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Autor: P. Flaviano Amatulli | Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe Carta abierta a un hermano separado
Jesús quiere la unidad de todos los que creen en su nombre. La división viene del pecado y del demonio
Carta abierta a un hermano separado
Aquí les envío una carta que escribí pensando en
un hermano separado: «Antes que nada quiero decirte, sinceramente, que
te considero como un verdadero hermano mío, y que te
aprecio y te admiro por muchas cosas buenas que he
visto en ti y en tu iglesia. Admiro tu deseo
de dar a conocer a Cristo y tu entrega... De
veras que muchas veces he sentido en mi corazón una
santa envidia por tu celo apostólico. Naturalmente, hay también ciertas
cosas que no me gustan en tu actuación. De esto
he hablado en varias de mis cartas anteriores. De todos
modos, ¿en qué familia no hay problemas o malentendidos? Lo
que quiero aclarar ahora es esto: «Te admiro y te
aprecio como un verdadero hermano en Cristo». En realidad, lo
que nos une es bien profundo:
-Tú y yo creemos
igualmente en el mismo Dios, Creador, Providente y Padre amoroso.
Y esto, de por sí, ya es mucho en un
mundo tan materialista y lleno de pesimismo.
-Tú y yo
creemos igualmente en Jesucristo como «el Camino, la Verdad y
la Vida» (Jn.14, 6), el único Salvador, Señor y Mediador
entre nosotros y el Padre.
-Los dos amamos igualmente y
estudiamos la Biblia, tratando de descubrir en ella la voluntad
de Dios.
Hay muchas otras cosas más que nos unen.
Pero he querido subrayar solamente las más importantes, para que
nos demos cuenta de que, en lugar de fijarnos en
lo que nos divide, aprendamos a fijarnos mejor en lo
que nos une, para tratar de vivir el mandamiento nuevo
que nos dejó Jesús, con sinceridad y sin exclusivismos: «Ámense
unos con otros, como yo los amo a ustedes» (Jn15,12).
1. Estamos separados
Pero por desgracia, no estamos completamente unidos.
El pecado nos ha dividido. Hemos desgarrado el cuerpo de
Cristo. Cristo está roto por nuestra culpa y por la
culpa de nuestros mayores. El adversario nos ha ganado. En
lugar de luchar juntos para mejorar la Iglesia, cada uno
ha querido hacerlo a su modo, apartándose del hermano. El
sueño de Cristo, expresado con tanta insistencia en la vigilia
de su pasión y muerte, se ha esfumado: «Que todos
sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en
ti. Sean también ellos uno en nosotros: así el mundo creerá que tú
me has enviado» (Jn.17,21)
Y como consecuencia, a causa de nuestras divisiones,
muchos llegan a rechazar a Cristo y a odiar cualquier
religión, privándose así de esta gran riqueza. A causa de
nuestras divisiones nuestros pueblos están internamente divididos y debilitados en
su espíritu comunitario. Y todo esto, ¡por nuestra culpa! ¡Qué
gran responsabilidad tenemos frente al mundo, por nuestras divisiones! «Así
el mundo creerá que Tú me has enviado» (Jn.17,21), dijo
Jesús. Y ¿cómo va a creer si estamos desunidos? Al
estar nosotros divididos, muchos no creen en Cristo, de modo
que, en lugar de ser un signo de que Cristo
es el enviado de Dios, representamos, mediante nuestra división, una
piedra de tropiezo para los que quisieran acercarse a El.
Muchos piensan: «Quiero buscar a Dios, a lo mejor el
cristianismo me da la clave. Pero... Otro le contesta: Fíjate
que ¡los mismos cristianos están divididos entre sí y se
odian!... Mejor busco por otro lado». Y puede ser que
dejen de buscar para siempre, decepcionados de todo y de
todos. Y este problema de la división ya apareció desde
el principio, viviendo todavía los apóstoles. De modo que no
le podemos achacar la culpa a una determinada persona o
institución. De por sí el hombre es pecador y tiende
a apartarse de Dios y de su hermano. Puede ser
por envidia, orgullo, intereses personales, etc. para formar un grupo
aparte y sentirse superior. Todo lo demás es puro pretexto.
En realidad, la voluntad de Cristo es muy clara: «Que
todos sean uno» (Jn. 17, 21). El que se aparta,
para formar otro grupo, tiene que saber claramente que se
está portando mal, poniéndose en contra de la voluntad clara
de Cristo. Jesús quiere la unidad de todos los que
creen en su nombre. La división viene del pecado y
del demonio.
«Cada uno va proclamando: Yo soy de Pablo, yo
soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo ¿Acaso
está dividido Cristo?» (1Cor.1,12-13).
«Hijitos míos, es la última hora, y
se les dijo que tendría que llegar el Anticristo; en
realidad, ya han venido varios anticristos, por donde comprobamos que
ésta es la última hora. Ellos salieron de entre nosotros
mismos, aunque realmente no eran de los nuestros. Si hubieran
sido de los nuestros, se habrían quedados con nosotros. Y
al salir ellos, vimos claramente que entre nosotros no todos
eran de los nuestros» (1Jn. 2, 18-19).
A Dios el
juicio
Hermano en Cristo: Recuerda que no es mi
intención ofenderte. Solamente quiero que reflexiones en forma más detenida
sobre la cita bíblica anterior. Si crees que no viene
al caso para ti, no te preocupes. Entonces esta reflexión
podrá servir para otros. Muchos dicen: «Cuando yo era católico,
era malo, me emborrachaba, le pegaba a mi mujer, etc.
Cuando dejé la religión católica y entré en esta nueva
religión, encontré a Cristo y cambié de vida». Ahora mi
pregunta es la siguiente y quisiera que la respondieras con
toda sinceridad: «Antes de cambiar de religión, ¿conocías de veras
el catolicismo? Y si lo conocías, ¿tratabas de vivirlo? ¿O
tal vez abandonaste el catolicismo antes de haberlo conocido y
vivido? No quiero juzgarte ni culparte de nada. Para mí
las palabras de Jesús:«No juzguen y no serán juzgados» (Lc.
6, 37), son ley. Quiero solamente decirte esto: Si antes
de conocer y vivir el catolicismo cambiaste de religión: «Tú
no eras de los nuestros. Si hubieras sido de las
nuestros, te habrías quedado con nosotros. Al salirte, vimos claramente
que entre nosotros no todos eran de los nuestros» (1
Jn. 2, 19).
Y este problema sigue todavía. A causa
de tantos malos ejemplos presentes en la Iglesia, a falta
de buenos evangelizadores y frente a la triste realidad de
una masa que se llama católica, carente de instrucción y
vivencia cristiana, muchos se aprovechan para desacreditarla y sacar gente
para sus distintos grupos. ¿Lo hacen con sinceridad? ¿Por interés?
¿Por orgullo? ¿Por odio en contra de la Iglesia Católica?
¿Por motivos políticos, tratando de adormecer las conciencias y así
detener la marcha de la Iglesia Católica en favor de
los derechos fundamentales de la dignidad del hombre y de
la igualdad de todos los pueblos? Yo creo que hay
de todo. Sólo Dios conoce el corazón del hombre y
sabe por qué razones actúa cada cual. Mi intención es
ponerte en guardia, para que no creas fácilmente a cualquier
persona que te hable muy bonito de Cristo, persiguiendo otros
fines, reconocidos abiertamente o no. Tú obedece a tu conciencia.
Si estás convencido de que andas bien, sigue adelante según
tu conciencia y sin temor. Dios juzga el corazón. Si
eres sincero contigo mismo y buscas la verdad, no tengas
miedo. Dios te ayudará. Ora mucho y sigue buscando la
voluntad de Dios. Tal vez estas cartas que escribo te
podrán ayudar en algo.
Que Cristo sea conocido
No
obstante lo anterior, yo, por mi parte, sigo siendo optimista.
Me doy cuenta perfectamente de que para algunos «la religión
es puro negocio» (1 Tim. 6, 5). Me doy cuenta
que algunos viven de lo que otros cooperan. En realidad,
«el amor al dinero es la raíz de todos los
males» (1 Tim. 6, 10). Sin embargo, lo que más
importa es que Cristo sea conocido, aunque se trate de
un Cristo roto y con verdades a medias. Algo es
algo. Claro que me gustaría que estuviéramos todos unidos y
predicáramos al mismo Cristo con amor hacia todos, dando testimonio
de aquel Reino de paz y justicia, que Cristo vino
anunciar y empezó a implantar en este mundo. Pero... hay
que ser realistas. Es un hecho que somos pecadores y
que no logramos hacer las cosas a la perfección. A
este propósito recuerdo las palabras de San Pablo: «Algunos son
llevados por la envidia y quieren hacerme la competencia, pero,
al fin, ¿qué importa que unos sean sinceros y otros
hipócritas? De todas maneras, se anuncia a Cristo y eso
me alegra, y seguiré alegrándome» (Fil1,15-18).
Se llegará a la
unidad
A pesar de las fuerzas destructoras y los
fanatismos que operan en este mundo, estoy convencido de que
el sueño de Cristo se va a realizar algún día.
La verdad tiene que abrirse paso; si somos dóciles a
los impulsos del Espíritu, se llegará a la unidad: «Yo
soy el Buen Pastor: conozco mis ovejas y ellas me conocen a
mí. Tengo otras ovejas, que no son de este corral. A ellas también
las llamaré y oirán mi voz: y habrá UN SOLO REBAÑO, como hay
un solo pastor» (Jn. 10,14-16) Así pues, adelante, hermano, con fe en
estas palabras de Jesús. Un día llegaremos a formar una
sola Iglesia todos los creyentes en Cristo. Tratemos de luchar
para que este día no sea muy lejano.
Quiero terminar esta carta con las palabras de un pastor
protestante: «No te conformes nunca con el escándalo de la
separación de los cristianos que tan fácilmente proclaman el amor
al prójimo pero siguen viviendo separados. Busca ardientemente la unidad
del Cuerpo de Cristo» (Pastor Roger Schultz).
El Mesías Verdadero al darles
la Comunión dijo vivan en unión hasta el último momento. Este es mi
testamento no me lo hagan al revés tengan un solo querer perseveren bien
unidos no se olviden mis amigos de cumplir este deber Hoy después de
dos mil años esta es la pura verdad se perdió aquella unidad que
el Señor dejó ordenado. El nos llama a reencontrarnos en amor y
santa unión busquemos de corazón aquella unidad perdida y sanemos las heridas que causó
la división.
Cuestionario
¿Qué pidió Jesús en
la oración sacerdotal? ¿Cuál es la realidad actual que nos
toca vivir? ¿Por qué estamos separados? ¿Va esto contra la
expresa voluntad de Jesús? ¿Es también esto un escándalo par
l mundo? ¿Dificulta esto la evangelización a nivel mundial? ¿Por
qué algunos católicos se cambian a los evangélicos? ¿Por qué
renuncian tan fácilmente a la Fe Católica? ¿Estamos suficientemente informados
sobre los postulados de nuestra Fe? ¿Llegará algún día la
unidad deseada por Jesús? ¿Qué se nos exige mientras?
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