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Autor: P. Álvaro Correa
María Goretti, la niña mártir de la pureza
 

En Le Ferriere di Conca y en Neptuno, Italia, resuena el repique jubiloso de las campanas por el aniversario del martirio de María Goretti. Han pasado cien años desde su muerte, el 6 de julio de 1902. El año del centenario durará hasta el mes de junio de 2003.

Un día antes, el 5 de julio, Maria Goretti estaba remendando una camisa del Alejandro Serenelli, un joven de veinte años. Éste se acercó a ella y la obligó a entrar dentro de casa. La niña, a quien faltaban tres meses para cumplir doce años, intuyó las intenciones del joven. La pequeña María se opuso enérgicamente a las insidias carnales de Alejandro: “¡No Alejandro, no lo hagas! ¡Es pecado! ¡Dios no lo quiere! ¡Te irás al infierno!” - le gritaba-. Alejandro, fuera de sí y desairado, la golpeó catorce veces con un punzón dejándola mal herida. María Goretti moriría al día siguiente. Antes de cerrar sus ojos había perdonado a Alejandro y expresado su deseo de reencontrarlo en el cielo.

Con motivo de las celebraciones del centenario, a partir del 16 de octubre pasado la urna que custodia el cuerpo de Marietta -como la llaman cariñosamente- es llevada en peregrinación por diversas ciudades de Italia. Conmueve ver los ríos de personas que la acogen entre cantos y oraciones. Los niños, muchos de ellos luciendo su trajes de la Primera Comunión, le ofrecen ramos de flores blancas. Los jóvenes se cuestionan su comportamiento y reencuentran en Marietta la belleza de las virtudes de la pureza y del perdón. Los padres de familia encomiendan a la niña santa el camino virtuoso de sus hijos.

Marietta vuele a brillar como la jovencita fuerte, firme en su elección de vida y coherente con su fe cristiana. No fue, como alguien dijo con malsana compasión, “la santa de los cinco minutos”. El Papa Pío XII, durante el Año Jubilar de 1950, había declarado contrariamente que: “La santidad no se improvisa”. Detrás del martirio de María Goretti hay un torrente de fe y de amor cristianos cultivados conscientemente en el seno de su humilde familia campesina. Murió castamente, en gracia de Dios, porque así había vivido cada día de su corta existencia. El martirio no fue un cambio brusco de rumbo sino una confirmación de su amor a Dios sobre todas las cosas. Ella apreciaba la vida digna y santa de una manera tan profunda que prefirió derramar la sangre con tal de no mancharla.

Por ello el testimonio de Marietta es hoy más actual que nunca. La sociedad acecha a nuestros adolescentes y jóvenes con criterios liberales y hedonistas. El materialismo impera y los comportamientos sexuales responden al gusto del momento. Hoy “los niños saben más que los abuelos”, gracias a la empresa vergonzosa del sexo, usado como incentivo en la propaganda, en el cine, en la televisión y a través del internet. Bastan unas monedas para que los chicos adquieran revistas pornográficas. Hay ambientes y círculos de amigos muy provocadores. Ser puro hoy es difícil. Un bombardeo sexual cae sobre los cinco sentidos de nuestros adolescentes y jóvenes.

Y en esta panorama, ¿qué nos dice Marietta? Su vida y martirio son un mensaje bellísimo. Ella nos dice que seamos valientes, que la batalla se puede vencer con amor limpio, con una conciencia honesta, con firmeza y coherencia de vida. Ella, con el candor de sus once años, nos asegura que es posible vivir y morir pura y castamente. Cuando se comprende la grandeza de la virtud se ve en contraposición que el pecado no es más que un triste egoísmo. Por ello la joven mártir es acogida con entusiasmo por los niños, adolescentes y jóvenes. Hace cien años que ella ofrecía su vida al cielo y su perdón a Alejandro. Desde entonces la pequeña María es un modelo de vida, un icono de la valentía en la elección de la virtud.

Meditando en la belleza y en la fortaleza de Marietta se concede a la castidad su verdadero rostro. La castidad es una virtud siempre positiva pues permite al corazón amar con libertad, con entusiasmo, sin límites de entrega ni de sacrificio personal. Es la virtud de los fuertes. Se equivocan quienes, quizás justificando sus derrotas, murmuran que la castidad es para los débiles, para los ignorantes y desilusionados de la vida. Es todo lo contrario, el casto es alegre y vive en serenidad porque posee una mirada limpia, porque el amor puro le permite distinguir la realidad de las situaciones humanas, porque trata a su prójimo sin malas intenciones y, sobre todo, porque puede contemplar a Dios en su propio corazón. Así lo entendió María Goretti. Hay que sensibilizar nuestra alma para escuchar lo que Dios nos dice cuando es capaz de hacer de una niña de once años una mártir y santa.


 
 
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