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| El magisterio oral de la Iglesia |
San Pablo es el Apóstol de la libertad cristiana.
Mas para San Pablo, la libertad no es el libertinaje
ni la anarquía. A la libertad de la carne opone
el Apóstol la ley del Espíritu y del amor; y
la libertad social o de acción la refrena o modera
con el principio de autoridad eclesiástica, principalmente con el primado
de San Pedro. Otra libertad reclaman para sí los protestantes,
con mayor obstinación que ninguna otra: la del libre examen,
que por natural evolución ha degenerado en la moderna libertad
de pensamiento. Sin duda que los protestantes, los conservadores por
lo menos, limitan o moderan esta libertad de pensar acatando
el magisterio escrito de la Biblia. Pero semejante magisterio escrito,
al ser sometido al libre examen, resulta ineficaz e irrisorio.
Al interpretar la Biblia según su criterio personal, hacen decir
a la Biblia lo que ellos quieren, y, en definitiva,
piensan como se les antoja. El verdadero freno moderador de
la libertad de pensar en materias religiosas no es ni
puede ser otro que la autoridad doctrinal, el magisterio viviente
instituido por el mismo Jesucristo. Este magisterio oral y externo
se hizo para los protestantes un yugo insoportable, como contrario
a la libertad cristiana de pensar.
Y, sin embargo, este yugo
lo impuso Jesucristo sobre las cervices de cuantos generosamente se
resolviesen a dar fe a su palabra y aceptar su
autoridad y su doctrina. Y este yugo lo proclama también
y lo impone el Apóstol de la libertad en la
misma Carta magna de la libertad cristiana, la Epístola a
los Gálatas. Vamos a demostrarlo.
Comencemos por una razón que podemos
llamar de experiencia.
San Pablo proclama enérgicamente la unidad o unicidad
del Evangelio.. Me maravillo ‑dice‑ de que tan de repente
os paséis... a un Evangelio diferente, que... no es otro
[Evangelio], sino que hay algunos que os revuelven y pretenden
trastornar el Evangelio de Cristo (Gál. 1,6‑7). Y este Evangelio
único de Jesucristo es inmutable e intangible; intentar tocarlo o
modificarlo es profanarlo y destruirlo sacrílegamente. Por eso prosigue el
Apóstol: Aun cuando nosotros o un ángel [bajado] del cielo
os anuncie un Evangelio fuera del que os hemos anunciado,
sea anatema. Como antes lo tenemos dicho, ahora también lo
digo de nuevo: Si alguno os anuncia un Evangelio diferente
del que recibisteis, sea anatema (Gál. 1,8‑9). Es que el
Evangelio no es un mensaje amorfo, que reciba su determinación
o significación concreta de la interpretación subjetiva que se le
quiera dar, sino que tiene su verdad objetiva y determinada,
a la cual hay que someter la inteligencia. Por esto
dos veces habla San Pablo de la verdad del Evangelio
(Gál. 2,5; 2,14). Por esto también deben los fieles estar
o ponerse de acuerdo sobre la inteligencia del Evangelio, como
lo significa el mismo Apóstol, cuando escribe: Confío de vosotros
en el Señor que no pensaréis de otra manera de
como os tengo dicho (Gál. 5,10; cf. 6,16). Esta unidad
y verdad intangible, con la consiguiente conformidad en el pensar,
la posee el Evangelio por razón de su origen divino.
Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio predicado por
mí no es conforme al gusto de los hombres; pues
yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino
por revelación de Jesucristo (Gál. 1,11‑12; cf. 1,16). Los hombres
no tienen derecho a desfigurar el Evangelio de Dios.
Tales son
los principios doctrinales establecidos por San Pablo. Ahora con estos
principios comparemos los hechos.
Por ahora podemos conceder o permitir a
los protestantes que el Evangelio de que habla San Pablo
se contiene íntegramente en las Escrituras del Nuevo Testamento. Podríamos
también conceder, sin dificultad, que en el terreno abstracto de
las ideas este Evangelio escrito, uniformemente interpretado, pudiera consiguientemente ser
para los fieles principio de uniformidad en el pensar y
sentir. Pero, decimos, de hecho ni lo ha sido ni
lo es. Es, por tanto, el Evangelio escrito insuficiente para
crear o mantener la unidad doctrinal que preconiza el Apóstol.
Si Dios, pues, quiso, como evidentemente lo quiso, asegurar la
verdad del Evangelio, debió instituir en la Iglesia un magisterio
no escrito, esto es, un magisterio viviente y oral. Examinemos
a fondo esta razón.
Nos concederán los protestantes que el Evangelio
escrito no lo destinó Dios para que fuese entretenimiento de
ociosos, ni menos campo de batalla donde se librasen sangrientos
combates teológicos que desgarrasen la unidad de la fe, sino
para que fuese criterio de verdad y norma de vida
eterna para todos los hombres de buena voluntad. Ahora bien:
estos designios de Dios jamás se han realizado, siempre se
han frustrado; cuando el Evangelio escrito ha sido sometido al
libre examen, ha sido aislado del magisterio oral y viviente
de la Iglesia. Ahí está para comprobar este hecho el
testimonio de la Historia. Ya los Padres de los primeros
siglos notaron que todos los herejes pretendían fundar en la
Escritura los más disparatados errores, contrarios unos de otros. Y,
sin ir tan lejos, ahí esta la historia del protestantismo,
antiguo y moderno, que, buscando en solo el Evangelio escrito
la doctrina revelada, ha venido a parar en muchos puntos
capitales a soluciones contradictorias. Es clásico el ejemplo de la
presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Apelando igualmente al
testimonio de la Biblia, Lutero la admitía, Calvino y Zwinglio
la negaban. Este fenómeno, constantemente repetido en la Historia, demuestra
a todas luces que el Evangelio escrito no podía ser
en los planes de Dios el único magisterio que El
dejaba a los hombres para conocer la verdad de su
divina revelación. A no ser que digamos que Dios ignoraba
el resultado de su obra o se complacía en dejar
a la pobre humanidad un magisterio ambiguo y enigmático.
En conclusión:
el Evangelio escrito, aislado del magisterio viviente, es enigmático y
lleva fatalmente a la contradicción y a la discordia; completado
por el magisterio oral, es luminoso y lleva suavemente a
la concordia y a la unidad. ¿Cuál de estas dos
hipótesis es más digna de Dios? ¿Cuál salva mejor el
honor de la divina Escritura? San Pablo, a lo menos,
que tan ardientemente deseaba y recomendaba la unidad de la
fe, no podía imaginar un Evangelio que llevase necesariamente a
la contradicción y a la discordia.
Mas no tenemos necesidad de
apelar a la lógica para deducir de los principios establecidos
por San Pablo la necesidad del magisterio oral, cuando él
mismo lo acredita e inculca. Por de pronto, el Evangelio
de Cristo, cuya verdad quiere sostener a todo trance, es
el Evangelio anunciado a los Gálatas por la predicación oral.
Seis veces en la Epístola emplea el Apóstol el verbo
evangelizar y siete veces el sustantivo Evangelio. Ahora bien: tanto
el sustantivo como el verbo no se refieren, ni una
sola vez, exclusiva o preferentemente, al Evangelio escrito, y muchas
veces, por no decir siempre, se refieren clara y exclusivamente
a la predicación oral; como cuando dice: El Evangelio predicado
por mí no es conforme al gusto de los hombres
(Gál. 1,11). El Evangelio anunciado por el Apóstol a los
Gálatas anteriormente a la Epístola, la primera y la única
que les escribió, no puede ser sino el Evangelio oral.
Oral era también el Evangelio que poco después menciona: Les
expuse el Evangelio que predico entre los gentiles (Gál. 2,2).
Cuando San Pablo, hacia el ano 50, exponía a los
apóstoles de Jerusalén su Evangelio, no había escrito ninguna de
sus cartas (cf. Gál. 1,6; 1,7, 2,5; 2,7; 2,14; 1,8‑9;
1,16; 1,23). Más explícitamente aún alude al Evangelio oral cuando
escribe: Sabéis que a causa de una enfermedad de la
carne os anuncié la primera vez el Evangelio (Gál. 4,13).
Esta importancia y relieve que da San Pablo al Evangelio
oral prueba evidentemente no sólo la existencia del magisterio viviente,
sino también que el magisterio oral era para el Apóstol
el medio normal y ordinario de anunciar el Evangelio. ¿Y
dónde después ha dicho San Pablo, ni otro alguno de
los escritores inspirados, que, una vez escritos los libros del
Nuevo Testamento, éstos suplantaban y abrogaban el magisterio vivo, empleado
hasta entonces ordinariamente?
De los textos en que San Pablo,
sin emplear la palabra Evangelio, enaltece la predicación oral, sólo
citaremos algunos que tienen especial significación.
Después de reproducir, resumido, el
discurso de Antioquía, apostrofa así el Apóstol a los Gálatas:
¡Oh insensatos Gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos
ojos fue exhibida la figura de Jesucristo clavado en cruz?
(Gál. 3,1). Estas palabras tan expresivas muestran que en la
predicación oral declaraba el Apóstol con tal viveza y plenitud
la palabra de la cruz (1 Cor. 1,18), el misterio
de la redención, que parecía trasladar a los oyentes al
Calvario para hacerles presenciar la crucifixión y muerte de Jesucristo
por los pecados de los hombres. Semejantes visiones de los
misterios divinos, ¿perdían su valor y debían olvidarse una vez
se escribieran los libros del Nuevo Testamento? Al refrescar su
recuerdo, ¿no propone más bien el Apóstol que se conserven
y se transmitan a las generaciones sucesivas? ¿Y qué otra
cosa es la tradición oral, que los protestantes condenan y
los católicos veneran?
Habiendo enumerado las obras de la carne, concluye
San Pablo: Os prevengo, como ya os previne, que los
que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios
(Gál. 5,21). Aquí el magisterio escrito reproduce y confirma el
magisterio oral, el cual, según esta declaración del Apóstol, tiene
su valor propio, y lo tendría aun cuando no hubiera
sido confirmado Por el magisterio escrito.
Al magisterio oral y oído
atribuye exclusivamente San Pablo las efusiones del Espíritu Santo sobre
los fieles de Galacia. Dos veces les pregunta: Esto sólo
quiero saber de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu en virtud de
las obras de la ley o bien por la fe
que habéis oído?... El que os suministra, pues, el Espíritu
y obra prodigios entre vosotros, [hace eso] en virtud de
las prácticas de la ley o bien por la fe
que habéis oído? (Gál. 3,2‑5). La fe oída no debía
ser anulada por la palabra de Dios escrita; debía subsistir
al lado de ésta y podía ser transmitida a otros.
De nuevo la tradición oral.
Pretenden los protestantes que el único
magisterio auténtico de Dios es el escrito; los textos aducidos
hasta aquí demuestran, por el contrario, que también el magisterio
oral es en la Iglesia (con las debidas condiciones, claro
está) magisterio auténtico de Dios. Mas no se contenta San
Pablo con atestiguar y acreditar la legitimidad de entrambos magisterios;
declara, además, que el magisterio escrito es secundario respecto del
oral, que es el principal. Después de agotar todos los
recursos de su persuasiva elocuencia, ya terriblemente acerba y sacudida,
ya inefablemente blanda y halagadora, no satisfecho de haber expresado
fielmente su pensamiento o temeroso de no ser comprendido por
los Gálatas, les dice por fin: Quisiera ahora hallarme presente
entre vosotros y variar [los tonos de] mi voz, pues
no sé qué hacerme con vosotros (Gál. 4,20). Como quien
dice: la palabra escrita es incapaz de reproducir fielmente el
pensamiento; y, aun cuando lo fuese, yo no sé la
impresión que os va causando cada una de las cosas
que os voy escribiendo; si os hablase cara a cara,
daría yo a mi voz tonos y vibraciones que os
revelarían los sentimientos íntimos de mi corazón, y a medida
que viese la impresión que os hacían mis palabras, os
diría esto o aquello, y os lo diría de este
modo o del otro, con tono imperativo o con voz
insinuante y amorosa.
Reflexionemos unos instantes sobre esta declaración del Apóstol.
A
ser posible, en vez de apelar al lenguaje muerto de
una carta, San Pablo hubiera preferido hallarse personalmente entre los
fieles de Galacia y hablarles de viva voz. Apela al
recurso de la carta, porque entonces le era imposible ir
a Galacia; apela al magisterio escrito, porque le era entonces
imposible el magisterio oral; redacta una carta inspirada en sustitución
y como suplemento de la predicación o enseñanza oral. Este
hecho significativo manifiesta que en la propaganda y defensa del
Evangelio, el medio primario, normal y ordinario es el magisterio
viviente, es la enseñanza oral. Y esta economía de la
primitiva predicación evangélica no ha sido modificada; subsiste y subsistirá
perpetuamente en la Iglesia de Jesucristo. Y esto por dos
razones importantísimas. Porque, primeramente, este cambio de economía o de
procedimientos, como cosa tan esencial y de tan graves consecuencias,
debería haberse notificado o promulgado con claridad inequívoca; más aún,
dentro de los principios protestantes, debería constar en la Escritura.
Ahora bien: semejante cambio de economía o de táctica en
la predicación del Evangelio no se nos ha intimado ni
insinuado ni en la Escritura ni en ninguna otra parte.
Subsiste, por tanto, no sólo la legitimidad, sino también la
preponderancia del magisterio oral sobre el escrito. Además, en vida
de los apóstoles era posible el magisterio escrito, divinamente inspirado,
que subsanase la falta o la imposibilidad del magisterio oral;
muertos los apóstoles, cesó ya este recurso suplementario. Luego el
magisterio oral, necesario en tiempo de los apóstoles, lo es
mucho más después de su muerte.
Otra consecuencia importantísima se desprende
de la declaración del Apóstol y de todo el tenor
de la Epístola a los Gálatas. Sin los manejos de
los judaizantes, y sin la imposibilidad de ir entonces el
Apóstol a Galacia, no se hubiera escrito jamás esta Epístola.
Esto demuestra el origen circunstancial y el carácter ocasional de
la Epístola a los Gálatas, y lo mismo pudiéramos decir
de muchos y aun de todos los escritos del Nuevo
Testamento. Los protestantes se revuelven contra los católicos, y aun
nos tratan de sacrílegos, porque señalamos el carácter ocasional de
muchos escritos neotestamentarios. Pero la historia de estos escritos y
las declaraciones mismas de sus autores inspirados no dejan lugar
a duda sobre la verdad de este hecho capital. Ahora
bien: si esto es así, como lo es, ¿podrán hacernos
creer jamás los protestantes que escritos ocasionales y accidentales constituyen
el único magisterio divino, ni siquiera el primario o principal?
O si no, que lo prueben, y que lo prueben
por la Escritura, y que lo prueben con toda evidencia,
como exige la gravedad del caso.
Otra lección importantísima nos suministra
la Epístola a los Gálatas. El Apóstol había predicado en
Galacia, y, a lo que parece, dos veces (Gál. 4,13),
y les había expuesto con toda amplitud principalmente el misterio
de la redención. A pesar de ello, bastaron las pérfidas
insinuaciones de unos intrusos y falsos hermanos para hacer vacilar
o poner en grave riesgo la fe de los Gálatas,
precisamente en la eficacia de la redención de Cristo. Estas
perversas sugestiones de falsos apóstoles empeñados en trastornar el Evangelio
de Cristo (Gál. 1,7), con el consiguiente escándalo y peligro
de los fieles, ¿no habían de repetirse en la Iglesia
después de la muerte de los apóstoles? Ahí está la
historia de las herejías. Y, en medio de esas crisis,
¿debía quedar la Iglesia desprovista de una autoridad doctrinal que
desenmascarase a los falsos apóstoles y sostuviese la fe vacilante
de los fieles? Dicen, sin duda, los protestantes que en
la Escritura se halla ya fijada definitivamente la doctrina de
los apóstoles y la verdad revelada, y que a su
luz pueden desenmascararse y refutarse todas las herejías. ¿De veras?
¿Es que olvidan los protestantes que precisamente en la Escritura
se apoyaban, generalmente, los herejes ‑los que ellos, si son
cristianos, deben calificar de herejes‑ para sostener sus herejías? Se
presenta, por ejemplo, Arrio, y con aquel texto de San
Pablo que llama a Jesucristo primogénito de toda la creación
(Col. 1,15) pretende negar la divinidad del Salvador. Hay, sin
duda, en la Escritura numerosos textos que demuestran la divinidad
de Jesucristo; mas también hay otros que parecen desconocerla. Si
no existe en la Iglesia otro magisterio divino auténtico fuera
de la Escritura, entregada al libre examen de cada uno,
deben los fieles, para mantener la incolumidad de su fe,
entregarse al estudio de todos los pasajes de la Escritura
relativos a la divinidad de Jesucristo, comparando entre sí escrupulosamente
los textos, a primera vista discordantes, para armonizarlos y sacar
en limpio la verdad revelada. Y semejante estudio, hoy día
sobre todo, cuando son desconocidas para la inmensa mayoría de
los fieles las lenguas originales de la Escritura, ¿cuántos fieles
son capaces de hacerlo por sí mismos? ¿Y la fe
de la gran mayoría de la Iglesia ha de depender
de la inteligencia personal de la Escritura, tan erizada de
dificultades espinosísimas, expuesta, además, a las pérfidas sugestiones de los
falsos apóstoles, más hábiles, por desgracia, generalmente que los hijos
de la luz? Y, sobre todo, ¿dónde se dice en
la Escritura que éste sea el medio, y medio único,
de hallar y de mantener la fe?
No salgamos de
la Epístola a los Gálatas. Es proverbial la enorme dificultad
exegética de esta Epístola, de estilo entrecortado, tembloroso, palpitante. Y
no son mucho más fáciles, ni lo eran cuando fueron
escritas, según el testimonio de San Pedro (2 Pe 3,16),
las demás Epístolas de San Pablo. ¿Y es de creer
que semejantes escritos, en que tropiezan a cada paso los
exegetas de oficio, sean para la universalidad de los fieles
el magisterio principal, definitivo y único de Dios? ¿Es que
los hombres sencillos e incultos, aquellos precisamente a quienes, según
la palabra de Jesucristo (Mt. 11,25), revela sus misterios el
Padre celestial, han de quedar excluidos del reino de Dios?
Credat Iudaeus Apella. Los católicos sentimos más altamente de la
bondadosa providencia de Dios, que ha puesto al alcance de
todo hombre de buena voluntad, por medio del magisterio viviente,
a todos asequible, el conocimiento de la verdad revelada en
toda su pureza e integridad, inasequible para la inmensa mayoría
de los hombres, si no para todos, en el estudio
personal de la Escritura.
Otro carácter de la Epístola a los
Gálatas, y de otras epístolas de San Pablo, por no
decir todas, es su tono polémico y batallador, y, consiguientemente,
apasionado. Ahora bien: nadie ignora que en las discusiones acaloradas,
aun cuando se desee sinceramente defender la verdad, es natural
y necesario dar a las verdades negadas por el adversario
un relieve que no se le daría en la exposición
sosegada de la verdad. A este mayor relieve de una
parte de la verdad se añade el dejar, como en
la sombra, la otra parte, admitida por el contrincante. ¿Y
quién dudará que esta manera, legítima ciertamente en las controversias,
de proponer la verdad puede dar pie a torcidas inteligencias?
Y una enseñanza necesariamente fragmentaria y abultada de la verdad,
expuesta por añadidura a fatales equivocaciones, ¿puede ser el magisterio
definitivo y, menos, único de Dios a la generalidad de
los hombres? Imposible creerlo.
Otras consideraciones aun podríamos hacer valer; pero
no hay por que insistir más en cosa tan clara,
que solos los prejuicios, la parcialidad y la pasión han
podido enturbiar. Un pormenor no queremos omitir, por cuanto se
refiere a la libertad cristiana. Escribe el Apóstol: ¿Cómo os
tornáis de nuevo a los rudimentos impotentes y miserables, a
los cuales de nuevo queréis otra vez servir como esclavos?
¡Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años!
(Gál. 4,9‑10). Con estas palabras pretenden los protestantes desacreditar, si
no los dogmas, por lo menos ciertas prácticas de la
devoción católica basadas en el ritmo de los días, fiestas,
etc. Permítasenos aquí una breve digresión, no del todo ajena
a nuestro objeto, sobre una denominación en particular, los adventistas
del séptimo día. Esta secta, o cúmulo de sectas, tiene
como uno de sus dogmas fundamentales y característicos el solemnizar
el sábado en vez del domingo. Aplicando, aunque mal en
este caso, el principio protestante de que, rechazada toda tradición,
hay que atenerse estrictamente a lo que dice la Escritura,
puesto que en la Escritura se manda celebrar el sábado,
y este precepto, según ellos, en ninguna parte de la
misma Escritura ha sido abolido, queda en pleno vigor el
mandamiento de la ley y, en consecuencia, hay que celebrar
no el domingo, sino el sábado. Notemos de paso el
curioso fenómeno de este protestantismo judaizante. Los que tanto odio
mostraron contra los judíos, los que tan duramente impugnaron a
la Iglesia Romana por haber, según ellos, reincidido en el
judaísmo, ahora condenan una práctica tan cristiana como es la
celebración del domingo para abrazar otra práctica tan esencial y
característicamente judaica como es la celebración del sábado. Contra éstos,
que no contra los católicos, recae aquella sentida querella de
San Pablo, que se refiere precisamente a las fiestas Judaicas:
¡Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años!
(Gál. 4,10). Celebrar fiestas judaicas con espíritu judaico, esto es
lo que se opone a la libertad cristiana, preconizada por
el Apóstol; no el celebrar fiestas cristianas con espíritu cristiano,
esto es, con libertad de espíritu, sin esclavizarse a la
práctica externa y sin sombra de superstición.
Escribe el Apóstol: Hermanos,
no somos hijos de la esclava, sino de la [esposa]
libre. Cristo nos ha libertado para [que gocemos de] la
libertad, Manteneos, pues, firmes, y no os sometáis de nuevo
al yugo de la esclavitud (Gál. 4,31‑5,1; cf. 1,4; 2,4;
4,1‑30; 5,13; 5,18; etc.). Los católicos acatamos reverentes y acogernos
regocijados esta palabra de Dios y este beneficio de Jesucristo.
Somos libres, y nos gozamos de vivir en libertad. Mas
no por esto olvidamos aquellas otras palabras del mismo Apóstol:
Vosotros habéis sido llamados a la libertad, hermanos; solamente no
[toméis] esa libertad como pretexto para [soltar las riendas a]
la carne, sino que por la caridad os habéis de
hacer esclavos los unos de los otros (Gál. 5,13). Juntamente
con la libertad admitimos los frenos con los cuales ha
querido Dios moderarla o limitarla. Por esto, si rechazamos, como
manda el Apóstol, el yugo de la ley mosaica, en
cambio nos sometemos gustosos, como manda el mismo Apóstol, al
yugo suave de la ley de Cristo (Gál. 6,2); y
si admitimos el valor justificante de la fe, nos sometemos
igualmente a los ritos sacramentales como instrumentos de justificación. Por
esto también, si, rescatados con el precio de la sangre
de Jesucristo, tenemos a gloria no hacernos esclavos de los
hombres (1 Cor. 7,23), acatamos, empero, la autoridad divina de
Jesucristo, así en su persona como en la de los
representantes suyos que El ha dejado en su lugar en
la Iglesia. Por esto, finalmente, si admitimos el magisterio divino
de la Escritura, junto con la unción interna del Espíritu
Santo (1 Jn. 2,20; 2,27), admitimos también como auténticamente divino
el magisterio viviente y oral que Jesucristo ha instituido en
su Iglesia. Si recibimos de Jesucristo el don precioso de
la libertad, no es razón rechazar los frenos con que
El ha querido moderarla o limitarla. Estos frenos moderadores, la
ley de Cristo, los sacramentos, la autoridad y el magisterio
de la Iglesia, el mismo Apóstol de la libertad los
preconiza en su Carta magna de la libertad cristiana. Al
fin, con ellos no nos sometemos a los hombres, sino
al mismo Dios. Y someterse a Dios, ser esclavo de
Dios, es condición necesaria y complemento de la verdadera libertad,
de la libertad cristiana.
Tomado de
José M. Bover
Teología de San Pablo
BAC,
Madrid, 1967, pp. 461-469.
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