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Autor: Jesús Sáiz Luca de Tena y Mercedes Soto Falcó | Fuente: Arbil Las agresiones a la religión católica ¿de dónde vienen?
Las agresiones a la religión católica en los medios de comunicación y por todas partes. ¿Qué hay detrás? ¿Cómo reaccionar?
Las agresiones a la religión católica ¿de dónde vienen?
Tras una introducción previa, el artículo trata sobre los ataques
que sufre la Religión Católica, de donde vienen éstos, sus
autores, sus víctimas, quienes apoyan estos ataques, las motivaciones de
esos ataques, las tácticas con que se desarrollan, como esos
ataques permanecen impunes, como se defiende y como debiera hacerlo
y propuestas para solucionar el problema.
Ante una realidad que nadie
discute de agresiones permanentes a la Iglesia, a sus dogmas,
a sus instituciones, a sus ministros y a su estética,
los católicos no podemos ni debemos permanecer insensibles o pasivos.
Debemos reaccionar buscando los canales adecuados para hacemos escuchar, defendiéndonos
de estos ataques y difundiendo los valores del Evangelio en
todos los ámbitos donde transcurre la vida del hombre.
Debido a
que por un lado los medios de comunicación son un
campo difícil y competitivo y por otro que los católicos
arrastramos todavía un habito adquirido de una situación histórica ya
pasada de no haber tenido que luchar para que nuestros
principios cristianos fueran socialmente reconocidos, nos encontramos ante un gran
desafío. Hemos de tomar conciencia de nuestra escasa preparación para
responder a esta nueva situación y evitar el inhibimos a
la hora de entrar en los sucesivos debates que se
vayan planteando.
Estamos profundamente convencidos de que hoy en día ninguna
sociedad puede prescindir de los medios de comunicación, del gran
adelanto que estos significan y de la gran labor que
desempeñan o deberían desempeñar en su adecuado desarrollo social y
democrático. Es claro también que pueden convertirse en instrumentos de
manipulación, de odio, mentira, calumnia, y encubrimientos al servicio de
intereses económicos y políticos ilícitos de determinados sectores o personas.
En este caso en vez de informar, desinforman y en
vez de formar, deforman. Se trata de la ambivalencia de
muchos de los progresos técnicos del hombre, cuya bondad o
maldad viene dada por el uso que se haga de
ellos y por los fines a los que se dediquen.
En
un mundo que se ha hecho pequeño por la rapidez
con que la información viaja de un extremo al otro,
su difusión y la transmisión de las ideas es también
inmediata y fácil por lo que se puede hablar de
globalización del pensamiento. No es un disparate decir que los
medios de comunicación son actualmente para muchos los principales educadores
inspirando comportamientos, estilos de vida, y maneras de comprender el
mundo y al hombre. Hoy en día se delega en
estos medios algo tan personal como es la capacidad de
pensar por uno mismo. El hombre ya no piensa, es
pensado desde fuera. La televisión, la radio, la prensa, Internet
se convierten así en las primeras instancias morales, dictan lo
que esta bien y lo que esta mal, lo feo
y lo bello, lo que debe hacerse o permitirse y
lo que no. Se acaba viviendo a base de unas
pocas ideas o tópicos que se repiten hasta la saciedad
sin que nadie los someta a un análisis riguroso para
averiguar de donde vienen, *a que intereses o intenciones responden
y si responden a la verdad.
Tampoco se puede olvidar el
gran el uso que de estos medios hacen los niños
y los jóvenes, sin tener en muchísimos casos la preparación
necesaria para desarrollar frente a ellos el necesario espíritu crítico
. De esta forma estos medios van moldeando sus criterios,
conductas y vida y la visión que de ella van
adquiriendo, habiendo delegado los padres en ellos la responsabilidad de
educadores prioritarios de sus hijos.
La Iglesia reconoce en los medios
de comunicación social unos grandes aliados para su tarea evangelizadora.
Ha utilizado el término de primer "areópago" para referirse a
ellos en el sentido de que son el primer lugar
de propagación y transmisión de las ideas.
A lo largo de
su historia la Iglesia siempre se ha servido para transmitir
el mensaje de salvación de los medios de comunicación disponibles
en cada época. Así desde la antigüedad se sirvió del
arte, la pintura o la escultura en pórticos, fachadas, retablos
y manuscritos iluminados, es decir de la imagen, por dirigirse
prácticamente siempre a una población en su mayoría analfabeta.
Cuando se
inventó la imprenta, la iglesia igualmente utilizó ese medio de
transmisión para difundir su doctrina a través de libros y
demás textos escritos.
Actualmente se da una proliferación de enorme variedad
y posibilidades de medios de comunicación, cine, vídeo, teatro..etc de
los que la Iglesia, que somos todos, siguiendo su tradición
histórica, debe servirse cada vez más para cumplir su misión
pastoral.
Ahora bien, si es verdad que los medios de comunicación
pueden ser para la Iglesia grandes aliados en su misión
evangelizadora, también lo es, como hemos dicho al comienzo, que
se pueden convertir en grandes adversarios cuando son utilizados como
arma contra ella, como desgraciadamente está ocurriendo con demasiada frecuencia.
Raro
es el día que pasa que no veamos en alguno
de estos medios cómo la Iglesia, sus ministros o sus
declaraciones son objeto de visiones deformadas o desinformadas, juicios apresurados,
o silencios cómplices ante ataques desmesurados o mentiras manifiestas. Ya
Cristo anunció a sus discípulos que serían perseguidos, hecho que
a lo largo de la historia nunca ha dejado de
ocurrir.
La diferencia con el pasado es que hoy al producirse
esta persecución y ataques con los instrumentos mediáticos modernos, tienen
una resonancia mucho mayor pues llegan rápidamente a todo el
mundo y a todas partes. Utilizando fórmulas sensacionalistas y de
escaso contenido y rigor se crea con mucha facilidad un
estado de opinión pública errónea y contraria a la Iglesia
que posteriormente es muy difícil corregir. Y esto una y
otra vez contribuye eficazmente a denigrar y a poner bajo
sospecha a la Iglesia cada vez que surgen cuestiones que
la atañen directa o indirectamente. Una cosa es el disentir
o la crítica razonada y otra es el sectarismo y
la tendenciosidad. Los ataques
Lo primero que hemos de precisar es la
identidad de los autores de estos ataques. Los encontramos dentro
y fuera de la Iglesia. Desde dentro:
- Algunos teólogos y asociaciones
de teólogos así como algunos sacerdotes que disienten en ocasiones
con la enseñanzas de la Iglesia.
- Ciertos movimientos que se
sitúan en la frontera de la ortodoxia.
- Algunos de los
cristianos que son responsables de la organización, y programación de
programas en radio y televisión, como son informativos, entrevistas, conferencias,
debates; columnistas, periodistas, escritores intelectuales y también artistas que escriben
en los periódicos o participan en dichos programas, debates... etc.
-
Muchos de nosotros que somos miembros de la iglesia, y
callamos o permitimos estos ataques.
Desde fuera:
- personas que se declaran
no creyentes o al margen de la Iglesia y que
tienen acceso, utilizan o trabajan en cualquiera de los medios
de comunicación.
- Sectas manifiestamente hostiles a la Iglesia Católica.
Sobre quienes
recaen estos ataques:
- la iglesia, en sus dogmas, declaraciones o
documentos, instituciones, estética, liturgia, devociones y tradiciones.
- Los ministros, religiosos
y religiosas, miembros de la jerarquía y en especial S.S.
el Papa. Soportes de estos ataques
Aunque ya los hemos mencionado en
el punto anterior, nos estamos refiriendo a los diferentes medios
de comunicación de los que se sirven los que llevan
a cabo las agresiones que venimos denunciando, tales como son:
diarios, revistas, radio, televisión, Internet, sin olvidar su relación con
el mundo de la literatura, el arte, el cine y
el teatro, a los que sirven como caja de resonancia.
Los
ataques aparecen tanto en información general, artículos de opinión, editoriales,
columnas, como en entrevistas, debates, mesas redondas, programas de humor. Se
da la paradoja que muchos de estos medios de comunicación
son propiedad de personas próximas a la religión o al
menos no contrarias. Los que manipulan, hacen o deshacen son
los llamados profesionales de la comunicación, empleados y pagados por
los dueños de esos medios. Motivaciones de esos ataques
Todas estas agresiones
¿son fruto de un anticlericalismo sin más, del que en
España, por cierto, hay una larga tradición? ¿Responden a experiencias
personales negativas que no han podido digerirse? ¿Obedecen a un
pasado histórico sobre el que todavía no se es capaz
de tener una visión objetiva?
Sin duda y debido al peso
que la Iglesia Católica sigue teniendo en España, sus posiciones
en determinadas cuestiones siguen siendo incómodas para muchos, que desearían
una Iglesia más permisiva y condescendiente. La denuncia sistemática de
las bolsas de pobreza de nuestro país, del escándalo del
enriquecimiento fraudulento de algunas personas o entidades, su desacuerdo con
la prácticamente nula política de protección y ayuda a la
familia, la promoción de una educación que favorece la promiscuidad
entre los jóvenes, la falta de protección a la vida
desde su concepción... etc molesta y mucho.
La Verdad con mayúscula
no tiene mucha aceptación en sociedades hedonistas y materialistas, ni
en el entramado de intereses políticos y económicos por las
que estas se mueven. Tiene bastante lógica que ante el
relativismo imperante donde ninguna verdad es definitiva y absoluta y
la opinión de la mayoría es ley, la popularidad de
la Iglesia en ciertos medios ande en cotas muy bajas. Tácticas
Analicemos
ahora algunas de las estrategias que se utilizan para llevar
a cabo estas agresiones.
Se niega a la Iglesia el derecho
de defenderse, y cuando lo hace se la tacha de
victimismo, de cultivar la cultura de la queja, o de
repetición de tics extemporáneos. En definitiva se ridiculiza su derecho
a defenderse, lo que no se hace con ninguna otra
institución.
Se parte de posiciones que presuponen la culpabilidad de la
Iglesia a la que se exige todo tipo de explicaciones.
Arrogarse
el derecho absoluto de establecer lo que está bien y
lo que está mal en contra de la opinión de
la Iglesia. Se erigen en jueces infalibles resolviendo muchas veces
las cuestiones más arduas por medio de juicios sumarísimos. Negar que
la Iglesia pueda tener sus propias normas.
Poner en tela de
juicio su doctrina, frecuentemente en base a declaraciones de personas
de cierta popularidad que no están en posición de poder
opinar y no dejan sino entrever su profunda ignorancia sobre
las cuestiones religiosas tratadas.
Como desde el campo de la doctrina
se carece de argumentos serios para ir contra la Iglesia,
se recurre a la ironía, la burla, el sarcasmo, el
descrédito, el desprecio y la desacralización. Esto se da también
mucho en programas de televisión donde con una absoluta falta
de respeto a la sensibilidad religiosa de muchas personas, se
trata de forma frívola y superficial a personas de la
jerarquía de la iglesia, o temas específicamente religiosos.
Negarse a considerar
que la Iglesia deba opinar sobre cuestiones temporales. Se pretende
relegar la fe y la doctrina católicas, así como la
práctica de la religión, a la esfera de lo privado,
eliminándolas lo más posible de la esfera pública. Parecería un
intento de hacerla volver al tiempo de las catacumbas.
Favorecer la
diatriba contra la Iglesia en forma de apoyo a los
que disienten abiertamente contra ella, ya sean personas individuales o
movimientos sociales.
Sistemática asociación de lo que peyorativamente llaman nacionalcatolicismo con
el franquismo. Se ignora, o se silencia el hecho de
las numerosísimas iglesias profanadas e incendiadas durante nuestra contienda civil
o no se quiere atribuir la condición de mártires a
las miles de personas que murieron en ella sólo a
causa de su condición de obispos, sacerdotes, religiosos o religiosas
o de ser simplemente cristianos confesos.
Identificar progreso con el permitir
el aborto, la eutanasia, matrimonios de homosexuales, ordenación de las
mujeres, equiparación de las uniones de hecho a las formas
de familia tradicional ...etc y tachar de reaccionaria la postura
de la Iglesia que manifiesta su disconformidad con ellas.
Se practica
la cicatería en el elogio o en el reconocimiento de
la labor positiva de la Iglesia a favor de los
más desfavorecidos, en educación, con los enfermos, en la promoción
de los valores sociales y económicos y en la defensa
a ultranza de todos aquellos valores en los que se
asienta la dignidad humana.
Se hace uso de una calculada ambigüedad
a la hora de tratar determinados temas que tienen que
ver con la Iglesia. Se da una de cal y
otra de arena, manifestando como un temor a ponerse completamente
de parte de ella, quedando de manifiesto esa tibieza evangélica
tan frecuente en los medios cristianos de hoy.
Tomar la excepción,
el pecado o error de algunos como la norma general
dentro de la iglesia. Se hipertrofian deliberadamente las excepciones.
Coger un
tema que perjudique a la Iglesia y apurarlo hasta el
límite en artículos, editoriales, entrevistas.
Se recurre con frecuencia a la
calumnia, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la
información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica
de que se sabe que una vez vertida una información
negativa sobre algo o alguien, cosa que es muy fácil,
demostrar la verdad requiere un gran esfuerzo y tiempo y
gran parte del daño queda hecho de todas maneras. Las
rectificaciones se hacen en pocas ocasiones y frecuentemente de manera
solapada en un pequeño recuadro en no se sabe que
página.
Una forma de ataque más sutil que las habituales pero
de mayores efectos a la larga, es denigrar de forma
indirecta la estética tradicional de la iglesia. Si las ideas
de Belleza y Bondad fueron consideradas siempre como un reflejo
de la Belleza y Bondad divinas, ahora se procura eliminar
esta inspiración sustituyéndola por el feismo gratuito e intrascendente o
recurriendo a tácticas esperpénticas. Un ejemplo reciente lo tenemos en
el supuesto rostro de Jesús confeccionado por un sedicente antropólogo
y que los medios de comunicación se apresuraron a publicar. Impunidad
de los ataques
Es clara la gran pasividad de los católicos
ante todos estos hechos que de una manera progresiva se
han ido instalando en nuestra vida cotidiana. Nos hemos ido
acostumbrando a convivir con ellos y muchas veces los observamos
hasta en clave de humor. No nos damos cuenta que
con nuestra falta de reacción nos hacemos culpables de que
los fundamentos cristianos sobre los que se ha ido tejiendo
nuestra historia y cultura con sus gestas heroicas y tragedias,
con sus aciertos y equivocaciones, con sus épocas de esplendor
y decadencias, van siendo minados. Se nos sustrae el alma
de nuestra cultura y quedamos impasibles ante la consecuencia de
su inevitable decadencia y las repercusiones que ello trae.
Pareciera que
predomina una actitud de resignación ante lo que se considera
inevitable o de obligado tributo que habría que pagar al
progreso de nuestras sociedades aconfesionales en las que al final
parece que todo vale. Y la paradoja es que precisamente
en unas sociedades saturadas por la variedad de medios de
comunicación, y por tanto de canales para hacer llegar a
la opinión pública nuestra voz, los católicos permanecemos en gran
parte mudos, facilitando la impunidad de estas agresiones constantes.
Es claro
que los medios de comunicación social protagonizan un constante bombardeo
contra la concepción cristiana de la vida y del hombre
cuando promueven esta política de ataques mas o menos directos
contra la Iglesia. Contribuyen al establecimiento de una atmósfera cada
vez mas contraria a los valores del humanismo cristiano, y
a la acentuación de ese vacío existencial que amenaza al
hombre de hoy, y que es origen de tantas lacras
en las nuevas generaciones tales como las drogas, la promiscuidad
sexual, el alcohol, las enfermedades mentales, la incapacidad para mantener
la fidelidad conyugal...etc.
Como cristianos tenemos pues, que ser conscientes de
la trascendencia que supone nuestra pasividad ante estos hechos. Si
queremos de verdad sociedades mas justas, y libres donde el
hombre pueda desarrollarse plenamente como tal y creemos que en
el mensaje de salvación cristiano esta la clave para que
así sea, no podemos asistir inermes a los ataques a
nuestra religión y a nuestra Iglesia, vengan de donde vengan.
Si estos ataques permanecen impunes es responsabilidad de todos el
que así sea. Y si no miremos a otras sociedades
o grupos de creyentes. Sin elogiar posturas extremas, ¿qué pasa
cuando un medio de comunicación social se mete contra los
judíos o musulmanes? La reacción suele ser contundente social y
económicamente (casos IBM, Telefónica, o BBC) y la retractación por
parte de quien ha hecho el ataque, inmediata.
Si se declara
delito el antisemitismo ¿por qué no también el anticatolicismo o
el ataque a otra religión cualquiera? No se puede confundir
la tolerancia y el respeto a otras creencias con la
indefensión y la falta de exigencia de respeto a las
propias. Defensas
Cabe ahora preguntarse cómo nos defendemos y cómo se defiende
la Iglesia ante estos ataques. Sin duda los católicos nos
podríamos hacer acreedores en muchísimas ocasiones de aquellas palabras con
que Jesús acababa la parábola del administrador infiel: « los
hijos de este mundo son más astutos con los de
su generación que los hijos de la luz»(Lc.16, 8). Es
claro que ante el acoso y críticas poco rigurosas a
las que en muchas ocasiones es sometida nuestra Iglesia no
ofrecemos una adecuada respuesta y estrategia.
En primer lugar se tarda
mucho en responder. La contestación llega cuando en los medios
de comunicación se lleva hablando días o semanas sobre el
tema en cuestión. Se han divulgado ya toda una serie
de pareceres de la más variada procedencia, sobre una información
que muchas veces es parcial e incompleta, y que hábilmente
manipulada consigue dar una imagen en algunos casos muy desfavorable
de la Iglesia, sus ministros o de sus actuaciones.
Cuando se
responde se hace frecuentemente sin mucha contundencia, con un lenguaje
poco asequible para el hombre de la calle. Se utilizan
largos y densos comunicados, poco atractivos, que no captan el
interés o la atención de lector u oyente. Al final
solo un reducidísimo grupo de personas es el que se
los lee o escucha hasta el final. Se suele tratar
de los ya convencidos, de ninguna manera de los que
no lo están.
Se echa de menos también el que a
la hora de contestar en favor de las posturas de
la iglesia prácticamente siempre sean los obispos o algún ministro
ordenado los que lo hacen y no laicos, preparados en
el campo de las comunicaciones sociales, que puedan ser sus
portavoces. Pareciera que no hay casi laicos en la iglesia
que esten preparados para salir a la calle para dialogar,
argumentar, y defender las posturas, opiniones o pensamiento de la
Iglesia en las distintas cuestiones planteadas. Vaya aquí en el
campo de las excepciones nuestro homenaje y gratitud al comentario
semanal de «Gonzalo de Berceo» en el Alfa y Omega.
Tampoco
se consigue que los numerosos movimientos y asociaciones de fieles
laicos dentro de la iglesia logren hacer escuchar una voz
unitaria frente a estos ataques. Hay que tener en cuenta
que todos ellos reúnen a un gran número de personas
y que podrían tener una presencia muchísimo mayor y activa
en los medios de comunicación. Se evitaría así que la
defensa frente a estos ataques quedara circunscrita a charlas en
una sala de conferencias o a quejas en la sobremesa
en la propia casa.
La consecuencia de todo esto es que
se produce una sensación de desánimo, resignación, impotencia y desorientación
entre los católicos, que acostumbrados ya a las permanentes agresiones,
acaban por creerse todo lo que les cuentan los medios
de comunicación, incapaces de formarse una opinión que responda a
la verdad de los hechos. Se va creando así una
especie de complejo de ser cristiano y de opinar en
cristiano. Parece que el serlo solo sirve para el ámbito
de lo privado, para el interior de las iglesias y
para unos nostálgicos de tradiciones pasadas pero inservibles para los
tiempos modernos.
De aquí a dejarse arrastrar por el relativismo moral
imperante en todos los campos hay muy poco trecho, porque
al enturbiarse el juicio, se acaba pensando que todas las
opiniones son igual de buenas y válidas. Propuestas
Como postura previa habría
que abandonar una permanente actitud defensiva que lleva aparejada siempre
una cierta debilidad de la Iglesia y la pérdida de
la iniciativa a la hora de hacer llegar sus propuestas,
explicar sus posturas y propiciar un diálogo que lleve a
un mayor y mejor entendimiento entre las distintas partes.
La iglesia
no puede ir siempre por detrás de las cuestiones que
salen a debate público y que la atañen directa o
indirectamente, ni esperar a que se hayan vertido contra ella
o contra sus actuaciones todo tipo de juicios y opiniones
muchas veces faltas de rigor y veracidad. Debe por el
contrario ir por delante, prever lo que va a saltar
a la actualidad, tener a punto sus comunicados para responder
de forma inmediata en todos los medios posibles, en un
plano de igualdad con los que no piensan como ella
o la critican.
Otra cuestión muy importante es la del lenguaje
o la forma de expresar su pensamiento en los medios.
Las respuestas tendrán que ser ágiles, claras , directas ,
concisas y oportunas, evitando que sus comunicados puedan parecer catequesis.
Ante una cuestión polémica no es necesario esperar a tener
elaborado un complejo documento con toda suerte de matizaciones. El
tiempo que se necesita para ello es perder el factor
oportunidad en la respuesta.
Para esto sería necesario crear o reforzar
si ya existe un equipo de comunicadores profesionales, capaces de
pulsar continuamente la opinión pública, y lo que se dice
o va a decir en los medios para poder tener
a punto los comunicados propios. Este equipo tendría que ser
algo así como un puente entre los obispos y la
gente de la calle, siendo capaces de traducir al lenguaje
corriente y de sintetizar el pensamiento de la iglesia en
un momento dado.
Desde aquí hacemos un llamamiento a los periodistas
y a las Facultades de Ciencias de la Comunicación para
que al igual que en los planes de estudio se
contempla la formación en temas económicos, políticos e históricos, se
incluya también la formación en cuestiones religiosas independientemente del credo
de cada uno. Estamos convencidos, como dijo recientemente Monseñor Foley
en Madrid que «un periodista no puede ser un buen
profesional sin apreciar la importancia de la religión en la
vida humana». Ello sin duda facilitará la comprensión de fenómenos
como los que estamos viviendo a propósito de los fundamentalismos,
así como de comprender mejor y en todo su alcance
las declaraciones de la Iglesia, en vistas a una mejor
información. Se evitaría de este modo el tener que recurrir
a tantos tópicos, y argumentos que han quedado completamente obsoletos
y que cualquier historiador con un mínimo de rigor y
honradez profesional podría desmontar con toda facilidad.
Siguiendo con las propuestas,
es necesario reforzar e incrementar la presencia de los católicos
en los medios de comunicación, tanto de forma permanente como
esporádica a través de los canales habilitados para ello (cartas
al director, colaboraciones, entrevistas ... etc.)
Creación y financiación de periódicos,
revistas, canales de televisión, y emisoras de radio que sean
propiedad de la Iglesia y de asociaciones católicas, en las
que la Iglesia pueda expresar de forma continuada su opinión
sobre cualquier tema. En el caso de las publicaciones escritas,
buscar el que sean asequibles económicamente
para todos y la forma
de darles una amplia difusión. Pedimos medios de comunicación católicos
y medios de comunicación respetuosos con lo católico.
Organización y participación
de los laicos en conferencias, debates, reuniones en los que
se analice, explique y argumente el pensamiento y las posturas
de la Iglesia en temas de actualidad.
Promover la unión de
movimientos y asociaciones de la Iglesia con el fin de
encontrar canales comunes a través de los que se pueda
hacer llegar a la opinión publica su voz unitaria.
Como medidas
de presión ante situaciones de agresión manifiesta a la Iglesia
proponemos: - recurrir a la aplicación de la legislación vigente por
medio de las oportunas denuncias. - Rechazar los medios hostiles a
la Iglesia, negándoles nuestra audiencia y seguimiento, así como las
marcas comerciales que los patrocinan.
Como conclusión de esta comunicación pedimos
ante estas agresiones: conocimiento a fondo de la situación denunciada;
reacción valerosa y oportuna ante ellas; búsqueda del criterio justo,
con la humildad suficiente para corregir los propios errores y
dejarse inspirar siempre por el máximo precepto evangélico: IN OMNIA
CHARITAS.
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