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Autor: n/a
| Fuente: Archidiócesis de Madrid
Dositeo de Palestina, Santo |
| Monje, 29 (28) Febrero |
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| Dositeo de Palestina, Santo |
Los años bisiestos tienen el inconveniente de celebrar un tanto
aislada en clara desventaja con respecto a los demás santos
la fiesta de los que el santoral coloca en este
día. Menos mal que desde la altura de la santidad
esa situación peculiar, debida a las imperfecciones humanas que no
encuentran otra forma para medir el tiempo, a mí se
me antoja que puede ser una más de las oportunidades
que en el Cielo deben tener los bienaventurados para bromear
entre ellos aquello de la gloria accidental y para ejercer
su función de intercesores al compadecerse mejor de las flaquezas
tan comprobables de los hombres.
Es el caso de Dositeo. Cuenta
una antiquísima biografía suya que pasó los años de su
juventud alineado en las filas del ejército, peleón como el
primero y entusiasta de las victorias como el que más.
Era cristiano. Entre guerra y guerra tuvo la oportunidad de
visitar los Santos Lugares; peregrino piadoso, fue rememorando los acontecimientos
de la Salvación que allí se realizaron; su amor a
Jesucristo fue creciendo entre las piedras que ahora podía tocar
y besar; en Getsemaní se quedó profundamente impresionado ante la
visión de un cuadro que representaba los tormentos del Infierno.
Aquello fue la ocasión para que diera un vuelco su
vida. Decidió abandonar sus bien estudiados planes de futuro y
los cambió por hacerse monje en Gaza (Palestina); desde entonces,
intentó poner en juego todas sus energías con el fin
de lograr la más perfecta imitación de Jesucristo, bajo la
dirección del abad san Doroteo.
Desprendimiento es la palabra-clave desde entonces.
Comprendió
con claridad que cualquier persona, cosa y situación de la
tierra podría servirle de enredo y estorbo para el anhelo
del Cielo. Y con el paso del tiempo cuentan sus
biógrafos, logró un desapego completo y perfecto de todas las
cosas, manifestado incluso en el desprendimiento de los libros para
los rezos y de las herramientas con las que trabajaba
su huerto.
Debían tener razón, porque ¡tantas veces se oculta el
apegamiento detrás de la razonable excusa de poseer las cosas
consideradas imprescindibles para el ejercicio de la profesión, o de
las que son un medio para vivir! De esta manera,
se presenta al asceta san Dositeo como un inmenso mazo
de amor a Dios, un hombre cuya voluntad está plena
deseos, de ansias, de anhelos de vivir en exclusiva para
el Señor, con la decisión de entrar en su eterna
posesión sin la rémora o lastre que pueda suponer el
más ínfimo cariño a las cosas terrenas.
Pensándolo bien, no es
extraño que con esa desnudez heroica de afectos a lo
que la mayoría de los mortales aprecian, Dositeo haya dado
una prueba más al acertar a morirse en el día
del año que sólo cada cuatro llega. Así, ni siquiera
está apegado a su recuerdo.
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