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| El escándalo de la cruz. |
Con la pregunta retórica dubitativa: ¿Quién creyó nuestro anuncio?, comienza
el Profeta Isaías el capítulo 53 de su Profecía. Los
diletantes modernos, con el señuelo y la novedad del progresismo,
de la innovación y de la singularidad, resultan más camaleónicos
de lo que se creen. Les parece que están inventando
la historia y produciendo novedades cuando sólo están renovando viejísimos
errores en nombre de la nueva cultura. Y junto a
la consecuencia directa de la ignorancia, incoherencia y entronización de
la carencia de rigor, llega al pensamiento débil y a
las ideas heréticas. Salvarnos sin cruz, o con cruces deleitables,
es un revivir el epicureismo y el hedonismo pagano.
Algunos
cristianos tratan de desvirtuar la cruz, rebajando el vino del
evangelio con el agua de la mediocridad, o pagando tributo
al relativismo, o con la escasa formación acomodaticia, según aquello
de San Pablo: “Los judíos piden señales y los griegos
buscan saber, nosotros predicamos un Cristo crucificado, escándalo para los
judíos, locura para los paganos, en cambio para los llamados,
lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento
de Dios y sabiduría de Dios: porque la locura de
Dios es más sabia que los hombres y la debilidad
de Dios más potente que los hombres” (1 Cor 22).
El sufrimiento en san Pablo
Pablo se sabe «crucificado con Cristo»
(Gal 2,19) y «configurado a su muerte» (Fl 3,10). «Llevo
en mi cuerpo las marcas de Jesús» (Gal 6,17). «Cinco
veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres
veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces
naufragué; un día y una noche pasé en el mar.
Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de
los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en
ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos
hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre
y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez». Expresará
su dolor a los filipenses «Con lágrimas en los ojos»
porque: «muchos viven, según os dije tantas veces, y ahora
os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz
de Cristo...» (Fl 3, 18). «Pasa dolores de parto» (Gal
4,19). « ¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores
de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Gal
4,19). Pero como la mujer sufre hasta dar a luz,
luego se goza por haberle dado un hijo al mundo
(Jn 16,21), así el apóstol sufre lo indecible, pero el
resultado final es: «ver a Cristo formado en vosotros». «Llevamos
siempre en nuestros cuerpos por todas partes la muerte de
Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste
en nuestro cuerpo» (2 Cor 4,10). «Completo en mi carne
lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor
de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). «Así
la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida»
(2 Cor 4,12).
Sufriendo por los hombres, «continuamente entregados a
la muerte por causa de Jesús», transmite a los hombres
«la vida de Jesús» (2 Cor 4,10). « ¡Dios me
libre de gloriarme si no es en la cruz de
nuestro Señor Jesucristo!» (Gal 6,14). «Me glorío en mis debilidades...
en las persecuciones padecidas por Cristo» (2 Cor 12,9). Desde
esta perspectiva se iluminan sus expresiones paradójicas: «Estoy lleno de
consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones» (2
Cor 7,4). En él se hace presente el misterio pascual
en su integridad: fuerza en la debilidad, vida en la
muerte, gozo en el sufrimiento: «Me alegro de sufrir por
vosotros».
Tanto las tribulaciones como el consuelo, tienen valor salvífico:
«si somos atribulados, lo somos para consuelo y salvación vuestra;
si somos consolados, lo somos para el consuelo vuestro, que
os hace soportar con paciencia los mismos sufrimientos que también
nosotros soportamos» (2 Cor 1,6). Cuando poco antes de su
muerte escriba a Timoteo, le dirá: «yo estoy a punto
de ser derramado en libación» (2 Tim 4,6). Dios mismo
había reconciliado al mundo consigo por medio de su Hijo,
al cual había constituido víctima por los pecados de los
hombres (2 Cor 5); si a él se le ha
confiado el ministerio de la reconciliación (v.18), sólo puede colaborar
eficazmente en la reconciliación de los hombres con Dios, con
la ofrenda de la propia vida. Los viejos errores
Tanto Lutero
como Calvino negaron la necesidad de cooperar a la gracia,
enseñando que sólo la fe justifica y nos aplica los
méritos de Cristo. “Sola fides; sola gratia; sola Scriptura”. Desde
que Pablo VI entrara en la última sesión del Vaticano
II con un cilicio en sus carnes y dijera a
mi Arzobispo entre sollozos: “Tutta Chiesa e inficionata”, ¡cuántos avances
han conseguido estos gravísimos errores, cuántos virus han extendido la
epidemia difusa y larvada que nos invade, más perniciosa que
los virus informáticos que han invadido millones de ordenadores, contradiciendo
a la Sagrada Escritura y al Magisterio, que es el
único que tiene el carisma y la misión ministerial de
interpretar la Biblia. Allí donde la Sagrada Escritura es extraída
de la voz viva de la Iglesia, se convierte en
víctima de las disputas de los expertos.
Ciertamente todo lo
que éstos pueden decirnos es importante y precioso; el trabajo
de los sabios nos es de notable ayuda para poder
comprender el proceso vivo con el que creció la Escritura
y comprender así su riqueza histórica. Pero la ciencia por
sí sola no puede ofrecernos una interpretación definitiva y vinculante;
nos es capaz de darnos, en la interpretación, esa certeza
con la que podemos vivir y por la que también
podemos morir. Para ello se necesita la voz de la
Iglesia viva, de esa Iglesia confiada a Pedro y al
colegio de los apóstoles hasta el final de los tiempos.
Esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro
y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es
una amenaza a la libertad de conciencia, si no es
una presunción que se opone a la libertad de pensamiento.
No es así. El poder conferido por Cristo a Pedro
y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato
a servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta
un compromiso al servicio de la obediencia a la fe.
Es preferible, decía el famoso teólogo Rahner, ser granos de
trigo dentro de la Iglesia, que árboles frondosos fuera.
Y ¡cuántos
son los que pretenden suplantar esta interpretación por el “libre
examen personal”!, dijo Benedicto XVI, en su toma de posesión
de su Cátedra de San Juan de Letrán. ¿Qué sentido
tiene proclamarse teólogos católicos, si se apartan de la fe
de la Iglesia y de su Magisterio? ¿Pretenden que les
sigamos a ellos y nos apartemos de la Cabeza, a
quien Cristo confió el ministerio de confirmar en la fe
a sus hermanos? "La fe sin obras es muerta" (Sant
2,20). "No son justos los que oyen la ley, sino
aquéllos que la cumplen" (Rom 2,13). Y el mismo Cristo
declara que en el juicio final serán sentados a la
derecha los que hayan practicado las obras de misericordia (Mt
25,34). Y "Si quieres entrar en la vida eterna, guarda
los mandamientos" (Mt 19,17). Y San Agustín dice: "El que
te creó sin ti, no te salvará sin ti". Para
esta supuesta cultura, la teología de la cruz es una
locura o una necedad, como decía el Apóstol, y no
duda en preguntar Isaías: ¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién
se reveló el brazo del Señor? El misterio de la
Cruz
El enigma misterioso de la cruz sólo Dios lo entiende.
Y los Santos, en la medida que él les concede.
San Juan María Vianney se escapaba de su parroquia de
Ars porque no se veía capaz. No le era más
fácil la vida en Ars, pues en ningún monasterio, por
estricto que fuera, habría vivido una vida tan dura como
la que él mismo se impuso en Ars. Desde las
dos de la mañana en el confesionario, lo que le
dolían eran los pecados que escuchaba y perdonaba, pues él
no buscaba en su parroquia vivir una tranquila vida; era
un hombre de una penitencia durísima, y en cualquier monasterio
habría comido tres veces al día, por lo menos, y
no las patatas mohosas que el mismo se cocía para
toda la semana, ni los sacrificios asombrosos que se imponía
para convertir a los pecadores. Y, ¿cuáles eran los motivos
de los llantos en la misa de San Pío de
Pietrelcina? Los pecados.
Por cierto, a Jesús lo crucificaron los
romanos instigados por las autoridades religiosas de los judíos. Pero,
se me ocurre preguntar: ¿Quién crucificó a Francisco de Asís?
¿Quién transverberó a Santa Teresa? Y más cerca de nosotros:
¿Quién estigmatizó a San Pío de Pietrelcina? El pecado es
una tremenda realidad, un misterio de iniquidad, dice San Pablo.
“Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como
muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre
ni tenía aspecto humano; así asombrará a muchos pueblos; ante
él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable
y contemplar algo inaudito. ¿Quién creyó nuestro anuncio?”. ¿Quién es
el que ve la distancia del pensamiento del hombre del
pensamiento de Dios? “Mi siervo tendrá éxito”. A un compañero
párroco que se lamentaba al Cura de Ars de lo
fría que estaba su feligresía, respondía San Juan María Vianney:
-“¿Habéis orado, habéis ayunado? ¿Os habéis disciplinado?”- Una vecina suya
oía todas las noches los golpes de su penitencia y,
asombrada y compadecida, decía: -¡Cuándo pararás! ¡¡Cuándo pararás!!-. Pero él,
que se había encontrado una comunidad parroquial descristianizada, a los
quince años de su pastoreo, decía: “Ars ya no es
Ars…El cementerio de Ars es un relicario”… Con mis propios
ojos he visto las gotas de sangre de San Francisco
de Borja, Duque de Gandia, conservadas en los azulejos del
oratorio del palacio ducal. Un día, vestido con la pobre
sotana y manteo de jesuita, llevaba una olla para los
pobres, lo que suponía una gran humillación para él, que
había sido el hombre de mayor confianza del emperador Carlos
V y Virrey de Cataluña. Intentó esconderla debajo del manteo,
y para vencer la tentación se la colocó sobre la
cabeza.
Es verdad que lo más importante es amar a
Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a
nosotros mismos. Pero no hay amor más grande que morir
por los amigos, dijo Jesús. San Juan de la Cruz,
que había sufrido durante nueve meses la cárcel de Toledo,
confiaba a una monjita los regalos espirituales que recibió en
compensación. En efecto, nos ha dejado su testimonio en su
maravilloso “Cántico Espiritual”, donde pide “entremos más adentro en espesura”,
espesura de sufrimientos.
¿Cómo redimir al hombre del pecado?
No puede la
teología dejar de enseñar, tanto los antiguos como los modernos
y aún los actualísimos, uno de los mayores y Padre
del Concilio Vaticano II, Hans Urs Von Balthasar, creado Cardenal
por Juan Pablo II, las distintas opciones de Dios ante
el pecado: dejar al género humano sufriendo sus consecuencias; perdonarlo
sin reparación adecuada, como lo destaca Guardini, que tampoco es
Santo Tomás; o exigir una satisfacción condigna, término teológico que
significa proporcionalidad entre lo que se debe y lo que
se paga. Dicho de otro modo: El pecado es una
ofensa infinita, por el término ad quem, que es Dios
infinito. O Dios no es misericordioso y abandona al hombre,
lo cual es imposible; o perdona al hombre sin exigirle
reparación justa. Elije y determina la satisfacción condigna, la más
digna según su justicia, sabiduría y misericordia. Esta satisfacción exige
pagar la deuda de la ofensa infinita, pero, como el
hombre no es capaz de pagar de esta manera, pagará
él. El Verbo se hará hombre para poder morir y
reparará la ofensa y las demás consecuencias del pecado.
Esto
se llama Redención, misterio inescrutable. El misterio de la Encarnación
consiste en la unión de la naturaleza humana con la
divina en la persona del Verbo de Dios. Dios formó
una concreta naturaleza humana en las entrañas de la Virgen
María y la hizo subsistir en la persona divina del
Verbo. Por esta unión hipostática de la persona divina del
Verbo con la naturaleza humana, Cristo, que es verdadero Dios,
es también verdadero hombre. El hombre pecó por soberbia: "Seréis
como dioses, y Dios se hará hombre por obediencia, para
hacer al hombre Dios. Al encarnarse Dios, se manifiesta su
bondad infinita; su misericordia; su justicia; su sabiduría, para unir
la misericordia con la justicia; su poder infinito, porque es
imposible realizar gesta mayor que la encarnación del Verbo, al
juntar en ella lo finito con lo infinito. Dios, Juez
Supremo, pudo haber perdonado el pecado gratuitamente, o pudo haber
exigido una reparación congrua. Quiso unir la justicia con la
misericordia. Dice Santo Tomás de Villanueva: "Muchos medios he intentado
y buscado para que los hombres dejen la vanidad y
me sigan, y ninguno sirve de nada; uno sólo resta
para convencerlos, que es darles a entender cómo infinitamente los
amo, haciéndome hombre".
El dolor mayor
Y manifestándoles cuánto les amo
con la prueba de lo mucho que sufro, infinitamente más
que ningún hombre ha sufrido, pues "Mirad y ved si
hay dolor como mi dolor" (Is 1, 12). Santo Tomás,
comentando el texto de Isaías, explica por qué el dolor
físico y moral de Cristo ha sido el mayor de
todos los dolores: Por las causas de los dolores: el
dolor corporal fue acerbísimo, tanto por la generalidad de sus
sufrimientos, como por la muerte en la cruz. El dolor
interno fue intensísimo, pues lo causaban todos los pecados de
los hombres, el abandono de sus discípulos, la ruina de
los que causaban su muerte y, por último, la pérdida
de la vida corporal, que naturalmente es horrible para la
vida humana natural. Por la sensibilidad del paciente: el cuerpo
de Cristo era perfecto, muy sensible, como conviene al cuerpo
formado por obra del Espíritu Santo. De ahí que, al
tener finísimo sentido del tacto, era mayor el dolor. Lo
mismo puede decirse de su alma: al ser perfecta comprendía
eficacísimamente todas las causas de la tristeza.
Por la pureza
misma del dolor: porque otros que sufren pueden mitigar la
tristeza interior y también el dolor exterior, con alguna consideración
de la mente, Cristo en cambio no quiso hacerlo. Porque
el dolor asumido era voluntario. Y así, por desear liberar
de todos los pecados, quiso sufrir el dolor en proporción
al fruto. Y de ahí se sigue que el dolor
de Cristo ha sido el mayor de cuantos dolores ha
habido (Suma III; q 46, a 6). "¿Quién no amará
al que nos amó de tal manera?”Nos lavó de nuestros
pecados con su sangre" (Ap ,5). Somos el niño de
sus delicias, como dice Jeremías: “¿Es mi hijo querido Efraín?
¿Es el niño de mis delicias? Siempre que lo reprendo
se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión”
(Jr 41,15).
Satisfacción voluntaria, completa y condigna
Pagó la pena debida por
los pecados. "Llevó la pena de todos nuestros pecados sobre
su cuerpo en el madero de la Cruz" (1 Pe
2,24). Aunque Cristo satisfizo por nuestros pecados en todos los
actos de su vida, quiso que sus satisfacciones y sus
méritos sólo produjesen sus efectos después de su pasión, refiriéndolo
todo a su muerte. Por eso la Sagrada Escritura atribuye
todas las satisfacciones y méritos de Cristo al sacrificio de
la Cruz. La satisfacción de Cristo fue voluntaria: "Fue ofrecido
porque él mismo lo quiso", (Is 53,7); "Nadie me arranca
la vida, sino que la doy por propia voluntad" (Jn
10,18). Fue completa porque es suficiente para reconciliarnos con Dios
y borrar nuestros pecados: "La sangre de Cristo nos purifica
de todo pecado" (1 Jn 1,7); condigna y superabundante porque
hay proporción entre lo que se debe y lo que
se restituye. El acreedor que perdona una parte de la
deuda al deudor, recibe satisfacción deficiente y no condigna. La
satisfacción de Cristo fue condigna, porque guardó proporción con la
ofensa. Si la ofensa causada a Dios con el pecado
es “quodammodo infinita”, la satisfacción de Cristo fue de valor
infinito. Me explico: La magnitud de una ofensa se mide
por la dignidad de la persona ofendida. Es mucho más
grave la ofensa a un Jefe de Estado, que a
un soldado raso. Siendo Dios de majestad infinita, la ofensa
hecha a El con el pecado, es en este sentido
infinita. La satisfacción de Cristo fue superabundante; pagó más de
lo que debíamos. "Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia"
(Rom 5,20). Cualquier acto del Hijo de Dios era infinito,
porque procedía de la persona infinita del Verbo. Su satisfacción
es superabundante y "su redención copiosa " (Sal 20, 7).
No sólo nos perdonó el pecado y la pena debida,
sino que nos mereció la gracia y el derecho al
cielo.
La satisfacción de Cristo y sus méritos son una
verdadera restauración del hombre, pues le devuelven los dones de
orden sobrenatural arrebatados por el pecado. "Si por el pecado
de uno sólo murieron todos los hombres, mucho más copiosamente
la gracia de Dios se derramó sobre todos" (Rom. 5,10).
"Tenemos la firme esperanza de entrar en el santuario del
cielo por la sangre de Cristo" (Heb10, 19). "Nos bendijo
con toda suerte de bienes espirituales en Jesucristo" (Ef 1,3).
"El que no perdonó a su propio Hijo, sino que
lo entregó, ¿cómo será posible que no nos dé con
El todos los bienes?" (Rom 8, 32). Dice Santo Tomás:
"La cabeza y los miembros pertenecen a la misma persona;
siendo, pues, Cristo nuestra cabeza, sus méritos no nos son
extraños, sino que llegan hasta nosotros en virtud de la
unidad del cuerpo místico" (Sent 3, c18, a 3). "Como
todos mueren en Adán, todos en Cristo han de recobrar
la vida" (1 Cor 15,22). Al P. Luis de Sant
Angelo en Segovia, escribe San Juan de la Cruz: “Si
en algún tiempo, hermano mío, le persuadiere alguno, sea o
no prelado, doctrina de libertad y más alivio, no la
crea ni abrace, aunque se la confirme con milagros, sino
penitencia y más penitencia y desasimiento de todas las cosas;
y jamás, si quiere llegar a la posesión de Cristo,
le busque sin la cruz. Pues Jesús realizó la gesta
más grande para redimirnos cuando estaba en la cruz desnudo
de lo sensitivo, de lo afectivo y en la mayor
aflicción, incluso abandonado del Padre”. ¡Qué sabe el que no
ha padecido! Jesús nos pide que amemos al Padre y
a los hermanos, pero no hay prueba mayor de amor
que morir por los amigos. “Si tiene que escoger, no
dude ni un segundo. Decídase por la vida del bebé”,
dice al ginecólogo, Gianna Emmanuela Bereita Molla, beatificada el 24
de abril de 1994, ante la presencia de su esposo
y su hija de treinta y dos años, Gianna Emmanuela,
nacida a costa de la vida de su madre. Juan
Pablo resbaló en su cuarto de baño. Tras permanecer en
el apartamento durante la noche, al día siguiente fue trasladado
a la Policlínica Gemelli donde se le implantó una cadera
artificial para solucionar la fractura del fémur. Ya nunca podría
caminar como antes. Como la familia es atacada, dice Juan
Pablo II, el Papa tiene que sufrir para que el
evangelio del sufrimiento guíe a todas las familias del tercer
milenio. Karol Woytyla ha escrito un poema en el que
San Estanislao dice al rey de Polonia: “Mis palabras no
te han convencido; mi sangre te convencerá”.
Desde el punto
de vista bíblico, a veces el dolor, no una represalia
divina, un castigo, sino una oportunidad para reconstruir el bien
en el sujeto que sufre. No, Dios no es rencoroso;
es un gran señor elegantísimo; un amigo delicadísimo e infinitamente
delicado. No se dedica a echar sal en las heridas;
jamás hace una gracia al estilo de aquel padre grosero
y rudo que quiere hacerle una caricia al niño y
le saca un ojo. No es como aquel médico zafio
de tiempos lejanos, que se empeñaba en curar a los
enfermos a pellizcos o a pescozones y frotando las heridas
con papel de lija, justificando su práctica desquiciada. Los hombres,
por la escasez de su horizonte, siempre han trasladado a
Dios sus propios defectos y pasiones, y por lo mismo,
también a los otros hombres, según el refrán popular: Piensa
el ladrón que todos son de su condición. Lógico. No
son capaces de descubrir en los demás motivaciones que puedan
ser más elevadas que las suyas.
Pero Dios es muchísimo
más sensible, infinitamente más, que el Beato Juan XXIII, que
acostumbraba cuando tenía que corregir, hacerlo con delicadeza, porque --decía--
era mejor una caricia que un pellizco; y que el
Cardenal Montini, futuro Pablo VI quien, siendo Arzobispo de Milán,
sufría tanto cuando tenía que amonestar, que enviaba a su
secretario a consolar al dolorido paciente con estas o parecidas
palabras: “Dígale que es el mismo para el Señor Cardenal,
no ha perdido su confianza, es el mismo que antes”.
Y ambos tenían autoridad, la máxima autoridad y misión. Al
hombre le puede ocurrir lo que acaba de declarar un
presidente de una Comunidad Autónoma de España: “Yo necesito país
para hacer socialismo”. No “necesita socialismo para hacer país”, sino
todo lo contrario. Ha confundido los términos. El fin el
socialismo, los medios, el país. Dios el medio, el hombre
el fin.
El misterio del dolor humano
Ninguna explicación puramente descriptiva del
dolor sería capaz de abordar con acierto el profundo misterio
humano con el que guarda relación. Tampoco la razón nos
puede decir que “el amor es la fuente más completa
de la respuesta a la pregunta del sentido del dolor”.
Para ello hacía falta una demostración, que Dios ha “dado
en la cruz de Jesucristo”, cuyo dolor como hombre y
como único Hijo de Dios posee una "hondura e intensidad
incomparables”. Después de la entrevista del Papa con Ali Agca,
escribió la carta apostólica “Savifici doloris” sobre el sentido del
sufrimiento. La humanidad ha sido redimida por el dolor de
Cristo. El dolor, dice el papa, «parece ser particularmente esencial
a la naturaleza del hombre».
Contrariamente a lo que sostienen
algunas ideas contemporáneas, el dolor no es accidental ni evitable.
"Es uno de esos puntos donde el hombre está "destinado"
a ir más allá de si mismo.» En el mundo
hay dolor porque hay mal. El sufrimiento mayor es la
muerte, que Cristo conquistó con su «obediencia hasta la muerte»,
superada en la resurrección.
El dolor sigue presente en el
mundo, pero el cristiano que sufre, ya puede identificar su
dolor con la agonía de Cristo en la cruz, y
penetrar más a fondo en el misterio de la redención,
que es el misterio de la liberación humana. Mediante el
encuentro con esa liberación, el individuo que sufre descubre nuevas
dimensiones de la vida como vocación. El dolor existe «para
desencadenar el amor en la persona humana, ese don desinteresado
del "yo" en beneficio de otras personas, sobre todo de
las que sufren». «El mundo del dolor humano» hace que
surja «el mundo del amor humano». La dinámica de la
solidaridad en el dolor es otra confirmación de la ley
del don de sí inscrita en el corazón humano.
Exaltación
de la cruz
“¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién se reveló
el brazo del Señor? Creció en su presencia como brote,
como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. El
Señor quiso triturarlo con el sufrimiento y entregar su vida
como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años, lo que
el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos
de su alma verá la luz, el justo se saciará
de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con
los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte,
y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida
a la muerte y fue contado entre los pecadores, él
cargó con el pecado de muchos e intercedió por los
pecadores. Alégrate, estéril, que no dabas a luz, rompe a
cantar con júbilo la que no tenías dolores; porque la
abandonada tendrá más hijos que la casada.
Ensancha el espacio
de tu tienda, despliego sin miedo tus lonas, alarga tus
cuerdas, hinca bien tus estacas; porque te extenderás a izquierda
y derecha. Tu estirpe heredará las naciones y poblará ciudades
desiertas” (Is 53-54). Esa es la exaltación de la Santa
Cruz. “Porque se muy bien lo que pienso hacer con
vosotros: designios de paz y no de aflicción, daros un
porvenir y una esperanza. Me buscaréis y me dejaré encontrar
y cambiaré vuestra suerte” (Jr 29,13). 2. La Virgen de
los Dolores
“y a ti una espada te atravesará el corazón”
(Lucas 2,35)
Fue en el momento de la cruz. Se cumplieron
las palabras proféticas de Simeón, como atestigua el Vaticano II:
“María al pie de la cruz sufre cruelmente con su
Hijo único, asociada con corazón maternal a su sacrificio, dando
el consentimiento de su amor, a la inmolación de la
víctima, nacida de su propia carne,”. Por eso, la Iglesia,
después de haber celebrado ayer la fiesta de la exaltación
de la Cruz, recuerda hoy a la Virgen de los
Dolores, la Madre Dolorosa, también exaltada, por lo mismo, que
humillada con su Hijo. Cuanto más íntimamente se participa en
la pasión y muerte de Cristo, más plenamente se tiene
parte también en su exaltación y glorificación. Vio a su
Hijo sufrir y ¡cuánto! Escuchó una a una sus palabras,
le miró compasiva y comprensiva, lloró con El lágrimas ardientes
y amargas de dolor supremo, estuvo atenta a los estertores
de su agonía, retumbó en sus oídos y se estrelló
en su corazón el desgarrado grito de su Hijo a
Dios: “¿por qué me has abandonado?, oyó los insultos, comprobó
la alegría de sus enemigos rebosando en el rostro iracundo
de los sacerdotes y del sumo Anás y de Caifás,
mientras balanceaban sus tiaras, y de los sanedritas, que se
regodeaban en su aparente victoria, contempló cómo iba perdiendo el
color Jesús, su querido hijo...
Su Hijo agoniza sobre aquel
madero como un condenado. “Despreciable y desecho de los hombres,
varón de dolores, despreciable y no le tuvimos en cuenta”,
casi anonadado (Is 53, 35) ¡Cuán grande, cuán heroica en
esos momentos fue la obediencia de la fe de María
ante los «insondables designios» de Dios! ¡Cómo se «abandona en
Dios» sin reservas, «prestando el homenaje del entendimiento y de
la voluntad» a aquel, cuyos «caminos son inescrutables»! (Rom 11,
33). Y a la vez ¡cuán poderosa es la acción
de la gracia en su alma, cuán penetrante es la
influencia del Espíritu Santo, de su luz y de su
fuerza!
La sostuvo el padre
Humanamente no se podía soportar tanta
angustia. El Padre amoroso la tuvo que sostener en pie.
Mientras su Hijo extenuado expiraba, su corazón inmaculado y amantísimo
sangraba a chorros, sus manos impotentes para acariciarle, para aliviarle,
se estremecían de dolor y de pena horrorosa y su
alma dulcísima estaba más amarga que la de ninguna madre
en el transcurrir de los siglos ha estado y estará.
¡Cuánto dolor, pobre Madre! ¡Qué parto de la iglesia tan
doloroso y tan diferente de aquélla noche de Belén! Al
fin, inclinó la cabeza y el Hijo expiró. Y nacimos
nosotros. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Por eso el
Padre te exaltó a la derecha de tu Hijo, asumpta
en cuerpo y alma. Cuanto mayor fue tu dolor, más
grande es tu victoria. El concilio Vaticano II
El Concilio Vaticano
II ha dado nueva luz sobre la Madre de Cristo
en la vida de la Iglesia. «La Bienaventurada Virgen, por
el don de la maternidad divina, con la que está
unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y
dones, está unida también íntimamente a la Iglesia. La Madre
de Dios es tipo de la Iglesia en el orden
de la fe, de la caridad y de la unión
con Cristo». María permanece, desde el comienzo, con los apóstoles
a la espera de Pentecostés y, a través de las
generaciones está presente en medio de la Iglesia peregrina mediante
la fe y como modelo de la esperanza que no
engaña (Rom 5, 5).
Maria madre, imagen de la Iglesia
María creyó
que se cumpliría lo que le había dicho el Señor.
Como Virgen, creyó que concebiría y daría a luz un
hijo: el «Santo», el «Hijo de Dios. Como esclava del
Señor, permaneció fiel a la persona y a la misión
de este Hijo. Como madre, «creyendo y obedeciendo, engendró en
la tierra al mismo Hijo del Padre, cubierta con la
sombra del Espíritu Santo».Por estos motivos María «con razón desde
los tiempos más antiguos, es honrada como Madre de Dios,
a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y
necesidades acuden con sus súplicas». Como virgen y madre, María
es para la Iglesia un «modelo perenne». Como «figura», María,
presente en el misterio de Cristo, está también presente en
el misterio de la Iglesia, pues también la Iglesia «es
llamada madre y virgen», con profunda justificación bíblica y teológica.
La maternidad determina una relación única e irrepetible entre dos
personas: la de la madre con el hijo y la
del hijo con la Madre. Aunque una mujer sea madre
de muchos hijos, su relación personal con cada uno caracteriza
la maternidad en su misma esencia, pues cada hijo es
concebido de un modo único. Cada hijo es querido por
el amor materno, y sobre él se basa su formación
y maduración humana. Lo mismo ocurre en el orden de
la gracia, que en el de la naturaleza. Así se
comprende que Cristo en el Calvario expresara en la cruz,
la nueva maternidad de su madre en singular, dirigida a
un hombre, Juan: «Ahí tienes a tu hijo».
Maria madre de
Cristo, de Juan y de todos
El Redentor confía su madre
al discípulo y, se la da como madre. La maternidad
de María, es un don que Cristo mismo hace personalmente
a cada hombre. El Redentor confía María a Juan, en
la medida en que confía Juan a María. A los
pies de la Cruz comienza aquella especial entrega del hombre
a la Madre de Cristo. Cuando Juan en su evangelio,
después de haber recogido las palabras de Jesús en la
Cruz a su Madre y a él mismo, añade: «Y
desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa»
(Jn 19,27). A él se atribuye el papel de hijo
y él cuidó de la Madre del Maestro amado y
se entregó, lo que expresa la relación íntima, como la
respuesta al amor de la madre.
Maria Madre de la
Iglesia
La dimensión mariana de los discípulos de Cristo se manifiesta
en la entrega filial a la Madre de Dios, iniciada
con el testamento del Redentor en el Gólgota. Entregándose filialmente
a María, el cristiano, como el apóstol Juan, «acoge» a
la Madre de Cristo y la introduce en todo el
espacio de su vida interior, en su «yo» humano y
cristiano: «La acogió en su casa» Así el cristiano, entra
en el radio de acción de la «caridad materna», con
la que la Madre del Redentor «cuida de los hermanos
de su Hijo», «a cuya generación y educación coopera». Esta
relación filial, esta entrega de un hijo a la Madre
tiene su comienzo en Cristo y se orienta a él,
pues María sigue repitiendo a todos las mismas palabras de
Caná de Galilea: “Haced lo que él os diga”. María
es la primera que «ha creído», y con esta fe
suya de esposa y de madre quiere actuar sobre todos
los que se entregan a ella como hijos. Y cuanto
más perseveran los hijos en esta actitud y avanzan en
la misma, tanto más María les acerca a la «inescrutable
riqueza de Cristo» (Ef 3, 8). Y de la misma
manera ellos reconocen cada vez mejor la dignidad del hombre
en toda su plenitud, y el sentido definitivo de su
vocación, porque «Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre».
(Redemptoris Mater).
Conclusión
El Eterno Padre sufre misteriosamente viendo a su Hijo
sufrir agonizando y sintiéndose en el infierno tras un muro
negro de su Dios amado sin límites, que le ha
abandonado, es su infierno; el Espíritu Santo, Esposo de María
por cuya sombra ha sido concebido el Amor de ambos
y el Hijo de ella, sufre, siendo eternamente feliz, tan
misteriosamente que nos resulta abismo insondable. El Hijo sufre física
y espiritualmente, nos resulta corto el lenguaje para expresarlo, y
nosotros, pobres pigmeos, nos hemos creado una Iglesia sin misterio,
una Iglesia a nuestra medida, una Iglesia supermercado, que nos
provee de lo espiritual y también pretendidamente, en concretos sectores,
de lo material, sin atisbar más horizonte que las necesidades
terrenas que pretenden solucionar vendiendo el Vaticano, sin tener en
cuenta que Jesús sólo una vez multiplicó los panes y
que dejó dicho que a los pobres siempre los tendréis
con vosotros y que hay otra pobrezas que son más
sustanciales; y queremos y predicamos una iglesia que no cuente
con el sufrimiento ni con la cruz y queremos mantenernos
y nos mantenemos pasivos esperando que nos lo den todo
hecho sin arrimar nuestros hombros al trabajo del cultivo del
hombre interior y siempre alertas para observar y criticar cuando
no somos capaces de levantar ni un alma del pecado,
ni de corregir un gramo de soberbia o de avaricia
propios, o de vencer un átomo por intolerancia y falta
de la virtud de la paciencia, ¿se escuchan muchos discursos
y se escriben mucho artículos que nos hablen de virtudes
y de vicios y de pecados?.
El Padre sufre, el Hijo
sufre indeciblemente el Espíritu sufre misteriosamente, María sufre indeciblemente viendo
al samaritano, la humanidad, caída y nosotros estamos esperando a
que ellos lleven la carga y nos saquen las castañas
del fuego sin tocar nosotros ni con la punta del
dedo la parte de nuestra cruz que configura el misterio
de la Iglesia y que es nuestra vocación de santidad.
La Virgen de los Dolores nos ayude a despertar del
letargo y a bregar mar adentro, como murió pidiéndonos Juan
Pablo II que sí supo cargar con su cruz hasta
la muerte, sumergiendo al mundo en el conocimiento de la
Cruz y del amor de la Virgen de los Dolores,
tanto más exaltada en sus gloriosos dolores, cuanto más abundantes,
amargos y angustiosos, la atormentaron.
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