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Autor: Julio de la Vega-Hazas Ramírez. | Fuente: Info-RIES Sri Sri Ravi Shankar y "El arte de vivir"
La “meditación trascendental” creada por Sri Sri Ravi, es simplemente un gran fraude.
Sri Sri Ravi Shankar y "El arte de vivir"
Julio de la Vega-Hazas Ramírez. Miembro de la RIES. Sacerdote
español del Opus Dei y Doctor en Teología, Julio de
la Vega-Hazas está especializado en moral y en sectas. De
hecho, uno de sus libros se titula El complejo mundo
de las sectas.
¿QUIÉN ES SRI SRI RAVI SHANKAR?
En febrero
de 2008, el entierro de Maharishi Mahesh Yogi acabó por
despejar las dudas sobre la naturaleza de sus enseñanzas a
quien todavía pudiera tenerlas. Falleció en Holanda, pero sus restos
fueron trasladados a orillas del Ganges para recibir el homenaje
que correspondía a lo que en verdad era, un gurú
hindú. Su criatura, Meditación Trascendental (MT), era un vehículo de
transmisión de su religión, el hinduismo, en Occidente, disfrazado de
técnicas de meditación para combatir el estrés. Su presentación como
técnica ajena a cualquier religión atraía personas y abría puertas
que hubieran permanecido cerradas ante algo con etiqueta religiosa. Pero,
en realidad, el “estrés” del que liberaba no era para
Maharishi otra cosa que el karma hindú –la carga negativa
acumulada tanto de la actual como de pasadas vidas-, y
justificaba su posición ante sus correligionarios diciendo que “Occidente todavía
no está preparado para la verdad”.
Una personalidad como de la
Maharishi difícilmente puede preparar un sucesor con el mismo empuje.
MT tiene un sucesor al frente de su entidad –Maharaja
Nader Raam-, pero posiblemente su principal continuador haya que verlo
fuera de esa institución. Sri Sri Ravi Shankar se inició
con Maharishi Mahesh Yogi, pero pronto le abandonó para crear
su propio grupo, El arte de vivir (AV). Ravi Shankar
está mostrando el mismo empuje que Maharishi tuvo en los
años 70, y AV se ha convertido en el gurú
que más dinero controla desde su institución. Ha podido hablar
en lugares tan insólitos como el parlamento etíope o Iraq,
e incluso ha visitado Pakistán, algo verdaderamente insólito para un
personaje de este tipo. A la vez, es difícil encontrar
alguien sobre quien se emitan valoraciones tan dispares. Para unos,
es una verdadera encarnación de un santón de la India;
para otros, alguien que ha dado con algo verdaderamente útil
para el acelerado hombre moderno, o bien un charlatán que
sólo vende humo a quien se deja engañar, un actor
que sólo busca ganar dinero con un show que no
se diferencia mucho de vender un elixir milagroso, un exponente
del NewAge o simplemente “otro gurú oriental”. De ahí que
surja la pregunta: ¿quién es realmente Sri Sri Ravi Shankar?
¿Encaja en alguna de estas etiquetas, es una mezcla de
todo esto o es algo distinto? Lo cierto es que
no resulta fácil responder por lo resbaladizo del personaje, pero
intentaremos dar una respuesta, utilizando la vía que a mi
juicio es más clarificadora a este respecto: la comparación con
su maestro, Maharishi Mahesh Yogi.
Una primera semejanza radica en lo
más aparente: la imagen. Maharishi, en los años 60 y
70, adoptó una estética bastante al gusto de lo que
entonces era la modernidad hippy, con un aspecto de hombre
tranquilo que ha encontrado la paz. Shankar la ha adaptado
a la mentalidad actual, de forma que se presenta como
el hombre tranquilo que ha encontrado el secreto de la
salud, tanto física como mental. Tanto en uno como en
otro la imagen se ha cuidado hasta el extremo, de
forma que es poco menos que imposible saber a ciencia
cierta quién se oculta tras el estereotipo mostrado. Shankar, nacido
en 1956, continuamente presume de tener más edad de la
que aparenta, aunque lo cierto es que, sin el “arreglo”
con el que se deja ver –sobre todo, con la
barba teñida de negro-, aparenta la edad que tiene. Más
difícil de creer es que duerma tres horas al día
y que su estado interior sea el de un niño,
como también manifiesta con frecuencia. Lo único que se puede
concluir con certeza es que todo esto es fruto de
una cuidadosa operación de imagen, airada una y otra vez
por una propaganda incesante.
Más importante es la presentación, no ya
de la persona, sino del “producto•”. Maharishi ofrecía una sencilla
meditación en la que, en un principio, se trataba de
repetir unas palabras que permitían al sujeto armonizar su interior.
El yogui aseguraba que era una técnica sin significado religioso,
pero en realidad las palabras eran términos sánscritos con significado
religioso (se defendía diciendo “pero no para los meditantes”). Shankar
ofrece unas técnicas respiratorias con las que se puede eliminar
el estrés y sentirse bien. En principio las técnicas de
respiración no tienen idioma ni religión, pero los dos coinciden
en el objetivo –el estrés-, y es más significativo de
lo que parece a primera vista que Shankar hable de
“arrojar fuera” el estrés. Se refiere al mismo como si
fuera no tanto un estado anímico o nervioso, sino como
algo con una cierta entidad propia que uno lleva dentro
y que debe expulsarse mediante la debida técnica. O sea,
de modo más disimulado aún que en Maharishi, nos encontramos
de nuevo con el karma hindú, debidamente presentado con un
estudiado envoltorio occidental y aséptico.
Otra característica común es lo esquivos
que se han mostrado ambos cuando se les pregunta por
el carácter religioso de su enseñanza. La salida más frecuente
es decir que se trata de cosas perfectamente compatibles con
cualquier religión, de forma que quien atienda sus cursillos no
tiene ninguna necesidad de abandonar su religión. La respuesta tiene
su truco. Para un occidental, decir que algo es compatible
con cualquier credo religioso connota que se trata de algo
no religioso por ser “neutral”. Para un hindú eso no
es así. Las religiones orientales son bastante sincretistas: tienden a
ver como asimilable todo lo que viene de otra parte.
Aunque, claro está, asimilable no es lo mismo que compatible.
Por eso lo que sucede es que cualquier otro credo
se ve desfigurado en sus contenidos, aunque se mantenga en
lo posible su terminología. Con respecto al cristianismo, por ejemplo,
se puede mantener la afirmación de la divinidad de Jesucristo...
sólo que en el mismo sentido en que es divino
el gurú de turno. Y, sobre esto último, conviene fijarse
en el título adoptado por Shankar. “Sri” significa “señor”, y
el líder de AV afirma que su repetición obedece al
deseo de distinguirse del músico llamado Sri Ravi Shankar. Pero
lo cierto es que podía haber marcado la diferencia de
muchos modos, y la repetición del término lo convierte en
un superlativo utilizado para referirse a la divinidad. De hecho,
hay testimonios suficientes de que, dentro de su organización, Shankar
es aclamado como lo que en realidad quiere ser: un
líder religioso divinizado por sus seguidores. También aquí hay un
paralelismo con Maharishi.
Todas estas semejanzas, claro está, no son casualidad.
Shankar estuvo poco tiempo con Maharishi, pero el suficiente para
aprender bien la sustancia de MT. Su semblanza oficial –una
verdadera hagiografía- señala que Shankar ya sabía de memoria el
Bhagavad Gita –el largo poema que constituye el principal de
los escritos védicos- a los cuatro años. Pero su hermana
no tiene empacho en declarar que detesta la lectura: “Nunca
ha leído un libro; lee una página y ya se
queda dormido”. ¿Dónde ha aprendido, pues? Sólo cabe una respuesta:
de Maharishi. Los dos han demostrado ser sujetos inteligentes y
astutos. Los dos han demostrado ser ególatras. Por eso no
podían estar juntos mucho tiempo. Shankar, cuando estimó que ya
había aprendido lo suficiente, se fue. Por los testimonios familiares
que conocemos, lo que mostró desde la infancia no era
un conocimiento del Bhagavad Gita, sino una ambición desmedida, una
buena inteligencia y un temperamento audaz, que le impulsaba a
arriesgar para conseguir lo que quería. Dejó los estudios –con
esa afición por la lectura no es de extrañar-, dejó
su primer trabajo, dejó a Maharishi... y acabó saliéndose con
la suya.
En Occidente, con frecuencia, las organizaciones religiosas venidas
de la India son catalogadas como sectas, como movimientos new
age o como negocios, y se les aplican los correspondientes
esquemas, que suelen ser incompletos, cuando no simplemente falsos. Lo
que más raramente se hace es algo que resulta muy
esclarecedor al respecto: ver qué se piensa en la India.
AV tiene su sede principal en las afueras de Bangalore.
Allí tiene su ashram, sólo que no coincide con la
idea tradicional que evoca este término, la de una finca
en la que se encuentra una comunidad monástica o semimonástica
que vive de la tierra (en régimen vegetariano). Incluye una
zona residencial con un lago artificial, helipuerto, grandes comedores, cibercafés,
librería, farmacias, y la sede de un canal de radio
difundido por satélite. Pero lo más llamativo es que no
se trata de un caso aislado. Otras organizaciones, algunas desconocidas
fuera de la India y otras bien conocidas (Osho, ISKCON),
mueven mucho dinero, y AV figura en cabeza. La entrada
a las festividades anuales del grupo cuesta cinco mil rupias.
La clientela más buscada es la nueva clase económicamente desahogada
creada con el rápido crecimiento económico en la India. Aquí
es donde se ve con más claridad que las técnicas
de respiración no van solas. Lo que se ofrece, de
una manera u otra y en todas partes, es solaz
y meditación. Las declaraciones mismas de Shankar, si se examinan
detenidamente, incluyen la meditación en su oferta. Como ocurre en
MT con los breves mantras, los ejercicios respiratorios no son
más que el principio. ¿De qué? Pues de algo que
se puede resumir con una sola palabra: yoga.
En la
India no se ponen objeciones a que montajes religiosos ganen
millones de dólares, y menos aún cuando, como suele ocurrir
–y AV no es una excepción-, financian algunas obras asistenciales
y educativas. En 2005, una santona de Kerala, Amma Amritanandamayi,
se permitió el lujo de donar un millón de dólares
para los damnificados del huracán Katrina en Estados Unidos. Cuando
los precios son altos o incluso disparatados, tampoco se oculta.
A la entrada del ashram de un gurú llamado Baba
Ramdev hay un gran cartel que dice: “Miembro ordinario: 11.000
rupias; miembro de honor: 21.000 rupias; miembro especial: 51.000 rupias;
miembro de por vida: 100.000 rupias; miembro reservado: 251.000 rupias;
miembro fundador: 500.000 rupias” (diez mil rupias equivalen a unos
250 dólares). No se suelen poner reparos a que la
vida de estos maestros pueda estar rodeada de lujo. Lo
que sí se cuestiona, y mucho, es la autenticidad de
los gurúes y sus movimientos. Sin algo parecido a una
iglesia que controle de alguna forma a los “hombres de
Dios”, cualquiera puede instalar su tienda. Y hay de todo:
desde verdaderos estudiosos que viven lo que enseñan, hasta embaucadores
que prácticamente no han invertido ni un minuto en meditación
yóguica. Ravi Shankar no se ha librado de la polémica.
Tiene enfervorizados seguidores que le veneran como un ser divino,
y tiene detractores que le ven como el prototipo de
curandero charlatán, un “tranquilizante de ricos” que ofrece “conciencia cósmica
en cuatro fáciles lecciones”; en resumidas cuentas, un timo. ¿Cuál
es la realidad? Es cierto que ha aprendido algunas técnicas
de su mentor Maharashi, pero también lo es que difícilmente
puede dedicarse en serio a la meditación quien se muestra
incapaz de dedicar un cuarto de hora a la lectura.
Además, como sucedía con Maharishi, se echa en falta el
poder ver o conocer algo más del personaje que una
cuidadosa puesta en escena.
De todas formas, por poner un
ejemplo comparativo, si encontráramos una academia de idiomas que promete
milagrosos dominios del inglés en cuatro meses y sin esfuerzo,
lo cierto es que, bien o mal, lo que enseña
es inglés. Por su parte, lo que propaga Shankar, ¿es
o no una religión? Cuestionado sobre ello, hace gala de
una calculada ambigüedad: su respuesta es que no se trata
de religión, sino de espiritualidad. Esto tiene un muy buen
cartel en una sociedad occidental en la que muchas personas
quieren lo que podríamos denominar efectos benéficos de la religión
en el espíritu, pero sin religión, sin el compromiso moral
con una fe y unas normas morales. Se crea así
una demanda de sosiego espiritual tomado como un producto de
mercado más. Quien lo ofrezca con poco esfuerzo y sin
compromiso tiene atractivo, y para muchas de estas personas el
coste económico es lo de menos, de forma que pagan
con gusto los 375 dólares que cuesta el curso semanal
(22 horas) de respiración de Ravi Shankar. Eso sí, hay
que hacerlo bien, con un buen marketing, pues hay bastante
competencia en un mercado que, sólo en Estados Unidos, mueve
seis mil millones de dólares al año. Ahora bien, una
cosa es cómo se mira en Occidente, y otra en
Oriente. Shankar afirma que las religiones son como la piel
de banana, mientras que la espiritualidad es la banana misma,
lo comestible. Esto coincide bien con la visión que se
tiene desde el hinduismo de las iglesias cristianas y otras
religiones. El hinduismo no tiene una estructura centralizada, ni un
credo o una moral perfectamente establecidos. Tiene una colección de
escritos antiguos, unas cuantas ideas comunes que se desprenden de
los mismos, unos maestros que surgen, vienen y van... y
una meditación. Cuando Shankar desprecia como una cáscara inútil la
organización que tienen otros, está haciendo una apología de su
propia religión.
Ahora bien, ¿se trata de hinduismo o de
un exponente de new age? La clave es lo que
hay que entender por yoga. Está muy extendida la idea
de que se trata de una técnica de relajación, o
una técnica de meditación cuyo contenido puede ponerlo cada uno
a su gusto, siendo así compatible con cualquier creencia. En
una palabra, método, no sustancia. Sin embargo, basta con leer
el capítulo 6º del Bhagavad Gita para desmentirlo. Ya al
principio se lee lo siguiente: “Lo que se denomina renuncia,
debes saber que es lo mismo que el yoga, o
el vincularse con el Supremo, ¡oh, hijo de Pandu!, porque
jamás puede uno convertirse en yogui, a menos que renuncie
al deseo de complacer los sentidos” (n.2). La relajación corporal
no se contempla aquí como un fin en sí mismo,
sino como un medio para algo de otro orden: “Uno
debe mantener el cuerpo, el cuello y la cabeza erguidos
en línea recta, y mirar fijamente la punta de la
nariz. De ese modo, con la mente tranquila y sometida,
libre de temor y completamente libre de la vida sexual,
se debe meditar en Mí en el corazón y convertirme
en la meta última de la vida” (nn.13-14). En el
hinduismo, esa unión final –fusión- con el infinito que pregona
no se consigue precisamente con unas técnicas de respiración, sino
que tiene un coste ascético mucho mayor: “Practicando así un
control constante del cuerpo, la mente y las actividades, el
yogui, con la mente regulada, llega al cielo espiritual mediante
el cese de la existencia material” (n.15). Este cese de
la existencia material es el nirvana, algo bastante distinto a
ese estado placentero que creen algunos. Sí que se considera
como algo placentero, pero a la vez extático; es decir,
que exige un ejercicio continuo para desprenderse de todo lo
sensorial, por “vaciar” los sentidos, y eso es precisamente el
yoga, Así se entiende otro versículo del mismo texto: “Se
dice que una persona está elevada al yoga cuando, habiendo
renunciado a todos los deseos materiales, ni actúa para complacer
los sentidos, ni se ocupa en actividades fruitivas” (n.4). La
idea se remacha en varias ocasiones, como por ejemplo en
este otro versículo: “Cuando un yogui disciplina sus actividades mentales
mediante la práctica del yoga y se sitúa en la
trascendencia, libre de todos los deseos materiales, se dice que
él está bien establecido en el yoga” (n.18). El Bhagavad
Gita reconoce que se trata de un ejercicio muy difícil,
pero para quien se queda en el camino sin conseguirlo
tiene un consuelo: tendrá en el futuro reencarnaciones muy favorables,
que le facilitarán poder continuar donde lo ha dejado.
Quien
conozca bien la historia del pensamiento sabrá que el método
es inseparable de la sustancia, por la sencilla razón de
que el primero es la vía racional para llegar a
la segunda. Pero, en todo caso, esto tiene poco que
ver con el New Age y la vida fácil que
proclama. En algún aspecto, es la antítesis, pues el bienestar
que persigue este último es precisamente aquello de lo que
debe desprenderse quien quiera alcanzar el nirvana. Lo que ocurre
es que se da una extraña simbiosis entre los dos
términos. El movimiento New Age siempre ha tenido un ojo
puesto en Oriente, para sacar de ahí elementos que concordaban
con esa especie de neopaganismo difuso que propugna. El panteísmo
–no muy claro en su conceptuación, como suele suceder con
los panteísmos- hindú se transforma así en culto a la
diosa naturaleza, mientras que la meditación queda convertida en técnica
de autoayuda. A su vez, el hinduismo, con su sincretismo,
su flexibilidad para adoptar elementos extraños y su facilidad de
hacer malabarismos con los términos, se aprovecha de ello para
presentarse como un producto arreligioso coincidente con la moda intelectual
y disfrazar su oferta de acuerdo con ello. Maharishi y
Shankar son buenos ejemplos, pero desde luego no los únicos
ni los primeros, ni probablemente sean los últimos. Para complicar
el panorama, a esto hay que añadir los rasgos personales
de cada grupo u organización, que casi siempre son un
reflejo de la persona que lo ha creado. Un mercado
tan suculento en el que se ha convertido todo lo
que suena a técnica fácil de autoayuda es muy tentador,
tanto en Occidente como en Oriente, y no debe extrañar
por tanto que proliferen charlatanes, farsantes y vendedores de “elixires”
milagrosos. En la India más de uno señala a Ravi
Shankar como vendedor de “jarabe de yoga”, lo que puede
ser un etiquetado bastante bueno. Desde luego, lo que se
ve muestra más a un actor que a un profundo
meditante o un asceta que recorre la senda señalada por
la literatura védica.
¿Cuál es el secreto del éxito de
Shankar, si es que hay alguno? En realidad, está a
la vista. Preguntado por Maharishi a la muerte de éste,
Shankar se limitó a decir, un tanto misteriosamente, que había
perdido realismo. ¿Qué quería decir? Maharishi había querido conducir a
todo el mundo, sin que en un principio fueran conscientes
de ello, por su senda yóguica, y soñaba con una
“conciencia cósmica” que armonizara el mundo. Pero no parecía querer
darse cuenta del todo que la inmensa mayoría de los
que acudían a sus cursos de MT no querían eso,
y el conflicto surgía cuando se enteraban de a dónde
los quería llevar. El realismo de Shankar es que se
limita a dar lo que buscan. Y lo que buscan
es una técnica de relajación para sentirse bien. El yoga
no es eso, pero indudablemente incluye eso. Sólo unos pocos
–y más en la India, lógicamente- quieren algo más, y
Shankar también se lo da, lo viva él o no.
Para él, es una necesidad: su organización necesita un “núcleo
duro” si quiere mantener una respetabilidad, especialmente en su propia
tierra.
Por lo demás, ¿cuál es el efecto de sus
cursillos? En un mundo de prisas, que parece haber adquirido
un aborrecimiento al silencio y a meditar, un rato de
ello tiene necesariamente que sentar bien. Lo que sucede es
que la gente suele intuir que en el silencio y
el ambiente de reflexión surgen cuestiones muy comprometedoras, sobre todo
acerca del sentido mismo de la vida. Por eso lo
rehuyen. Y Shankar tiene éxito porque lo ofrece eludiendo todo
compromiso: es sólo una técnica. Pero, a la vez, no
deja de ser un sucedáneo, y ocurre como con todo
sucedáneo: da el pego en un principio, pero no tarda
en revelarse como una falsificación. Lo que imparte AV viene
así a ser como una pastilla o un sedante: tiene
un efecto inmediato positivo, pero efímero. Al poco se pone
de manifiesto que es un parche, no una solución. ¿Engaña
Shankar? Quizás sí, pero a quienes buscan ser engañados, a
quienes van en busca de la receta mágica en vez
de encarar sus problemas y las auténticas soluciones a los
mismos. Sri Sri Ravi Shankar lo que da es, efectivamente,
“jarabe de yoga”. Julio de la Vega-Hazas
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Es lamentable que una persona con su investidura desmerezca de esta manera el excelente trabajo que Sri Sri Ravi Shankar por medio de la Fundación el Arte de Vivir brinda alrededor del mundo. Soy Católico y he realizado el "cursillo", como despectivamente usted lo llama, rodeado de personas con distintos credos y nunca la religión entra en juego. Solo se exploran herramientas ligadas a la respiración para limpiar el organismo de toxinas y eso es el puntapié para una vida mejor. Solo el inicio.
Publicado por: maria eugenia
Fecha: 2009-10-30 16:15:23
señor autor de este articulo, con el debido respeto que como persona se merece me gustaria decirle que el lema de nuestro maestro es apoyar el amor sobre todas las cosas y que la base de la vida es este. gurugi no se compara con jesus y respeta todo tipo de creencia religiosa. me gustaria que se informe mejor sobre su obra y sobre todo antes de opinar de esta forma. "Si la confianza, únicamente esto, llega a florecer en nosotros, nuestras vidas se transformarían totalmente. Sería muy diferente. No se sentarían a preocuparse--"Qué será de mi; qué me deparará el mañana"--. Eso no ocurriría. Sonreirían toda la vida."
Sri Sri Ravi Shankar