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| Antonio María Pucci, Santo |
Presbítero ServitaMartirologio Romano: En Viareggio, ciudad de Italia, san Antonio
María Pucci, presbítero de la Orden de los Siervos de
María, el cual, párroco durante casi cincuenta años, se dedicó
sobre todo a atender a los niños pobres y enfermos
(1892).
San Antonio María Pucci, aunque miembro de
la Congregación de los Siervos de María (Servita), pasó casi
toda su vida y se santificó como sacerdote de una
parroquia. Nació en Poggiole, cerca de Pistoia, en 1810. Fue
uno de los siete hermanos de la humilde familia de
Agustín y María Pucci.
No obstante la heroicidad
de sus virtudes, los trazos elementales de su biografía traen
al recuerdo tantas vidas paralelas de seminaristas y sacerdotes, compañeros
de estudios unos, conocidos otros tal vez en la propia
parroquia. Ya durante su vida el padre Pucci se hizo
tan familiar e intimo a sus feligreses, que cariñosamente le
llamaban, "el Curatino". Una de estas figuras de párroco, que
ha visto nacer y morir casi toda una generación y
ahonda en el corazón del pueblo, como una institución patriarcal.
Su nombre bautismal era Eustaquio. Monaguillo servicial y
piados, ganó la confianza de don Luigí, su párroco. En
cambio de los servicios prestados recibía clase de latín y
cultura general. No conoció el Liceo del Renacimiento italiano. Y
no lo echaría de menos después; su vida sacerdotal transcurrió
ajena a la lucha de políticas y de culturas; y
eso que su tiempo fue el de la unidad italiana
y en parte pertenecía al de la "Kulturkampf". En último
término, su padre no pretendía hacer de Eustaquio más que
un buen labrador; y se opuso cuando el párroco de
Poggiole fue a hablarle de que Eustaquio, joven ya de
dieciocho años, aspiraba a "hacerse cura". Considerando su piedad mariana,
don Luigi le había propuesto ingresar en la Orden de
los Siervos de la Madre de Dios, de Florencia, con
quienes cultivaba una sincera amistad y estima.
Al
fin, el hombre del arado y de la esteva cedió
al hombre de iglesia, y consintió; el padre de Eustaquio
no era de los peores parroquianos de don Luigi. Y
el "curato" se hace respetar mucho también en Italia, hoy
todavía, entre las buenas familias de las parroquias rurales.
Conseguido el permiso paterno, Eustaquio ingresaba el 10 de
julio de 1837 en el convento de la Anunciación. La
primera etapa de su vida aldeana se cierra con un
certificado protocolario de buena conducta, presentado por el párroco al
superior de Florencia. ¡Habría hecho tantos otros para sus feligreses!
Y, sin embargo, aquel del hijo de la familia Pucci
sería un eslabón más del proceso de canonización de un
santo.
Su inclinación al sacerdocio, observada por don
Luigi y alguno de sus familiares que le habían visto
jugar "a decir misa", se convirtió en realidad. Eustaquio, ahora
fray Antonio María, fue ordenado sacerdote el 24 de septiembre
de 1843.
Fue destinado a ejercer su
ministerio en Viareggío, pequeña ciudad junto al Tirreno, hoy famosa
playa internacional. Tres años de coadjutor y después... siempre párroco
de San Andrés. Sus feligreses eran casi todos pescadores, que
se fueron encariñando poco a poco con el párroco de
pequeña estatura y ojos serenos. Los más íntimos se sentirían
orgullosos de tener un párroco apreciado en la curia de
Lucca, de la que había sido nombrado, tan joven como
era todavía, examinador prosinodal. Los primeros años de actividad pastoral
no le habían impedido preparar el examen de "maestro en
Sagrada Teología", título que concedía el capitulo de la Orden.
En otro ambiente, el padre Pucci hubiera sido tal vez
un hombre de estudios; pero si la Orden ha perdido
un científico, ha ganado, en cambio, un santo.
Los que le conocieron, confiesan que no era simpático; su
voz nasal y de tono monótono, la cabeza siempre inclinada,
sus ligeros gestos nerviosos, no hacían de su persona una
figura estética. Se diría que era un hombre con complejo
de inferioridad. Algunos contemporáneos, al saber que se introducía su
proceso de canonización, desconfiaban del éxito, porque consideraban que era
una personalidad ordinaria. No es un caso aislado. También el
alcalde de Viareggio, de aquella época liberal, respondía al superior
de San Andrés, que solicitaba la dedicación de una calle
en recuerdo del padre Pucci, minimizando su actuación y justificando
su negativa. "Al fin y al cabo, es un cura
que no ha hecho más que cumplir con su deber."
Es bella esta heroicidad humilde de un párroco
que cumple durante cuarenta y cinco años con su deber.
Heroicidad perseverante y desapercibida en su actividad apostólica y en
su vida de religioso. Como el cardenal Laurenti, prefecto de
la Congregación de Ritos, decía, de broma y de veras,
al padre Ferrini, postulador general de la Orden: "Si el
padre Pucci ha sido siempre buen párroco y buen religioso
a la vez, es sin duda un santo de verdad."
Objetivo central de sus preocupaciones pastorales fue la
organización parroquial: la enseñanza del catecismo y la beneficencia, grupos
de seglares y fundación de religiosas, acción social y apostolado
del mar.
Para desarrollar más eficazmente sus tareas
de catequista, organizó la Congregación de la Doctrina Cristiana. Con
sorprendente espíritu de dinamismo apostólico utilizaba todos los resortes para
atraer los niños a la parroquia; ayudado de sus fieles
militantes de la congregación, daba especial relieve, religioso y espectacular
a la vez, a las fiestas de las primeras comuniones,
del reparto de premios, de la "Befana" (o "´hada -
buena"), manifestación italiana de la tradición española de los Reyes
Magos, llevando él mismo los juguetes a casa de los
niños.
Con una concepción orgánica de las obras
parroquiales, instituyó para la formación integral de los jóvenes y
en función también de la enseñanza del catecismo, la "Compañía
de San Luis". Sin conocerse, el padre Pucci realizaba con
los jóvenes una labor paralela a la que contemporáneamente San
Juan Bosco lleva a cabo en Turín. Humano y perspicaz
psicólogo, no olvidaba prescribir a sus muchachos en el reglamento
de la asociación que "buscaran un buen amigo y huyeran
de los tristes". Posteriormente, esta asociación fue la base en
Viareggio de uno de los primeros centros interparroquiales de la
Acción Católica, promovida poco después de la muerte del padre
Pucci con las directrices pontificias.
Incrementó la devoción
eucarística con la Cofradía del Santísimo Sacramento y organizó los
grupos apostólicos femeninos, cuya dirección encomendó a una joven piadosa,
Giuliana Luccí; más tarde, con otro grupo de jóvenes de
la parroquia, ingresó en las Siervas de María de Viareggio,
cuyo fundación se atribuye fundidamente al Beato Pucci.pa, en frase
de Chateaubriand, "León de la libertad italiana".
Contra
tal previsión ilusionada, la unidad de Italia, sin intervención pontificia,
fue proclamada por Cavour en Turín, en 1861. En 1870
las tropas italianas eran saludadas en Roma, como libertadoras y
Pío IX se refugiaba en el Vaticano. Cairoli, Crispí, Zanardellí,
De Pretiis son nombres de notables republicanos, antipontificios, conmemorados ahora
como gloria nacional en las calles de la que en
otros tiempos fue la Roma papal. Cavour resumía su ideología
política en pocas palabras: "La Iglesia libre en Estado libre".
El espíritu laico tomó auge en Italia después de la
constitución del Reino; en 1873 era abolida la Facultad de
Teología de las Universidades y suprimida la enseñanza religiosa en
las escuelas.
El ambiente cargado de incertidumbre religiosa
se hacia sentir también en Viareggio. Para el párroco de
San Andrés la 8ituación ofrecía un aspecto eminentemente pastoral. Frente
al problema de la descristianización pública que se planteaba en
Viareggio, cuyas autoridades civiles eran todas republicanas y hacían profesión
de incredulidad, el "Curatino" pensó en una asociación de hombres
católicos; así organizó "La Pía Unión de los hijos de
San José para mantener incólume la fe católica en la
familia y en la sociedad cristiana".
Podría pensarse
con motivo, que el párroco de Viareggio habría sido criticado
de "hacer política"; sobre todo, cuando los biógrafos aseguran que
"defendía con todas las armas de la ciencia y de
la historia los sacrosantos derechos de la Iglesia, incluido el
poder temporal de los Papas". Pero el "Curatino" no fue
tildado de clericalismo político, campaña preferida de los grupos de
oposición desde que en Italia comenzó a desarrollarse la democracia
cristiana. Ni siquiera los republicanos de Viareggio quisieron mezclar el
recuerdo del padre Pucci con la política; porque el "Curatino"
¡había sido tan bueno! Había socorrido heroicamente a los enfermos
en los días de la epidemia. 1854-55; había dado tantas
veces su manteo y su colchón a los pobres ateridos
de frío, no excluidos los anticlericales; había instituido para la
beneficencia la Cofradía de la Misericordia y la Conferencia de
San Vicente; su vida había sido una cadena de heroica
caridad.
La venerable figura del párroco. recorriendo las
calles a socorrer a los pobres o a asistir a
los enfermos, se había grabado hondamente en los miembros del
Consejo Comunal y en atención a su obra asistencial, declaraban
en sesión plenaria, después de su muerte: "Que el padre
Pucci, no ocupándose nunca de política, dejó esta misión a
quien pertenecía, siendo así ejemplo de cómo se debería comportar
el clero en la convivencia social".
El "Curatino"
había conquistado de veras el amor de su pueblo. Los
hechos de celo y de caridad se sucedían día a
día. De sus obras asistenciales merece destacarse la Colonia Marina,
que organizó para hijos de obreros, la primera en Italia,
superando así con su acción su ideología social, enmarcada en
el "paternalismo" propio de la época y paralela al título
que el pueblo le dio de "Padre de los pobres".
Su temple de santo se acendraba en la
vida religiosa. Elegido superior de la casa de Viareggio en
1859, fue reelegido, contra toda costumbre, continuamente, llegando a ser
en 1883 Superior Provincial en toda la Toscana. Pero su
personalidad de párroco modelo absorbe la de religioso observante.
San Antonio Pucci murió el 14 de enero de
1892, a los setenta y tres años de edad. Su
muerte causó gran consternación den Viareggio. Su tumba fue honrada
por Dios con algunas curaciones. Fue beatificado sesenta años después
de su muerte por Pío XII, en 1952 y canonizado
el 9 de Diciembre de 1962 por Juan XXIII.
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