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Autor: Catholic,net | Fuente: Catholic,net ¿Hay sectas dentro de la Iglesia Católica?
Reflexiones Sobre el concepto de Secta y respuesta a algunas acusaciones dirigidas a grupos católicos
¿Hay sectas dentro de la Iglesia Católica?
Clarificación de conceptos
Desde hace algún tiempo, en los medios
de comunicación social se habla de "sectas intra-eclesiales" o de
"sectas intra-católicas". Se quiere así criticar una serie de movimientos
y comunidades que han surgido en los últimos decenios. Antes,
a muchos de estos nuevos grupos se les solía tachar
de "conservadores" o "fundamentalistas"; ahora se los trata de aislar
como "sectas intra-eclesiales" . Nos quieren alertar contra ellos como
contra las sectas clásicas o las así llamadas "religiones de
los jóvenes", que constituyen un peligro para la salud psíquica
de las personas y las tratan de modo inhumano. Muchos
fieles saben que siempre ha habido, y hay también hoy,
sectas que se separan del cristianismo. Pero a muchos cristianos
les resulta sorprendente que existan sectas también dentro de la
Iglesia, aunque esos grupos hayan obtenido el reconocimiento y la
aprobación de la Iglesia.
El concepto de secta
El concepto de
secta surge en el ámbito religioso-eclesial, pero recientemente se ha
ampliado también a una dimensión político-social. Por eso, está perdiendo
su precisión científica y su carácter inequívoco. En el lenguaje
común se usa cada vez más como un eslogan para
señalar a ciertos grupos que se considera peligrosos, porque transgreden
valores fundamentales de la sociedad democrática liberal. Por lo general
hoy se suelen considerar como signos distintivos de una secta:
la formación de grupos selectos que se apartan del ambiente
social y con frecuencia se oponen a él; y la
creación de formas alternativas de vida que a menudo llevan
a extremos lejanos a la realidad y a exageraciones malsanas.
Como características internas de una secta, además del intento de
conservar una meta o un ídolo espiritual opuesto a lo
convencional, se suelen citar: el rechazo de valores fundamentales hoy,
como la libertad personal y la tolerancia, así como una
búsqueda, a veces militante, de las actitudes opuestas, un estilo
de vida totalitario; la supresión de la conciencia de los
miembros; la exclusión de los que están fuera del grupo;
y cierta tendencia a controlar la sociedad o algunos de
sus sectores. A un grupo, en el que se manifiestan
algunas de estas características, se le suele llamar secta.
En el lenguaje religioso, que es el más adecuado
(y, por ello, el más preciso) para tratar el problema,
una secta es un grupo que se ha separado de
las grandes Iglesias, de las Iglesias populares. A menudo las
sectas conservan algunos valores, ideas religiosas o formas de vida
de las comunidades eclesiales fundamentales, pero los absolutizan, aíslan y
realizan en una vida comunitaria rígidamente separada de la unidad
originaria y orientada a la conservación y la protección de
sí misma. He aquí algunos signos distintivos, vinculados con estos
datos fundamentales: ideas religiosas desequilibradas (por ejemplo, la inminencia del
fin del mundo); el rechazo de toda comunicación espiritual con
personas que piensen de otra manera; un entusiasmo exagerado al
presentar y realizar la propia visión; un fuerte proselitismo y
un convencimiento exagerado de su misión con respecto a un
mundo al que se desprecia; un absolutismo de la salvación
que limita la posibilidad de alcanzarla a un número determinado
de personas que pertenecen a dicho grupo.
En
la teología católica una secta se caracteriza sobre todo por
el abandono de la verdad bíblico-apostólica común y de los
contenidos centrales de la fe. Por eso, a juicio de
la Iglesia, la secta siempre está vinculada con la herejía
y el cisma.
No se necesita haber estudiado teología para
reconocer la contradicción fundamental que implica el eslogan: "sectas intra-eclesiales".
La presunta existencia de sectas dentro de la Iglesia conlleva
indirectamente también un reproche al Papa y a los obispos,
que tiene la responsabilidad de examinar las asociaciones eclesiales para
ver si su doctrina y sus actividades van de acuerdo
con la fe de la Iglesia. Por eso, el hecho
de que la autoridad de la Iglesia no reconozca a
una asociación forma parte esencial de la determinación teológico-eclesial de
la misma como secta. Las sectas se encuentran fuera de
la Iglesia (y también fuera de los compromisos ecuménicos). Las
sectas se hallan aisladas y, por su auto-comprensión, no quieren
verse sometidas a examen por parte de la autoridad eclesiástica.
Por el contrario, las comunidades eclesiales reconocidas se mantienen en
contacto continuo con los responsables en la Iglesia. Sus estatutos
y su estilo de vida son examinados. Por ello, no
es justo que ciertas instituciones, personas o medios de comunicación
tachen de sectas a comunidades reconocidas por la Iglesia, o
incluso que llamen "prácticas sectarias" al estilo de vida que
sigue los tres consejos evangélicos.
Según la legislación de la
Iglesia, los fieles tienen derecho a fundar asociaciones.
Corresponde a
los obispos y a la Santa Sede el deber de
examinar las nuevas comunidades y los nuevos movimientos -con lenguaje
paulino, se habla también de nuevos carismas- y, si es
el caso, reconocer su autenticidad. La autoridad eclesiástica debe promover
y sostener lo que el Espíritu suscita en la Iglesia.
También debe intervenir y corregir, si se producen errores o
desviaciones en la doctrina o en la praxis. Aquí radica
la gran diferencia con una secta, la cual no tiene
y no reconoce una autoridad exterior, mientras que los grupos
eclesiales se someten consciente y libremente a la autoridad de
la Iglesia, siempre dispuestos a aceptar las correcciones que pueda
hacerles. Y esta verdad se puede confirmar con numerosos ejemplos
concretos.
Libero Gerosa resume los criterios esenciales de
los carismas auténticos de la siguiente manera: "Los carismas son
gracias especiales que el Espíritu distribuye libremente entre los fieles
de todo tipo y con los que los capacita y
dispone para asumir varias obras y funciones, útiles para la
renovación de la Iglesia y para el desarrollo de su
construcción. Algunos de estos carismas son extraordinarios, otros, por el
contrario, sencillos y mucho más difundidos, pero el juicio sobre
su autenticidad corresponde, sin ninguna excepción, a los que presiden
en la Iglesia, a los que compete no extinguir los
carismas auténticos" . En todo caso, nadie debería dejarse turbar
por el hecho de que los medios de comunicación presenten
como "sectas intraeclesiales" a algunas comunidades aprobadas por la Iglesia.
Si hubiera dudas o preguntas, siempre existe la posibilidad de
informarse con mayor detalle en los organismos competentes de la
Iglesia.
El concepto de "fundamentalismo"
La palabra fundamentalismo se refiere originariamente
a un movimiento religioso-ideológico que surgió en Estados Unidos antes
de la primera guerra mundial. Hacia una interpretación estrictamente literal
de la Biblia (sobre todo de los relatos de la
creación) y se convirtió en un movimiento colectivo conservador protestante.
Los aspectos típicos del fundamentalismo actual, en su país de
origen, son: el rechazo de toda visión histórico-critica de los
textos bíblicos; la orientación casi mítica hacia un pasado idealizado,
el rechazo de to-da valoración positive del desarrollo moderno; un
moralismo penetrante y critico sobre todo de los excesos de
la sociedad de consumo, a veces también ciertas tendencias políticas
de extrema derecha y afirmaciones créticas sobre la democracia. En
la filosofía y sociología modernas ese fundamentalismo americano, como expresión
de la American civil religion, es valorado críticamente, pero, a
pesar de todo, se le considera un fenómeno serio frente
a las aporías del liberalismo extremo. Distinto de este significado
es el concepto, elaborado sólo en la década de 1980
en Europa, de un fundamentalismo religioso, expresión bastante confusa e
imprecisa.
Dicho concepto abarca fenómenos tan diferentes
como el extremismo fanático musulmán que, en el caso de
una desviación de la religión, es también favorable a la
aplicación de la pena de muerte y, por otra parte,
el compromiso de cristianos católicos de conservar la fe tradicional
de la Iglesia .La sospecha de fundamentalismo afecta, sin distinción
tanto a algunas asociaciones eclesiales, que desde el inicio han
acatado los principios fundamentales de la Iglesia y son fieles
al concilio Vaticano II, como a los seguidores de monseñor
Marcel Lefebvre.
En el fondo, el concepto de fundamentalismo se
utiliza a menudo como eslogan para atacar a alguien, más
que como expresión para describir un fenómeno espiritual claramente determinado.
En este contexto, se habla a veces también de dogmatismo,
de integrismo, de tradicionalismo, de sospecha con respecto a personas
que piensan y viven de forma diversa, o del miedo
ante la propia decisión.
Lo que la
crítica pretende con relación al fundamentalismo es rechazar una actitud
de la fe caracterizada por el miedo y la incertidumbre,
que no admite ningún desarrollo del dogma y de la
comprensión de la verdad, se atiene firmemente a formas y
fórmulas rígidas, y no se atreve a exponerse a la
praxis de la vida que cambia. Esta forma de crítica
es objetiva. Con todo, algunos críticos tienden a considerar fundamentalistas
a todos los grupos o movimientos que, a pesar de
los múltiples cambios actuales, se mantienen firmes en profesar la
existencia de verdades permanentes y de valores que obligan, y
que no se apartan "de la plenitud, de la forma
estructurada y de la belleza del mundo de la fe
católica" . Esos críticos deberían preguntarse si no corren ellos
mismos, a veces, el peligro de caer en un relativismo
con respecto a los valores y a la verdad, sosteniendo
al mismo tiempo cierta pretensión de absoluto, al querer decidir
por sí mismos cuáles son los fundamentos de la realidad
actual de la vida y de la fe.
En su nuevo libro "La sal de la tierra", el
cardenal Ratzinger responde a la pregunta sobre el significado y
el peligro del fundamentalismo moderno de modo muy preciso:
--"Un
elemento común a todas esas corrientes, que nosotros llamamos fundamentalistas,
es su afán por encontrar una fe segura y sencilla.
Esto, en sí mismo, no es malo, todo lo contrario,
porque la fe -como tantas veces se nos repite en
el Nuevo Testamento- se dirige a los sencillos, a los
pequeños, a los que no son capaces de captar complicadas
sutilezas académicas. Si en nuestra vida actual pesa tanto la
falta de seguridad, las dudas, y la ausencia de fe
en la verdad conocida, desde luego no vivimos de acuerdo
con el modelo de vida que la Biblia nos propone.
Pero ese deseo de seguridad y sencillez, del que hablábamos,
puede ser peligroso y acabar en un puro fanatismo y
en estrechez de miras. Cuando las razones de la fe
son dudosas, también se falsea la fe. Y entonces se
convierte en una idea partidista, que ya nada tiene que
ver con el dirigirse confiadamente a un Dios vivo causa
de nuestra vida. Entonces se producen formas patológicas de religiosidad,
como, por ejemplo, esas búsquedas de apariciones, con mensajes del
más allá, y otras cosas por el estilo. Los teólogos,
en vez de referirse con superficialidad a los fundamentalismos cada
vez más extendidos, deberían detenerse a reflexionar sobre qué parte
de culpa puedan tener ellos de que tantas personas huyan
hacia otras formas de religiosidad más estricta y a veces,
incluso, perjudiciales para el hombre. Si continuamos cuestionándolo todo, sin
dar las respuestas positivas de la fe, no podremos evitar
una gran huida .
Respuesta a algunas críticas
En la
primera parte de este articulo he tratado de aclarar brevemente
los conceptos de secta y de fundamentalismo; ahora, en esta
segunda, responderé a las diversas críticas que se hacen a
las nuevas comunidades eclesiales .Como he explicado, no se puede
tacharse sectas a los grupos y movimientos reconocidos por la
Iglesia, pues la aprobación eclesiástica atestigua su arraigo en la
Iglesia. A veces son muchas las críticas que se lanzan
contra los nuevos carismas, a pesar de su reconocimiento por
parte de la Iglesia. A este respecto, es preciso tener
presente que se debe distinguir entre la doctrina y la
actividad de estas comunidades, reconocidas por la Iglesia como carismas,
y las debilidades de algunas personas. Todos sabemos que el
obrar humano es imperfecto. Por ello, hay que subrayar una
vez más, que la autoridad de la Iglesia debe intervenir
donde se produzcan desviaciones. Algunas críticas que se han hecho
son: lavado de cerebro, aislamiento y separación del mundo, alejamiento
de la familia, dependencia de personalidades carismáticas, creación de estructuras
intra-eclesiales propias, violación de derechos humanos, problema de los ex-miembros.
Trataré de responder a esas críticas:
"Lavado de cerebro"
Este
término ni siquiera es aplicable al cambio de la personalidad
que a menudo se produce dentro de las sectas, pues
con él se quiere aludir a métodos inhumanos, aplicados por
regímenes totalitarios, para influenciar y cambiar la personalidad del hombre.
Ese término no se puede aplicar de ninguna manera a
la formación de los miembros de comunidades eclesiales, puesto que
la formación es una transformación, querida libremente, que respeta la
dignidad humana; una transformación de toda la persona en Cristo,
que deriva de la llamada programática de Jesús a convertirse
y a creer (cf. Mc 1, 14 ss). Quien sigue
la llamada de Jesús en la gracia y en la
libertad, adquiere una visión sobrenatural de la vida en todas
sus dimensiones. También San Pablo, en una de sus cartas,
habla de esta transformación, cuando afirma: "No os acomodéis al
mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra
mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad
de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto"(Rm 12, 2).
En la tradición cristiana, ese proceso se suele llamar metánoia:
conversión de vida. Tal cambio de vida se basa en
la experiencia de ser llamado por el Dios vivo a
seguirlo en un camino particular. La conversión es un proceso
de vida, que requiere una continua decisión libre del cristiano.
Es deber de las comunidades eclesiales controlar que la decisión
de seguir la llamada sea libre. Una serie de directrices
canónicas está orientada a ello.
"Aislamiento" y "separación" del mundo
El
Evangelio dice que los cristianos no son "del mundo" (En
17, 16), sino que cumplen su misión "en el mundo"
(En 17, 18). Alejamiento del mundo no significa separación de
los hombres y de sus alegrías, preocupaciones y necesidades, sino
alejamiento del pecado. Por tanto, Jesús ora por sus discípulos:"No
te pido que los retires del mundo, sino que los
guardes del maligno" (En 17, 15). Si los cristianos no
hacen ciertas cosas como los demás, o si no siguen
completamente la moda, no quiere decir que desprecien el mundo.
Sólo rechazan lo que va en contra de su fe
o lo que no consideran más importante porque han encontrado
"el tesoro escondido en un campo" (Mt 13, 44). La
unión con Cristo debe impulsarlos a no apartarse a un
mundo propio, sino a santificar el mundo, transformándolo en la
verdad, en la justicia y en la caridad. En una
sociedad marcada por los medios de comunicación social, en la
que la Iglesia debe ser una "casa de cristal", debemos
afrontar también el desafío de ser transparentes en el sentido
de la primera carta de San Pedro, es decir, "siempre
dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida
razón de vuestra esperanza" (I Pe 3, -15). Esto vale
también para las comunidades contemplativas, que viven dentro de las
paredes del monasterio y, mediante la oración y el sacrificio,
se dedican al bien de los hombres. En efecto, la
Iglesia, por una parte, es una "sociedad de contradicción" ;
y, por otra, una comunidad misionera en medio del mundo.
En varias ocasiones el Concilio Vaticano II puso de relieve
ese aspecto, citando-entre otras fuentes- el antiguo Discurso a Diogneto.
En ese Discurso, escrito entre el siglo II y el
III, se subraya que los cristianos, como todos los hombres,
viven en el mundo, pero al mismo tiempo se oponen
al espíritu del mundo, porque tienden a una meta que
está más allá del mundo.
Precisamente así cumplen su misión por
el bien del mundo.
"Para decirlo brevemente, lo que es
el alma en el cuerpo eso son los cristianos en
el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros
del cuerpo, y cristianos hay por todas las ciudades del
mundo. Habita el alma en el cuerpo, pero no procede
del cuerpo; así los cristianos habitan en el mundo, pero
no son del mundo. El alma invisible está encerrada en
la cárcel del cuerpo visible; así los cristianos son conocidos
como quienes viven en el mundo, pero su religión sigue
siendo invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin
haber recibido agravio alguno de ella, porque no le deja
gozar de los placeres, a los cristianos los aborrece el
mundo, sin haber recibido agravio de ellos, porque renuncian a
los placeres(...). Los cristianos viven de paso en moradas corruptibles,
mientras esperan la incorrupción en los cielos. El alma, maltratada
en comidas y bebidas, se mejora; lo mismo los cristianos,
castigados de muerte cada día, se multiplican más y más.
Tal el puesto que Dios les señaló y no les
es lícito desertar de él".
Alejamiento de la familia
El respeto y la solicitud amorosa hacia los padres y
familiares forma parte esencial del mensaje cristiano. Pero si se
trata de la llamada a su seguimiento particular, Jesús pide
que también se alejen de su familia: los Apóstoles abandonaron
su familia, su profesión, su patria. Ese modo de seguir
a Cristo continúa en la historia hasta nuestros días. Algunos
padres se alegran de que uno de sus hijos o
hijas tome esa decisión, pero, a este respecto, pueden surgir
conflictos con los familiares. Jesús mismo los previó (cf. Mt
10, 37). Dejar que un hijo se marche no siempre
es fácil, ni siquiera en el caso del matrimonio. De
todos modos, si se abandona la casa por la llamada
de Jesús y con plena libertad, no se trata de
huir de los deberes familiares, y no se puede achacar
a un influjo injustificado por parte de una comunidad. Sólo
sería criticable si se buscara adrede una ruptura con los
familiares que se esfuerzan también por vivir su fe cristiana.
En efecto, todo miembro de la familia es libre de
escoger su camino en la vida. También a este propósito
es preciso ser tolerantes, respetando la decisión de la conciencia
de la persona.
Ciertamente, en el pasado
se han producido situaciones difíciles, y también se dan hoy
conflictos como, por ejemplo, el de las comunidades que influyen
en menores de edad contra la voluntad de sus padres,
o el de algunos padres que no comprenden o no
aceptan la decisión de un hijo que quiere entrar en
una comunidad religiosa. Sin embargo, si se vive el seguimiento
de Jesús con amor, con decisión y con afecto cristiano,
y si se respeta la libre decisión de cada uno,
se puede crear una relación de confianza entre la familia
natural y la espiritual, con resultados muy positivos. Muchos hombres,
por propia experiencia, pueden atestiguarlo.
El papel de personalidades carismáticas
Es preciso distinguir con esmero entre personas que utilizan su
capacidad de modo egoísta y falso para dominar a los
demás y hacerlos dóciles, y las personas realmente carismáticas, que
también las hay hoy en la Iglesia. Éstas ofrecen todo su
ser "con pureza" (II Cor 6, 6) por el bien
de la Iglesia y de los hombres. En la historia
de la salvación encontramos continuamente nuevas personalidades carismáticas. Su prototipo
es Jesucristo mismo. Siguiendo su ejemplo, innumerables hombres y mujeres
han descubierto su camino en la vida y su felicidad.
Fundadores y otros hombres carismáticos, como San Benito, San Ignacio,
Santa Clara o Santa Ángela de Merici, se esforzaron por
ganar a otras personas para Cristo. Dios los envió como
un regalo a su Iglesia. Con la libertad de los
hijos de Dios, transmitieron a otros la riqueza sobrenatural de
su vida, y siempre se sometieron a la autoridad de
la Iglesia. ¿No debemos dar gracias a Dios porque nos
regala también hoy personas tan llenas de espíritu? Además de
conservar las estructuras establecidas y consolidadas, ¿no debemos también estar
abiertos al soplo del Espíritu Santo, que es el alma
de la iglesia?
Creación de estructuras intra-eclesiales propias
A menudo se
critica a ciertos grupos porque forman una "iglesia dentro de
la Iglesia". Para evitar ese peligro, es preciso buscar siempre
una relación equilibrada entre estructuras eclesiales existentes, sobre todo la
parroquia, y los nuevos grupos. A este respecto, el cardenal
Ratzinger afirma: "A pesar de los grandes cambios esperados, en
mi opinión, la célula principal para la vida comunitaria seguirá
siendo la parroquia (...) Habrá que aprender a caminar uno
junto a otro, y eso, sin duda alguna, supone un
enriquecimiento. ¿Con qué rapidez sucederá esto en la historia? Dependerá,
seguramente, de que haya grupos con un carisma determinado debido
a la personalidad de su fundador y de que se
mantengan unidos recorriendo juntos un camino espiritual específico. El intercambio
de experiencias entre la parroquia y cada uno de esos
movimientos será muy necesario, porque cada movimiento tendrá que estar
unido a la parroquia para no verse convertido en secta,
y la parroquia necesitará de esos movimientos para no quedarse
entumecida. Actualmente, en las órdenes religiosas se han creado otras
formas de vida en medio del mundo. Cualquiera que lo
desee puede comprobar, y se asombrará de ello, la diversidad
de formas de vida cristiana totalmente nuevas ya existentes, y
seguramente en medio de todas ellas podría entreverse la Iglesia
de mañana".
"Violación" de derechos humanos
Desde tiempos antiguos el núcleo
dela vida consagrada fue el seguimiento de Cristo en el
celibato (en la virginidad), en la obediencia y en la
pobreza. Quien elige este camino y, después de varios años
de reflexión y de oración, asume sus respectivos compromisos, renuncia
a determinados derechos por una libre decisión de conciencia: al
derecho de contraer matrimonio; al derecho a la autodeterminación; y
al derecho a administrar y a adquirir bienes de forma
independiente. El Concilio enseña: "Los consejos evangélicos de castidad consagrada
a Dios, pobreza y obediencia tienen su fundamento en las
palabras y el ejemplo del Señor. Recomendados por los Apóstoles,
los Padres de la Iglesia, los doctores y pastores, son
un don de Dios, que la Iglesia recibió de su
Señor y que con su gracia conserva siempre" . La
decisión de seguir esa forma de vida, si se toma
voluntariamente, no viola los derechos humanos, sino que es la
respuesta a una llamada particular de Cristo. De todos modos,
los responsables de las diversas comunidades deben apoyar la disponibilidad
de los miembros con sinceridad y ayudarles a que fructifique
en el espíritu de una verdadera comunión, para la edificación
de la Iglesia y para el bien de los hombres.
El problema de los ex-miembros
En todas las comunidades religiosas los
nuevos miembros disponen de un tiempo de conocimiento recíproco, de
crecimiento y de auto-examen, como preparación para un compromiso definitivo.
Los superiores también tienen derecho a expulsar a alguno, si
se producen ciertos hechos graves. Por desgracia, también hay abandonos
o expulsiones, cuando alguien da un paso definitivo. Algunos de
los que han abandonado una comunidad conservan un buen contacto
y, de común acuerdo, siguen su camino. Naturalmente, las comunidades
reconocidas por la Iglesia también deben ofrecer a sus miembros
y ex-miembros la posibilidad de dirigirse, en caso de conflicto,
a las instancias eclesiásticas competentes.
Ahora bien, algunos de los
ex-miembros difunden sus experiencias negativas en los medios de comunicación
social. Donde haya personas que viven juntas, hay inevitablemente límites
y debilidades. Pero eso no justifica que se presenten las
propias dificultades en el interior de una comunidad como válidas
en general. Esas experiencias negativas de algunos son siempre dolorosas
para la entera comunidad de la Iglesia. Tales experiencias a
menudo son destacadas por la publicidad secular, a la cual,
normalmente, no le interesan las cuestiones doctrinales, sino sólo los
comportamientos y las consecuencias que de ellas derivan. En la
discusión se pone de relieve que la Iglesia, en sus
diversas comunidades, es una "sociedad de contradicción" ante la sociedad
liberal y secular. "Quien acepta la religión sólo en la
forma de una religión civil adaptada a la mentalidad social,
considerará sospechoso todo lo que sea radical" . Si una
crítica se basa en una acusación realmente seria, la autoridad
eclesiástica la examinará a fondo; una crítica puede llevar también
a una purificación y a un mejor crecimiento de esa
comunidad. En el Informe Vaticano de 1986 sobre "el fenómeno
de las sectas o nuevos movimientos religiosos" se afirma, al
respecto, que actitudes sectarias (como, por ejemplo, la intolerancia y
el proselitismo agresivo, citadas en dicho Informe) no bastan para
constituir una secta, pues pueden darse también en comunidades eclesiales.
Ahora bien, se afirma textualmente que estos grupos "pueden cambiar
positivamente mediante una profundización de su formación cristiana y a
través del contacto con otros cristianos. En este sentido, dichos
grupos pueden crecer dentro de una mentalidad y actitud más
eclesiales" . Esta actitud eclesial se requiere en ambas partes:
en las comunidades, para que presenten su carisma como un
don entre muchos otros (rechazando así la tentación de una
"pretensión eclesiástica absolutista") y también en los que no tienen
un acceso inmediato a esas formas de vida eclesial, porque
reconocen en esas comunidades un don del Espíritu, que da
la vida, un don que brinda a muchos hombres un
acceso a la fe.
Hoy, en varios países del mundo,
está apareciendo un nuevo deseo de vivir más resueltamente el
mensaje de Cristo, a pesar de todas las debilidades humanas;
de servir a la Iglesia en comunión con el Santo
Padre y los obispos. Muchos ven en los nuevos carismas
un signo de esperanza. Otros los consideran realidades extrañas, y
otros como un desafío o incluso como una acusación contra
la que se defienden, a veces hasta con reproches. Algunos
promueven un humanismo que se aparta cada vez más de
sus raíces cristianas. Pero no hemos de olvidar que "la
expresión conciliar ecclesia semper reformanda” no sólo se refiere a
la necesidad de reflexionar sobre las estructuras, sino también a
la apertura siempre nueva y al replanteamiento de acuerdos con
el espíritu del tiempo demasiado favorables".
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