La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Eduardo María Volpacchio ¿Para qué me sirve ser cristiano?
¿Alguna vez te ha parecido que no ganás nada con serlo?
Es importante saber qué nos ofrece la vida cristiana, para no crearse falsas espectativas y para ir tras lo que sí nos garantiza.
¿Para qué me sirve ser cristiano?
Es frecuente que en momentos de cansancio, frustración o desconsuelo
cruce por la cabeza una pregunta punzante: “Pero entonces, ¿para
qué me sirve ser cristiano?”
Se puede plantear con tonos
muy distintos: rebelde, desafiante, desanimado o dolorido. Puede ser una
mera queja, una búsqueda de respuesta, un planteo de fondo
o la declaración enojada de que no sirve para nada… De
tono en que se haga y de la respuesta que
se le dé, dependerá en muchos casos, qué tipo de
cristiano se sea –santo, tibio o frío– o que se
deje de serlo del todo…
Desde una perspectiva quizá utilitarista y
desafiante, equivale a la pregunta sobre el sentido de ser
cristiano.
Hay otras preguntas equivalentes. Por ejemplo: ¿para qué me sirve
creer en Dios (o amarlo, o rezar…)? ¿qué gano con
ir a Misa (o si me confieso, casarme por la
Iglesia…)? Y un largo etcétera de otras similares a las
que queremos analizar y responder en este artículo. Preguntas
planteadas en términos del interés, conveniencia o beneficios que me
produciría ser o vivir como cristiano. Y que justificaría el
serlo, de manera que sería cristiano precisamente para conseguir esas
ventajas. Y tendría que dejar de serlo si se demostrara
que “no funciona” porque no reporta los beneficios que cabría
esperar de él. Una pregunta importante, que va a la raíz
de la propia identidad cristiana: ¿para qué soy cristiano? ¿Qué
espero del cristianismo? ¿Qué me ofrece?
Una primera respuesta rápida: Cara a
esta vida, y en clave materialista, posiblemente ser cristiano sirva
de poco. Nosotros esperamos otra cosa mucho más grande: la felicidad
perfecta en la vida eterna.
Ser cristiano, en principio, no nos
proporciona más salud, ni más dinero, ni mejor carácter, ni
se nos garantiza el éxito profesional o deportivo o familiar…
Obviamente vivir como Dios nos pide –precisamente porque responde a
las exigencias de la naturaleza humana– nos hará mucho bien.
Pero no radica en esos bienes la razón del ser
cristiano.
El asunto del fin último
Quien busca, por encima de todo,
como objetivo de su vida, cuestiones que ocurrirán antes de
su muerte (ser valorados, triunfar profesionalmente, ganar plata, pasarla bien,
disfrutar de bienestar… o cualquier otra cosa del estilo) posiblemente
encontrará en el cristianismo un peso; y fácilmente lo considerará
como un obstáculo para sus objetivos (porque nos “saca” tiempo,
exige ser generosos, honestos, sinceros…).
Pero los cristianos (si hemos entendido
bien qué es el cristianismo) no somos cristianos con expectativas
solamente terrenales; es decir, para conseguir beneficios materiales o simplemente
temporales.
Con San Pablo estamos convencidos que “si sólo para
esta vida tenemos puesta la esperanza en Cristo, somos los
más desgraciados de todos los hombres” (1 Cor 14,19). Es
decir, que seríamos muy tontos si fuéramos cristianos primariamente con
la esperanza de ventajas para aquí abajo.
Promesa de vida eterna.
Las cosas claras de entrada. Cristo no es un Mesías
temporal: promete la vida eterna. Esta es la razón que impidió
a los fariseos reconocerlo y aceptarlo. A los Apóstoles les
costó mucho desprenderse de esta visión temporalista del Reino. En
su amor a Jesús se mezclaban las mejores intenciones con
ambiciones terrenales imbuidas de egoísmo (¡esas discusiones sobre quién sería
el mayor cuando por fin se instaurara el Reino!).
El cristianismo
es una gran promesa: pero no una promesa chiquitita sino
una promesa divina: de plenitud, de gloria, de unión con
Dios, de divinización en la participación de la misma vida
divina. Una promesa que trasciende absolutamente esta vida.
Jesús lo repite
una y otra vez en el Evangelio: “la voluntad de
mi Padre: que todo el que ve al Hijo y
cree en él tenga vida eterna; y yo lo resucitaré
en el último día” (Jn 6,40); “Quien come mi carne
y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo lo
resucitaré en el último día” (Jn 6,54); “Quien cree en
el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3,36).
El camino no es
fácil: la senda es estrecha, la puerta angosta; hay que
llevar la cruz no de vez en cuando, sino cada
día. Requiere entrega, es exigente… pero al final nos espera
la gloria. Y estamos convencidos de que vale la pena.
Bien experimentado lo tenía San Pablo –quien sufrió mucho en
su vida–: “considero que los padecimientos del tiempo presente no
son comparables con la gloria que se ha de manifestar
en nosotros” (Rom 8,18).
El Reino que Jesús predica es el
Reino de los cielos. El mismo día de su muerte
Jesús tiene que aclararle a Pilato que su reino no
es de este mundo (cfr. Jn 18, 36).
Aquí no hay
engaño: no son ventajas temporales lo que se nos ofrece.
El
cristiano no busca de Dios primariamente bienes temporales, de los
que –para empezar–hay que estar desprendidos para seguir a Cristo.
Esto resulta patente cuando los judíos admirados y felices por
haber comido gracias al milagro de la multiplicación de los
panes lo buscan para hacerlo rey (con un rey así
¡qué vida maravillosa nos podemos dar!), Jesús desaparece y corrige
su entusiasmo: “trabajad no por el alimento que perece, sino
por el que dura hasta la vida eterna” (Jn 6,27).
El
mismo Jesús que cura algunos enfermos, nos dice “no temáis
a los que matan el cuerpo pero no pueden matar
el alma” (Mt 10,28). Lo corporal no es el principal
asunto. Los bienes temporales no deberían ocupar el primer sitio
en nuestras peticiones e intereses. Y cuando los pedimos y
buscamos, lo hacemos siempre subordinados a los bienes espirituales y
eternos.
La eternidad llena de contenido esta vida
La vida del
cristiano aquí en la tierra está tejida de sucesos temporales
y eternos. Nuestra vida transcurre en el tiempo, pero lo
trasciende: se “mete” en la eternidad. La esperanza de la vida
eterna no pone la mirada en un futuro lejano, sino
que impregna la vida cotidiana. No es una huida de
los problemas de esta vida, refugiándose en un posible mundo
futuro, en el que se encuentra un relativo consuelo. No
lleva a despreocuparse de las cosas de la tierra, sino
que nos ocupemos de ellas por un motivo más elevado. Nos
impulsa a la conquista de ese Reino que no es
de este mundo, precisamente en las vicisitudes de aquí abajo.
De
manera que la vida terrenal necesita la referencia a la
eterna. Sin ella se quedaría vacía. Y la vida eterna
se consigue con el compromiso en esta vida.
El Card. Ratzinger
explicaba a un grupo de universitarios en España: “Si perdemos
completamente de vista lo eterno, entonces también lo intramundano pierde
su valor, porque se agota en ese breve período en
el que vivimos. Por tanto, también desde un punto de
vista humano es necesario abrirse a la eternidad y abrirse
a Dios. Ahora bien, si a partir de ahí se
descuida lo terreno, entonces se ha entendido de forma
equivocada a Dios y a la eternidad, porque precisamente la
fe en Dios y la fe en la eternidad lleva
a reforzar la responsabilidad por lo terreno, porque en cada
momento de mi vida yo voy creando eternidad y si
descuido ese devenir terreno, ese hacer eternidad en lo temporal,
entro en una contradicción conmigo mismo. Me parece que eso
es lo que tenemos que aprender: que sin la eternidad
no se puede vivir porque el tiempo se queda vacío,
pero que sólo si ese saber de la eternidad llega
a llenar plenamente este tiempo, entonces eso adquiere sentido” .
Es
un ida y vuelta de referencias.
Hemos sido creados para amar,
para alcanzar una plenitud a la que se llega por
la entrega de sí. Y en nuestra existencia se verifica
la paradoja de que quien busca egoístamente su felicidad no
la encontrará nunca.
¿Un cristianismo materialista?
Un cristianismo materialista –en el que
se recurre a la religión sólo en busca de beneficios
temporales, incluyendo una vaga esperanza futura– no se sostiene.
José
P. Manglano recoge un brillante diálogo de Guitton, que aquí
sintetizo: - Richelieu sufría muchos dolores de cabeza y rezaba a
Dios que lo librara de ellos. - Supongamos, por un instante,
que sólo rezara por ello. ¿Qué idea tendría de Dios? -
Supongo que la de una aspirina celestial. - Invente la aspirina
y Richelieu dejará de rezar. Seguirá creyendo en Dios, pero
el suyo será un Dios ocioso, un Dios que está
pero que no tiene ningún papel en nuestra vida.
Este
es el problema. Es lícito, muy bueno, conveniente y necesario
acudir a Dios para la solución de nuestros problemas terrenales
–¡es nuestro Padre!–, pero si sólo acudimos con intereses temporales…
antes o después nuestra fe se encontrará en aprietos. Porque
es ¡un planteo egoísta y materialista!
Cuando fallan las expectativas…
En
nuestros días no es raro encontrar personas que se siente
defraudadas por Dios y por el cristianismo.
Quienes primariamente esperara
beneficios temporales de la religión, es posible que termine desencantado
con Cristo.
En efecto, correríamos este peligro si viéramos la
vida religiosa en términos de una contraprestación con Dios: yo
cumplo su voluntad, hago lo que El quiere, voy a
Misa, etc. A cambio, El escucha mis oraciones, me protege
del mal, me evita males temporales, hace algún milagrito de
vez en cuando para sacarme de apuros, etc. Cuando la
vida transcurre sin sobresaltos, todo va bien. Pero un problema
grave se presenta cuando Dios no “cumple” su parte (o
mejor dicho la parte que a nuestro entender debería cumplir…)
o cuando encuentro otra manera de resolver el problema.
En ese
caso, uno podría acabar apartándose de Dios, víctima de la
desilusión. Es posible que sienta que Dios le ha fallado,
que no ha cumplido con su parte. Y entonces se
sienta con derecho a abandonar la suya: dejan de rezar,
de ir a Misa, de vivir como cristianos, o incluso
abandonan su vocación.
Visitando enfermos en un hospital encontré una
mujer que no practicaba la fe, aunque, como ella misma
se ocupó de señalar enseguida, la había vivido intensamente con
anterioridad. Le pregunté qué le había pasado. Su respuesta me
dejó helado: “Dios me defraudó”. Y pasó a explicarme que
ante una serie de problemas serios había rezado intensamente; y
que a pesar de sus rezos no había pasado nada.
Era como decirme: “¿qué quiere que haga? con un Dios
así no voy a ningún lado. No me sirve”.
Es
duro que una persona se sienta decepcionada por Dios. Almas
que lo dejan porque sienten que Dios no estuvo a
la altura de lo que se esperaba de El...
Son
los que –frustrados por no conseguir lo que pedían– preguntan:
“¿para qué sirve rezar?, si muchos no rezan y les
va muy bien”. O “¿para qué portarse bien, qué te
reporta?” Igual les sucede a quienes luchan espiritualmente con la
perspectiva de que Dios les hará felices. Cuando sienten que
Dios no está cumpliendo “su parte” del contrato implícito –porque
sufren–, se desconciertan y un terremoto tira abajo su vida
espiritual.
Para evitar equívocos habría que analizar bien qué esperamos de
Dios. Porque podría darse que esperáramos cosas que Dios no
ha prometido… Pero en realidad Dios no ha fallado. Lo que
fallaron fueron las expectativas. Esperaron mal. Secularizaron la virtud de
la esperanza: la “metieron” dentro de esta vida y la
“redujeron” a asuntos temporales (búsqueda de salud, un buen trabajo,
dinero, aprobación de exámenes, éxito profesional, familiar, etc.). Estaban equivocados.
Tuvieron la mirada puesta en Dios cara a bienes temporales
(salud, trabajo, apuros económicos, etc.) que Dios nunca había prometido,
y se olvidaron de los eternos (a los que quizás
esas carencias hubieran contribuido). Y no llegaron a enterarse de
cómo funciona la lógica de Dios -única verdadera lógica-.
Las falsas
expectativas conducen al desencanto y a la desilusión.
Por eso en
realidad se trata de decepciones humanas.
Entonces, ¿para qué me
sirve rezar?
Rezar siempre sirve. Principalmente para unirnos con Dios (principal
fin de la oración). Cuando pido algo no trato de
“cambiar” la voluntad de Dios, de convencerlo de que me
haga caso, de que tengo razón… Le pido algo porque
estoy convencido de que Dios quiere que le pida eso
(¡es mi Padre!). Lo pido porque es bueno, me alegrará
la vida, me ayudará a servirlo mejor, se lo puedo
ofrecer…: en dos palabras, entra en sus planes de santidad.
Y, al mismo tiempo, como sé que Dios me ama
con locura y no se equivoca, estaré contento cuando juzgue
–precisamente porque me escucha y me quiere– que lo mejor
para mí es no contar con lo que pido.
Alguno argumentará
que para creer esto hace falta fe. Por supuesto que
sí. Con Dios todo es cuestión de fe: de creer
y confiar en su inteligencia, bondad y omnipotencia.
Dios escucha siempre.
También cuando no entiendo, cuando no puedo escucharlo, cuando me
duele, incluso cuando me enojo. La fe incluye confianza: y
esto le da sentido al dolor, enseña a santificar la
cruz.
Dios ama siempre, también cuando no me da lo
que le pido. Dios no se equivoca nunca, tampoco cuando
parece que “piensa” distinto que yo o no lo entiendo.
Obviamente
uno de los temas claves de nuestra vida es descubrir
el sentido de la cruz. Tiene sentido, vale mucho. Debemos
tratar de buscarlo y encontrarlo.
Si queremos saber qué es lo
mejor, busquemos en el Evangelio y encontraremos qué quiso para
sí mismo y para las personas que más amó.
Dios no
falla. No puede fallar: si es Dios, lo es de
verdad.
Rezo porque amo a Dios. Porque sé que me ama
y quiere lo mejor para mí.
Rezo confiado en su voluntad
y en su amor. Sé que no me falla, tampoco
cuando me toca sufrir, tampoco cuando no me concede lo
que le pido: porque entonces me concede algo mucho más
valioso cara a la vida eterna. Rezo para unirme a El:
lo busco porque quiero estar con El, encontrar su ayuda,
su consuelo, se amor, su paz, su ayuda para ser
mejor hijo suyo. Para ser capaz de darle lo mejor
de mí mismo: es lo que me reclama el amor.
¿Un
cristianismo egoísta?
El error del asunto está al comienzo, en la
raíz en el planteo.
¿Qué es el cristianismo? Una cuestión de
amor. ¿Y para qué sirve amar? Amar es lo más importante
en la vida, de lo que dependerá la felicidad y
plenitud de la propia vida. Pero, desde la pregunta “¿para
qué me sirve amar? ¿qué gano si amo?” nunca conseguiremos
amar de verdad.
Hemos de estar atentos porque no se
puede amar con un planteo egoísta (y no hay nadie
exento de la tentación del egoísmo). No se puede amar
buscando primariamente qué me aporta ese amor.
Amar a Dios sobre
todas las cosas. Ese es el fin. Pero si me
planteo “¿para qué me sirve Dios? ¿para qué quiero amarlo?”
estamos comenzando mal el recorrido de la fe y del
amor. Estamos poniendo a Dios en función de nuestros intereses.
Pero Dios no es un sirviente de lujo. Y es
imposible crecer en el amor recorriendo el camino de la
búsqueda del propio beneficio egoistón.
Conclusión
No te hagas esta pregunta porque
no tiene sentido. Y cuando se te cruce por la
cabeza, respondele con generosidad, rechazando los planteos mezquinos que supone. Al
mismo tiempo debés saber que ser cristiano sirve “demasiado” (¡es
lo único necesario!).
De hecho Dios y la vida eterna existen
El
cristianismo no es una apuesta al futuro, como la de
quien jugara a la lotería a ver si el número
le sale. No es un jugarse a ver qué pasa… Hay
algunos “pequeños” detalles a tener en cuenta: Dios existe, nos
vamos a morir, nos encontraremos con El, que en su
presencia sacaremos cuentas de cómo hemos usado la vida que
nos ha dado…
Vivir como si Dios no existiera es
fatal… sencillamente porque es una suposición demasiado falsa: no hay
ninguna posibilidad de que no exista.
Vivir como si no fuéramos
a morirnos nunca… es muy ridículo… sencillamente porque lo único
que está claro en nuestra vida es que vamos a
morirnos.
¿Entonces, para qué sirve ser cristiano?
Hemos sido creados para amar.
El cristianismo realiza el fin de la creación del hombre:
nos conduce a la plenitud para la que existimos y
en la que alcanzaremos la felicidad perfecta. Ahora bien, eso
no ocurrirá en esta vida: la felicidad perfecta consiste en
la posesión de Dios, cosa que sucederá en la vida
eterna.
Pero esto no significa que cara la vida presente no
sirva para nada, y que estemos “condenados” a aguantarnos una
vida cruel consolándonos en lo bien que lo pasaremos después
de la muerte. La vida eterna comienza a realizarse en
germen desde ahora. Esa vida eterna ya se vive aquí.
La gracia es una participación de la vida divina. No
se siente, no se mide en términos económicos, de salud,
etc. Tampoco en éxitos profesionales. Pero es más real que
lo que tocamos. Y se mide en términos de amor
y de talentos.
El cristianismo da sentido a la vida, le
da valor y la “llena” de contenido. Hace que las
cuestiones intramundanas no sean intrascendentes, sino que se abran a
la eternidad. Permite vivir esta vida abiertos a la plenitud, trascendiéndola.
Sin
el cristianismo esta vida es muy pobre. Demasiado. Está encerrada
en la inmanencia, en las coordenadas espacio-temporales. La vida sin
perspectiva de eternidad es una película que acaba mal. ¿Cómo
se presenta el futuro personal? Desde una perspectiva de culto
al cuerpo, bastante mal: con el paso de los años,
cada vez con menos fuerzas, más enfermos, más limitados… hasta
la muerte. Las perspectivas “materiales” no son las mejores. Pero las
perspectivas sobrenaturales son inmejorables, y cada vez son mejores: más
cerca de obtener la vida por la que anhelamos, cada
vez más maduros, más sabios, más enamorados, más llenos
de obras de servicio y amor.
La virtud de la esperanza
sobrenatural es más necesaria de lo que muchos imaginan. Nos
abre horizontes de plenitud y amor. Llena esta vida de
contenido ya ahora, y nos conduce a la que vale
la pena, aquella para la que estamos hechos, donde se
harán realidad las aspiraciones más profundas del corazón humano. Pero esperanza
sobrenatural, completa. Es mucho más que una vaga aspiración o
deseo: es la certeza de que Dios nos dará lo
que nos promete: una vida eternamente feliz, con El, en
la gloria.
Pero ser cristiano sólo cara a esta vida resultaría
una estafa cruel. La peor de las estafas: quitarle lo
más valioso, su sentido más profundo, la razón por la
que Dios se hizo hombre, murió, resucitó y ascendió al
cielo por nosotros.
En definitiva ser cristiano sirve para:
Descubrir el sentido
de nuestra vida (¡para qué vivimos!) Vivir como Dios quiere y
así realizar el sentido de nuestra existencia Hacer posible una vida
plena en el terreno humano Disfrutar de la amistad con Dios
y vivir en intimidad con El Recorrer el camino la vida
eterna y ser santos Llenar de valor sobrenatural a esta vida
terrenal Alimentar nuestra vida con la Palabra de Dios Fortalecer nuestra vida
con la gracia de los sacramentos Conseguir el perdón de nuestros
pecados Divinizar nuestra vida comiendo el cuerpo de Dios hecho hombre Que
el Espíritu Santo habite en nosotros como en un templo
y santifique nuestra vida. Vivir de amor a Dios Unirnos a Dios
y vivir en comunión con El Además, que su exigencia “saque”
lo mejor de nosotros Abrirnos horizontes de vida eterna Dar sentido al
dolor y a la muerte Tener la ayuda de la gracia
divina Que nos sostenga con la ayuda de los demás
Y sobretodo
sirve para hacernos infinitamente felices en la vida eterna.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Gracias por este articulo, nos enseña a que vale la pena vivir como Cristo nos enseña. Vivir intensamente en esta vida tratando en todo momento descubrir nuestros talentos, la sabiduria que el Señor nos regalo, para ponerla al servicio de los demas.
Deseo fervientemente ganarme la vida eterna y estoy convencido de que debo de caminar en este tiempo que el Señor me regala irradiando su bondad y amor, sirviendo a los demas, descubriendo en cada paso el verdadero rostro de Cristo.
Viva Criso
Publicado por: Juan Peña McGuire
Fecha: 2009-11-03 15:26:35
Excelente artículo que me ha ikustrado como entender el sentido de ser Cristiano.
Publicado por: Berkis Vargas
Fecha: 2009-10-26 06:53:52
Excelente articulo, espero que el que lo lea le saque mucho provecho.
Bendiciones en Jesus y Maria
Publicado por: carmelo
Fecha: 2009-10-23 21:36:28
Estimados hermanos. De este articulo, saqué material para la catequesis de preparación al sacramento del Bautismo.´Vi en él, el Mensaje por el cual se vive hermano, porque ya llegue a setenta, y aunque siempre tuve presente el fin úlimo de nuestra existencia, debo confesarte que m da un poco de temor morir, quizas debe ser porque aún habiendo sufrido muchisimo en esta vida, soy feliz lo mismo por los que me Dios me dio. Por eso gracias por el mensaje que compartiré. Gracias, un abrazo.
Publicado por: arseniocoronado@hotmail.com
Fecha: 2009-10-22 22:46:43
estoy descubriendo esta pajina esta muy interesante.
Felicidades