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El fenómeno de la disgregación religiosa es el gran desafío del fin del milenio, desafío para que los hombres reencontremos el valor supremo de la unidad, que solo es posible desde la Verdad y el Amor.
El estallido religioso
Desafío para la sociedad del tercer milenio
Publicado Actualizándonos SEP 1994
El poder de los medios de comunicación dentro de nuestra
cultura es sin duda muy grande, tanto que tienen la
posibilidad de imponer temas a la sociedad. Pero también es
cierto que esos mismos medios son parte de la cultura
y de la sociedad, y que por lo tanto no
pueden permanecer por mucho tiempo ajenos a la problemática que
esa cultura plantea.
Un ejemplo claro de esta dinámica es
el fenómeno contemporáneo del estallido de la experiencia religiosa de
nuestra cultura occidental, o lo que más comúnmente denominamos ´las
sectas´.
Ocurre que a lo largo de la historia, cada
cultura se ha desarrollado alrededor de un eje central que
está constituido por la particular concepción de Dios que la
alimenta, y por las formas distintivas de establecer relación con
esa divinidad, a lo que denominamos ordinariamente ´religión´. De este
modo, aunque aparentemente la simplificación pueda parecer muy grande, a
cada cultura le ha correspondido una expresión religiosa particular. Pero
esto no es así en nuestro caso. Si bien la
cultura occidental se ha desarrollado y afianzado alrededor del eje
aglutinante del cristianismo, a partir de la segunda mitad del
siglo pasado hemos asistido a la progresiva disgregación de la
experiencia religiosa, a punto tal de que hoy día las
expresiones religiosas presentes en nuestra sociedad son tan variadas como
que van desde el primitivo animismo africano hasta las sofisticaciones
energéticas de los grupos nuevaeristas, pasado por supuesto por el
tronco de las llamadas ´religiones históricas´.
Este fenómeno viene creciendo
decíamos, desde la segunda mitad del siglo pasado; aunque sus
dimensiones e implicancias han provocado que en este momento sea
un tema cotidiano en nuestro medios de comunicación. Pero es
también importante que en el planteamiento se tengan en cuenta
varios aspectos diferentes.
Ante todo sin, duda que la problemática
presenta un aspecto netamente religioso que es necesario no perder
de vista en ningún momento, y que en consecuencia, el
respeto de la libertad de conciencia de los individuos debe
ser salvaguardado preciosamente. Esta perspectiva conduce a un debate de
características claramente religiosas, y que debe encuadrarse en el debate
propio de los distintos religiosos en el que el Estado
y los medios de comunicación deben cuidar prolijamente no invadir
el campo de las conciencias.
Hay también una segunda perspectiva,
de carácter claramente individual, que deviene de la explotación que
muchos de estos grupos realizan de las necesidades, angustias y
expectativas de individuos inmersos en una cultura en proceso de
disgregación que coloca al individuo muchas veces en una situación
de indefensión cultural y afectiva que lo hace fácilmente captable,
sin que medie un proceso de verdadera reflexión y por
lo tanto una opción auténticamente libre. Este es el caso
de tanto curandero, milagrero, desatador de ´nudos´ y muchos otros
semejantes, que enancándose o no en una presunta predicación del
Evangelio y en la imagen de Cristo, pretenden llenar su
propia ansia de poder cuando no el propio interés económico.
Pero hay una tercera perspectiva que quizás sea la más
grave. La perspectiva social, producto del modelo cultural que estos
grupos proponen. La conducta sectaria es antes que una manifestación
religiosa, una condición sociológica que tiende a la disolución de
los grupos sociales desviándolos de un objetivo superior común y
dividiéndolos o sectorizándolos a partir de opciones de carácter secundario.
Una secta puede surgir en el ámbito de un culto
religioso, de un club de fútbol o de un partido
político; y en todos los casos es un proceso de
disgregación social que distrae a los individuos del fin primario
que es la consecución del bien común, para sumergirlos en
el debate de elementos secundarios a la finalidad del grupo.
Así, como conducta religiosa se expresa en el hecho de
que se deja de buscar la unión con Dios (objetivo
último de todo planteo religioso), para ingresar en el debate
de si los hombres deben usar bigote o no, dividiendo
a la comunidad y perdiendo de vista el elemento primero
propuesto por el mismo Cristo: ´Padre que ellos sea uno,
para que el mundo crea´...
Este fenómeno es particularmente dañino
a nivel social, ya que introduce en la cultura esta
dinámica de división, y proyecta en el campo de toda
la sociedad una modalidad de reunión, o más bien de
disolución, que conduce con el tiempo a la atomización de
las naciones.
Quizás el problema más grave que afronte Occidente
hoy no sea el de la exacerbación de las nacionalidades,
sino que debamos definirlo como una falta de equilibrio entre
lo común que nos convoca y el respeto de las
diferencias. Quizás de este modo podamos explicar que a la
vez que registramos algunos fenómenos como el de la radicalización
de los grupos étnicos, a la vez presenciamos la atomización
interna de esos grupos a través de conductas sectarias en
el orden religioso, político y social.
El fenómeno de la
disgregación religiosa es el gran desafío del fin del milenio,
desafío para que los hombres reencontremos el valor supremo de
la unidad, que solo es posible desde la Verdad y
el Amor. Desafío que convoca a la sociedad toda para
que logre superar la tendencia disolvente que nos envuelve; que
provoca a los individuos para que logremos sobrellevar con madurez
y libertad nuestras angustias y limitaciones, sin falsos escapismos; que
exige de los hombres verdaderamente religiosos el auténtico deseo de
alcanzar la Verdad y la recuperación de un profundo sentido
de Dios.
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