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Autor: Enrique Monasterio | Fuente: www.vidasacerdotal.org Ser cura
Cuando las orejas están sucias, la voz del Señor no llega, o llega tan distorsionada que resulta difícil reconocerla
Ser cura
Cuando termina junio, los tórridos agobios del verano se mezclan
con los sudores fríos de los exámenes.
-jo, tía, si
es que no hay derecho...
La apelación al derecho procede de
un chaval desgarbado, que comparte una lata de pepsi con
una chica pecosa. Los dos se encuentran encaramados en sendas
sillas del vestíbulo, en una inverosímil postura que, si intentara
emular, probablemente me llevaría directamente a la UVI.
No sé de
qué hablan, pero en junio los chavales pasan sin solución
de continuidad de la humildad más rendida ("jo, tío, te
juro que no sé nada, me van a cargar todas")
a la soberbia más rastrera ("menuda guarrada: lo sabía todo,
y me han cateado las cinco"). Uno, que ya dejó
los exámenes hace demasiadas décadas, se asombra de lo previsible
que es la naturaleza humana, y hasta echa de menos
los temblores de junio.
Luis ha terminado y viene a despedirse.
Está contento, pero reconoce que no ha sido un final
glorioso: rompió con su novia, sus padres siguen "medio separados"
y su mejor amigo se va de España por una
larga temporada.
-Por cierto -me dice-, me gustó su último
artículo de Mundo Cristiano, pero no entendí bien lo que
dice al final. Eso de que "ser sacerdote es poca
cosa".
Busco el artículo en el ordenador, y leemos el párrafo
en cuestión:
-"...el sacerdote no es casi nada: es el
pincel que pintó Las Meninas, la pluma de ganso que
escribió El Quijote...". Oye -me interrumpo-, no me digas que
estás pensando hacerte cura.
-¡Tampoco estoy tan desesperado! -se ríe-; pero
¿por qué dice que ser cura es poca cosa?
Y, de
pronto, me encuentro hablando del sacerdocio con un chaval que
-quién sabe, tal vez no sea sólo curiosidad- quiere saber
"para qué sirve un cura".
El sacerdote -le digo- es un
hombre como los demás, pero Dios lo elige para ser,
en la Iglesia, Cristo mismo. Es el único que puede
decir con verdad "esto es mi Cuerpo; ésta es mi
Sangre"; el único que hace posible que en cada época
de la historia y en cada rincón del Planeta siga
inmolándose Jesús por los hombres.
Por eso escribí que es el
oficio más grande. Y por eso digo que el sacerdote
no es casi nada. Dios lo hace todo. Cualquier otro
profesional puede sentirse razonablemente orgulloso del fruto de su esfuerzo,
ya que existe una proporción entre lo que él realiza
y el resultado de su trabajo. Pero esto no ocurre
en el sacerdocio, al menos en aquellas tareas que dan
sentido a su vocación. ¿Qué aporta el hombre? Su voz,
sus gestos...¿Quién puede presumir de haber traído a Jesucristo o
de perdonar los pecados? Sería como si el pincel de
Velázquez se volviera loco y se atribuyera el mérito de
haber creado Las Meninas.
Luis se queda pensativo y le sale
su vena de jurista en ciernes:
-Así que un cura es
un hombre "expropiado" por Jesucristo.
-Es una forma de expresarlo, desde
luego. Uno ya no se pertenece. A quien dice todos
los días "esto es mi Cuerpo", Dios le toma la
palabra y le pide que su cuerpo y su alma
sean sólo de Jesucristo. Luis me dice que todo eso
es "muy fuerte", y yo le digo que la llamada
al sacerdocio no anula la personalidad del elegido. Al contrario:
uno pone en la tarea todas su energías, su talento,
su temple. ..
Pero a mi amigo le importan otras cosas:
"cómo se nota la vocación, qué pasa si te equivocas,
qué te da Dios a cambio; por qué unos se
visten de cura y otros no...".
Le propongo escribir un artículo
y enviárselo por correo electrónico este verano. Me dice que
de acuerdo, pero antes de marcharse me hace una desconcertante
pregunta:
-¿Qué se siente cuando uno dice "yo te absuelvo de
tus pecados", y tiene delante de rodillas a un tipo
así..., como yo?
Le digo la verdad:
-Cuanto más sincero y valiente
es el que se confiesa, más se agiganta su figura
a los ojos del sacerdote, y más pequeño e inútil
se siente el confesor. Comprende bien aquello que escribió San
Josemaría: "veo que no soy nada, que no valgo nada,
que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que
soy la nada!" Pero, al mismo tiempo, entiende que es
Cristo, y ¡qué alegría poder perdonar en su nombre!
Bueno, eso
de que Dios le llama a uno para ser sacerdote...
Supongo que no es verdad. Dios no se ocupa de
esas cosas. ..
Luis me miró de reojo para ver qué
cara ponía yo.
-Dios se ocupa de todo. Dice el evangelio
que hasta del último pájaro que cae en tierra.
-Ya está
usted con sus pájaros. Nosotros somos hombres...
-Es verdad. Por eso
llama a la puerta educadamente, y habla en voz baja.
Apela a nuestra libertad de oír y de responder. La
Biblia está llena de esas llamadas: a Abraham, a Moisés,
a los profetas, a los Magos, a cada apóstol...
-Y según
usted, ahora sigue actuando así.
-También lo dice la Escritura: yo
te he redimido y te he llamado por tu propio
nombre... O sea, que no se trata de una llamada
genérica, de una especie de bando para el conjunto de
la humanidad, sino de una invitación personal al oído del
hombre.
Entre todas las cuestiones que salieron en aquella conversación del
pasado mes de junio, ésta era la que más inquietaba
a Luis. Al final quedamos en comunicarnos por correo electrónico
durante las vacaciones.
Han pasado más de dos meses y ni
él ni yo hemos cumplido tan saludable propósito. Por otra
parte, ¿qué podía explicarle?
-A ver cómo te las arreglas -me
dijo Kloster- para explicar en seiscientas palabras por qué miles
de hombres en todo el mundo aseguran que Dios les
llama, y perseveran hasta la muerte. Y por qué ahora
casi nadie oye esa supuesta llamada.
No pretendo explicar tanto. Pero
esta mañana he vuelto a abrir el correo electrónico, y
compruebo que sigue habiendo un buen grupo de chavales al
otro lado de la pantalla enganchados a esta página de
Mundo Cristiano. Y, francamente, me dan ganas de decir a
alguno:
-Oye tú. ..¿has pensado alguna vez en la posibilidad de
ser cura?
Cuando hice esta pregunta a Juan hace treinta años,
me miró con cara de susto y acabó por reconocer
que "hombre, sí que alguna vez, de pasada, y quién
no, pero, vamos, como se piensa una tontería, y no
es que yo diga que es una tontería, pero bueno...".
Juan acabó por declarar que esto de la vocación "debe
ser un sentimiento muy fuerte y yo, por supuesto, ni
por el forro...".
Le expliqué entonces que hay que ser valiente
y plantearse el problema. Y tartamudeó más de la cuenta
cuando volví a preguntarle si lo había hablado con Dios.
-Aunque
-remaché- deberías decirle primero que estás dispuesto a responder que
sí a todo lo que te pida.
Me temo que fui
demasiado directo; la prueba es que no volví a ver
a Juan.
-Pero bueno, ¿se puede saber cómo se nota la
vocación?
Podría decirse que Dios va dejando a nuestro paso una
serie de señales. Al mismo tiempo afina la pupila del
que debe descubrirlas, y despierta en su inteligencia y en
su voluntad el deseo de entregarse, de jugarse la vida
a una carta que valga la pena. Hay quien ha
descubierto esa llamada leyendo un libro, charlando con un amigo,
oyendo música... O hablando, sin palabras, con Dios.
San Josemaría se
sintió interpelado por las pisadas en la nieve de un
carmelita descalzo, y decidió hacerse sacerdote. Quizá otros muchos vieron
las mismas huellas, pero no supieron "leerlas". Manolo me dice
que él "descubríó" un día que la Iglesia necesitaba curas
con urgencia, y pensó en su hermano pequeño. No tardó
en comprender que era él quien debía responder. Y Rafa
se fue al Seminario cuando su mejor amigo abandonó la
fe. También esos renglones torcidos sirven a Dios para escribir
derecho.
-¿Y por qué ahora son menos los que oyen la
llamada?
Es un problema de entendederas. Esta época mugrienta y trivial
que nos ha tocado vivir sintoniza mal con Dios. Cuando
las orejas están sucias, la voz del Señor no llega,
o llega tan distorsionada que resulta difícil reconocerla. Por eso,
además de rezar, hay que emprender con urgencia un lavado
general de apéndices auriculares: a las familias light, a los
niños danone, a los que viven en perpetua indigestión consumista,
a los obsesos del placer..., es decir, a los más
tristes de este mundo nuestro.
Y seguirá habiendo vocaciones, no os
quepa la menor duda.
-Mira que si alguno, por leer estos
artículos, empieza a pensarlo...
-Aunque no los leyera nadie más, habrían
valido la pena.
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