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La Apologética Hoy | tema
Autor: P. Horacio Bojorge
El demonio de la acedia (2 / 13)
La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.
 

¿Qué es la acedia?

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Hoy voy a tratar con ustedes sobre las definiciones de la acedia,
El demonio de la acedia (2 / 13)
El demonio de la acedia (2 / 13)
para comenzar con un conocimiento conceptual, que no va a ser suficiente, después tendremos que ver como estos conceptos se realizan en la realidad donde han sido abstraídos, pero comenzamos con las definiciones porque es una manera de abordar este fenómeno tan rico, tan complejo.

Podríamos haber comenzado a la inversa, viendo como se presenta en la realidad, describiéndolo, pero me parece que es útil comenzar por esta descripción porque de la acedia no se habla, no se conoce el concepto de la acedia, raramente se lo nombra, no aparece en la lista de los vicios capitales, siendo que ciertamente dentro del vicio capital de la envidia es la acedia la fuente de toda envidia, porque como veremos la acedia es una envidia, una envidia contra Dios y contra todas las cosas de Dios, contra la obra misma de Dios, contra la creación, contra los santos... Es por lo tanto un fenómeno demoníaco opuesto al Espíritu Santo.

No se habla sin embarco de la acedia como no se habla –en muchos ambientes– acerca de los 7 vicios capitales que conocemos por el catecismo, y de los cuales los santos padres del desierto preferían decir que se trataban de pensamientos. Esto nos hace comprender que los vicios capitales son algo referente al espíritu, se presentan en el hombre y actúan en el hombre como pensamientos, aparecen en su inteligencia y se inscriben después en sus neuronas –vamos a decir así– de modo que esos datos de la inteligencia van dominando el alma del hombre y determinando también su voluntad para que actúe habitualmente haciendo el mal. Son los vicios opuestos a las virtudes, que son los buenos hábitos que le permiten obrar el bien.

La acedia, por lo tanto, es un hecho que debemos conocer y por ser tan desconocido –en mi larga experiencia como sacerdote he visto esta ausencia de conocimiento del fenómeno de la acedia–, o si se lo conoce es tan sólo teóricamente y no se sabe aplicar la definición teórica a los hechos concretos en que ella se manifiesta, hay un desconocimiento muy grande tanto de la teoría como de la práctica de la acedia, no se la sabe reconocer y decir donde está.

Vale por lo tanto la pena dedicarle estos programas al conocimiento de la acedia, porque es de primera importancia tratándose de un pecado capital contra la caridad.

Aunque no se lo sepa tratar este fenómeno de la acedia se encuentra por todas partes, continuamente acecha el alma del individuo, de la sociedad y de la cultura.

En el individuo como una tentación –muchas veces– vamos a ver que es una tentación, no siempre es un pecado, no siempre hay culpa en la acedia, hay culpa en aceptar la tentación de acedia. Por lo tanto se presenta en primer lugar como una tentación, como una tristeza que si uno acepta se puede convertir en pecado, y si uno acepta habitualmente el pecado se puede convertir en un hábito y después hay una facilidad para actual mal, para pecar por acedia, por entristecerse por las cosas divinas.

Este pecado se ha establecido como una especie de civilización, de cultura, hay una verdadera civilización de la acedia, una configuración socio cultural de la acedia, de modo que la acedia se encuentra en forma de pensamientos y teorías pero también en forma de comportamientos acédicos, teorías acédicas, que se enseñan en las cátedras populares o académicas. Pienso en las cátedras populares cuando digo por ejemplo: las peluquerías, allí en las peluquerías se dan doctrinas –muchas veces– y se transmiten muchas veces errores con un falso magisterio, un magisterio que en vez de decir la verdad transmite errores y donde también se transmiten comportamientos equivocados –referentes a todos los vicios capitales, pero en particular referentes a la acedia– como si fueran verdaderos. Me refiero a las cátedras académicas, porque muchas veces hay visiones que se presentan como científicas como por ejemplo todas las historias (leyendas) negras con respecto a la Iglesia, de las obras de los santos, la desfiguración de los santos, la desfiguración de la historia de la Iglesia que se presentan como malas cuando en verdad fueron buenas (por ejemplo las cruzadas o la inquisición), y la acedia es precisamente eso: tomar el mal por bien y el bien por mal.

¿Qué dice la Iglesia acerca de la acedia?, ¿qué nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de la acedia?, doctrinalmente cual es la verdad acerca de este demonio de la acedia. El catecismo de la Iglesia Católica nos presenta a la acedia entre los pecados contra la caridad, fíjense que importante y que grave, que importante es conocerlo porque es una aptitud y un pecado contra el amor a Dios, y el amor a Dios es nuestro destino eterno, es nuestra salvación, de modo que el demonio de la acedia se opone directamente al designio divino de conducirnos al amor a Dios y de vivir eternamente en el amor de Dios, frustra nuestro destino eterno, que importante es que esto se conozca para podernos defender de él, y que grave es entonces la ignorancia que rodea este fenómeno, este hecho espiritual que en los momentos actuales que está convertido en una cultura que nos rodea por todas partes, que brota y abunda como el pasto en los campos sin que se lo sepa nombrar.

¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica?, nos dice que es un pecado contra la caridad, y lo enumera en una serie de pecados contra la caridad, el primero de los cuales es la indiferencia, aquellos que no les importa Dios, los agnósticos que dicen que no saben si Dios existe o no y no les interesa profundizar el tema, se presentan como indiferentes ante el hecho religioso, ante Dios, ante la Iglesia, ante los santos, ante todas las cosas santas, ante los sacramentos, no les dice nada los sacramentos, son indiferentes.

El segundo pecado contra la caridad es la ingratitud, y la indiferencia supone una forma de ingratitud, porque como se puede ser indiferente ante aquel Dios a quien se debe tantos beneficios, empezando por la creación, por la Tierra, por la familia, por el amor, por todos los bienes, por todas las cosas que hacen hermosa la vida. Ante el autor del bien, ¿cómo uno puede ser ingrato con Él?, y que a unos les resulte indiferente, son pecados contra el amor, son ignorancias –a veces– que si no son culposas igual son dañosas, porque la persona indiferente, la persona tibia, ingrata, se priva de estos bienes fundamentales para la vida humana.

El tercer pecado que enumera el catecismo contra la caridad es la tibieza, es decir hay un amor a Dios, hay unas formas de fe, están las virtudes teologales, pero en forma tibia, como dice el Señor en el Apocalipsis “porque no eres frio ni caliente estoy por vomitarte de mi boca”, es una frialdad, una tibieza en el amor divino, y en un mundo frío como en el que estamos los tibios terminan congelándose, nadie persevera en la fe en este mundo frío sino es fervoroso en la fe.

En el cuarto lugar el catecismo enumera la acedia, esta tristeza por los vienes divinos, esta ceguera para los vienes divinos que hace al hombre perezoso para las virtudes de la religión y de la piedad, y es lo que vemos en tantos bautizados que viven en forma tibia la vida cultual y que no van a misa –por ejemplo– son capaces de alegrarse en el culto divino, o de celebrar con alegría verdadera, con gozo verdadero, no con un ruido ostentorio que es a veces como una alegría mundana en el lugar sagrado, sino por la verdadera alegría de Dios, como el gloria nos dice en la Misa: te damos gracias por tu grande gloria, te agradecemos tu gloria Señor, nos alegramos en que tu seas glorioso y que seas grande, y que te manifiestes amoroso y divino en las obras de la creación, en las obras de la salvación, en las obras de tu Divina Providencia que nos acompañan diariamente.

Los que se privan de esto se privan del gozo verdadero, del gozo más profundo, del gozo real para el que fueron creados, y viven aturdidos y quedan a merced de las pequeñas alegrías mundanas, o buscando satisfacer esa tristeza del alma, esa carencia del bien supremo –que alegraría su corazón– por la que el alma se entristece. El salmista dice “¿Por qué estás triste alma mía, por que me conturbas?, espera en Dios que volverás a alabarlo”, el alma sin Dios se entristece, y muchas veces se le proporcionan los gozos y alegrías mundanas que no acaban de saciar su sed de Dios y por lo tanto se sumerge en la sociedad depresiva, en medio de la cual estamos, una sociedad que prescinde de Dios, y por lo cual es una sociedad depresiva y triste, que se deprime.

La gente se agita buscando la felicidad en los bienes terrenos, se le promete que el bienestar va a producir la felicidad, y eso no es así, eso ya lo descartó Aristóteles, el bienestar no es la felicidad, empezando porque el bienestar es siempre transitorio, llega un momento en que irrumpe el malestar y necesitamos un bien que nos haga felices incluso cuando estamos mal, incluso en medio del malestar, por eso es tan importante que no perdamos de vista el verdadero bien, la verdadera felicidad y que no sucumbamos a este demonio de la acedia –de la tristeza– que no sabe alegrarse en los bienes divinos.

Formas de la acedia:
• La indiferencia es ya una forma de acedia, por que si alguien conociera el bien de Dios no podría ser indiferente ante ese bien.
• La ignorancia que no conoce el bien de Dios.
• La ingratitud porque no conoce las obras buenas de Dios, no la reconoce.
• La tibieza porque no conoce el bien de Dios.
Todas estas son formas de la acedia, ceguera para el bien,

¿Y cómo culmina la acedia?, el quinto y último pecado contra la caridad es el odio a Dios, ¿cómo es posible que se llegue a odiar a Dios?, ¿cómo es posible que exista el pecado de la acedia?, parece que estos pecados no son lógicos, si los examinamos no es lógica la indiferencia, no es lógica la ingratitud, no es lógica la tibieza, no es lógica la tristeza por el bien de Dios y no es lógico el odio a Dios, sin embargo es todo un paquete de pecados contra el amor a Dios que bloquea en los corazones el acceso de la felicidad, a la dicha, a la bienaventuranza que comienza aquí en la tierra: el amor de Dios.

El odio a Dios es una consecuencia última de la acedia, una forma última de la acedia, cuando uno no puede conocer el bien de Dios, es indiferente, es mal agradecido o tibio en el amor –formas distintas de la acedia, de la tristeza ante el bien divino– y que culmina precisamente en el odio a Dios, es el ver a Dios como malo, eso es lo demoníaco, la visión satánica es que Dios es malo, ya en la tentación a Eva, Satanás presenta a Dios como un ser egoísta que no quiere comunicarle a Eva los bienes divinos, y que por lo tanto la aboca a apoderarse de ese fruto divino que el egoísmo de Dios le prohibiría, siendo que Dios tiene un momento para entregárselo, Satanás hace que ella se precipite a apoderarse de un amor antes de que ese amor le sea dado.

¿Pero que es propiamente la acedia?, dice Santo Tomás, dicen los santos padres, nos lo dice la Iglesia Católica, que la acedia es una tristeza por el bien, una incapacidad de ver el bien o –en su forma extrema– considerar que el bien de Dios es malo.

La envidia en general es una tristeza mala, la tristeza es de hecho una pasión buena, puede ser mala por dos causas:
• puede haber una tristeza mala porque su objeto es un bien y entonces es una pasión equivocada porque la tristeza es por un mal, cuando alguien se entristece por un bien entonces esa no es una virtud, es viciosa esa tristeza, es propiamente la envidia;
• o también una tristeza puede ser mala porque es una tristeza desproporcionada con el mal que se llora, y en ese caso el tipo de las depresiones o tristezas excesivas.,

La ausencia de tristeza también puede ser mala, no entristecerse por la muerte de un ser querido –por ejemplo– es una falta de tristeza mala. Al revés, entristecerse por un bien del prójimo es envidia, y por eso es mala la envidia. Los hermanos de José le tenían envidia por el amor que Jacob le tenía a José, a su hermano, es un ejemplo típico de la envidia en las Sagradas Escrituras, o Saúl cuando se entristece por los éxitos militares de David y siente que se le roba su gloria, pero veremos los ejemplos bíblicos en otro momento, ahora nos toca ver a la acedia como tristeza, tristeza por el bien de Dios, y esta tristeza puede ser por una ignorancia del bien, simplemente una ceguera por el bien, San Pablo dice por ejemplo –refiriéndose a las personas que no conocen al creador a través de las obras divinas– que por eso el Señor los entrega a sus pasiones, porque pudiendo conocer a Dios a través de sus obras no lo conocieron, esta ceguera para conocer al Señor es una de las formas de la ceguera de la acedia.

La acedia, es por lo tanto, esta ceguera por el bien de Dios que se extiende también a todas las cosas divinas, se extiende a Nuestro Señor Jesucristo quien, por ejemplo, llora sobre Jerusalén y dice “si conocieras el bien de Dios que hoy te visita”, Jerusalén tiene al Mesías delante de los ojos y no sabe reconocer la presencia de su Salvador, eso es la acedia, esa ceguera que nos permite estar delante del bien sin conocerlo, es gravísima esta ceguera, nos priva del bien, Jerusalén se esta privando de quien viene a visitarla, y por eso Jesús llora sobre ella.

Veamos ahora oro aspecto de la definición de la acedia que nos puede seguir iluminando acerca de su naturaleza. Escrutemos un poco la etimología de la palabra acedia viene del latín “acidia” y tiene relación con otras palabras: acre, ácido... de modo que ya en su etimología se nos sugiere que la acedia es una forma de acides donde debería haber dulzura, en vez de la dulzura del amor de Dios –porque el amor es dulce– se nos vende esta acides, es como la fermentación de un vino bueno que produce un vinagre. A Nuestro Señor Jesucristo se le ofrece en la cruz, en vez del amor un vinagre que es simbólico, para su sed de amor se le ofrece vinagre y no la dulzura del amor divino, del amor de sus fieles, de los discípulos, y ese es el drama de Dios, en el fondo sigue siendo el drama de Dios el no recibir amor por amor, y recibir acides por amor.

Pero la palabra latina acidia viene a su vez de la palabra griega άκηδία (akedía) en griego se usa especialmente como la falta de piedad con los difuntos a quienes no se les da los honores que se les debía según la cultura griega, el descuido del culto a los antepasados familiares, la falta de piedad, de modo que es también una ceguera, una falta de consideración, una falta de amor a aquellas personas y a aquellos dioses que se deberían honrar y amar.

Llegamos al fin de de esta exposición acerca de la naturaleza de la acedia y nos conviene ahora recoger las consecuencias funestas de esta acedia para la vida espiritual.

Tomo de un diccionario de espiritualidad lo que se nos dice acerca de las consecuencias de la acedia, dice: Al atacar la vitalidad de las relaciones con Dios, la acedia conlleva consecuencias desastrosas para toda la vida morra y espiritual. Disipa el tesoro de todas las virtudes, la acedia se opone directamente a la caridad –es el pecado contra el amor, a Dios y a las criaturas– pero también se opone a la esperanza, a los bienes eternos –porque no se goza del cielo–, contra la fortaleza –porque el gozo del Señor es nuestra fortaleza, donde falta el gozo del amor de Dios no hay fortaleza para hacer el bien–, se opone a la sabiduría, al sabor del amor divino, y sobre todo se opone a la virtud de la religión que se alegra en el culto –¿por qué están desertando los católicos, en tantos países, del culto dominical?, ¿y por qué también a veces el culto dominical decae de su calidad de culto gozoso en el Señor y a veces se hecha mano de una bullanguería ruidosa pero que no celebra la verdadera gloria del Señor, volviéndose más bien un espectáculo que procura distraer o entretener para tapar el aburrimiento de un alma que no sabe alegrarse en Dios–, se opone por lo tanto a la devoción, al fervor, al amor de Dios y a su gozo. Sus consecuencias se ilustran claramente por sus defectos o, para usar la denominación de la teología medieval, por sus hijas: la disipación, un vagabundeo ilícito del espíritu, la pusilanimidad, el pequeño ánimo, la torpeza, el rencor, la malicia. Esta corrupción de la piedad teologal, da lugar a todas las formas de corrupción de la piedad moral, también origina males en la vida social, en la convivencia –no digamos nada en la vida eclesial, donde las personas se alegran del bien que Dios hace en otro porque no lo hace en uno–, la detracción de los buenos, la murmuración, la descalificación por medio de las burlas, las críticas y hasta las calumnias a los devotos.

Que importante conocer este mal del que nos seguiremos ocupando.

Queridos hermanos agradecemos las luces de Dios y de la Iglesia sobre este demonio de la acedia que nos pone en guardia contra él, y le pido al Señor los bendiga y los proteja –por medio de San Miguel Arcángel y el Ángel de la Guarda– de este demonio de la acedia, que nos ataca por dentro, desde el fondo de nuestro corazón, de nuestra alma, pero que también nos ataca desde la cultura que nos rodea. Nos encontraremos entonces en el próximo capítulo, donde seguiremos profundizando e iluminando este peligro que nos rodea y que es importante conocer.

Preguntas y comentarios al autor de este artículo, P. Horacio Bojorge S.J.

Capítulos de esta serie: 1- EL DEMONIO DE LA ACEDIA

Para leer este tema en el libro: La acedia, pecado capital

Enlace para leer el libro: LA CIVILIZACIÓN DE LA ACEDIA

 

 
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