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Autor: Madre Teresa de Calcuta | Fuente: iveargentina.org Pensamientos de la Madre Tersa de Calcuta
¿Dónde empieza el amor? En nuestros propios hogares
Pensamientos de la Madre Tersa de Calcuta
Hogar y Familia I
La paz y la guerra comienzan
en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz
en el mundo, Empecemos por amarnos unos a otros en
el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría
en derredor nuestro, precisamos que toda familia viva feliz.
Algunos
padres están llenos de amor y de ternura hacia sus
hijos. Recuerdo el ejemplo de una madre que tenía doce
hijos. La más pequeña de todos, que era niña, estaba
afecta de una profunda minusvalía. Me resulta difícil describir su
aspecto, tanto desde el punto de vista físico como emocional.
Cuando se me ocurrió brindarme a acoger a la niña
en uno de nuestros hogares, donde teníamos otros en condiciones
parecidas, la madre prorrumpió en sollozos: –¡Por Dios, Madre Teresa,
no me diga eso! Esta criatura es el mayor regalo
que Dios ha hecho a mi familia. Todo nuestro amor
se centra en ella. Si se la lleva, nuestras vidas
carecerán de sentido.
No deberíamos vivir en las nubes, en un
nivel de superficialidad. Deberíamos empeñarnos en comprender mejor a nuestros
hermanos y hermanas. Para comprender mejor a aquellos con quienes
convivimos, es necesario que antes nos comprendamos a nosotros mismos.
Jesús, nuestro modelo en todo, lo es también en la
obediencia. Yo estoy convencida de que siempre pedía permiso para
todo a María y a José. En Jesús, María y
José, los integrantes de la Sagrada Familia de Nazaret, se
nos brinda un magnífico ejemplo para la imitación. ¿Qué fue
lo que hicieron? José era un humilde carpintero ocupado en
mantener a Jesús y María, proveyéndoles de alimento y vestido:
de todo lo que necesitaban para subsistir. María, la madre,
tenía también una humilde tarea: la de ama de casa
con un hijo y un marido de los que ocuparse.
A medida que el hijo fue creciendo, María se sentía
preocupada porque tuviera una vida normal, porque se sintiera a
gusto en casa, con ella y con José. Era aquél
un hogar donde reinaban la ternura, la comprensión y el
respeto mutuo. Como he dicho: un magnífico ejemplo para nuestra
imitación.
Hoy todo el mundo da la impresión de andar
acelerado. Nadie parece tener tiempo para los demás: los hijos
para sus padres, los padres para sus hijos, los esposos
el uno para el otro. La paz mundial empieza a
quebrarse en el interior de los propios hogares. De vez
en cuando deberíamos plantearnos algunos interrogantes para saber orientar mejor
nuestras acciones.
Deberíamos plantearnos interrogantes como éste: ¿Conozco a los
pobres? ¿Conozco, en primer lugar, a los pobres de mi
familia, de mi hogar, a los que viven más cerca
de mí: personas que son pobres, pero acaso no por
falta de pan? Existen otras formas de pobreza, precisamente más
dolorosa en cuanto más íntima. Acaso mi esposa o mi
marido carezcan, o carezcan mis hijos, mis padres, no de
ropa ni de alimento. Es posible que carezcan de cariño,
porque yo se lo niego. ¿Dónde empieza el amor? En
nuestros propios hogares. ¿Cuándo empieza? Cuando oramos juntos. La familia
que reza unida permanece unida.Muchas veces basta una palabra, una
mirada, un gesto para que la felicidad llene el corazón
del que amamos.
A veces, cuando tropiezo con padres egoístas,
me digo: “Es posible que estos padres estén preocupados por
los que pasan hambre en África, en la India o
en otros países del Tercer Mundo. Es posible que sueñen
con que el hambre desaparezca. Sin embargo, viven descuidados de
sus propios hijos, de que hay pobreza y hambre de
naturaleza diferente en sus propias familias. Es más: son ellos
quienes causan tal hambre y tal pobreza”.
Empieza diciendo una
palabra amable a tu hijo, a tu marido, a tu
mujer. Empieza ayudando a alguien que lo necesite en tu
comunidad, en tu puesto de trabajo o en tu escuela...
El mundo está saturado de sufrimientos por falta de paz.
Y en el mundo falta paz porque falta en los
hogares.
Hogar y Familia II
El amor empieza al dedicarnos a
aquellos a quienes tenemos a nuestro lado: los miembros de
nuestra propia familia. Preguntémonos si somos conscientes de que acaso
nuestro marido, nuestra esposa, nuestros hijos, o nuestros padres viven
aislados de los demás, de que no se sienten queridos,
incluso viviendo con nosotros. ¿Nos damos cuenta de esto? ¿Dónde
están hoy los ancianos? Están en asilos (¡si es que
los hay!). ¿Por qué? Porque no se los quiere, porque
molestan, porque...
La mujer ha sido creada para amar y ser
amada. La mujer es el centro de la familia. Si
hoy existen problemas graves, es porque la mujer ha abandonado
su lugar en el seno de la familia. Cuando el
hijo regresa a casa, su madre no está allí para
acogerlo.¿Cómo podremos amar a Jesús en el prójimo si no
empezamos por amarlo en las personas que tenemos a nuestro
lado, en nuestro propio hogar?
No es necesario desplazarse hasta los
suburbios para tropezar con la carencia de amor y encontrar
pobreza. En toda familia y, vecindario existe alguien que sufre.
Hacedme caso: si no prestáis un sacrificio gratuito a quienes
están a vuestro lado, tampoco se lo podréis ofrecer a
los pobres.
La palabra “amor” es tan mal entendida como
mal empleada. Una persona puede decir a otra que la
quiere, pero intentando sacar de ella todo lo que pueda,
incluso cosas que no debería. En tales casos no se
trata en absoluto de verdadero amor.
El amor verdadero puede
llegar a hacer sufrir. Por ejemplo, es doloroso tener que
dejar a alguien a quien se quiere. A veces puede
incluso tenerse que dar la vida por alguien a quien
se ama.
Quien contrae matrimonio tiene que renunciar a todo
lo que se opone al amor a la otra parte.
La madre que da a luz a un hijo sufre
mucho. Lo mismo sucede con nosotras en la vida religiosa:
para pertenecer por completo a Dios tenemos que renunciar a
todo: solo así podemos amarlo verdaderamente.
Si queremos verdaderamente la
paz, debemos adoptar una resolución firme: no consentir que un
solo niño viva privado de amor.
Me temo que no
existe conciencia de lo importante que es la familia. Si
se instalase el amor en el interior de la familia,
el mundo cambiaría para bien. Los jóvenes de hoy, como
los de cualquier tiempo, son generosos y buenos. Pero no
debemos engañarlos estimulándoles a consumir diversiones.
La única manera de
que sean felices es ofrecerles la ocasión de hacer el
bien. El amor comienza por el hogar. Si la familia
vive en el amor, sus miembros esparcen amor en su
entorno.
Señor, enséñame a no hablar como un bronce que
retumba o una campanilla aguda, sino con amor. Hazme capaz
de comprender y dame la fe que mueve montañas, pero
con el amor. Enséñame aquel amor que es siempre paciente
y siempre gentil: nunca celoso, presumido, egoísta y quisquilloso. El
amor que encuentra alegría en la verdad, siempre dispuesto a
perdonar, a creer, a esperar, a soportar.
En fin, cuando
todas las cosas finitas se disuelvan y todo sea claro,
haz que yo ha ya sido el débil pero constante
reflejo de tu amor perfecto.
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