El horizonte del exégeta bíblico, que estudia e interpreta
el texto sacro, no puede ser sino el horizonte de
un «creyente» que actúa en la fe. La Sagrada Escritura,
en efecto, se presenta con un estatuto del todo especial
de palabra humana y al mismo tiempo palabra divina, en
el cual la palabra eterna de Dios se encarna en
la palabra de los autores humanos.
En el texto bíblico, actúa
una realidad de revelación y de presencia particular de Dios
que lo vuelve diverso de todo otro escrito. Este quiere
ser una palabra última dicha sobre la realidad de la
cual revela el sentido y la verdad más profunda. Por
ello no se lo puede abordar sin reconocer y respetar
esta fisonomía particular, la cual sólo la fe está en
grado de discernir y de recibir en todas sus consecuencias.
Como
es notorio, la exégesis se interroga hoy sobre su camino
y en particular sobre su estatuto de ciencia, y sobre
las diversas metodologías utilizadas1 . El gran debate parece establecerse
entre el método históricocrítico, de tipo diacrónico, y otro método
de tipo «holístico» y sincrónico2 . Pero el verdadero problema,
más allá de la elección del método, es la actitud
hermenéutica que lo acompaña y la finalidad interpretativa a la
cual debe servir. Y una vez asumido que la exégesis
debe ser científica, la cuestión que se plantea es a
cuál idea de ciencia se debe hacer referencia, y cuales
son las precomprensiones que la condicionan. En definitiva, la pregunta
es si la interpretación del texto sagrado deba, y pueda,
ser teológica, explícitamente abierta a las instancias de la fe
en la conciencia de la propia función eclesial.3
En realidad,
si la Escritura es aceptada en su verdad de libro
inspirado, parece que no se la pueda limitar, para comprenderla,
a un mero estudio histórico, linguístico, literario, estructural, etc., sino
que teniendo en cuenta los resultados de todas estas perspectivas,
se deberá llegar al descubrimiento de su sentido propiamente religioso.
Es el mensaje religioso y espiritual el que debe buscarse,
y es el que debe establecerse como norma para el
hombre de todo tiempo que se ponga a la escucha
de la Palabra.
Obviamente, esto no quiere decir que haya que
caer en una actitud pietista, ni fundamentalista, y ni siquiera
quiere decir que haya que situarse en el nivel de
una lectura ingenua y precientífica del texto bíblico. Algunas adquisiciones
de la metodología históricocrítica han llegado a ser ya patrimonio
común de los estudiosos, en particular la conciencia del largo
y complejo proceso de formación, del cual los escritos bíblicos
son el resultado y llevan las huellas.
No se trata, por
tanto, de ignorar el camino evolutivo del texto, los problemas
con él conectados, las dificultades textuales y filológicas, las técnicas
de composición, los géneros literários, el contexto histórico y demás4
. Es más, se trata de poner todo esto al
servicio de la interpretación, pero en la explícita conciencia de
que la Escritura es un libro de fe, escrito en
la fe y recibido en la fe por la comunidad
de los creyentes como normativo para su vida de creyentes.
Este
es, por otra parte, el primer postulado «científico» para
una correcta relación con un texto escrito: saber qué cosa
es, para qué ha sido compuesto, y después respetar su
naturaleza e intencionalidad a través de un método de investigación
adecuado para ello5 .
En realidad, éste es el modo normal
e incluso espontáneo con el cual normalmente uno se sitúa
ante un escrito. A nadie se le ocurriría leer una
fábula de Fedro o de La Fontaine como si fuese
un tratado de etología sobre el comportamiento de los animales.
Del mismo modo no se puede leer un texto de
fe como si fuese simplemente un pasaje de literatura antigua,
igual a aquellos de otras muchas culturas similares. Ni tampoco
se lo podrá asumir, por el contrario, sólo en su
dimensión de revelación divina sin tener en cuenta el hecho
de que media una composición literaria.
Este es el difícil trabajo
de la exégesis bíblica llamada a recorrer caminos singulares de
interpretación, que permanezcan fieles a la absoluta e irrepetible particularidad
de la Escritura como libro inspirado.
Esta decisión hermenéutica parece comportar
algunas consecuencias fundamentales, en primer lugar el hecho que el
objeto del análisis y del estudio deberá ser el estado
actual del texto, en su redacción última. De hecho es
la forma final canónica de los escritos bíblicos la que
es normativa para la fe de los creyentes, y no
la reconstrucción de un hipotético texto originario. En esta línea,
parece ser hoy particularmente significativa toda la corriente de la
perspectiva canónica, representada sobre todo por Childs6 , Sanders7 ,
Rendtorff8 , y otros9 .
Buscar la forma originaria de un
pasaje bíblico y recorrer sus etapas de formación sin duda
es útil para comprender cómo un pasaje ha llegado a
ser tal como es. Pero más allá de las varias
dificultades y de la impresión de arbitrariedad que a veces
acompañan tales operaciones, con resultados muchas veces sólo hipotéticos y
poco convincentes10 , queda,sin embargo, por considerar un problema que
para mí es central. Esto es, que el texto que
la crítica literaria reconstruye, en realidad no es el bíblico,
sino otra cosa, un texto nuevo, juzgado más auténtico, o
más coherente, o estilísticamente mejor, y al final de cuentas
preferible porque responde más a ciertos criterios prefijados.
Ahora bien, estudiar
tal texto, hacer de él el objeto de la interpretación
parece que aleja de la exégesis propiamente «bíblica» (esto es,
de la Biblia), porque la Biblia es aquella que el
canon define y nos ofrece como libro de fe.
La lectura
sincrónica del texto final, aún sin ignorar sus etapas de
formación parece estar postulada por el carácter normativo tradicionalmente reconocido
a los escritos canónicos.
Quisiera, a tal propósito, detenerme en un
pequeño ejemplo, nada más que un detalle, que mira un
texto cuya forma última presenta dificultades que parecen requerir una
reconstrucción más coherente que elimine sus aristas y discrepancias.
Me refiero
al conocidísimo relato de Génesis 2 y 3, sobre el
jardín y sobre el fruto prohibido. La narración presenta un
problema de contradicción interna debido al hecho que en la
descripción inicial del jardín se habla de dos árboles, el
de la vida que está en medio del jardín y
el del conocimiento del bien y del mal (Cf. Gen
2,9). Pero después, del árbol de la vida no se
habla más hasta el fin del capítulo 3 (vv. 22.24),
mientras que el árbol del conocimiento del bien y del
mal se nombra en la prohibición de Dios (2,17) y
a él se hace referencia en el resto del relato
como árbol prohibido.
El problema se pone con motivo de esta
desaparición del árbol de la vida y se acentúa por
el hecho que, en el momento de la tentación en
Gen 3, la mujer, respondiendo a la pregunta de la
serpiente, dice que Dios ha ordenado que no se comiese
el fruto del árbol que está en el medio del
jardín (3,3). Esta es, sin embargo, la definición dada al
inicio para el árbol de la vida, no para aquel
que luego se prohibe. Entonces; ¿se trata de un árbol
o de dos? y ¿cómo se explica la incongruencia de
la respuesta de la mujer?
Generalmente los comentadores dan por descontado
que ella esta hablando del árbol del conocimiento del bien
y del mal, y recurren a la explicación de fuentes
diversas en referencia a la historia de la tradición11 .
Así el problema viene tratado afirmando que el relato en
realidad concierne a un sólo árbol, el prohibido que estaba
en el medio del jardín, al cual luego se habría
agregado el ornamento del árbol de la vida que, en
cuanto secundario, es relegado por la interpretación y que podría
también explicar la subsiguiente denominación del otro árbol como aquel
del conocimiento del bien y del mal12 .
Pero si se
acepta, en cambio, el texto tal como ha sido querido
por el redactor último (inspirado) y que es el que
tenemos nosotros hoy, entonces propiamente la presencia de los dos
árboles se hace significativa para la comprensión espiritual del sentido
del hombre. Porque querría decir que el hombre no puede
asimilar el conocimiento global de la realidad, es decir del
bien y del mal, que sólo es una prerrogativa de
Dios, pero puede acceder libremente a la vida. El árbol
de la vida es suyo, siempre que el hombre acepte
comer de él en una radical dependencia del Creador y
aceptando la propia verdad de creatura, es decir, no comiendo
del árbol del conocimiento.
Cuando después la mujer responde a la
serpiente hablando del árbol prohibido como si fuese el de
la vida, se revela allí algo de la confusión típica
de la tentación y del pecado. Es como si para
la mujer los dos árboles se confundiesen, de modo tal
que llegue a pensar que no hay vida posible si
se debe aceptar la propia limitación de creatura. Bajo el
acicate de la tentación, el mandamiento de no comer del
árbol del conocimiento del bien y del mal, ofrecimiento y
condición de verdadera vida para el hombre, se vuelve así
un mandamiento de muerte. La verdad se confunde en la
conciencia de la mujer, abriendo así el camino para el
ataque decisivo de la serpiente.
Se trata sólo de un pequeño
ejemplo, apenas insinuado, pero que puede ser de estímulo para
afrontar temáticas y textos bastante más complejos e importantes.
La decisión
hermenéutica que lleva a asumir el texto canónico como normativo,
requiere una segunda toma de posición, y es que la
Sagrada Escritura, precisamente porque está establecida por un canon, debe
ser asumida en su totalidad, y como una unidad13 .
La interpretación de los textos requiere su inserción en el
contexto global de la Escritura, porque solamente en su totalidad
se despliega la revelación de Dios al hombre.
Es necesario por
tanto, asumir la totalidad, en una visión amplia y unitaria
en la cual son importantes no sólo cada uno de
los pasajes sino también las relaciones que existen entre ellos
y, en modo particular, la más amplia relación entre el
Antiguo y el Nuevo Testamento14 . Si el Nuevo Testamento
es interpretación y cumplimiento del Antiguo, no se podrá entenderlo
sino en referencia a aquello que él relee y completa.
Y por otra parte el Antiguo Testamento tendrá necesidad del
Nuevo para llegar a una plena comprensión de su sentido
último y más profundo.
Tal actitud hermenéutica que es la de
la tradición de la Iglesia y a la cual el
trabajo de autores como Beauchamp ha dado una contribución determinante15
, conduce a la posibilidad de una lectura sincrónica a
la luz de la fe pascual, en la cual aún
las contradicciones o discordancias que parecen comparecer a veces entre
textos diversos y entre el Antiguo y el Nuevo Testamento,
a pesar de en su problemática, se vuelven fuente de
mayor riqueza interpretativa.
Piénsese, por ejemplo, en el aparente contraste existente
entre la idea de Dios juez y aquella de Dios
misericordioso, entre denuncia del pecado y perdón, entre la proclamada
necesidad de que el culpable y sólo él perezca, y
el anuncio definitivo de un inocente que muere por todos.
La tentación más frecuente es de eliminar los elementos de
contradicción conservando un sólo extremo y eliminando al otro como
secundario, no originario, perteneciente a otra fuente, o también como
en el caso del Antiguo y el Nuevo Testamento como
resultado de una evolución que sanciona la superación radical, es
decir la anulación, de aquello que era inicial.
En realidad, es
precisamente en la asunción contemporánea de los dos polos de
la contradicción que viene puesta en juego la inteligencia de
la fe. Así será necesario entender como no puede haber
verdadera misericordia sin verdad y por lo tanto sin juicio,
como sólo la acusación puede abrir a aquel que es
acusado a la conciencia del pecado y por lo tanto
al perdón, y comprender que el misterio de la cruz
no modifica el problema de la condena y del castigo,
sino más bien el de la culpa, volviendo inocentes a
aquellos que se reconocen culpables.
Estamos delante de temáticas enormes que
el tiempo a disposición no nos consiente ni siquiera una
alusión. Pero me parece importante subrayar en la conclusión, que,
a semejanza de los dos árboles del Génesis, no es
a través de la simplificación que se puede llegar al
sentido más pleno de la revelación bíblica.
En el fondo, la
contradicción forma parte de la fe y hay que asumirla
en la fe, a la luz de la última y
definitiva paradoja que Festo describe a Agripa en un modo
muy eficaz: son «cuestiones... relacionadas con un cierto Jesús, muerto,
que Pablo sostiene que está vivo» (Act 25,29).
Traducción realizada por
el
P. Lic. Tomás Orell, I.V.E.
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* Este artículo es
traducido del original italiano publicado en la Revista Gregorianum, vol.
74, fasc. 4, de la Pontificia Universidad Gregoriana, Roma, 1992
**
Bruna Costacurta, es doctora en Ciencias Bíblicas por el Pontificio
Instituto Bíblico de Roma; actualmente se desempeña como profesora de
Antiguo Testamento en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.
1
Cfr. J. Barton, Reading the Old Testament. Method in Biblical
Study, London, 1984; L. AlonsoSchökel, «Of Methods and models», UTS
36 (1985) 313; Id., «Trends: plurality of methods, priority issues»,
UTS 40 (1988) 285297; F. Raurell, «Lettura plurale del testo:
metodi biblici», Laurentianum 29 (1988) 251286; R. Rendtorff, «Between historical
criticism and holistic interpretation: new trends in Old Testament exegesis»,
UTS 40 (1988) 298303; Ch. Conroy, «Riflessioni metodologiche su recenti
studi della pericope di Naaman (2 Re 5)»; in: LucaAtti.
Studi in onore di P. Emilio Rasco nel suo 701
compleanno, a cura di G. Marconi e G. O’Collins, Assisi
1991, 4671.
2 N. del T.: Perspectiva diacrónica (del griego dia=a
través; kronos=tiempo) es el estudio que se hace de los
textos atendiendo a la génesis histórica de ellos, es decir
investigando principalmente las fuentes del texto; ésta es la perspectiva
de los métodos históricocríticos. Sincrónica (syn=con, conjuntamente. Holístico, del griego
holos=todo, totalidad) es en cambio la perspectiva que encara el
texto en el estado concreto en que ha llegado hasta
nosotros, atendiendo especialmente a su coherencia, estructura y función; ésta
es la de los modernos métodos estructuralistas.
3 A tal
propósito, es signifativa la reciente publicación del libro L’esegesi cristiana
oggi, en el que algunos estudiosos de gran relevancia reflexionan
precisamente sobre la fisonomía «cristiana» que debe tener la exégesis
para cumplir con su tarea eclesial de interpretación de ambos
testamentos. En la contribución de I. de l Potterie, la
exégesis se define como ciencia de la fe. La
elección de la terminología parece importante, porque reivindica para la
exégesis el estatuto de ciencia, pero de ciencia teológica, de
la cual la fe es elemento constitutivo (Cfr. I. de
la Potterie, L’esegesi biblica, scienza della fede, en: I. De
la PotterieR. GuardiniJ. RazingerG. Colombo E. Bianchi, L’esegesi cristiana oggi,
Casale Monferrato 1991, 151165. Véase también A. Vanhoye esegesi biblica
e Teologia; la questione dei metodi, Seminarium 31 (1991) 267278.
4
«La capacidad de obrar sobre planos de indagación diferenciados, usando
métodos diversos y entrando en un diálogo científico con diversas
disciplinas interconectadas ... es algo que debería considerarse normal hoy
en día para todos los exégetas: C. Conroy, «Riflessioni metodologiche»,
70, Cfr. también J. Barr, Does Biblical Study Still Belong
To Theology? An Inaugural Lecture delivered before the University of
Oxford on 26 May 1977, Oxford 1978 (sobretodo pp. 1516);
M. G. Brett, Biblical Criticism in Crisis? The impact of
the canonical approach on Old Testment Studies, Cambridge 1991.
5 Cfr.
El principio epistemológico de R. Guardini mencionado por I. de
la Potterie en el artícuo arriba citado: «ningún objeto de
indagación puede ser bien comprendido sino lo es por un
modo de conocimiento adecuado a su objeto» (I. de la
Potterie, L’esegesi biblica, 132). Además es sabido que, para entender
un argumento, es necesario asumirlo en el interior de su
específico «juego lingüístico» (según la terminología de Wittgenstein): Cfr. C.
Huber, Critica del sapere, PUG, Roma 1989, 208222.
6 Cfr. B.
S. Childs, Biblical Theology in Crisis, Filadelfia, 1970; Introduction to
the Old Testament as Scripture, Filadelfia, 1979; Old Testament Theology
in a Canonical Context, Filadelfia, 1986. Sobre la obra de
Childs, se puede ver también M.G. Brett, Biblical Cristicism in
Crisis?
7 Cfr. J.A. Sanders, Torah and Canon, Filadelfia, 1972; «Text
and Canon: Old Testament and New», en: Mélanges Dominique Barthélemy,
Etudes Bibliques offertes à l’occasion de son 60e anniversaire, ed.
P. CasettiO. KeelA. Schenker, OBO 38, Fribourg Göttingen 1981, 373394;
Canon and Community, A Guide to Canonical Criticism, Filadelfia 1984;
From Sacred Story to Sacred Text, Canon as Paradigm, Filadelfia
1987 («select Bibliography in Canonical Criticism»: 195200)
8 Cfr. R.
Rendtorff, «Between historical criticism and holistic interpretation».
9 El interés por
la forma final del texto no es solo prerrogativa de
la perspectiva canónica, sino también, por ejemplo, del análisis literario
y narrativo, del análisis estructural y del retórico. Sin embargo,
en nuestro contexto, me parece que hay que remarcar la
posición de la perspectiva canónica por su explícita referencia a
la fe, a la comunidad creyente, y a la forma
teológica del texto. Sobre la relación y confrontación de estos
diversos métodos cfr. B. S. Childs, Introduction to the Old
Testament, 7475; R. F. Melugin, «Canon and Exegetical Method», en
; Canon, Theology and Old Testament Interpretation. Essays in Honor
of B.S. Child, ed. G. M. Tucker, Filadelfia 1988, 51;
R. Rendtorff, «Between historical criticism and holistic interpretation», 300303; J.
Barton. Reading the Old Testament, 141145, 151154.
10 Cfr. A. Vanhoye,
«Esegesi biblica e Teologia», 270272. Véase también la amplia contribución
del Card. J. Ratzinger, «L’interpretazione biblica in conflitto. Problemi del
fondamento ed orientamento dell’esegesi contemporanea», en: L’esegesi cristiana oggi, 93125.
11
Cfr., por ejemplo, G. von Rad, Das erste Buch Mose,
Genesis, ATD 2/4, Göttingen 91972, 54: «Der Verdacht, dass die
Zweiheit der Bäume in der Mitte erst das Ergebnis einer
nachträglichen Verbindung zweier Überlieferungen sei, lässt sich schwer unterdrücken»
12 Cfr.
C. Wetermann, Génesis, BK I, 1, Neukirchen 1974, 288292 (con
amplia bibliografía).
13 Cfr. J. Ratzinger, «L’interpretazione biblica in conflitto», 98:
«El presupuesto fundamental sobre el cual reposa la comprensión teológica
de la Biblia, es la unidad de la Escritura. A
este presupuesto corresponde como camino metodológio la analogía de la
fe, es decir la comprensión de cada uno de los
textos a partir del conjunto». Cfr. también pp. 105122 y
I. de la Potterie L’essegesi biblica, 147150.
14 Sobre el problema
de la relación teológica entre el Antiguo y Nuevo Testamento,
cfr. J. Barr, Old and New in Interpretation. A Study
of the Two Testaments, London 1966. D. L. Baker Two
Testaments, One Bible. A study of some modern solutions to
the theological problem of the relationship between the Old and
New Testament, Leicester 1976.
15 Cfr. sobretodo P. Beauchamp, L’un et
l’autre Testament, Tome II: Accomplir les Ecritures, París 1990.
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