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Autor: Vicente Cárcel Ortí ¿Qué es una beatificación y una canonización?
La canonización es un acto solemne del magisterio: ordinario pontificio que se extiende a toda la Iglesia y obliga a todos los católicos a creer en ella.
¿Qué es una beatificación y una canonización?
La declaración de santidad podemos decir que es tan
antigua como la misma Iglesia. En los primeros siglos esta
declaración se hacía de una manera sencilla y casi espontánea
respecto a los mártires, y luego también respecto a los
confesores ya las vírgenes. Brotaba del sentido de la fe
del pueblo, de la vox populi, que luego era aceptada
por la jerarquía de la Iglesia. Los primeros papas y
los cristianos que murieron víctimas de las persecuciones que los
emperadores romanos desencadenaron contra ellos hasta principios del siglo IV
fueron reconocidos como mártires. El Concilio Vaticano II explica esta
actuación de la Iglesia en la Lumen gentium, n. 50.
Con el paso del tiempo ha evolucionado el proceso para
la declaración de santidad. A partir del siglo X se
pedía con frecuencia la aprobación del Papa, y desde el
siglo XIII se reservó exclusivamente a él. Los papas Urbano
VIII y, sobre todo, Benedicto XIV en el siglo XVIII,
establecieron las normas que han de seguirse en las dos
fases de que consta la declaración de santidad: la beatificación
y la canonización, ambas reservadas al romano pontífice.
Para hacer
una aclaración objetiva sobre las consecuencias que una cosa y
otra -la beatificación y la canonización de un cristiano- entrañan
para la vida de cada uno de nosotros, nada mejor
que analizar el ritual de cada uno de estos actos,
y la praxis oficial de la Congregación para el Culto
Divino en la regulación del culto, sin entrar en la
diversidad de prácticas canónicas que han existido, a través de
la historia de la Iglesia para estas cuestiones, limitándonos estrictamente
textos actuales.
Todos tenemos experiencias de personas que suscitan, incluso
en vida, nuestra admiración veneración. Muchos recordamos en nuestras diócesis,
ciudades o pueblos, personas concretas, tanto religiosos como seglares que,
según la opinión general de la gente vivieron como santos
y decimos de ellos: fue un "santo". En otros casos,
la veneración queda más reducida al grupo de los que
conocen directamente a la persona; es el caso de los
fundadores de una congregación religiosa.
En otros casos, además, hay
el hecho de los cristianos que han manifestado su fe
con la donación de su vida a la causa del
Señor: son los mártires.
Es normal que este sentimiento que
se tiene en vida hacia una persona se quiera mantener
después muerte. Al fin y al cabo, el recuerdo es
una de las cosas que todos deseamos, y la Sagrada
Escritura lo considera como una de las características del justo:
«El justo será siempre recordado».
De aquí puede nacer simplemente
el mantenimiento cordial del recuerdo entre los conocidos, como hacemos
con las personas de nuestra familia, o puede nacer -si
el recuerdo es notable y extenso- el de que sea
conservado de una manera pública en la Iglesia.
Así se
origina el proceso a través del cual se espera que
se pueda llegar a que el cristiano que se recuerda
sea propuesto oficialmente como testimonio de vida cristiana.
¿Qué es, pues
una «beatificación»? Es una primera respuesta oficial y autorizada del
Santo Padre a las personas que piden poder venerar públicamente
a un cristiano que consideran ejemplar, con la cual se
les concede permiso para hacerlo. La fórmula se dice precisamente
en respuesta a la petición hecha por el obispo de
la diócesis que ha promovido el proceso. La «beatificación» no
impone nada a nadie en la Iglesia. Pide, eso sí,
el respeto que merece una decisión del Papa, y el
que merece la piedad de los hermanos cristianos. Por esto
la memoria de los beatos no se celebra universalmente en
la Iglesia, sino solamente en los lugares donde hay motivo
para hacerlo y se pide. Incluso en estos casos, excepto
cuando se trata del fundador de una congregación, o de
un patrono, o de la Iglesia donde está enterrado, la
memoria es siempre libre y no obligatoria, para respetar el
carácter propio de la beatificación. La fórmula de la beatificación
puede proclamarla otro distinto del Papa, por ejemplo, un cardenal,
en nombre suyo. Así se hacía habitualmente hasta los tiempos
de Pablo VI, que empezó a hacer personalmente las beatificaciones.
Para la beatificación de un mártir es suficiente la declaración
oficial de su martirio por parte de la Iglesia, por
ello no se requiere ni el proceso de virtudes heroicas
ni tampoco el milagro, que, en cambio, se exige para
la canonización. En el caso de los nueve mártires de
Turón y del hermano Jaime Hilario Barbal Cosán, fue presentada
para su canonización -que tuvo lugar en el Vaticano el
21 de noviembre de 1999- la curación milagrosa de Rafaela
Bravo Jirón, de veinticinco años, natural de León (Nicaragua), maestra,
a la que se le detectó un tumor altamente maligno
en el útero, incurable con medios científicos, porque el tumor
era necrótico y sangrante y la infiltración llegaba hasta los
huesos; por ello tuvieron que extirparle el útero y dada
la gravedad de la situación, los médicos no le daban
más de cinco años de vida. Precedentemente dicha señora había
sido hospitalizada cuatro veces a causa de otros tantos episodios
abortivos incompletos. El mismo día de la beatificación de los
citados mártires (domingo 29 de abril de 1990), y después
de haber pedido con gran fe y devoción su invocación
mediante dos novenarios de oraciones, repentinamente la enferma sufrió tremendos
dolores en el bajo vientre con expulsión desde la vagina
de un coágulo lleno de sangre. Inmediatamente sintió una notable
mejoría, que prosiguió en los meses y años sucesivos hasta
llegar a su curación completa, sin que los médicos hayan
podido explicarlo científicamente. La señora Bravo Jirón atribuye todo esto
a la Intercesión de los Hermanos de la Salle, mártires
que el Papa estaba beatificando en Roma. Diez años después,
la enferma se encuentra totalmente restablecida y la curación total,
perfecta y duradera ha sido considerada milagrosa, es decir, inexplicable
desde el punto de vista científico, tanto por los médicos
que han tratado a dicha señora en Nicaragua como por
el colegio de médicos que ha examinado el caso en
el Vaticano. De este modo se ha conseguido en poco
tiempo la primera canonización de los primeros mártires de la
persecución religiosa española, que son, al mismo tiempo, los primeros
santos españoles del siglo XX.
Los textos litúrgicos de la
canonización son distintos de la beatificación. Además, es el Papa
quien actúa en persona. La petición no la formula un
obispo individualmente -es decir, el obispo de la diócesis en
la que se ha hecho el proceso canónico, que suele
ser la del lugar en el que ha muerto el
santo- sino "la Santa Madre Iglesia", y, en su nombre,
el prefecto de la Congregación de las Causas de los
Santos. El Papa pronuncia la fórmula solemne de la canonización
en estos términos: «Para honor de la Santísima Trinidad, para
la exaltación de la fe católica y el incremento de
la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo,
de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y la nuestra,
después de haber reflexionado intensamente, y de haber implorado asiduamente
el auxilio de Dios, siguiendo el consejo de muchos hermanos
nuestros en el episcopado, declaramos y definimos como santo/a el/la
beato/a N., y lo/la incluimos en el catálogo de los
santos, estableciendo que éste/a ha de ser honrado/a en toda
la Iglesia entre los santos con piadosa devoción. En el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.»
No se trata, pues, de un "facultad", sino de una
propuesta que hay que aceptar: "ha de ser honrado/a en
toda la Iglesia". La canonización es un acto solemne del
magisterio: ordinario pontificio que se extiende a toda la Iglesia
y obliga a todos los católicos a creer en ella.
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