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Autor: Oscar Gerometta | Fuente: Cristiandad.org Puntos comunes para la reflexión teológica
Introducción en las pautas esenciales de análisis y comprensión del problema sectario
Puntos comunes para la reflexión teológica
Informar y orientar a nuestras comunidades, en base a
un lúcido discernimiento, acerca de las formas religiosas o para-religiosas
... y las distorsiones que encierran para la vivencia de
la fe cristiana Documento de Puebla n. 1669
Hablar generalizando
es una tentación permanente, sobre todo en un fenómeno como
el que nos ocupa, las generalizaciones están al orden del
día. Cuando nos ocupamos de las "sectas" una de las
grandes tentaciones es hacer también una caracterización global de un
fenómeno que es singularmente amplio, diverso y no de fácil
comprensión.
La diversidad de origen histórico de los distintos grupos, la
variedad de sus fuentes doctrinales y rituales, junto con la
enorme variabilidad doctrinal que engendra todo sincretismo, hacen utópico todo
intento de dar una visión unificada del fenómeno sectario.
Por
esto mismo no es posible caracterizar sencillamente a las sectas,
de un modo tal que todas puedan considerarse abarcadas por
esas características. Esta dificultad la apuntamos y experimentamos al intentar
elaborar una clasificación suficientemente abarcativa y clarificadora.
Pero por otro lado,
no podemos ignorar que el fenómeno en su conjunto responde
a una problemática cultural que sí es única, y por
lo tanto, a partir del hecho de que la diversidad
religiosa es síntoma de un mal social único, podemos referir
algunos puntos comunes no a cada grupo en particular, sino
al hecho social y religioso en su conjunto. Son esos
puntos los que queremos ahora detenernos a enunciar brevemente, a
modo de un borrador que sirva para una mayor profundización
de la situación.
Un denominador común: el subjetivismo religioso
Un hecho
sociológico transportado a la religión: el individualismo
Un fenómeno en expansión:
la lectura heterodoxa de los textos sagrados
La lectura fundamentalista
La lectura
ocultista
Al realizar nuestro recorrido
histórico del desarrollo del fenómeno y repasar los acontecimientos que
jalonaron el surgimiento de las iglesias protestantes alrededor del movimiento
reformista del siglo XVI, hemos destacado el hecho de que
la introducción del principio de "Libre Interpretación" de las Escrituras
significó la introducción en la estructura eclesiológica de Occidente del
subjetivismo religioso.
Según define el diccionario, el subjetivismo en materia filosófica
es el punto de vista "según el cual lo decisivo
para el valor del conocimiento no es el objeto, sino
la constitución del sujeto...".
Trasladado al ámbito religioso, cuando hablamos
de "subjetivismo religioso" nos referimos al fenómeno moderno que ha
implicado que la búsqueda religiosa del hombre contemporáneo se haya
desplazado de una búsqueda de comunión objetiva con la Trascendencia
a la mera búsqueda de la experiencia íntima y personal
de "lo divino".
Como expresa el Catecismo de la Iglesia Católica,
"el deseo de Dios está inscrito en el corazón del
hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y
para Dios". Esta búsqueda o deseo de Dios es lo
que los hombres han expresado a lo largo de la
historia bajo la forma de diferentes creencias y comportamientos rituales.
Esta búsqueda es la búsqueda de la comunión con la
Trascendencia en la que anhelamos encontrar la cura para la
angustia de nuestro ensimismamiento. Es la búsqueda de la unión
con el Todopoderoso que nos permite trascender los límites de
nuestra condición limitada. Es bucear en la realidad en busca
de un Otro, de un Distinto del hombre que pueda
dar respuesta a las angustias que brotan de su propia
experiencia de contingencia.
Por esto a lo divino, lo misterioso, lo
trascendente, se lo ha definido como lo "totalmente otro", en
definitiva, como lo máximamente objetivo. De aquí que la experiencia
básica del hombre religioso es la de lo divino como
algo total y absolutamente distinto del hombre, como un Otro
objetivo que se le impone: a la contingencia de la
profanidad de lo humano se contrapone la absoluta necesidad de
lo sagrado, como absoluta y totalmente distinto del hombre, y
por lo tanto, como esperanza de solución para el dilema
de la contingencia.
Este era, desde el principio de los tiempos
y hasta el nacimiento de la modernidad, el denominador común
de toda experiencia religiosa: lo divino como una realidad que
se impone al hombre y que desde su objetividad es
aceptada o rechazada por el individuo, siendo su aceptación el
punto de partida para el desarrollo del hecho religioso de
comunión con lo divino, y de allí para la experiencia
subjetiva de comunión con la divinidad.
Esta misma es la objetividad
de lo Cristiano: Jesús, el Cristo, es propuesto por su
Iglesia a todos los hombres como Camino, Verdad y Vida,
como única respuesta valedera a ese deseo de Dios inscrito
por Él mismo en el corazón de todo hombre, un
corazón humano que debe enfrentar, desde la intimidad de su
respuesta libre, el desafío que el llamado evangélico supone.
En esta
decisión libre, a la que llamamos "conversión", se funda la
verdadera comunión con lo Divino: "Mira que estoy a la
puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me
abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con
él y él conmigo". A esa experiencia íntima y personal
de Comunión, fruto de una conversión objetiva al Dios Trino
que se descubre como totalmente Otro, es a la que
llamamos "experiencia religiosa".
Esta experiencia religiosa es el eco subjetivo
y personal de la realidad objetiva de la conversión. El
"sentimiento" religioso es estable y profundo, cuando es consecuencia de
el encuentro personal con Dios. De este modo, el objeto
primero de la búsqueda religiosa es el encuentro objetivo con
la Divinidad.
La modernidad en cambio, ha desplazado la objetividad de
esta experiencia al plano de lo puramente fenomenológico y por
ende subjetivo; convirtiendo en meta de la conversión no el
encuentro con Cristo, sino la experiencia de "sentirse" salvado.
Ya no
importa encontrar la respuesta a las expectativas más profundas del
hombre en la objetividad del Dios que se manifiesta como
respuesta verdadera a esos interrogantes, sino que la preocupación está
puesta en alcanzar un sentimiento de redimido, sin importar en
el fondo si tal sentimiento está fundado en la realidad
objetiva e inconmovible de la Gracia o no.
De este modo
se deja de lado toda referencia al ámbito de lo
real para sumergirse en el lenguaje de lo experiencial y
subjetivo. La preocupación no es ya conocer a Dios, sino
solamente "sentirlo" y "sentirse" conocido y amado por Dios.
Este camino
frustra esa expectativa de trascendencia que está encerrada en el
corazón de todo hombre. La frustra, ante todo porque deja
al hombre librado a su propia limitación y contingencia, limitación
que por experiencia conoce como insalvable, y a la que
se despoja de la esperanza que asegura la trascendencia y
permanencia de lo divino.
Pero la frustra también, porque encierra
al hombre en su soledad, aislándolo de la necesaria referencia
a la experiencia objetiva comunitaria de salvación que funda al
verdadero Pueblo de Dios: la comunión sólo puede fundarse en
la experiencia común, y esto requiere un objeto común.
De este
modo, el mismo sujeto que experimenta la omnipotencia de "sentirse
salvado", sufre paralelamente la angustia de sentirse sumergido en la
noche solitaria y triste del individualismo. Debe ahora buscar la
experiencia de "sentirse" miembro de una comunidad. Pero el Pueblo
de Dios es la comunidad de los que han sido
salvados por Cristo, no de aquellos que se "sienten" salvados
por Él.
Un hecho sociológico transportado a la religión: el individualismo El
subjetivismo inhabilita al hombre para la comunión, por eso está
inevitablemente unido a otro fenómeno de la transición de este
milenio: el individualismo.
En el ámbito sociológico este avance del individualismo
se ha plasmado es una serie de estructuras sociales que,
aún cuando se sigue definiendo a la familia como la
célula de la sociedad, están privilegiando al individuo por encima
de la familia.
Quizás el fenómeno cultural más evidente y
a la vez el menos debatido es esta tendencia a
considerar al individuo como un ente con sentido y razón
en sí mismo, desgajado de su historia (su familia de
origen) y de su futuro (su proyecto de familia).
Este fenómeno
quizás sea necesario referirlo al rol creciente que se ha
dado a partir de fines del siglo XVII, a la
afirmación de la libertad individual muchas veces como contrapuesta y
por encima del bien común. De este modo se ha
eliminado progresivamente todo elemento que permita presumir al menos una
mínima limitación al ejercicio de una libertad que se supone
erróneamente absoluta.
De este modo el hombre se ha ido despojando
progresivamente de su historia, luego de los nexos nacionales, más
tarde de los esquemas culturales, y en este último tiempo
de su referencia familiar. Así ha eliminando toda referencia a
una comunidad verdadera, aún a la más elemental y primaria:
la comunidad familiar.
Como consecuencia inmediata podemos observar una cultura en
la que se presentan habitualmente como contrapuestos el bien común
y la felicidad personal, y que por ende procura reemplazar
la verdadera comunidad de vida por una libre asociación transitoria
fruto de la comunidad de intereses.
El ejemplo más claro
podemos encontrarlo en el intento de la década del ´90
de reemplazar la comunidad familiar por modelos alternativos en los
que la convivencia se limita a la compañía eliminando radicalmente
toda comunidad de proyecto de vida.
Pero esto no es sólo
un problema social, sino que implica también un desafío directo
para todos las propuestas religiosas. Toda religión supone una comunidad
en la cual, desde la objetividad de la experiencia de
lo divino, se comparte el recuerdo de la experiencia fundante
y el esfuerzo por caminar hacia la comunión definitiva con
la Trascendencia.
Esta comunidad religiosa podrá permanecer simplemente como tal
o plasmarse en estructuras sociales que canalicen ese recuerdo y
ese proyecto (estructuras a las que en el contexto del
cristianismo denominamos "iglesias"), pero en todos los casos mantiene su
identidad comunitaria; y, a la vez que ofrece al individuo
una referencia estable y segura, exige también de este su
aceptación y asimilación al proyecto que se manifiesta como común.
De
este modo toda comunidad religiosa supone para el individuo que
en ella se inserta ambivalencia: por una parte la seguridad
que es consecuencia de la objetividad de la experiencia religiosa,
por otra la limitación que supone aceptar una tradición heredada
y la responsabilidad de un futuro común.
Esta ambivalencia se
ha hecho difícilmente tolerable para el hombre contemporáneo infectado de
individualismo. Es que por un lado se ha desplazado la preocupación
de la comunión objetiva a la subjetividad de la vivencia
personal; por otro, la aceptación de una comunidad supone una
renuncia libre para la que no estamos culturalmente preparados.
Es mucho
más tentadora la posibilidad de poder construir, desde la que
considero como mi experiencia personal de lo divino, una fórmula
religiosa personal en la que combinen los elementos que más
condicen con mi sentimiento personal sin ligarme necesariamente a normas
o moldes comunitarios que limitan mi libertad.
Es así que nos
encontramos con el fenómeno de que el fin de este
milenio asiste por un lado a un reverdecimiento de la
necesidad subjetiva de una referencia trascendente, y por otro a
la negación sistemática de ligarse a una comunidad religiosa claramente
estructurada. Esto explica también el fenómeno del tránsito fluido a
través de grupos religiosos inmensamente diversos, y el clima general
de "deísmo" que vive nuestra sociedad, de espiritualidad sin religión.
El
hombre del tercer milenio se siente solo ante la inmensidad
de lo divino, y ha perdido la seguridad que transmite
la pertenencia al Pueblo de Dios. Hastiado de soledad busca
la pertenencia a una comunidad, pero se niega a renunciar
a algo de la ilusión de su libertad.
¿Cómo encajan en
este planteo las numerosas "comunidades" que surgen cada día? Encajan
como respuesta a la angustia de la soledad. El subjetivismo
nos deja solos y sin pertenencia. Requerimos de un esquema
de pertenencia pero ya no podemos encontrarlo en el hecho
de compartir una experiencia objetiva. Aquí surgen las "comunidades" nucleadas
no en la aceptación de una realidad común sino en
el esfuerzo de compartir un afecto.
Son las comunidades de los
que "se sienten salvados". Los nuclea el esfuerzo por alcanzar
una experiencia, esto es lo que las hace particularmente peligrosas
estas comunidades para la psiquis de sus miembros: las personas
se engregan acríticamente buscando "experimentar" a Dios, y para lograr
esa experiencia están dispuestos a abandonar todas sus defensas personales.
Pero
por otro lado, como la experiencia personal es algo intransferible,
y en el caso de que se alcance, lábil (no
duradero), las comunidades tampoco son estables: sus miembros permanentemente migran
por cansancio o rechazo, en busca de otra comunidad que
prometa la "experiencia".
Un fenómeno en expansión: la lectura heterodoxa de
los textos sagrados Pero el drama de la libertad no sólo
se expresa en el aspecto vivencial comunitario, sino que se
vuelve mucho más terrible cuando se instaura en el orden
intelectual y se quiere reivindicar como libertad para la interpretación
del mensaje revelado. El fundamentalismo contemporáneo, en el ámbito del
cristianismo, no es más que un hijo no querido del
subjetivismo de la libre interpretación.
Es que, como señalara el Concilio
Ecuménico Vaticano II en lo que se refiere a la
interpretación de las Sagradas Escrituras: "Habiendo, pues, hablado Dios en la
Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para
que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que
Él quiso comunicarnos, debe investigar con atención qué pretendieron expresar
realmente los hagiógrafos y qué quiso Dios manifestar con sus
palabras.
"Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas
hay que atender a ´los géneros literarios´, puesto que la
verdad se propone y se expresa de maneras diversas en
los textos de diverso género: históricos, proféticos, poéticos o en
otras formas de hablar.
Conviene, además, que el intérprete investigue
el sentido que intentó expresar y expresó el hagiógrafo en
cada circunstancia, según la condición de su tiempo y de
su cultura, según los géneros literarios usados en su época..."
Es
decir, la recta interpretación de las Sagradas Escrituras exige que
la pauta de interpretación sea la realidad histórica del momento
en que el texto fue escrito. Pero en este sentido
hay dos tentaciones fundamentales:
Hija del subjetivismo y de la libre
interpretación, acunada en los brazos del pietismo, se ha gestado
una forma de lectura del texto bíblico que prescinde totalmente
del contexto histórico en que fueron escritos los distintos libros
que lo componen, dejando de lado todo el instrumental de
interpretación que hoy llamamos "exégesis" y, lo que es peor,
la interpretación tradicional de los textos bíblicos dentro de la
Iglesia, para simplemente procurar "entender lo que me dice el
texto", ignorando de este modo la objetividad del texto y
dejándolo librado al capricho del lector de turno. Esto es
esencialmente lo que denominamos una "lectura fundamentalista".
Por otro lado,
siempre existe la tentación de lo novedoso, por lo que
en los casos en que la interpretación tradicional de un
texto no alcanza o no se ve como suficiente, y
la interpretación fundamentalista resulta muy primitiva, no es extraño que
se eche mano de elementos ajenos a la historia de
la redacción del texto bíblico tales como los principios del
ocultismo teosófico, o alguna pretendida revelación mantenida oculta desde tiempos
inmemoriales, cuando no de los mensajes recibidos por algún canalizador,
vidente o profeta de turno.
Esta forma de interpretación totalmente
espúrea y ajena al espíritu verdaderamente cristiano, constituye lo que
podríamos denominar una "lectura ocultista" de las Escrituras.
Pero atención.
Hasta aquí hemos descrito el fenómeno que denominamos "lecturas heterodoxas"
tomando como base el texto bíblico. Nos ha parecido el
modo más directo de explicar lo que entendemos por lectura
fundamentalista y lectura ocultista.
Pero este fenómeno no se circunscribe a
los textos fundantes del cristianismo. Se trata solamente de un
modo de ejemplificar lo que podríamos llamar más genéricamente como
"lecturas aberrantes de textos sagrados" y que se dan hoy
en casi todas las religiones: islamismo, budismo, brahmanismo, etc.
El fundamentalismo
y el ocultismo son dos estructuras mentales que hacen estragos
en cualquier cultura y en todo contexto religioso. Dos de
los gérmenes que carcomen las entrañas de nuestras culturas globalizadas.
La
lectura fundamentalista Denme una cita bíblica... Dado que el propósito primero de
la lectura bíblica debiera ser que el hombre se encuentre
con lo que Dios quiere manifestar a quien lo busca
con corazón recto, o lo que Pío XII llama "descubrir
y exponer el sentido genuino de la Sagrada Escritura", el
objeto primario de esa lectura tendría que ser la determinación
de lo que llamamos el "sentido literal" de las Escrituras.
Para esto, según dice el mismo Papa, es preciso valerse
"del conocimiento de las lenguas, ayudándose del contexto y de
la comparación de otros pasajes análogos", pero como estos textos
han sido redactados en el seno de una comunidad perfectamente
identificada (el Pueblo de Dios), y para esa misma comunidad,
alcanzar el recto significado de los mismos exige también tener
en cuenta el sentido que ese Pueblo de Dios dio
a esas palabras a lo largo de la historia, y
cómo las enseñó.
Es decir, una recta interpretación del texto bíblico
exige un doble parámetro de objetividad; por una parte una
objetividad referida a lo que materialmente dice el texto mismo
que lo que exige contextualizarlo en la cultura y el
tiempo histórico en el que fue escrito; y por otra,
una objetividad referida al autor y destinatario del texto, lo
que requiere la consideración del modo particular en que ese
texto ha sido leído a la largo de la historia
por la Iglesia.
Esta doble objetividad es la que nos pone
permanente a salvo de la tentación del fundamentalismo.
Pero el fundamentalismo
arrebata el texto del seno de la comunidad desde la
cual y para la cual fue concebido, convirtiéndolo en un
libro sin autor y sin destinatario, desvinculándolo de la lectura
que de él han realizado los cristianos a través de
los siglos; convirtiéndolo de este modo también en un escrito
atemporal, sin situación cultural e histórica concreta, sin otro parámetro
de interpretación auténtico que no sea lo que este lector
aislado en el tiempo y el espacio cree encontrar en
el texto.
Por eso toda lectura fundamentalista, tanto de la Biblia
como de cualquier otro texto sagrado (p.e. el Corán) se
reduce a una lectura del libro por o a través
del mismo libro. Esto quiere decir que el único parámetro
de interpretación auténtico que se reconoce en toda lectura fundamentalista
son los textos paralelos, las menciones posteriores, las citas cruzadas,
etc..
Sin duda que estos elementos constituyen una herramienta importante
para la interpretación de todo texto sagrado, pero de ningún
modo son la única, ya que no se puede ignorar
la importancia que tienen el contexto histórico y cultural en
el cual fue escrito y para el cual está destinado,
y por sobre todo, la lectura que realiza la la
comunidad desde la fe.
Pero la dificultad no queda simplemente reducida
a que el fundamentalismo conduce necesariamente a un empobrecimiento arbitrario
de la lectura del texto sagrado. Si tenemos en cuenta
la amplitud y vastedad del texto bíblico, así como la
variedad de géneros literarios y épocas de composición de los
distintos textos, y se lo combina con una lectura fuera
del debido contexto, el resultado será la posibilidad de fundamentar
prácticamente cualquier opción personal a partir de un texto bíblico.
Y
esto no es una mera hipótesis... el "flirty fishing" de
los Niños de Dios, la negativa a recibir transfusiones de
sangre de los Testigos de Jehová, el frenesí paramilitar de
grupos apocalípticos como el de Waco, no se pueden justificar
solamente a partir de una presunta actitud de fanatismo religioso,
sino que encuentran un sostén religioso a partir de una
lectura fundamentalista de la Biblia, tanto del Antiguo como del
Nuevo Testamento.
El fundamentalismo ha sido y será siempre la tentación
para el espíritu religioso simple que tiende a rechazar los
artilugios muchas veces vanamente artificiosos de la especulación racional, tentación
que abre la puerta al fanatismo y al sectarismo de
cualquier tipo. Si se acepta el punto de partida del
fundamentalismo, parafraseando a Arquímedes podríamos decir: "...denme una cita bíblica
y justificaré lo que sea".
La lectura ocultista Busca la sabiduría y
corre tras ella... El fundamentalismo es la tentación de rechazar todo
elemento interpretativo que no sea el mismo texto sagrado. Pero
hay otra tentación que evidentemente ha rondado los ambientes cristianos
desde la época de los mismos apóstoles: la introducción de
elementos parcial o totalmente ajenos a la fe y el
contexto cultural bíblico, como pautas de interpretación del texto bíblico;
a esto parece referirse la carta a los Gálatas cuando
afirma: "... aún cuando nosotros mismos o un ángel del
cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos
anunciado, ¡sea anatema! Como lo tenemos dicho, también ahora lo
repito: Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que
habéis recibido, ¡sea anatema!".
Estas formas de lectura heterodoxa contemplan la
introducción de todo tipo de elementos realmente ajenos a la
tradición religiosa de origen.
En algunos casos se introducen
escritos de un estilo pretendidamente semejante al de los escritos
bíblicos, surgidos en un contexto cultural relativamente cercano al de
los hagiógrafos, aunque totalmente ajenos al canon de las Escrituras.
Escritos antiguos, redactados en los últimos siglos del período
del Antiguo Testamento o los primeros de la Era Cristiana,
muchos de ellos de origen claramente heterodoxo, que pudieron en
algún momento haber tenido cierta aceptación dentro de la iglesia
primitiva aunque nunca fueron aceptados como verdadera Revelación.
Es el
caso de los escritos denominados Apócrifos, tanto del Antiguo como
del Nuevo Testamento. En su momento muchos de ellos fueron
elaborados a partir de sectas heréticas de los primeros siglos
que pretendían dar su propia versión de los dichos y
hechos de Jesús de Nazaret.
Hoy en día su uso
es particularmente habitual entre algunos grupos ocultistas o gnósticos que
reivindican ser la verdadera continuidad del cristianismo, los poseedores de
la verdadera doctrina cristiana que se hallaría corrompida en la
predicación de la Iglesia.
Escritos modernos, casi contemporáneos, que
plagian burdamente el estilo sobre todo del Antiguo Testamento, y
que son presentados como un complemento necesario del texto bíblico
que ha permanecido oculto hasta ahora por algún designio particular.
Tal es el caso del Libro de Mormón de la
Iglesia de Jesucristo de los Santos del Último Día, especie
de tercer testamento que la humanidad ha recibido a través
de José Smith. Es habitual que en estos casos el
escrito nuevo se considere como más importante para la vida
del grupo que la Biblia misma.
En otros casos
se trata de verdaderos escritos modernos, frutos de alguna revelación
o iluminación particular que recibe el vidente, y que se
convierten en la clave de interpretación necesaria del texto bíblico
sin la cual toda interpretación bíblica es considerada falsa.
Este
es el caso de tanta profecía que se convierte en
"oficial" dentro de muchas sectas, también el del Principio Divino
de la Secta Moon, Ciencia y Salud como clave de
las Escrituras de Mary Baker Eddy, fundadora de la Ciencia
Cristiana, etc.. Según algunos especialistas tendrían un rango semejante las
interpretaciones bíblicas que realiza la revista Atalaya para los Testigos
de Jehová.
Esta misma jerarquía adquieren las visiones, revelaciones o
interpretaciones de textos sagrados que hacen diversos videntes o profetas
en cuyo entorno se cultivan conductas de corte sectario dentro
de muchas comunidades cristianas.
Tanto los grupos adscriptos al Movimiento
de la Nueva Era, como los grupos de doctrina de
origen oriental que se desempeñan en un medio culturalmente cristiano,
suelen afirmar que su doctrina o enseñanza es perfectamente compatible
con la fe cristiana. A partir de aquí, si bien
aceptan y "veneran" el texto bíblico, no lo consideran propiamente
como Palabra de Dios, y colocan junto a él algunos
de los libros sagrados de las grandes religiones de Oriente
cuya lectura e interpretación ocupa casi toda su atención. Este
es el caso por ejemplo del Bhagavad Gita en el
Hare Krishna.
Dentro de la predicación de los grupos
ocultistas existe la creencia en que la sabiduría que ha
de posibilitar a los seres humanos alcanzar la verdadera felicidad
ha sido revelada a los hombres (bien sea en los
tiempos primordiales, o modernamente a algunos elegidos) por seres divinos,
y que es transmitida a lo largo de la historia
por ciertos "maestros" o "iluminados".
Esta transmisión se daría originalmente
dentro de las órdenes mágicas, las logias u otras asociaciones
semejantes, a las que sólo pueden ingresar los iniciados.
Esta
"sabiduría", mantenida oculta a lo largo de los siglos y
transmitida dentro de estos grupos iniciáticos, es a su criterio
la verdadera clave de interpretación de toda la realidad, y
por supuesto que también de la Biblia (cuando se la
acepta como un libro sagrado).
Esta es la modalidad de
lectura bíblica a la que asistimos dentro de muchas sectas
platillistas (que pretenden encontrar en la Escritura rastros de antiguas
visitas alienígenas), y de la vanguardia New Age que apela
a fuentes como Isis Desvelada de Madame Blavatsky, o a
los escritos de Saint Germain, Eliphas Levi, o Papus como
herramienta de interpretación de la verdad revelada.
Sin duda
que el término de "lectura ocultista" se aplica con mayor
propiedad a la última modalidad descripta, pero podemos generalizar el
término a todo este grupo ya que en todos los
casos se está apelando a una "verdad revelada" exterior al
mismo texto sagrado para su interpretación.
Estas formas de lectura son
inaceptables para un cristiano. Como se manifestara ya a través
del mandato de Jesús al enviar a sus discípulos: "Id
por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda
la humanidad", el designio salvador de Dios es universal, es
decir, alcanza a todos los hombres de todos los tiempos
y desde la perspectiva del amor de Dios no conoce
otra restricción que la voluntad misma del hombre que puede
responder o no a su Amor Redentor.
Por lo tanto, la
introducción de una revelación secundaria, conocida sólo por un grupo
de iniciados, iluminados, o favorecidos de algún otro modo, que
deba complementar necesariamente al texto bíblico para que el individuo
pueda alcanzar la Verdad, contradice no sólo la advertencia del
Apóstol a la que hiciera referencia más arriba, sino también
a esta designio universal de salvación.
Además, en este camino de
interpretación del texto bíblico se suele perder la verdadera perspectiva.
Para el fiel cristiano, sabiduría no es un don en
sí mismo, el objeto de su búsqueda no es la
ciencia racional en sí, sino la sabiduría como un instrumento
para alcanzar la unión con Dios, la paz... "apártate del
mal, obra el bien, busca la paz, persíguela´
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