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Autor: Monseñor José Ignacio Munilla Aguirre | Fuente: www.enticonfio.org La pitonisa de Endor
El hombre moderno recurre al intento de adivinación del futuro, para liberarse de sus incertidumbres y aplacar sus miedos.
La pitonisa de Endor
Supongo que el título elegido para este artículo
puede resultar extraño para algunos lectores. La pitonisa de Endor
es un personaje bíblico, que aparece en el capítulo 28
del Primer Libro de Samuel. La historia bíblica narra que
el rey Saúl, aterrado ante la inminencia del ataque del
ejército filisteo, y no sabiendo qué hacer, recurrió furtivamente a
consultar a una adivina, la pitonisa de Endor, a pesar
de que, anteriormente, él mismo había ordenado expulsar del país
a todos los nigromantes y videntes.
La desconfianza, y aquel
silencio de Dios que le resultaba insufrible, hicieron que el
rey Saúl cayera en la tentación de acudir al método
de adivinación que él mismo había reprobado para sus súbditos.
Es un pasaje bíblico de un gran dramatismo que, acaso,
tiene más actualidad de la que cabe suponer (1Samuel 28).
De horóscopos, tarots y mediums
No
estamos ante un hecho menor… Baste comprobar que muchos medios
de comunicación, ante la disminución de la publicidad comercial, están
recurriendo al negocio esotérico para salvar sus maltrechos balances. A
diferencia de lo que ocurre en otros ámbitos de la
economía, los momentos de crisis son la ocasión propicia para
que algunos hagan fortuna, explotando los miedos, supersticiones, angustias y
ansiedades de los que sufren.
He aquí uno de
los contrastes más llamativos de esta cultura occidental, que tanto
alardea de no aceptar más dogma que las ciencias experimentales.
Estamos ante uno de esos fenómenos inconfesables, que tienen mayor
incidencia que la que estamos dispuestos a declarar en público.
La ideología laicista y positivista se siente incómoda a la
hora de reconocer esta paradoja: vivimos en una sociedad materialista,
que hace alarde de su increencia, pero que, sin embargo,
termina construyendo su peculiar “espiritualidad” a base de recetas esotéricas.
El esoterismo y el ateísmo son dos cosmovisiones con
muchos vasos comunicantes. En el fondo y en la práctica,
la superstición es tan contraria a la fe, como lo
es el ateísmo. Queda patente que la “credulidad” y la
“increencia”, lejos de ser dos fenómenos opuestos e incompatibles, son
dos ramas de un mismo tronco: la desconfianza en Dios.
El hombre moderno recurre al intento de adivinación del
futuro, para liberarse de sus incertidumbres y aplacar sus miedos.
Estamos ante una nueva edición del mismo pecado de desconfianza
de Saúl. El auténtico antídoto contra esta tentación lo hemos
recibido de Jesucristo: “La actitud cristiana justa consiste en entregarse
con confianza en las manos de la providencia en lo
que se refiere al futuro y en abandonar toda curiosidad
malsana al respecto” (Catecismo de la Iglesia Católica 2115).
El consejo que la tradición cristiana atribuye a San Ignacio
es muy significativo: “Haz las cosas como si sólo dependiesen
de ti, y luego espera y confía como si sólo
dependiesen de Dios”.
De rumores, filtraciones y cotilleos…
Aunque se trata de un “género inferior”, los
rumores, filtraciones y cotilleos pertenecen a la misma especie del
esoterismo; o, cuando menos, son “parientes”. Se trata de una
tentación que está bien reflejada en el refrán que dice:
“La información es poder”. Es indudable que existe en nosotros
una atracción morbosa hacia las “informaciones privilegiadas” o las noticias
“en exclusiva”. Los motivos pueden ser diversos: desde el deseo
de protagonismo, hasta el ansia de curiosidad o el intento
de superar las incertidumbres. Lo cierto es que ese afán
desmedido de novedades, genera fácilmente una dinámica que nos aboca
a multitud de “cotilleos”, “vaticinios”, “rumores”, “filtraciones”, “suposiciones”…
Sin
embargo, no es verdad que el acceso a determinados “secretos”
nos preserve del riesgo de cometer errores. Muchas veces sucede
lo contrario: cuanto más dispersos y ávidos de novedades estamos,
más descentrados y alejados vivimos de nuestra propia realidad y
del momento presente.
La conclusión que extraemos es clara:
La fidelidad a la verdad exige la renuncia a la
pretensión de conocer y controlarlo todo. En esta cultura tan
marcada por la ansiedad, me atrevería a destacar la importancia
de los siguientes rasgos de madurez: Callar sobre lo que
no se sabe; renunciar a curiosidades indiscretas que no son
de nuestra competencia; no hablar de los ausentes, y si
fuera necesario, hacerlo con discreción; renunciar a ejercer de profetas
sin serlo; no preocuparse a destiempo; relativizar los problemas; practicar
el “santo abandono”…
He aquí una oración inspirada en
los escritos de San Pío de Pietrelcina, muy adecuada para
todos aquellos que, como Saúl, estamos tentados -de una u
otra forma- a acudir a la pitonisa de Endor: “Señor,
el pasado lo arrojo a tu misericordia. El futuro lo
confío a tu providencia. Y sólo me reservo el momento
presente para vivirlo y ofrecértelo en intensidad de amor”.
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