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Autor: Instituto Sacerdos | Fuente: Instituto Sacerdos Introducción al curso La Formación Integral del Sacerdote
Curso: La Formación Integral del Sacerdote Católico. 19 noviembre 2008
Introducción al curso La Formación Integral del Sacerdote
Dios, con su amor pertinaz, sigue enviando obreros a su
mies. Las estadísticas nos hablan de un nuevo impulso de
crecimiento del número de vocaciones al sacerdocio, sobre todo en
algunos países. No podemos quedar indiferentes, o pasivamente agradecidos al
Señor por esa nueva muestra de su presencia perennemente viva
en la Iglesia. El verdadero agradecimiento se traduce en respuestas.
Hay que responderle a Dios tratando de formar lo mejor
posible a esos jóvenes que él llama a su servicio
para bien de los hombres.
Va creciendo en la Iglesia la
conciencia de la necesidad de contar con sacerdotes santos y
profundamente preparados, que puedan de verdad servir a todo el
pueblo de Dios en su búsqueda de la santidad y
en su empeño apostólico por anunciar el Evangelio. Esta conciencia
va creciendo, quizás de modo especial, precisamente entre los laicos
cristianos.
Durante el sínodo de obispos dedicado a los laicos,
hace ya casi dos décadas, un laico pidió que se
tratara a fondo el tema del sacerdocio. "Sin los presbíteros
-decía- que pueden llamar a los laicos a realizar su
papel en la Iglesia y en el mundo, que pueden
ayudar a la formación de los laicos al apostolado, sosteniéndoles
en su difícil vocación, faltaría un testimonio esencial en la
vida de la Iglesia".
Es evidente que no se trata simplemente
de que abunden los sacerdotes. Si ellos han de "llamar"
a los laicos y "ayudar a su formación", deben estar
primero bien formados, de acuerdo con la vocación que ellos
mismos han recibido. Por eso fue acogido con general interés
el tema del siguiente sínodo, celebrado en 1990: la formación
de los sacerdotes.
Desde que se celebró el Concilio Vaticano II
se percibe en todas partes la necesidad de renovar y
mejorar los sistemas y programas formativos del presbítero "en las
circunstancias actuales". Las continuas transformaciones de nuestro mundo y de
nuestra Iglesia tocan también la figura del sacerdote, y exigen
una atenta reflexión sobre su más adecuada preparación. La eclesiología
del Vaticano II proyecta una luz renovadora acerca de la
preparación de un hombre llamado a ejercer su ministerio como
servicio al pueblo de Dios, a la Iglesia, que es
sacramento de salvación en el mundo. Una luz recogida también
en otros documentos conciliares, y que todavía tiene que iluminar
muchas zonas.
El tema de la formación sacerdotal comprende muy variados
y complejos aspectos. No sólo, se requiere un análisis de
los mismos a partir de diversos puntos de vista, diversas
experiencias y diversas culturas. El diálogo abierto y franco en
el que cada uno aporte sus conocimientos y experiencias en
este campo no puede sino enriquecer la reflexión común de
la Iglesia.
Conocimientos y experiencias; quizás sobre todo experiencias. Porque se
trata de encontrar caminos para la acción, para la realización
práctica de unos programas formativos que sean de verdad efectivos.
Esto no siempre es fácil. Todos hemos sentido alguna vez
la dificultad de explicar la propia experiencia, que suele ser
rica en matices y variada en su aplicación a las
diversas circunstancias de tiempos y lugares.
Formar sacerdotes es un
arte que se realiza en la práctica de cada día
al recorrer junto con cada aspirante al sacerdocio el camino
que lleva al altar. Por ello, este curso, dirigido a
colaborar con quienes tienen que realizar en primera persona esa
experiencia viva al frente de un seminario o centro de
formación, presenta sobre todo reflexiones y sugerencias de índole práctica
y vivencial. Los elementos doctrinales y teóricos que se recogen
aquí están en función de la práctica pedagógica. Son su
luz y su fuerza.
Renovar la formación sacerdotal. Renovar no es
necesariamente innovar. Las circunstancias cambiantes del mundo y de la
Iglesia piden la revisión, la adaptación y a veces el
cambio de ciertos enfoques y métodos. Se tratará sobre todo
de elementos accidentales al sacerdocio mismo. Porque lo que es
esencial, lo que constituye la médula misma del sacerdocio ministerial,
instituido por Cristo, no puede cambiar. Renovar es adaptar lo
accidental para que se realice mejor lo esencial según las
nuevas circunstancias.
En este sentido, la renovación no va reñida con
la tradición. Son algunas tradiciones las que ya no son
válidas (o quizá nunca lo fueron de verdad). Renovar consiste
algunas veces, precisamente, en rescatar valores que habían quedado olvidados
en el camino. Es el sentido, por ejemplo, de la
actual renovación patrística. No se trata de volver al pasado,
sino de recuperar de él algunos elementos que enriquecerán nuestro
presente y nuestro futuro. En el campo de la formación
sacerdotal hay tesoros que la milenaria experiencia de la Iglesia
había ido forjando, y que a veces se han tirado
luego por la borda con demasiada ligereza. Renovar es también
redescubrir esa riqueza, purificarla de sus posibles escorias y adaptarla
al momento actual.
Son múltiples los aspectos implicados en la formación
sacerdotal. En ocasiones convendrá fijarse especialmente en uno o
en otro. Pero es necesario también atender a la imagen
global del sacerdote. El esfuerzo por lograr cada uno de
esos aspectos debería tener siempre como horizonte la formación integral
del sacerdote católico. Por otra parte, si queremos que esa
multiplicidad de elementos no lleve a una fragmentación perjudicial, es
necesario centrarlo todo en torno a un núcleo esencial. Ese
núcleo, tratándose de la formación del sacerdote, de un hombre
que participa sacramental y existencialmente del sacerdocio eterno de Cristo,
no puede ser otro que su formación espiritual. Olvidar esto,
o tenerlo presente sólo en la teoría, podría conducir a
que se redujera la preparación del presbítero a un currículum
académico más o menos intenso. De nuestros seminarios saldrían entonces
intelectuales más o menos preparados, o especialistas, más o menos
pertrechados en técnicas pastorales. Todo eso es necesario, pero no
suficiente. No es lo que piden los laicos cuando hablan
de "un testimonio esencial en la vida de la Iglesia".
Un
testimonio que brota de la naturaleza misma del sacerdocio católico.
Por ello parece conveniente dedicar el primer esfuerzo de este
trabajo a reflexionar sobre la identidad y misión del sacerdote.
A partir de esa visión comentaremos algunos principios educativos que
pueden ser entendidos como columnas o principios fundamentales de la
formación sacerdotal. Sobre ellos habría que construir el edificio complejo
de la preparación integral del presbítero, que puede ser de
algún modo seccionado en las cuatro áreas de la formación:
formación espiritual, humana, intelectual y pastoral. Pero todo eso es
sólo utopía si no se cuenta con los hombres que
deben ayudar en la realización del proyecto. Como decía antes,
a ellos se dirigen especialmente estas páginas. Hay que hablar,
pues, del formador, su figura y su actuación. Normalmente la
preparación de ese aspirante se realiza en un centro de
formación, dentro de un determinado ambiente. Conviene preguntarse cómo es
posible lograr que sea de verdad un ambiente formativo. Por
último, la formación de un sacerdote es un proceso lento
y progresivo, que pasa por diversos momentos y períodos. Es
preciso saber adaptar todo el sistema educativo de acuerdo con
las diversas etapas de la formación sacerdotal.
Quizás alguno podrá pensar
que se está presentando un cuadro demasiado pretencioso, un ideal
demasiado ambicioso. El sacerdote actual vive inmerso en situaciones sociales,
culturales y eclesiales difíciles y problemáticas. A veces se encuentra
desorientado como en un bosque hostil. No sabe bien cómo
ayudar a los demás en su vida cristiana, y a
él mismo le cuesta llevar el peso de su consagración
a Dios y al apostolado. ¿No habría que pensar, más
bien, en conformarse con salvar lo salvable?
Por otra parte, una
cosa es hablar sobre la formación de sacerdotes, y otra
realizarla. En ocasiones parece una tarea imposible. Faltan formadores preparados,
faltan programas concretos, faltan recursos económicos... y faltan vocaciones. Pretender
tanto parece irreal, y por lo tanto superfluo.
No obstante, estamos
convencidos de que si trabajamos con entusiasmo, poniendo en juego
todos los medios posibles, se puede lograr mucho más de
lo que quizás esperamos. Es preciso, eso sí, tener ideas
claras y tratar de realizarlas con firmeza, sin concesiones al
desánimo.
El esfuerzo vale la pena. Es la mejor respuesta al
amor de Dios que sigue llamando obreros a su mies.
Participación en el Foro
1. ¿Qué visión tengo de la
situación actual de la formación en los seminarios de la
Iglesia? ¿Cuáles son los logros alcanzados en los últimos años? ¿cuáles
son las dificultades y los retos?
2. ¿Estoy de acuerdo en que
la formación requiere un principio unificador, un núcleo esencial? ¿Cuál
debe ser en el caso de la formación de un
futuro sacerdote?
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