 |
| Las imágenes sagradas |
¿Por qué en la Iglesia católica se tienen imágenes
si el Antiguo Testamento parece prohibirlas (Ex 20,4-5; Dt 4,15-16;
7,25-26; 2Re 8,14 Sl 135,15-18)?
La raíz hebraica para “adorar” es
"hawah" esta raíz en hebreo significa “adorar”, mientras que
en arameo designa “relatar”, “informar”. En griego se traduce siempre
con προσκυν€ˆ (prskyneo). Adorar a Dios: Gn 22,5; 24,48;
37,10; Ex 4,31; 33,10; Dt 26,10; 1Sam 1,3.19; 15,25.30; 2Sam
15,32; 2Re 17,36; 18,22; 32,12; 2Cron 7,3.22; 20,18; 29,28.29.30; Is
2,10; 27,13; 36,7; 49,7.23; 66,23; Jer 1,16; 7,2; 26,2; 22,9;
Ez 46,2.3.9; Zac 14,16.17; Sl 5,8; 22,27.29;29,2; 66,4; 86,9; 95,6;
96,9; Ne 8,6; 9,3.6. Adorar a Absalón: 1Sam 2,36. Adorar
a Dios y al rey: 1Cr 29,20. Adorar a los
ídolos, al sol u otros dioses: Ex 32,8; Lev
26,1; 1Re 9,6.9; 11,33 (sin correspondencia griega); 2Re 5,18; 17,16.35;
19,37; Jue 2,12.13 (en este caso el griego emplea Ï·ÙÚ‡ˆ
= latreuo). 17; Is 2,20; 37,38; 46,6 Ez 8,16; Jer
25,6; 2Cr 7,19; Is 2,20. La raíz aramea para adorar
es "segid" esta raíz también existe en hebreo con el
mismo significado y figura traducida en griego por proskyneo: Is
44,15.17.19; 46,6 (adorar ídolos). Adorar a Dios; rehusar la adoración
de otros dioses o ídolos: Dn 3,12.15; se traduce por
latreuo; Adorar ídolos: Dn 3,5.6.7.10.11. 14.18 se traduce al griego
por proskyneo. En otros pasajes figuran juntas las dos raíces
de "segid y hawah" Is 44,15, donde a hawa equivale
proskyneo, mientras que segid no parece tener equivalente; Is 44,17:
segid es traducido por proskyneo; mientras que a hawa corresponde
el verbo proseuchomai. Como se habrá observado por las diversas
citas antes aducidas, en unas tres ocasiones los verbos hebreo
y arameo segir y hawah se traducen por latreuo. Hay
otros verbos que sorprenden por sus diversos contextos. La gloria
es un atributo divino (doxa) y encontramos el verbo doxazo
con el sentido de honrar al hombre en Ester 6,6.7.9.11.
El verbo sébomai aparece en LXX Is 29,13; Jos 4,24;
24,33 con el contexto de “venerar a Dios” ; el
libro de la Sabiduría lo usa para los ídolos en
15,18. Un estudio atento al empleo que se hacen de
las diversas raíces, muestra que no hay una clara distinción
en los escritos antiguos entre adorar y venerar.
La forma
de culto de Cristo y de los santos en los
cementerios es de las devociones más antiguas; pero no sólo,
en las catacumbas de Roma es frecuente encontrar representaciones de
Cristo como “Buen Pastor” y como “pez”, también en Galilea
hay mosaicos antiguos que representan el milagro de la multiplicación
de los panes y de los peces. Este culto se
universalizó hacia tiempos de Constantino.
Con todo, en el S.
IV el concilio regional de Elvira prohibía la decoración de
las iglesias con pinturas, pero no se universalizó; la causa
se debía al contraste entre los misterios de la fe
y las débiles creaciones humanas. Eusebio de Cesarea consideraba también
imposible la representación de la humanidad gloriosa de Cristo. Asimismo
los monofisitas eran enemigos de tales representaciones.
En el
599 Severo de Marsella encabezó el primer caso de destrucción
de las imágenes en su diócesis, lo que acarreó la
reacción de Sn Gregorio Magno. Esta polémica se acrecentó en
el 727 cuando el emperador León III hizo derribar una
figura de Cristo en los palacios imperiales. El pueblo reaccionó
y dio muerte a varios oficiales.
A ello siguieron varias
represiones imperiales bajo León III y Constantino Coprónimo. La tranquilidad
llegó cuando ocupó el trono la emperatriz Irene. El II
concilio de Nicea confirmó la legitimidad del culto en la
sesión VII.
El IV concilio de Constantinopla parece emplear una
misma raíz de “proskyneo” para la adoración de la imagen
de Cristo Salvador, de la Virgen, Madre de Dios, de
los ángeles y de los santos.
Así que más que
un intento fallido de la teología, es mérito de ésta
el haber ido comprendiendo mejor el dato a fin de
aclarar los términos; y más que de la teología, el
mérito se debe al magisterio eclesiástico.
No se olvide que
el concilio de Elvira no tuvo valor universal respecto de
las imágenes. En dicho concilio el verbo griego que se
empleaba para “adorar” es el mismo que para “venerar”: “proskyneo”
(προσκυν€ˆ).
El diccionario de la lengua griega Montanari que es
uno de los más completos que se han publicado recientemente,
elenca las siguientes acepciones para este verbo: (1) saludar con
afecto, abrazar; (2) adorar, venerar; (3) postrarse, considerar con respeto
o veneracón; (4) conjurar, tratar de aplacar suplicando; etc...
Con
ello queda claro que un mismo verbo griego –que es
el que usó Constantinopla IV- se emplea para adorar y
para venerar.
En cuanto al NT hay cuatro acepciones:
Con ese verbo
se indica el culto debido a Dios (Mt 4,10; Lc
4,8; Jn 4,21; 1Cor 14,25; Ap 4,10; Hebreos 11,21... Adorar a
Cristo, profeta, mesías y Dios (Mt 2,2; 8,1Lc 24,52; Hebreos
1,6...). Venerar a alguien con un acto de humilde postración (Hechos
10,25; Ap 19,10; 22,8). Adorar al diablo, a la bestia, al
dragón y a sus representaciones (Mt 4,9; Lc 4,7; Ap
9,20; 13,4.8).
El IV concilio de Constantinopla, a pesar de echar
mano de proskyneo para la adoración de la imagen Cristo
y de la Virgen y de los ángeles y
santos, establece una clara y sutil distinción entre los cuatro.
En el caso de Cristo se dice que esa adoración
es similar a la adoración de los evangelios y eso
no se dice de la Virgen, de los ángeles ni
de los santos; por otro lado, en el caso de
Cristo se emplea el verbo porskyneo, “venerar” de modo fuerte,
absoluto.
En los otros tres casos se echa mano de
dos verbos y no solamente de “adorar”, sino que se
dice: “honramos y adoramos”; es lo que se llama una
“hendíadis”: a este honrar y adorar se le llama hoy
“venerar”.
La gradación de estos cuatro grupos tampoco es casual:
el culto reservado a María es privilegiado respecto de los
otros dos; por ello figura antes que ellos y el
concilio da el motivo: es Madre de Dios, cosa que
no encarnan los ángeles ni los santos. Para el año
869-870 no había una terminología clara o neta para designar
el culto reservado a la Virgen y a los santos
(alguna distinción había establecido el II concilio de Nicea, pero
no se había comprendido bien, por contar con una mala
traducción, a la que se sumaban rivalidades entre los dos
imperios romanos de oriente y occidente); por eso es que
el verbo “venerar” no figura. Venerar en griego se decía
también “proskyneo”, como ha señalado el diccionario de Montanari.
La
Iglesia a lo largo de los siglos ha ido precisando
esta terminología, de manera que hoy el catecismo establece una
clara distinción entre adorar y venerar. Algo semejante ocurrió con
el término “persona”. Antes de Calcedonia, no había una clara
distinción entre “persona” y “naturaleza”. Fue mérito de Calcedonia precisar
el concepto de persona.
Ahora pasamos a las citas veterotestamentarias que
nuestros hermanos separados nos aducen para decirnos que los católicos
cometemos actos de idolatría cuando veneramos las imágenes sagradas.
A menudo parece que con dicho método de citar el
Antiguo Testamento se descuida que el Nuevo Testamento ayuda a
comprender el Antiguo (cf 2Cor 2,14) y que el Antiguo
da una base al Nuevo, como si no hubiera distinción
entre los dos. En realidad, en el Antiguo Testamento encontramos
una especie de bosquejo del plan de salvación.
La revelación
ha tenido un carácter progresivo hasta el cumplimiento definitivo en
Cristo (Heb 1,1-2). A esta luz, no parece ser un
buen método el hacer que la Biblia diga lo que
yo quiero como sostén de mis gustos personales, parapetados tras
el nombre de “libre examen”. Más bien se ha de
leer a la luz del Espíritu con que ha sido
escrita.
El motivo de que no se diera lugar a
imágenes en el AT se debía al peligro que tenía
el pueblo de caer en la idolatría. El hecho es
que los profetas nunca cesaban de fustigar esta costumbre, que
consistía sobre todo en representaciones de Dios tomadas del reino
animal. Esta inclinación se debía a que Israel vivía en
torno a naciones idólatras.
El primer mandamiento del Decálogo prohibía
que se hiciera imagen tallada de cualquier figura (Ex 20,3),
lo cual debe entenderse no en sentido absoluto, sino en
su contexto de no rendir culto a las falsas divinidades
que los judíos pudieron ver en Egipto.
La representación de
Dios en una imagen equivalía para la mentalidad de aquel
entonces a atribuir a Dios una forma arbitraria según
el gusto del hombre –una cosa o ser animado-, descuidando
su dimensión trascendente (Dt 14,15-16.28). En tiempo de los macabeos
volvió a aplicarse el Decálogo al pie de la letra.
Flavio Josefo cuenta cómo reaccionó el pueblo ante la colocación
de una águila de oro en la entrada principal del
templo, de la indignación que sintieron los judíos cuando vieron
que en los estandartes del ejército romano en Jerusalén había
imágenes del César.
Más aún, el nombre de Dios no podía
pronunciarse; el hombre no podía mirar a Dios, ni siquiera
Moisés pudo hacerlo (logró ver sólo su dorso como enseña
Éxodo 33,18-20, texto que corrige a Éxodo 24,9-11 y a
Deuteronomio 34,10, y que confirma Jn 1,18). Si es
verdad que Cristo nos revela el rostro de Dios (Jn
6,46), con Él se inaugura una nueva era, porque nos
ha enseñado a llamarle "Padre" a Dios con todo derecho.
Con toda razón dirá san Juan en su primera carta:
“Lo que era desde el principio, lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos
contemplado, y palparon nuestras manos en lo tocante al Verbo
de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos
visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la
cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo
que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que
también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente
es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas
cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1Jn
1,1-4).
Juan habla de tocar, ver, contemplar, palpar... en relación
con el Verbo de vida, Cristo Jesús. Por eso es
lícita la representación de su rostro, de su cruz, de
sus padecimientos: Dios, que era invisible en su naturaleza, se
ha hecho visible, hasta el punto que dejó contemplarse, tocarse,
palparse. La encarnación ha inaugurado una nueva "economía de las
imágenes"(NC 1159). El libro del Apocalipsis muestra un aborrecimiento
visceral de toda forma de paganismo: magia (Ap 9,21; 18,23;
21,8; 22,15), nicolaitismo (Ap 2,6.15), blasfemias contra Dios (Ap 2,9;
13,6); adoración de los ángeles (Ap 19,10; 22,9); de los
ídolos (21,8; 22,15); del demonio (Ap 13,4-6).
¿Parece contradecirse cuando recurre
a las comparaciones con las piedras preciosas para describir al
que se sienta sobre el trono (Ap 4,3), cuando ofrece
diversas representaciones -teriomorfas o no- de Cristo (León de la
tribu de Judá, raíz de David, cordero de pie como
degollado, Ap 5,6); cuando nos presenta a María trascendente
en Ap 12,1-2; cuando presenta a los cuatro "animales" y
a los 24 presbíteros, los cuales contienen copas que son
las oraciones de los santos ante el trono de Dios?
El culto de la iglesia a las imágenes va en
esta línea. Si abundan representaciones antiguas de dioses paganos en
muchas ciudades, no se debe a que hoy se realicen
actos de idolatría, sino que son obras de arte. Y
la obras de arte tienen un alcance universal tanto para
los hombres que nos han precedido como para los de
hoy y los que habrán de venir mañana. Una vez
más, si los términos no son claros en la Escritura,
es mérito de la Iglesia el haber establecido la distinción
entre adorar y venerar. En los siglos I - II
del cristianismo se tienen las siguientes representaciones religiosas: a.
Misterios de la fe cristiana, virtudes, representaciones
de Cristo: el cordero, la paloma, el pez, el ancla. b.
Parábolas o alegorías: viña, Buen Pastor,
vírgenes sabias y necias. c. Personajes del
AT: Noé, Daniel, Jonás, Moisés. d. Imágenes
de Cristo, de la Virgen y de los santos. En
los siglos III-IV : a.
Aparecen pinturas de estuco en las paredes o como fondo
de vasos y medallas. b.
Escenas de la vida de Cristo y de la historia
de la Iglesia. c.
Escenas
de la vida de Cristo en cementerios, Moisés que golpea
la roca, el pescador que extrae el pez del agua,
el Bautismo de Cristo en el Jordán, el sacrificio eucarístico,
la llamada de los 12. Algunos padres y escritores eclesiásticos
testimonian algunas de dichas representaciones: Ireneo (Adv Haer, I, 25)
Lampridio (Alex Sev, 29), Tertuliano (De pudicitia, VII, 10).
Con la paz de Constantino cobra nuevo realce la veneración
a la cruz como estandarte cristiano o “labarum”. De este
período son los mosaicos en Roma y Rávena que representan
a Cristo, a la Virgen y a los santos, como
puede constatarse en el mausoleo de santa Constanza de Roma
(edificio más antiguo del S. IV), el ábside de Santa
Prudentina que representa a Cristo, Pedro y Pablo, así como
el gran arco de Sta. María la Mayor de mediados
del S. V., que representa a Jesús, llevado por
su Madre al lado de Ana y Simeón.
Del mismo
período hay una prefiguración en Sta. Sabina de la “Ecclesia
ex circumcisione” y de la “Ecclesia ex gentibus”. En Rávena
Sta. Ágata contiene un mosaico de Cristo con dos
ángeles, en el mausoleo de Galla Placidia (año 424), donde
figuran el Buen Pastor, san Lorenzo y los apóstoles. Las
catacumbas son una evolución de hipogeos romanos a los que
se añadieron corredores. En un inicio eran privados, pero se
difundieron con la práctica de la inhumación entre paganos, judíos
y cristianos. Ello explica que al lado de prefiguraciones
paganas se encuentren temas cristianos.
Los complejos son llamados “colombari”
y luego se transformaron en lugares de inhumación. Estos
lugares sirvieron de cementerio hasta el S. VI, y luego
se transformaron lugares de devoción. A partir del S. III
se comenzaron a celebrar allí las diversas conmemoraciones de los
fieles difuntos.
A partir del S. IV se adosaron escaleras
y altares y se llevaron allí más reliquias de santos.
Hacia el S. VIII las catacumbas cayeron en el olvido.
De las 67 catacumbas hoy conocidas, De Rossi descubrió unas
26 en 1849, aunque en el siglo XVI Antonio Bosio
había dado inicio a los descubrimientos arqueológicos. Las más famosas
son las de Comodila, Priscila, Calixto y Sebastián. Se
trata de más vastos complejos funerarios.
El sector más antiguo
de Sn Calixto es el de las criptas de Lucina
en la vía Apia y que se remonta al S.
II. Aquí han sido sepultados al menos 4 de los
14 papas: Ponciano, Antero, Fabiano, Eutiquiano. De Rossi reconoció las
figuras de Cristo, de Sta. Cecilia y del Papa Urbano
en los frescos bizantinos de la cripta de Sta.
Cecilia. Hay un nicho ahí con una copia de la
estatua de Sta. Cecilia y que es obra de Maderno
(el original está en el Trastévere).
No muy lejos figuran
cinco cámaras sepulcrales con representaciones de la resurrección, de los
sacramentos del bautismo, de la Eucaristía. Son decoraciones del S.
III.
Las prefiguraciones cristianas más comunes allí son: el Buen Pastor,
las primeras dos letras de la palabra Cristo, un hombre
en oración, el pez, el ciervo que lucha con la
serpiente como símbolo del catecúmeno, las palabras iniciales de “mártir”.
En
la ciudad de Roma hay tres columnas famosas: la columna
de Trajano, cuya estatua Sixto V reemplazó con otra de
san Pedro, obra de Giacomo della Porta: esto ocurrió el
4 de diciembre de 1587. Dos años después el
mismo Papa mandó que se colocara una estatua de san
Pablo sobre la columna de Marco Aurelio en Piazza Colonna:
en la edad media desapareció la estatua de este emperador,
esculpida entre el 180 y 193 para conmemorar sus
victorias sobre marcomanos, cuados y sarmatos.
Nadie realiza ante dichas
columnas actos idolátricos. En la plaza de España de Roma
hay también una antigua columna con una estatua de bronce
de la Inmaculada; a sus pies hay efigies de Moisés,
Isaías, Ezequiel y David. Esta obra fue erigida por Luigi
Poletti dos años después de la proclamación del dogma (1854)
por parte de Pío IX. Cada año el 8
de diciembre el Papa se dirige a este lugar, deja
a los pies de la imagen de la Madre de
Dios un ramo de flores y dirige un discurso a
los presentes. San Gregorio Nacianceno habla de una imagen de
san Polemón, que convierte a una pecadora (Carm I,1; sec
II v. 800); se duda aún de si es de
san Basilio o Efrén el discurso con que se exhorta
a los pintores a ser buenos maestros en su arte
cristiano (PG xxxi, col 489).
San Gregorio de Nisa, siguiendo
las huellas de las descripciones de san Efrén, describe las
pinturas religiosas que ha visto en el oratorio de santa
Eufemia, en Calcedonia (PG xI, col 333-337); él mismo habla
de haber visto representaciones del sacrificio de Isaac, de mosaicos
con diversos temas religiosos (PG xlvi col 737).
San
Nilo reprocha a Olimpiódoro el haber querido pintar en una
basílica escenas de caza y pesca y le exhorta a
elegir para su decoración temas bíblicos que instruyan a los
fieles (PG lxxix, col 577).
San Jerónimo habla de imágenes de
los apóstoles pintadas en vasos sagrados (In Ion IV,6).
San Agustín indica la costumbre de representar en muchos lugares
a san pedro y a san Pablo al lado de
Nuestro Señor ( PL, xxxiv, col 1049); también habla de
la pintura que ha visto de San Esteban mientras muere
lapidado, al tiempo que san Pablo cuida las vestiduras de
los que le apedrean ( PL xxxviii, col 1434).
En
el “Contra Faustum” habla de una pintura que representa el
sacrificio de Abraham (PL xlii col 446). En cuanto
a la advertencia que Ud. recoge de san Agustín:
primero, quizá no convenga decir que corrige a Tomás
de Aquino, ya que es muy posterior a él. Por
otro lado, sus palabras han de ponderarse dentro de su
propio contexto: advierte contra la adoración de falsas divinidades. De
ahí que insista en su valor representativo. En ese sentido
está dentro de lo que siempre ha dicho la Iglesia.
Prudencio habla de las pinturas que representan el martirio
de san Casiano (PL lx, cpl 433-435). San Paulino de
Nola y Suplicio Severo decoran de imágenes religiosas las basílicas
construidas por ellos; se trata de escenas veterotestamentarias (PL
lxi, col 660).
El culto reservado a las imágenes no es
de adoración, sino de veneración: nunca la Iglesia ha pensado
que las imágenes o representaciones de los santos sean dioses.
Al mismo tiempo, en la Biblia, figuran diversas representaciones: el
mismo Moisés por orden de Dios hace colocar dos querubines
de oro sobre el arca de la alianza (Ex 25,18),
izó una serpiente de bronce como signo de salvación para
los que padecieran picaduras de las víboras como castigo del
pueblo por murmurar (Nm 21,3): más tarde, Exequias hizo destruir
la serpiente de bronce, porque los judíos se ponían a
quemar incienso ante ella (2Re 18,4); no se ha de
olvidar tampoco la imagen de madera cubierta de metal, y
que representaba a Dios: la mandó hacer la madre de
Miqueas (Jue 17,4-5).
De ella se apropiaron los danitas, hicieron
un santuario y le rindieron culto (Jue 18,30-31); asimismo, el
templo de Salomón constaba de diversas decoraciones de querubines, toros,
bueyes, leones, palmeras, botones de flores (1Re 6,23-35; 7,25-51); tampoco
ha de olvidarse que los judíos tenían candelabros (Zac 4,2).
Zacarías que en su visión del cap 4, da con
dos olivos que Dios dice ser los dos ungidos que
recorren toda la tierra (Zac 4,14).
Repito, es mérito de
la Iglesia el haber aclarado la terminología al respecto. No
es una veneración a la materialidad de las cosas sino
a lo que representan. Con ello se aclara que en
la Iglesia católica no hay idolatría –otra cosa es que
algunas personas distingan eso y caigan en desviaciones a menudo
por ignorancia-. Tampoco se adora a los ángeles ni a
los santos.
Consideramos los diversos objetos dignos de respeto, pero
no les tributamos dotes o poderes especiales. Otro aspecto del
culto a la Virgen y a los santos son los
nombres: un gran número de personas, creyentes o no, tiene
nombres de santos, de la Virgen, de Jesús y no
por eso creemos que se cae en la idolatría. Este
es un aspecto de dicha veneración.
Las imágenes son recuerdo
de las personas, no las personas mismas. Si yo contemplo
la foto de mi abuela que ya ha muerto, no
significa que amo un trozo de papel a colores, sino
que ese trozo de papel me la recuerda. Sé que
no es la abuela, y sin embargo, me hace recordar
su rostro, su modo de ser y hablar. Si esto
puedo hacerlo con un ser querido, ¡con mayor razón lo
debiera hacer con lo que nos recuerda a Dios!
Algo
similar hacemos con la bandera, con otros símbolos patrios, como
monumentos a los héroes, etc. En el caso de los
Evangelios: ¿Por qué los besamos? ¿Por qué los cuidamos?
Porque son también imagen de Dios, su palabra escrita.
No
es que idolatremos un amasijo de papeles, sino que contienen
lo que Dios nos ha querido transmitir; por otro lado,
la imagen y la palabra se esclarecen mutuamente (Nuevo Catecismo
1160). Con la representación de los santos Cristo es glorificado
en ellos (Nuevo Catecismo 1161). Cabe hacer aquí algún comentario
de interés sobre la reforma protestante. Sorprende que varios hermanos
separados no se reconozcan luteranos mas hayan hecho propias muchas
ideas de Lutero, de modo consciente o inconsciente.
Un ejemplo
claro son los principios de la “sola fe” y de
la “sola Escritura”. Pero no sólo. Lo que está en
el fondo del pensamiento de Lutero contra María y los
Santos es su rechazo del concepto de “sacramento”, ya
que a su entender ello llevaba confundir lo divino con
lo humano (en contra de lo que dice la misma
Escritura en Jn 10,34). En el fondo para Lutero ningún
ser humano ni la Virgen ni los santos puede considerarse
elevado a la vida de gracia. En 1521 Lutero reconocía
aún en María y en los santos el título de
intercesores, pero fue cambiando de parecer hasta negarlo (en 1521
cuando escribe su comentario al Magníficat no da a María
el título de “abogada”; en 1522, con ocasión del sermón
sobre la Navidad, se lo niega de manera explícita). El
último paso que dio fue la omisión de la segunda
parte del avemaría, a instancias de Zwinglio, ya que consiste
en una intercesión o súplica. Concluyendo, no sólo es bueno
llevar una cruz al pecho, besar los evangelios, tener imágenes
de Cristo, de la Virgen, de los santos, sino que
es una tradición antigua de la Iglesia. Son también un
estímulo para nuestra oración.
Desde la antigüedad la Virgen y
los santos han sido invocados como intercesores antes Dios: el
culto que la Iglesia les tributa está dirigido a Dios
mismo. Por eso se nos proponen como modelos seguros de
vida cristiana. Entre ellos María desempeña un puesto privilegiado como
Madre de Dios, cooperadora en la obra de la redención
y figura de la Iglesia. |
|