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Autor: .
| Fuente: Archidiócesis de Madrid
Martín de Porres, Santo |
| Religioso dominico, noviembre 3 |
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| Martín de Porres, Santo |
Religioso dominico, peruano
El racismo, esa distinción que hacemos los hombres distinguiendo
a nuestros semejantes por el color de la piel es
algo tan sinsentido como distinguirlos por la estatura o por
el volumen de la masa muscular. Y lo peor no
es la distinción que está ahí sino que ésta lleve
consigo una minusvaloración de las personas -necesariamente distintas- para el
desempeño de oficios, trabajos, remuneraciones y estima en la sociedad.
Un mulato hizo mayor bien que todos los blancos juntos
a la sociedad limeña de la primera mitad del siglo
XVII.
Fue hijo bastardo del ilustre hidalgo -hábito de Alcántara- don
Juan de Porres, que estuvo breve tiempo en la ciudad
de Lima. Bien se aprecia que los españoles allá no
hicieron muchos feos a la población autóctona y confiemos que
el Buen Dios haga rebaja al juzgar algunos aspectos morales
cuando llegue el día del juicio, aunque en este caso
sólo sea por haber sacado del mal mucho bien. Tuvo
don Juan dos hijos, Martín y Juana, con la mulata
Ana Vázquez. Martín nació mulato y con cuerpo de atleta
el 9 de diciembre de 1579 y lo bautizaron, en
la parroquia de San Sebastián, en la misma pila que
Rosa de Lima.
La madre lo educó como pudo, más bien
con estrecheces, porque los importantes trabajos de su padre le
impedían atenderlo como debía. De hecho, reconoció a sus hijos
sólo tardíamente; los llevó a Guayaquil, dejando a su madre
acomodada en Lima, con buena familia, y les puso maestro
particular.
Martín regresó a Lima, cuando a su padre lo nombraron
gobernador de Panamá. Comenzó a familiarizarse con el bien retribuido
oficio de barbero, que en aquella época era bastante más
que sacar dientes, extraer muelas o hacer sangrías; también comprendía
el oficio disponer de yerbas para hacer emplastos y poder
curar dolores y neuralgias; además, era preciso un determinado uso
del bisturí para abrir hinchazones y tumores. Martín supo hacerse
un experto por pasar como ayudante de un excelente médico
español. De ello comenzó a vivir y su trabajo le
permitió ayudar de modo eficaz a los pobres que no
podían pagarle. Por su barbería pasarán igual labriegos que soldados,
irán a buscar alivio tanto caballeros como corregidores.
Pero lo que
hace ejemplar a su vida no es sólo la repercusión
social de un trabajo humanitario bien hecho. Más es el
ejercicio heroico y continuado de la caridad que dimana del
amor a Jesucristo, a Santa María. Como su persona y
nombre imponía respeto, tuvo que intervenir en arreglos de matrimonios
irregulares, en dirimir contiendas, fallar en pleitos y reconciliar familias.
Con clarísimo criterio aconsejó en más de una ocasión al
Virrey y al arzobispo en cuestiones delicadas.
Alguna vez, quienes espiaban
sus costumbres por considerarlas extrañas, lo pudieron ver en éxtasis,
elevado sobre el suelo, durante sus largas oraciones nocturnas ante
el santo Cristo, despreciando la natural necesidad del sueño. Llamaba
profundamente la atención su devoción permanente por la Eucaristía, donde
está el verdadero Cristo, sin perdonarse la asistencia diaria a
la Misa al rayar el alba.
Por el ejercicio de su
trabajo y por su sensibilidad hacia la religión tuvo contacto
con los monjes del convento dominico del Rosario donde pidió
la admisión como donado, ocupando la ínfima escala entre los
frailes. Allí vivían en extrema pobreza hasta el punto de
tener que vender cuadros de algún valor artístico para sobrevivir.
Pero a él no le asusta la pobreza, la ama.
A pesar de tener en su celda un armario bien
dotado de yerbas, vendas y el instrumental de su trabajo,
sólo dispone de tablas y jergón como cama.
Llenó de pobres
el convento, la casa de su hermana y el hospital.
Todos le buscan porque les cura aplicando los remedios conocidos
por su trabajo profesional; en otras ocasiones, se corren las
voces de que la oración logró lo improbable y hay
enfermos que consiguieron recuperar la salud sólo con el toque
de su mano y de un modo instantáneo.
Revolvió la tranquila
y ordenada vida de los buenos frailes, porque en alguna
ocasión resolvió la necesidad de un pobre enfermo entrándolo en
su misma celda y, al corregirlo alguno de los conventuales
por motivos de clausura, se le ocurrió exponer en voz
alta su pensamiento anteponiendo a la disciplina los motivos dimanantes
de la caridad, porque "la caridad tiene siempre las puertas
abiertas, y los enfermos no tienen clausura".
Pero entendió que no
era prudente dejar las cosas a la improvisación de momento.
La vista de golfos y desatendidos le come el alma
por ver la figura del Maestro en cada uno de
ellos. ¡Hay que hacer algo! Con la ayuda del arzobispo
y del Virrey funda un Asilo donde poder atenderles, curarles
y enseñarles la doctrina cristiana, como hizo con los indios
dedicados a cultivar la tierra en Limatombo. También los dineros
de don Mateo Pastor y Francisca Vélez sirvieron para abrir
las Escuelas de Huérfanos de Santa Cruz, donde los niños
recibían atención y conocían a Jesucristo.
No se sabe cómo, pero
varias veces estuvo curando en distintos sitios y a diversos
enfermos al mismo tiempo, con una bilocación sobrenatural.
El contemplativo Porres
recibía disciplinas hasta derramar sangre haciéndose azotar por el indio
inca por sus muchos pecados. Como otro pobre de Asís,
se mostró también amigo de perros cojos abandonados que curaba,
de mulos dispuestos para el matadero y hasta lo vieron
reñir a los ratones que se comían los lienzos de
la sacristía. Se ve que no puso límite en la
creación al ejercicio de la caridad y la transportó al
orden cósmico.
Murió el día previsto para su muerte que había
conocido con anticipación. Fue el 3 de noviembre de 1639
y causada por una simple fiebre; pidiendo perdón a los
religiosos reunidos por sus malos ejemplos, se marchó. El Virrey,
Conde de Chinchón, Feliciano de la Vega -arzobispo- y más
personajes limeños se mezclaron con los incontables mulatos y con
los indios pobres que recortaban tantos trozos de su hábito
que hubo de cambiarse varias veces.
Lo canonizó en papa Juan
XXIII en 1962.
Desde luego, está claro que la santidad no
entiende de colores de piel; sólo hace falta querer sin
límite.
¿Qué nos enseña su vida?
La vida de San Martín
nos enseña:
A servir a los demás, a los necesitados. San
Martín no se cansó de atender a los pobres y
enfermos y lo hacía prontamente. Demos un buen servicio a
los que nos rodean, en el momento que lo necesitan.
Hagamos ese servicio por amor a Dios y viendo a
Dios en las demás personas. A ser humildes. San Martín fue
una persona que vivió esta virtud. Siempre se preocupó
por los demás antes que por él mismo. Veía las
necesidades de los demás y no las propias. Se ponía
en el último lugar. A llevar una vida de oración profunda.
La oración debe ser el cimiento de nuestra vida. Para
poder servir a los demás y ser humildes, necesitamos de
la oración. Debemos tener una relación intima con Dios A ser
sencillos. San Martín vivió la virtud de la sencillez. Vivió
la vida de cara a Dios, sin complicaciones. Vivamos la
vida con espíritu sencillo. A tratar con amabilidad a los
que nos rodean. Los detalles y el trato amable y
cariñoso es muy importante en nuestra vida. Los demás se
lo merecen por ser hijos amados por Dios. A alcanzar la
santidad en nuestra vidas. Por alcanzar esta santidad, luchemos... A
llevar una vida de penitencia por amor a Dios. Ofrezcamos
sacrificios a Dios.
San Martín de Porres se distinguió por
su humildad y espíritu de servicio, valores que en nuestra
sociedad actual no se les considera importantes. Se les da
mayor importancia a valores de tipo material que no alcanzan
en el hombre la felicidad y paz de espíritu. La
humildad y el espíritu de servicio producen en el hombre
paz y felicidad.
Oración Virgen María y San Martín de Porres, ayúdenme
este día a ser más servicial con las personas que
me rodean y así crecer en la verdadera santidad. Sigue navegando
con San Martín de Porres en: corazones.org EWTN
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 |
Publicado por: andres |
| Fecha: 2009-11-03 21:50:55 |
tratar de llevar una vida en santidad ,imitando a San Martin de Porres siguiendo el camino de cristo humilde y sencillo de corason,
como el santo de hoy att. familia:Montejo Perez.... Soloma Huehuetenango
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