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| Eustoquia (Esmeralda) Calafato de Mesina, Santa |
AbadesaMartirologio Romano: En la ciudad de Mesina, en Sicilia (hoy
Italia), santa Eustoquia Calafato, virgen, abadesa de la Orden de
Santa Clara, que se dedicó con todas sus fuerzas a
restaurar la primitiva disciplina de la vida regular, en el
seguimiento de Cristo según el ejemplo de san Francisco (1485)
Fecha
de canonización: 11 de junio de 1988 por el Papa
Juan Pablo II Eustoquia Calafato (de
seglar, Esmeralda) nació en Mesina il 25 de marzo de
1434, siendo la sexta de los seis hijos de Bernardo
Cofino alias Calafato y Mascalda Romano, nobles y acomodados. El
padre tenía una embarcación con la que ejercía el comercio
por cuenta ajena, según los usos de aquel tiempo y
de Mesina en particular.
La pequeña Esmeralda pasó los primeros años
de su infancia sin sobresaltos ni acontecimientos notables, en su
casa paterna, confiada a los cuidados de la madre, ferviente
cristiana y admiradora entusiasta del Franciscanismo en su reforma peculiar
de la Observancia que precisamente entonces se iba afianzando en
la Orden de los Frailes Menores. El principal animador y
exponente de aquel movimiento en Italia fue San Bernardino de
Siena ( 1444), junto al cual, y siguiendo su ejemplo,
floreció todo un conjunto de espíritus selectos, insignes por su
santidad, doctrina y actividad social, entre los que destacan el
Beato Alberto de Sarteano ( 1450), San Juan de Capistrano
( 1456) y San Jaime de la Marca ( 1476).
El nuevo espíritu de reforma, que se proponía la estricta
observancia de la Regla de San Francisco especialmente en materia
de pobreza, invadió también la II Orden franciscana, es decir,
la de las Clarisas, en cuyo seno muchos monasterios antiguos
eran reconducidos a una observancia más estricta y a una
vida religiosa más ajustada a la Regla, mientras se fundaban
otros nuevos que adoptaban la Regla propia de Santa Clara
y se ponían bajo la guía de los Hermanos Menores
de la Observancia.
En Sicilia apareció el movimiento observante en 1421,
pero oficialmente puede datarse desde 1425, cuando el Beato Mateo
de Agrigento, que fue su eficaz organizador, obtuvo del papa
Martín V la facultad de fundar tres nuevos conventos para
los frailes que deseaban vivir según el espíritu de la
nueva reforma. El primero de estos conventos se abrió precisamente
en Mesina, donde el Beato Mateo, predicador afamado y admirado,
había suscitado entre el pueblo con su palabra ardiente un
gran entusiasmo y una viva participación en la reforma espiritual
que él propugnaba.
A los sermones de aquel fervoroso franciscano
asistió también Mascalda Romano, entonces joven esposa de dieciocho años,
y, conquistada por las palabras del predicador, se inscribió en
las filas de la Tercera Orden Franciscana, consagrándose a una
vida de oración intensa y de ásperas penitencias, y dedicando
parte de su tiempo y de sus haberes al prójimo
necesitado. Mascalda infundió sus sentimientos y aspiraciones a la pequeña
Esmeralda, iniciándola desde niña en la piedad y en el
ejercicio de las virtudes cristianas, obteniendo de ello frutos que
superaron las más halagüeñas y nobles expectativas de la virtuosa
madre.
La muchacha, en efecto, no sólo atesoró las enseñanzas maternas
esforzándose, según su capacidad, en imitar los ejemplos de su
progenitora y en orientar su vida religiosa según el espíritu
franciscano, sino que, aspirando a metas más altas, se consagró
a Dios entre las Clarisas y más tarde fundó un
nuevo monasterio para poder seguir más intensa y profundamente su
ideal de perfección cristiana.
Pero antes de iniciar y dar cumplimiento
a sus aspiraciones, la pequeña Esmeralda tuvo que sufrir la
prueba de un triste pero providencial acontecimiento, el único de
un cierto relieve acaecido en su infancia. En diciembre de
1444, en efecto, cuando Esmeralda apenas tenía once años, su
padre, sin pedirle siquiera su parecer y según las costumbres
de aquel tiempo, la prometió en matrimonio a un viudo
maduro de su misma condición social y económica; pero el
convenido matrimonio se esfumó por la muerte imprevista y repentina
del prometido esposo en julio de 1446.
Aunque no fuera plenamente
consciente de lo que había sucedido, el acontecimiento tuvo que
provocar en la pequeña Esmeralda un tremendo y comprensible trauma;
pero la divina Providencia, que tenía unos designios muy otros
sobre ella, se sirvió de lo ocurrido para atraer hacia
los bienes celestiales su corazón, por lo demás ya bien
dispuesto para las decisiones más intrépidas y sublimes. Y así
la muerte de su prometido impulsó suave pero fuertemente a
Esmeralda a considerar en su verdadera realidad y a la
luz de lo sobrenatural la vanidad de las cosas terrenas
y de los placeres mundanos, por lo que, no obstante
las reiteradas presiones de los familiares y las óptimas ocasiones
que se presentaban para un nuevo noviazgo, permaneció firme en
su decisión de renunciar a tales ofertas, decidiendo a la
vez consagrarse a Dios en la vida religiosa, decisión madurada
a la edad de catorce años aproximadamente.
Los familiares, sin embargo,
y especialmente el padre, no estaban dispuestos en absoluto a
secundar las aspiraciones de aquella jovencita, por lo que se
originó un inevitable conflicto familiar, que la empujó a ella
incluso a intentar una fuga inútil de la casa paterna,
pero que se resolvió finalmente a su favor cuando, hacia
la mitad de 1448, durante uno de sus acostumbrados viajes
comerciales, el padre falleció de repente en Cerdeña.
La espera se
prolongó todavía un año, ya que sólo a finales de
1449 pudo Esmeralda saciar su ardiente sed entrando en el
monasterio de las Clarisas de Santa María de Basicó en
Mesina, donde le fue impuesto el nombre de Sor Eustoquia.
Tenía cosa de unos 15 años y medio.
Desde el noviciado
la joven hermana se distinguió por su piedad y virtudes
sobresalientes. Era, en efecto, increíble el empeño, ímpetu y entusiasmo
con que sor Eustoquia se aplicó a vivir su vocación
dedicándose a la oración, a la meditación asidua de la
Pasión de Cristo, a la mortificación, al servicio de las
enfermas; sus progresos en la vida de perfección fueron tan
conspicuos y evidentes, que le atrajeron la admiración, estima y
veneración de las hermanas.
No contenta, empero, con atender a su
perfección personal, sor Eustoquia deseaba ardientemente que todo el monasterio
resplandeciese por la observancia ejemplar de la Regla. Por desgracia,
en aquellos años precisamente, la abadesa, sor Flos Milloso, con
una acción progresiva y tenaz y con fines no del
todo laudables, había sustraído al monasterio de la dirección espiritual
de los franciscanos Observantes, y, aunque no desatendiera las necesidades
espirituales de las monjas, estaba demasiado inmiscuida e inmersa en
asuntos terrenos y temporales. Todo eso había creado un cierto
malestar y contrariedad profunda en las hermanas más sensibles y
fervorosas, entre las que destacaba sor Eustoquia, y como no
sirvieron de nada los esfuerzos e intentos de reconducir a
una disciplina más severa la vida regular del monasterio, nuestra
Santa y algunas otras hermanas decidieron buscar en otra parte
lo que faltaba en Basicó; así maduró en ellas el
propósito de fundar un nuevo monasterio según el genuino espíritu
de la pobreza franciscana y bajo la dirección espiritual de
los Hermanos Menores de la Observancia.
Obtenida la necesaria autorización pontificia,
con los medios que le proporcionaron su madre y su
hermana y la eficaz colaboración del noble de Mesina Bartolomé
Ansalone, apoyada moralmente por una monja del monasterio de Basicó,
sor Jacoba Pollicino, la única que la siguió en la
difícil empresa y que permaneció fielmente junto a ella hasta
la muerte, superando inmensos obstáculos, soportando violentas adversidades y contradicciones
internas y externas, en 1460 sor Eustoquia se trasladó a
los locales de un viejo hospital adaptados para monasterio. Allí
la siguieron su hermana carnal Mita (Margarita) y una joven
sobrina.
Muy pronto se unieron otras mujeres al pequeño grupo. Pero
se les fueron acumulando dificultades materiales y morales, por lo
que las monjas tuvieron que dejar el viejo hospital a
la vez que encontraron generosa hospitalidad en la casa de
una congregación de la Tercera Orden Franciscana, situada en el
barrio Montevergine de Mesina, adonde se trasladaron a comienzos de
1464.
Con la ayuda de bienhechores, la nueva residencia pudo ser
convenientemente ampliada y adaptada para monasterio. Y así tuvo su
origen el monasterio de Montevergine, en el que muy pronto
una multitud de almas nobles y generosas, entre ellas la
madre misma de Eustoquia, solicitaron el ingreso para compartir allí
la vida pobre y evangélica.
Convertida en madre espiritual de sus
hijas, Eustoquia las instruyó, educó y formó en la vida
franciscana, estimulándolas a la meditación de la Pasión de Cristo,
comunicándoles los frutos de sus propias experiencias ascéticas, infundiendo en
sus corazones el amor a las virtudes que ella misma
practicaba con admirable constancia y heroísmo, empapando sus vidas en
la espiritualidad simple y generosa del franciscanismo, espiritualidad que descansaba
en el cristocentrismo, es decir en Cristo amante y sufriente,
y en la devoción a la Eucaristía, sacando de una
vida litúrgica intensa y sentida el alimento para las meditaciones
diarias.
Sor Eustoquia murió en el monasterio de Montevergine (Mesina) el
20 de enero de 1485, dejando una ferviente y acreditada
comunidad religiosa de cerca de 50 monjas, el perfume de
sus virtudes y la fama de su santidad.
Días después de
la sepultura se manifestaron en su sepulcro y en su
cuerpo fenómenos extraordinarios que dieron origen a una popular y
vasta devoción hacia ella. Impulsadas por aquellos acontecimientos y ante
los ruegos de personalidades eclesiásticas y civiles, las monjas de
Montevergine escribieron una biografía de su venerada madre y fundadora,
mientras la fiel compañera de Eustoquia, sor Jacoba Pollicino, en
dos cartas dirigidas a sor Cecilia Coppoli, abadesa del monasterio
de Santa Lucía de Foligno, describía rasgos conmovedores y admirables
de la Santa, en los que confirmaba o completaba cuanto
de más interesante y virtuoso había notado en ella.
Por su
parte, el pueblo de Dios experimentaba de diversos modos y
en variadas circunstancias que sor Eustoquia tenía ante el Altísimo
un eficaz poder de intercesión. El año 1782, Pío VI
aprobó el culto inmemorial que se tributaba a la bendita
monja. Y Juan Pablo II la canonizó en Mesina el
11 de junio de 1988.
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