La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: P. Lic. Ricardo E. Clarey, IVE | Fuente: iveargentina.org Inspiración bíblica
Enseñanza del Magisterio de la Iglesia acerca de la inspiración bíblica
En los últimos tiempos hemos asistido a un pulular
de teorías diversas acerca de prácticamente todos los grandes temas
de la especulación teológica: Dios uno y trino, Jesucristo, la
Iglesia, los sacramentos, el sacrificio eucarístico, la vida moral del
hombre, etc. No siempre, lamentablemente, la reflexión teológica se guió
por aquello que es de suyo el criterio cierto de
la penetración de los contenidos de la fe: la fundamentación
en la Escritura y en la Tradición, y la fidelidad
a la interpretación y exposición autorizada de las fuentes de
la Revelación que proporciona el Magisterio de la Iglesia.
También el
misterio de la inspiración divina de los libros bíblicos ha
sido objeto de consideración, como no podía ser menos, ya
que es éste el fundamento de la condición privilegiada de
estos textos, tanto para la vida como para la especulación
cristiana. Si son el locus theologicus primero, se debe sustancialmente
a que han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu
Santo y por ende tienen a Dios por Autor.
¿Cuál
es, en concreto, la enseñanza del Magisterio de la Iglesia
acerca de esta condición esencial, peculiarísima, de los libros bíblicos,
condición que los distingue y los coloca cualitativamente por sobre
cualquier otra obra literaria de la humanidad, al margen de
su valor literario? Nos centraremos, para mostrar este punto, en
la enseñanza pontificia y conciliar a partir del Concilio Vaticano
I, hasta diversas intervenciones de Juan Pablo II, pasando por
el Magisterio de León XIII, Benedicto XV, Pío XII y
el Concilio Vaticano II.
A fin de facilitar la exposición temática,
expondremos en puntos separados ante todo las afirmaciones centrales acerca
de la condición de la inspiración bíblica[1]. Como consecuencia se
advierte que ciertas afirmaciones doctrinales acerca de la inspiración de
la Escritura deben rechazarse por no conformarse a la enseñanza
magisterial católica.
1. Ante todo, la inspiración bíblica es una acción
o influjo positivo de Dios sobre el autor humano: “El
[Dios]... los excitó y movió con su influjo sobrenatural para
que escribieran...”[2]; “el escritor sagrado es órgano, es decir, instrumento
del Espíritu Santo, [y actúa] bajo el influjo de la
divina moción”[3]; “escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen
a Dios como autor”[4].
2. Esta acción es sobrenatural: León XIII
habla de que Dios “movió con su influjo sobrenatural”[5]; “Dios,
con su gracia, aporta a la mente del escritor luz...;
mueve, además, su voluntad y le impele a escribir...”[6]; los
autores humanos obran “bajo el influjo de la divina moción”[7].
3.
Dios es verdadero autor de estos libros: el Concilio Vaticano
I declaró que estos libros “habiendo sido escritos [conscripti] por
inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor”[8]. Esta
enseñanza dogmática es reafirmada y citada unánimemente en el Magisterio
posterior[9].
4. La acción divina se expresa suficientemente con la analogía
de la causalidad: Dios es causa principal en la inspiración
bíblica. “Dios debe ser considerado como causa principal [causa princeps]
de todo sentido y de todas las sentencias de la
Escritura”[10].
5. En consecuencia, el autor humano se constituye en
instrumento, si bien vivo y racional, del Autor principal. “El
Espíritu Santo se ha servido de hombres como de instrumentos
para escribir”[11]; “El escritor sagrado, al escribir su libro, es
órgano, es decir, instrumento del Espíritu Santo, pero instrumento vivo
y racional”[12]; “en la redacción de los libros sagrados, Dios
eligió a hombres, que utilizó...”[13].
6. El autor humano actúa de
modo libre en la redacción de los libros bíblicos, bajo
la inspiración del Espíritu Santo: “en la redacción de los
libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de
sus propias facultades y medios”[14]; el autor humano “bajo el
influjo de la divina moción, de tal manera hace uso
de sus facultades y energías, que por el libro nacido
de su acción puedan todos fácilmente colegir la índole propia
de cada uno y, por así decirlo, sus singulares características
y rasgos”[15].
7. En consecuencia, Dios obra en ellos y por
ellos (Concilio Vaticano II)[16].
8. En este influjo de la inspiración,
Dios ilumina sobrenaturalmente sus inteligencias: “Ellos concibieran rectamente todo y
sólo lo que El quería”[17]; “Dios, con su gracia, aporta
a la mente del escritor luz para proponer a los
hombres la verdad en nombre de Dios”[18].
9. Dios les
mueve sobrenaturalmente la voluntad: “[Dios] mueve su voluntad y le
impele a escribir”[19]; “Dios de tal manera los excitó y
movió con su influjo sobrenatural para que escribieran..., que ellos
[lo que Dios quería] lo quisieran fielmente escribir (fideliter conscribere
vellent)”[20].
10. Dios les dio una asistencia constante y especial: “[Dios]
le asiste [al autor humano] de manera especial y continua
hasta que acaba el libro”[21]; “[Dios] los asistió mientras escribían”[22].
11.
Los autores humanos expresaban correcta e infaliblemente lo que querían
transmitir: “Porque El de tal manera los excitó y movió
con su influjo sobrenatural..., que ellos... lo expresaron aptamente con
verdad infalible (apte infallibili veritate exprimerent)”[23]; “(…) en la redacción
de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó
usando de sus propias facultades y medios, de forma que
obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos
autores, todo y sólo lo que El quería. Pues, como
todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe
tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar
que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad
y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en
las sagradas letras que nuestra salvación”[24]. Así, no solamente la
inspiración bíblica permite al hagiógrafo tener un juicio exacto, sino
una expresión adecuada. Esta importante afirmación nos da el fundamento
de la psicología sobrenatural de los géneros literarios.
12. En consecuencia,
los libros sagrados tienen como autor a Dios y al
hagiógrafo: “Él los excitó y movió con su influjo sobrenatural
para que escribieran, y los asistió mientras escribían, de tal
manera que ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que
El quería, y lo quisieran fielmente escribir, y lo expresaran
aptamente con verdad infalible; de otra manera, El no sería
el autor de toda la Sagrada Escritura.”[25]; “Pero en la
redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que
utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma
que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como
verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.”[26] Al
punto que “todo aquello que el hagiógrafo afirma, anuncia o
insinúa (quod hagiographus asserit, enuntiat, insinuat) debe considerarse como afirmado,
enunciado o insinuado por el Espíritu Santo”[27].
13. Entre los criterios
para investigar la naturaleza y efectos de la inspiración, al
igual que para todo lo que se refiera a otras
aspectos de la doctrina bíblica, se encuentra ante todo la
fidelidad a la enseñanza de los Padres y del Magisterio
(pontificio y conciliar). “Todo lo que se refiere a la
interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia
a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio
divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios”[28].
14.
Otro criterio fundamental es la analogía del carisma de la
inspiración bíblica con el misterio de la encarnación del Verbo:
“Pues así como el Verbo sustancial de Dios se hizo
semejante a los hombres en todo, excepto en el pecado,
así también las palabras de Dios, expresadas en lengua humana,
se hacen en todo semejantes al humano lenguaje, excepto en
el error”[29].
15. Un tercer criterio es la fidelidad a
la enseñanza de los Doctores católicos, en especial de Santo
Tomás de Aquino: “Parece digno de especial mención el que
los teólogos católicos, siguiendo la doctrina de los Santos Padres,
y principalmente la del Angélico y Común doctor, han explorado
y expuesto -con mayor precisión y sutileza que solía hacerse
en los pasados siglos- la naturaleza y los efectos de
la inspiración bíblica”[30].
De manera particular es urgente nuestro tiempo
estudiar y conocer íntimamente la doctrina y la visión de
Santo Tomás por la necesidad de fundamentar de modo convincente
y firme no sólo el status epistemológico de las ciencias
exegéticas, sino también la misma posibilidad de una labor hermenéutica:
en este trabajo de fundamentación han fracasado todas las corrientes
filosóficas contemporáneas, incluida la metafísica heideggeriana de corte existencialista. Por
este motivo Juan Pablo II advierte contra una forma actual
de fideísmo: el biblicismo, “que tiende a hacer de la
lectura de la sagrada Escritura o de su exégesis, el
único punto de referencia para la verdad”[31]. Y este fideísmo
bíblico surge de no aceptar “la importancia del conocimiento racional
y de la reflexión filosófica para la inteligencia de la
fe”[32]. Solamente se supera este peligro de nuestros días recurriendo
a la fundamentación racional de una metafísica válida[33], y sólo
la metafísica tomista lo es, ya que “su filosofía es
verdaderamente la filosofía del ser y no del simple parecer”[34].
Estas son, sintéticamente, las principales enseñanzas del Magisterio de la
Iglesia en relación a la naturaleza de la inspiración. Es
claro que no pueden tomarse como esquemas u opiniones personales,
hablando, por ejemplo, de teoría psicológica o esquema leonino (en
alusión a la presentación descriptiva que hace la Providentissimus Deus
del hecho inspirativo). Por el contrario, las intervenciones magisteriales son
afirmaciones que mantienen toda su fuerza, y que más bien
han de tomarse como puntos firmes a partir de los
cuales ofrecer una explicación a las cuestiones aún abiertas (carácter
comunitario de la inspiración, relación entre inspiración y verdad, etc.).
De hecho, a las acusaciones de que han sido objeto
en múltiples ocasiones muchas de estas enseñanzas magisteriales han seguido
intentos inconsistentes y sumamente endebles de soluciones alternativas[35]. Todo esto
no hace más que estimular la acción de los teólogos
y exegetas en orden a profundizar en el conocimiento de
esta realidad admirable que es la inspiración de los Sagrados
Libros.
Si tienes
alguna duda, conoces algún caso que quieras compartir, o quieres
darnos tu opinión, te esperamos en los FOROS DE
CATHOLIC.NET donde siempre encontrarás a alguien al otro lado de
la pantalla, que agradecerá tus comentarios y los enriquecerá con
su propia experiencia.
Notas:
[1] Nos ha sugerido esta presentación la
exposición que propone M. Tuya – J. Salguero, Introducción a
la Biblia, I (Madrid 1967) 97-98.
[2] León XIII, Providentissimus Deus
[en adelante PD], 46. Esta cita está referida también por
Benedicto XV, Spiritus Paraclitus [en adelante SP], 17.
[10] SP, 10-11; EB
448. Esta afirmación de Benedicto XV es una explicitación de
lo que se afirma en el Concilio Vaticano I y
en la Providentissumus Deus. Asimismo, las afirmaciones del Magisterio posterior,
incluido el Concilio Vaticano II, se mantienen en la misma
línea de considerar a Dios como causa principal sin mencionar
explícitamente su causalidad principal.
[11] PD, 46; EB 125. Citado en
SP, 17.
[12] DAE, 19; EB 556.
[13] DV, 11.
[14] DV, 11.
[15]
DAE, 19.
[16] DV, 11.
[17] PD, 46.
[18] SP, 11.
[19] SP,
11.
[20] PD, 46.
[21] SP, 11.
[22] PD, 46.
[23] PD, 46.
[24] DV,
11.
[25] PD, 46.
[26] DV, 11.
[27] Pontificia Comisión Bíblica, Respuesta acerca
de la parusía en las cartas de san Pablo, 18/6/1915
[AAS 7 (1915) 357-358], I: EB 415. La expresión ha
sido reproducida parcialmente por el Concilio Vaticano II en DV,
11: “como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos
afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo...”.
[28] DV,
12. En el mismo sentido se expresa Juan Pablo II,
Catequesis del 24/4/1985, 5-6; Catequesis del 1/5/1985.
[29] DAE, 20; EB
559. De modo semejante DV, 13: “Las palabras de Dios
expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla
humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno,
tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante
a los hombres”. Juan Pablo II lo desarrolla en los
números 6 y 7 de su discurso a los miembros
de la Pontificia Comisión Bíblica con motivo de la presentación
del documento “La interpretación de la Biblia en la Iglesia”,
el 23 de abril de 1993.
[30] DAE, 19.
[31] Fides et
Ratio (FR), 55.
[32] Ibidem.
[33] FR, 92 – 97.
[34] FR, 44.
[35]
Un ejemplo gráfico es la afirmación irónica con la que
K. Rahner hace alusión a la exposición magisterial de la
inspiración bíblica, especialmente en León XIII: “Esta interpretación aquí sólo
insinuada de la inspiración de la Escritura puede también entenderse
de tal manera que hoy no merezca necesariamente el reproche
de mitología” (Curso fundamental sobre la fe [Barcelona 51998] 432),
luego de lo cual presenta su teoría que suena más
mitológica que la postura que critica (a pesar de la
advertencia de que con esta teoría que él propone “aquí
[no] sea posible invocar el auxilio de una teoría psicológica
especial de la inspiración”, Ibidem). De hecho, autores que rescatan
otros elementos de la teoría rahneriana, insisten no obstante en
que “es confusa en su misma formulación básica” (A. Artola,
La Escritura inspirada, Deusto-Bilbao 1994, 180).
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR