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| La apologética no está de moda |
La gran tiranía
Hoy existe una gran tiranía, que
se está apoderando de todos los sectores de la sociedad,
en todas las latitudes. Es un monstruo que avanza imponiendo
su ley, la de la demanda y la oferta, con
sus apéndices que son el éxito, la fama y la
moda. Se trata del «mercado», una palabra mágica, un
poder oculto, que todo lo pervade con su fascinación irresistible,
el «business», el negocio. Para que algo tenga valor,
tiene que transformarse en «negocio», entrar en el «mercado», mirar
hacia el éxito, dando fama y poder. De otra
manera no sirve para nada.
Este monstruo se está posesionando
también de la religión, la religión de la demanda y
la oferta, del éxito, del negocio. Si algo le
gusta a la gente, quiere decir que es bueno, hay
que dárselo. Tantas religiones cuantos son los gustos de la
gente con sus preocupaciones reales: salud, curiosidad, superación persona, emocionalismo,
euforia, espanto... La religión «cocktail» para cada gusto. Gusto y
negocio, demanda y oferta, éxito...
¿Y la verdad? «¿Qué es
la verdad?», preguntó Pilato a Jesús (Jn 18,38). Es
la lógica de las sectas, que son la versión religiosa
de la ley del mercado, de la demanda y de
la oferta, sin ninguna preocupación por la verdad
y la moralidad objetivas. En muchos casos, la misma Biblia
es un ingrediente más para el «cocktail», hecho de psicología,
hipnosis, terapia grupal, etc.
Apologética en decadencia
Lo malo es
que también dentro de la Iglesia ha entrado algo de
este virus del «mercado», el «éxito» y el «negocio». Así
se justifican ciertas prácticas, rayanas en la idolatría, por
el simple hecho que «así le gusta a la gente»,
«es la fe del pueblo sencillo» «representa una buena entrada
económica»...
Por el simple hecho de que alguien aparece en
la pantalla televisiva, hace noticia, cuenta con muchos seguidores, le
va bien económicamente, quiere decir que tienen razón, anda bien,
agarró la onda... hace progresar la obra de Dios, es
un ejemplo a seguir. ¡Ay de los inconformes! A menos
que de la inconformidad no se haga una moda y
no se transforme en un negocio. Entonces, sí, vengan todas
la inconformidades posibles. Hasta el hombre «controvertido» y el «asesino»
pueden transformarse en «estrellas» alimentar el «mercado», engendrando «business», fama,
poder y éxito. Por eso la apologética hoy se encuentra
en tanta decadencia, por el hecho de que se presenta
como algo característico del pasado, fuera de moda.
Hoy las
palabras claves son «apertura», «tolerancia», «ecumenismo». El mejor elogio que
se puede hacer a uno es calificarlo de «progresista», de
«avanzada». Claro que, en esta perspectiva, no hay lugar para
la apologética. Y no faltan los sofismas: «la fe
no se defiende, se vive»; «Cristo no necesita que alguien
lo defienda, sabe defenderse solo», etc., etc. Como se tratara
de defender la fe escondida en las bibliotecas o al
Cristo glorioso que está en el cielo. El hecho es
que quieren aparentar ser «progresistas» y se espantan frente a
la perspectiva de ser considerados «retrógradas».
Al interior de la
Iglesia, ¿acaso nadie se da cuenta de los múltiples errores
que circulan entre los fieles? Entonces, ¿porqué no intervienen?
Evidentemente para no ser incluidos en la lista de los
«conservadores».
¿Acaso muchos presbíteros no se dan cuenta que sus
ovejas están siendo arrebatadas por los lobos rapaces? Entonces, ¿por
qué no toman cartas en el asunto? Por miedo a
ser considerados «conservadores».
Es tan grande este miedo, que no
valen ni las reiteradas intervenciones del Papa, ni la angustia
y el sufrimiento del pueblo para cambiar de actitud. Les
resulta más fácil y gratificante decir: «Yo me llevo muy
bien con esa gente; hasta tengo algunos amigos que son
pastores», que prepararse sobre el tema de las sectas para
ayudar a los feligreses que se encuentran con problemas.
Falta
de amor
El buen nombre, la fama, el deseo de
vivir en paz, el egoísmo pueden más que el amor.
Sí, en resumidas cuentas, de eso se trata: escoger entre
los propios intereses y el bien del prójimo, la propia
comodidad y el riesgo a enfrentarse a un problema tan
complicado y de tan pocas satisfacciones. A esos señores, que
se sienten tan seguros de haber escogido el camino más
correcto por no meterse en líos, les pregunto:
«¿Acaso a
lo largo de la historia los que se entregaron a
la ardua tarea de profundizar, aclara y defender la fe
ante el acecho de los herejes, lo hicieron por el
simple gusto de pelear? ¿Acaso no lo hicieron por el
amor hacia la verdad y los hermanos, acosados por la
duda y deseosos de una orientación que les devolviera la
paz?»
He aquí lo que escribió a este propósito San Ireneo
en la introducción a sus cinco tomos Adversus Haereses (Contra
los herejes):
«Para mí es insólito escribir, no tengo práctica
alguna, pero me empuja el amor...Hay que hacer todo lo
posible par evitar que algunos sean arrebatados como corderos por
lobos vestidos de oveja».
Origen de un malentendido
En los tiempos
pasados, la apologética consistía en defender la fe católica de
los ataques de sus enemigos. Se dirigía esencialmente a
los de afuera, para que tomaran conciencia de la falsedad
de sus ataque. Hoy, la apologética se dirige, antes
que nada, a los de adentro para que no se
dejen confundir por los que se salieron de la misma
Iglesia y tratan de llevárselos a sus grupos. Antes,
los que no conocían la fe eran los de afuera;
hoy, los que no conocen la fe son los de
afuera y los de adentro.
Por no haber entendido esta
situación, tal vez muchos están en contra de la apologética,
pensando que nuestro principal objetivo consiste en querer atacar o
convencer a los de afuera. No nuestra preocupación principal consiste
en fortalecer la fe de los que están dentro de
la Iglesia, aclarando su identidad y dando respuesta a las
posibles dudas que puedan derivar de los ataques de las
sectas.
En un segundo tiempo, nuestra acción se dirige también
hacia los hermanos que dejaron la Iglesia de buena fe
y siguen abiertos al diálogo (muy pocos en verdad), para
que queden cuestionados y se abran a la posibilidad de
un regreso a la Iglesia, de la cual nunca debieron
hacer salido.
Revivir la sana apologética
Por lo tanto, hoy
más que nunca, es necesario revivir la sana apologética, no
por el gusto al pleito o como juego intelectual, sino
para ayudar al pueblo católico a tener ideas claras acerca
de su fe y no dejarse confundir por la enorme
avalancha de falsos profetas y falsos cristos (Mc 13,22), que
están invadiendo el mundo tomando la religión como un negocio
más (1 Tim 6,5.10), sin aquel cuidado, respeto y delicadeza
que merece todo lo que se refiere a Dios, a
la misma esencia del hombre y su destino final.
Como
es fácil notar, se trata de una tarea extremadamente delicada
y compleja, teniendo presente la multiplicidad y variedad de los
desafíos a los que se tienen que dar una respuesta:
ateísmo, sectas de tipo protestante, nuevos movimientos religiosos cargados de
esoterismo, influjos orientales, psicología, etc. Se necesitan «especialistas» en las
distintas ramas, para que investiguen sus contenidos y aclaren
los puntos que contradicen nuestra fe, para evitar que católicos
«ingenuos» fácilmente se dejen envolver sin darse cuenta de sus
implicaciones profundas, como está pasando ahora con la teoría de
la «reencarnación». Muchos católicos, que hasta se creen preparados y
comprometidos, la están aceptando sin pestañear siquiera, como si se
tratara de algo indiferente para la fe católica y no
cayendo en la cuenta de que se trata de algo
completamente contrario. En realidad, ¿como se puede compaginar la creencia
en una sucesión de vidas con la doctrina de la
«muerte, el juicio, el infierno y la gloria»?
Así que,
hoy más que nunca, es urgente que en la Iglesia
se desarrolle un verdadero «ministerio» para hacer frente a esta
problemática, un ministerio que abarque distintos aspectos: investigación, divulgación y
asesoría práctica con elación a los hermanos «débiles en la
fe», que necesitan una ayuda para superar la crisis en
que se encuentran y así poder lanzarse con más libertad
y confianza en el seguimiento de Cristo.
En este sentido,
la apologética tiene que ser considerada como parte integrante de
la misma evangelización. En realidad, sin la apologética, se corre
el riesgo de construir sobre arena, al no contar el
católico con bases firmes para hacer frente a las continuas
provocaciones que le vienen de todas partes.
Frente a esto,
alguien podría decir: «Falta que también la apologética hoy se
vuelva en una moda y entre en la lógica del
mercado». Mejor así que abandonar a las ovejas en las
garras del lobo.
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