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Autor: P. Eduardo María Volpacchio | Fuente: Algunas respuestas Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados.
El perdón es algo que se recibe.
Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados.
Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la
presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos
limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y
como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados.
Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte,
tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San
Juan dice que "si decimos que no tenemos pecado, nos
engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos
nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros
pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no
hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está
en nosotros" (1 Jn 1,9-10).
De aquí que una de las
cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir "deshacernos"
de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas
malas que hemos hecho o de las que hemos hecho
mal? Esta es una de las principales tareas que tenemos
entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es
bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está
sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de
nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?
No se puede volver al pasado,
para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra
vida con su perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el
punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar
muy importante en nuestras relaciones con Dios.
Como respeto nuestra libertad,
el único requisito que exige es que nosotros queramos ser
perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el
arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide
que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran
regalo que Dios nos ha hecho.
En su misericordia infinita nos
dio un instrumento que no falla en reparar todo lo
malo que podamos haber hecho. Se trata del sacramento de
la penitencia. Sacramento al que un gran santo llamaba el
sacramento de la alegría, porque en él se revive la
parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta
en los corazones de quienes lo reciben.
Así nuestra vida se
va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un
Padre bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin
enojos, broncas, etc. Premia lo bueno y valioso que hay
en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona. Es uno
de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en
nuestra vida todo tiene arreglo, incluso las peores cosas pueden
terminar bien (como la del hijo pródigo) porque Dios tiene
la última palabra: y esa palabra es de amor misericordioso.
La
confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural:
consiste en un encuentro personal con la misericordia de Dios
en la persona de un sacerdote .
Dejando de lado otros
aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que confesarse es razonable,
que no es un invento absurdo y que incluso humanamente
tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los argumentos… pero más
allá de lo que la razón nos pueda decir, acudí
a Dios pidiéndole su gracia: eso es lo más importante,
ya que en la confesión no se realiza un diálogo
humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio
de la misericordia de Dios.
Algunas razones por las que tenemos
que confesarnos
1. En primer lugar porque Jesús dio a los
Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un
dato y es la razón definitiva: la más importante. En
efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: "Reciban el
Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les
quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les
quedarán sin perdonar " (Jn 20,22-23). Los únicos que han
recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les
dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados
a vos y a mí. Por tanto, cuando querés que
Dios te borre los pecados, sabés a quien acudir, sabés
quienes han recibido de Dios ese poder. Es interesante notar que
Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre
la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario
para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros
sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles
para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre
el pecado y sobre la muerte.
2. Porque la Sagrada Escritura
lo manda explícitamente: "Confiesen mutuamente sus pecados" (Sant 5,16). Esto
es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que
perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del
penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no
el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para
establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que
no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino
Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…)
a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer
para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote
por obediencia a Cristo.
3. Porque en la confesión te encontrás
con Cristo. Esto debido a que es uno de los
siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia.
Te confesás con Jesús, el sacerdote no es más que
su representante. De hecho, la formula de la absolución dice:
"Yo te absuelvo de tus pecados" ¿Quien es ese «yo»?
No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que
perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El
sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo.
Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar
el pan dice "Esto es mi cuerpo", y ese pan
se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo
dice Cristo), cuando te confesás, el que está ahí escuchándote,
es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al
Señor sus oídos, su voz y sus gestos.
4. Porque en
la confesión te reconciliás con la Iglesia. Resulta que el
pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la
comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a
Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación
para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el
sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con
quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario
del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la
reconciliación no sería «completa».
5. El perdón es algo que «se
recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis
pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay
que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie
se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios…
sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo.
A nadie se le ocurre decir que consagra el pan
en su casa y se da de comulgar a sí
mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de
quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.
6. Necesitamos vivir en
estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye la
vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión.
Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:
a) porque
nos podemos morir… y no creo que queramos morir en
estado de pecado mortal… y acabar en el infierno.
b) porque
cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que
hacemos es meritoria cara a la vida eterna. Esto se
debe a que el principio del mérito es la gracia:
hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles
en off-side: no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto
hace relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos
que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo
bueno que hacemos sea inútil.
c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos
dice que quien lo come tiene vida eterna y quien
no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides
que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal.
La advertencia de San Pablo es para temblar: "quien coma
el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del
cuerpo y sangre del Señor. (…) Quien come y bebe
sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación"
(1 Cor 11,27-28). Comulgar en pecado mortal es un terrible
sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.
7.
Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de
nuestros errores es el primer paso de la conversión. Sólo
quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar.
8.
La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es
un hecho que habitualmente una persona después de confesarse se
esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que
pasa el tiempo, va aflojando… se «acostumbra» a las cosas
que hace mal, o que no hace, y lucha menos
por crecer. Una persona en estado de gracia -esta es
una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en
pecado mortal tiende a pecar más fácilmente.
Otros motivos que hacen
muy conveniente la confesión
a) Necesitamos paz interior. El reconocimiento de
nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz
interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde,
haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa
está en condiciones de liberarse de ella.
b) Necesitamos aclararnos a
nosotros mismos. La confesión nos "obliga" a hacer un examen
profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos
pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la
confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.
c) Todos
necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso
de la terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en
hacer hablar al "paciente"? Y te cobran para escucharte… y
al "paciente" le hace muy bien. Estas dos profesiones han
descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió
hace muchos siglos (en realidad se lo enseñó Dios). El
decir lo que nos pasa, es una primera liberación.
d) Necesitamos
una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno
mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no
está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de
que es bueno, etc. Cuando tenemos que contar los hechos
a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen
todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con
la realidad que somos.
e) Todos necesitamos perspectiva. Una de las
cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo.
Cuando "salimos" de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva
necesaria para juzgarnos con equidad.
f) Necesitamos objetividad. Y nadie es
buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden
perdonar los pecados a todas las personas del mundo… menos
a una: la única persona a la que un sacerdote
no puede perdonar los pecados es él mismo: siempre tiene
que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio
y no podía privar a los sacerdotes de este gran
medio de santificación.
g) Necesitamos saber si estamos en condiciones de
ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para el perdón
o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar
que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo.
h) Necesitamos saber
que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y
otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de
que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la
confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha
sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de
Cristo.
i) Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal
más que una obligación es un derecho: en la Iglesia
tenemos derecho a la atención personal, a que nos atiendan
uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar nuestros
problemas y pecados.
j) Hay momentos en que necesitamos que nos
animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de bajoneo, pesimismo,
desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse
en sí mismo solo empeora las cosas…
k) Necesitamos recibir consejo.
Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar
en las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que
nos ayuden.
l) Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad
de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión recibimos formación.
Algunos
motivos para no confesarse
1. ¿Quién es el cura para perdonar
los pecados…? Sólo Dios puede perdonarlos. Hemos visto que el Señor
dio ese poder a los Apóstoles. Además, permitime decirte que
ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio…
Es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba
los pecados… (podés mirar Mt 9,1-8).
2. Yo me confieso directamente
con Dios, sin intermediarios. Genial. Me parece bárbaro… pero hay algunos
peros… Pero… ¿cómo sabés que Dios acepta tu arrepentimiento y te
perdona? ¿Escuchás alguna voz celestial que te lo confirma? Pero… ¿cómo
sabés que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás
cuenta que no es tan fácil… Una persona que robara
un banco y no quisiera devolver el dinero… por más
que se confesara directamente con Dios… o con un cura…
si no quisiera reparar el daño hecho -en este caso,
devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma
no quiere "deshacerse" del pecado. Este argumento no es nuevo… Hace
casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba
como vos: "Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a
Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que
atareis en la tierra, será atado en el cielo»?.¿Acaso les
fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de
los cielos sin necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos
inútil la palabra de Cristo."
3. ¿Porque le voy a decir
los pecados a un hombre como yo? Porque ese hombre no
un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los
pecados (el sacramento del orden). Esa es la razón por
la que vas a él.
4. ¿Porque le voy a decir
mis pecados a un hombre que es tan pecador como
yo? El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si
es menos, igual o más pecador que vos…. No vas
a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te
puede dar al absolución, poder que tiene por el sacramento
del orden, y no por su bondad. Es una suerte
-en realidad una disposición de la sabiduría divina- que el
poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad
personal del sacerdote, cosa que sería terrible ya que uno
nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar… Además,
el hecho de que sea un hombre y que como
tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en
carne propia lo que es ser débil, te puede entender
mejor.
5. Me da vergüenza… Es lógico, pero hay que superarla. Hay
un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo,
tanto mayor será la paz interior que consigas después de
decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te confesás poco…, en
cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superás esa vergüenza. Además,
no creas que sos tan original…. Lo que vas a
decir, el cura ya lo escuchó trescientas mil veces… A
esta altura de la historia… no creo que puedas inventar
pecados nuevos… Por último, no te olvides de lo que nos
enseñó un gran santo: el diablo quita la vergüenza para
pecar… y la devuelve aumentada para pedir perdón… No caigas
en su trampa.
6. Siempre me confieso de lo mismo… Eso no
es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha
cometido… y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre
más o menos los mismos… Sería terrible ir cambiando constantemente
de defectos… Además cuando te bañás o lavas la ropa,
no esperás que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías
tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo
tipo… Para querer estar limpio basta querer remover la mugre…
independientemente de cuán original u ordinaria sea.
7. Siempre confieso los
mismos pecados… No es verdad que sean siempre los mismos pecados:
son pecados diferentes, aunque sean de la misma especie… Si
yo insulto a mi madre diez veces… no es el
mismo insulto… cada vez es uno distinto… No es lo
mismo matar una persona que diez… si maté diez no
es el mismo pecado… son diez asesinatos distintos. Los pecados
anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón
de los "nuevos", es decir los cometidos desde la última
confesión.
8. Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados
que confieso… El desánimo, puede hacer que pienses: "má si…, es
lo mismo si me confieso o no, total nada cambia,
todo sigue igual". No es verdad. El hecho de que
uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse.
Uno que se baña todos los días… se ensucia igual…
Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre…
y está bastante limpio. Lo mismo pasa con la confesión.
Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir
sacándose de encima los pecados… hace que sea mejor. Es
mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.
9.
Sé que voy a volver a pecar… lo que muestra
que no estoy arrepentido Depende… Lo único que Dios me pide
es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora,
en este momento quiera luchar por no volver a cometerlo.
Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos… ¿Qué va
a pasar en quince días? No lo sé… Se me
pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de
rechazar el pecado. El futuro dejalo en las manos de
Dios…
10. Y si el cura piensa mal de mi… El sacerdote
está para perdonar… Si pensara mal, sería un problema suyo
del que tendría que confesarse. De hecho siempre piensa bien:
valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus
pecados, no es por él… sino porque vos crees que
representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc.
Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar
pecados, gratis -sin ganar un peso-, durante horas, … si
no se hace por amor a las almas… no se
hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha
con atención… es porque quiere ayudarte y le importás… aunque
no te conozca te valora lo suficiente como para querer
ayudarte a ir al cielo.
11. Y si el cura después
le cuenta a alguien mis pecados… No te preocupes por eso.
La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena
más grande que existe en el Derecho Canónico -la ex-comunión-
al sacerdote que dijese algo que conoce por la confesión.
De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que
han muerto por no revelar el contenido de la confesión.
12.
Me da fiaca… Puede ser toda la verdad que quieras, pero
no creo que sea un obstáculo verdadero ya que es
bastante fácil de superar… Es como si uno dijese que
hace un año que no se baña porque le da
pereza…
13. No tengo tiempo… No creo que te creas que en
los últimos ___ meses… no hayas tenidos los diez minutos
que te puede llevar una confesión… ¿Te animás a comparar
cuántas horas de TV has visto en ese tiempo… (multiplicá
el número de horas diarias que ves por el número
de días…)?
14. No encuentro un cura… No es una raza en
extinción, en Argentina hay varios miles. Agarrá la guía de
teléfono (o llamá a 110). Buscá el teléfono de tu
parroquia. Si ignorás el nombre, buscá por el obispado, ahí
te dirán… Así podrás saber en tres minutos el nombre
de un cura con el que te podés confesar… e
incluso perdirle una hora… para no tener que esperar.
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