se le ha llamado el "discurso eclesiástico".
Hoy consideramos dos indicaciones de este discurso: la corrección fraterna
y la oración en común. Primero, Jesús manifiesta la responsabilidad
de sus discípulos y seguidores en la salvación de sus
semejantes. El discípulo de Jesús siente la viva responsabilidad de
hacer el bien y ayudar a que los otros lo
hagan, superando y desterrando el mal de sus vidas. Aquí
se inserta el mandato de la corrección fraterna (EV). En
la primera lectura se nos propone, de forma muy oportuna,
la imagen del centinela. El centinela es el hombre que,
desde la atalaya o desde un lugar preeminente, da la
voz de alarma cuando ve al enemigo acercarse al campamento
o las puertas de la ciudad. Su función es la
de despertar a quien duerme y se encuentra en peligro
de ser sorprendido por el enemigo. En nuestro caso el
centinela, que es el mismo profeta, advierte a los hombres
de su mala conducta, les anuncia el peligro que se
acerca si no despiertan de su letargo (1L). La segunda
admonición de Jesús a sus discípulos es la oración en
común: "donde dos o más se reúnen para orar, allí
está Jesús en medio de ellos". Pablo, por su parte,
antes de concluir su carta a los romanos, dirige una
última exhortación llena de contenido: "no tengáis con nadie ninguna
deuda que no sea la de amaros mutuamente". El amor
es la ley que regula toda la vida cristiana. Tanto
el centinela, como el que ora en común, deben guiarse
y nutrir su alma con el espíritu de Cristo, es
decir, con aquel amor que da la vida por los
que ama (2L).
Mensaje doctrinal
1. La misión del centinela. El
centinela en los tiempos antiguos poseía una función decisiva en
los combates entre los pueblos. Su misión era la de
observar los litorales y campos de batalla, distinguir laos acechos
y las formaciones enemigas, y dar la voz de alerta
para que el ejército se preparara para la batalla. Si
el centinela dormía, la vida del pueblo corría un grave
riesgo. En el pasaje que nos ofrece Ezequías, se compara
al centinela con el profeta. El profeta es un centinela
con características especiales. El profeta debe advertir al "impío" de
su mala conducta, debe informarle del mal que se le
viene encima, si no se convierte, si no despierta del
sueño que lo entretiene en el mal. Lo interesante es
que la responsabilidad del profeta no termina aquí, él debe
seguir más adelante. Al centinela le basta dar la alarma;
si le escuchan o no, ya no es responsabilidad suya.
No así es el caso del profeta: él debe advertir
del mal que se viene encima, y debe hacer lo
indecible por convencer a sus oyentes, porque lo que él
anuncia no lo han visto sus ojos, ni escuchado sus
oídos, es Dios mismo que se lo ha revelado. Él
habla en nombre de Dios. Él expresa el deseo de
Dios de salvar a los hombres y de que no
se pierda ninguno (Ez 18,32). Él participa del amor divino
que no se deja vencer por el pecado del hombre.
El profeta-centinela asume una responsabilidad imponente: deberá responder ante Dios
de la muerte de aquellos a los que ha sido
enviado. El no puede dejar de aspirar a ser escuchado.
El pastor de almas es, pues, el centinela que vela
sobre el rebaño, aquel que se mantiene en vigilia durante
la noche para que ninguno perezca. El pastor, como san
Pablo, amonestará, insistirá, predicará a tiempo y a destiempo (2
Tim 4,2) el mensaje del evangelio. No habrá alguno que
sufra sin que, al mismo tiempo, sufra el mismo apóstol.
Sin duda, nuestra mente va espontáneamente a la figura del
obispo (episcopus = el que observa desde lugar preeminente). Él
es el principal centinela que vela ante el enemigo. Lo
son también los sacerdotes, quienes, al frente de su grey,
la conducen, la defienden, dan su vida por ella.
Sin
embargo, no sólo ellos son centinelas. Aquí podemos ampliar nuestra
visión para descubrir otros centinelas entre los discípulos de Cristo.
El Papa llama a los jóvenes centinelas de la mañana,
porque ellos son los que anuncian que la noche está
pasando y que la mañana está encima. Ellos son los
que dan fuerzas para esperar, en medio de un mundo
con tantos signos de derrota. Allí donde las tinieblas son
más hondas, allí mismo ha iniciado a despuntar el alba,
porque la luz vence las tinieblas (cf Jn 1,5). Pero
es necesario saber esperar pacientemente, discerniendo los tiempos. El Papa
en la audiencia del 26 de julio del 2000 comentaba:
"¡Vigilad!". Es el verbo del centinela que tiene que estar
alerta, mientras espera pacientemente el paso del tiempo nocturno para
ver surgir en el horizonte la luz del alba. El
profeta Isaías representa de manera intensa y vivaz esta larga
espera introduciendo un diálogo entre los dos centinelas, que se
convierte en un símbolo de la utilización adecuada del tiempo:
"Centinela, ¿cuánto le queda a la noche?". El centinela responde:
"Llega la mañana y después la noche. Si queréis preguntar,
¡convertíos, venid!"(Is 21,11-12). Es necesario plantearse interrogantes, convertirse y salir
al encuentro del Señor. Los tres llamamientos de Cristo: "¡Estad
atentos, velad, vigilad!" resumen claramente la espera cristiana del encuentro
con el Señor. La espera debe ser paciente, como nos
advierte Santiago en su carta: "Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta
la venida del Señor. Mirad: el labrador espera el fruto
precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las
lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros
corazones porque la Venida del Señor está cerca" (Santiago, 5,
7-8). Para que crezca una espiga o se abra una
flor hay tiempos que no se pueden forzar; para el
nacimiento de una criatura humana hacen falta nueve meses; para
escribir un libro o componer música hay que dedicar con
frecuencia años de paciente investigación. Esta es la ley del
espíritu: "Todo lo que es frenético/pronto pasará", cantaba un poeta
(Reiner Maria Rilke, Sonetos a Orfeo). Para encontrarse con el
misterio hace falta paciencia, purificación interior, silencio, espera. (Juan Pablo
II Audiencia del 26 de julio del 2002).
2. Amar
es cumplir la ley entera. La caridad es una deuda
que jamás terminamos de saldar completamente. Ella es la clave
de interpretación de todos los mandamientos. Así lo expresa san
Pablo en la parte final de la carta a los
romanos (55-57). Un tema que ya había tratado en el
capítulo 13 de la carta a los corintios (52-55). En
el fondo se trata de una invitación a ir a
la raíz de la vida cristiana, porque "donde hay caridad
y amor allí está Dios". La caridad es la que
autentifica cualquier virtud, cualquier ciencia, cualquier vida de piedad u
obra apostólica. Si uno se levanta con grandes palabras y
obras, pero no tiene amor, nada es. En realidad, siempre
tendremos una deuda de amor con relación a nuestros hermanos
porque ellos, en cuanto personas, son amados eternamente por Dios.
Ellos son imágenes de Dios, incluso cuando por sus pecados
hayan afeado esta imagen. En Santa Teresita del niño Jesús
encontramos un ejemplo vivo de la comprensión del amor cristiano:
"Al considerar el cuerpo místico de la Iglesia, no me
reconocí en ninguno de los miembros descritos por San Pablo,
o mejor, quería reconocerme en todos. La caridad me dio
la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia
tenía un cuerpo compuesto por miembros diversos, el más necesario,
el más noble de todos los órganos no le faltaría;
comprendí que tenía un corazón y que este corazón ardía
de amor; que el amor hacía obrar a sus miembros;
que si el amor llegaba a perderse, los apóstoles no
anunciarían más el evangelio y los mártires rehusarían verter su
sangre. Comprendí también que el amor encerraba todas las vocaciones,
que era todo y que abrazaba todos los tiempos y
todos los lugares, ¡por qué es eterno! Entonces en el
exceso de mi alegría exclamé: "Oh Jesús, amor mío, y
mi vocación; por fin la he encontrado! ¡Mi vocación es
el amor!". Así pues, la caridad es el único criterio
con el que se deben hacer o dejar de hacer
las cosas. Es el principio de discernimiento de nuestro hablar
o callar, de nuestro obrar u omitir. Quien descubra en
su obrar y pensar que lo dirige un principio distinto
del amor, puede estar seguro de haber iniciado el camino
de la infelicidad, de la infecundidad espiritual y del fracaso
en la propia vida.
Sugerencias pastorales
1. El sentido de responsabilidad
en relación con nuestros hermanos. Ahora tenemos ante nuestra mente
dos realidades. Primero la de aquellos cristianos que viven su
vida cristiana "hacia dentro": son buenos observantes de las normas
de la Iglesia, participan en la vida de sacramentos, veneran
y respetan el domingo, dan buen ejemplo. Sin embargo, no
tienen un sentido misionero. No sienten que la expansión de
la fe, la predicación del evangelio, la "nueva evangelización" es
algo que les compete en primera persona. Sin embargo, son
gente buena, más aún, son personas de grande calidad humana
y espiritual. Ante esta situación es bueno volver al "principio
del amor y de la misión". Es decir: hacer a
los demás aquello que me gustaría que se hiciese conmigo;
Id y predicad el evangelio a toda creatura. Así, nace
de la esencia de la misma vida cristiana la sincera
preocupación por el bien temporal y eterno de nuestros prójimos,
cualesquiera que ellos sean. Nada, ni nadie puede ser indiferente
para los discípulos de Jesús, porque Él, con su muerte
y resurrección y su ascensión a los cielos, ha ganado
para todos los hombres la redención de los pecados. Cada
persona humana es alguien a quien puedo y debo ofrecer
mi amor. No podemos sentirnos indiferentes ante nada: nos debe
doler la pérdida de los hombres, el sufrimiento de los
inocentes, las guerras e indecibles sufrimientos de miles de personas,
los actos de terrorismo y de venganza... Toda esta situación
del mundo impele al cristiano, no a la desesperación, muy
por el contrario, casi le obliga a un nuevo compromiso
con el mundo, a una nueva y más profunda evangelización.
¡El mundo está necesitado de Dios.
Las palabras de Ch.
Péguy son muy ilustrativas: "Es necesario salvarse juntos. Es necesario
llegar juntos al buen Dios, es necesario presentarse juntos; no
podemos llegar a Dios los unos sin los otros. Debemos
volver todos juntos a la casa del Padre. Es necesario
pensar en los otros. Es necesario trabajar los unos por
los otros. ¿Qué nos dirá si llegásemos, si volviésemos a
la casa del Padre común los unos sin los otros?
(Ch. Péguy Le mystère de la charitè de Jeanne d´ArcI
Gallimard Paris 1943, p.39)
La segunda realidad que se presenta
a nuestros ojos es la de aquellas personas, familias, grupos
humanos, que encuentran en medio de sus hogares y de
sus realidades cotidianas, el hecho de que uno de sus
miembros se ha desviado del buen camino. ¿Qué hacer? ¿Intervenir?
¿Hablar? ¿Esperar? ¿Callar? En realidad, no es fácil responder en
abstracto. Cada situación posee sus características propias y exigirá soluciones
que varían de caso a caso. Sin embargo, hay un
principio que prevalece: la caridad. Nos debe mover siempre y
en toda circunstancia la caridad por la persona amada. Y
cuanto más difícil sea aquello que debemos decir, tanta más
caridad, comprensión y humildad se debe emplear en decirlo. Sí,
debemos interesarnos por quienes se apartan del buen camino, pero
debemos hacerlo con caridad y por amor. "Donde no hay
amor, pon amor y sacarás amor". Huyamos pues de las
descalificaciones, de las palabras descorteses, de las críticas solapadas, de
la maledicencia y la calumnia. Eso no es cristiano y
no debe ni mencionarse entre nosotros.
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