 |
| ¿Se Opone La Tradición A La Escritura? |
Referencia Introductoria: a pesar de que tratamos aquí esta objeción,
vuelvo a recordar que si un protestante o un miembro
de una secta derivada del protestantismo nos pide que respondamos
a una de sus preguntas u objeciones basadas en la
Biblia, antes de proceder hay que pedirle que él nos
demuestre con qué derecho usa la Biblia contra nuestra fe,
es decir, que nos demuestre –y por escrito sería mejor–
que la Biblia es Palabra de Dios y que solamente
debemos creer lo que dice la Biblia. Si no lo
hace, o no puede, o no quiere, entonces, simplemente digámosle
que tampoco nosotros le responderemos su objeción, puesto que él
no sabe por qué usa la Biblia.
La mayoría de las
cuestiones que tratamos en este libro forman parte de una
única y gran verdad; por esta razón muchos temas vuelven
a aparecer en los diferentes argumentos considerados. Si los volvemos
a ver, a pesar de haber sido ya mencionados, es
para profundizar un poco más en los mismos y avanzar
algo más en su entendimiento; pedimos disculpas, pues, de las
reiteraciones que se encontrarán en estas páginas.
Al analizar brevemente
la afirmación protestante según la cual “no hay más revelación
ni autoridad doctrinal que la contenida en la Biblia”, hemos
ya mencionado que esta doctrina no es bíblica. En ningún
lugar la Biblia dice eso; es
1 En todas las
respuestas siguientes reenviaré a esta “Referencia Introductoria”, que debe tenerse
siempre en cuenta al dialogar o responder objeciones a un
protestante o a un miembro de una secta cristiana más,
la Biblia dice lo contrario, como podemos leer en diversos
textos, algunos ya citados, como por ejemplo, cuando San Juan
escribe al final de su Evangelio: Hay, además de éstas,
otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se
escribiesen una por una, ni en todo el mundo creo
que cabrían los libros que se escribieran (Jn 21,25). Y
finalizando su tercera carta escribe: Muchas cosas tenía que escribirte,
mas no quiero escribirte con tinta y pluma; mas espero
verte pronto, y hablaremos de viva voz (3Jn 13-14). San
Pablo, por su parte, manda que se transmita lo que
se oyó: Lo que oíste de mí, garantizado por
muchos testigos, esto confíalo a hombres fieles, quienes sean idóneos
para enseñar a su vez a otros (2Tim 2,2); Conserva
sin detrimento la forma de las palabras sanas que de
mí oíste (2Tim 1,13). Por esto también nosotros hacemos gracias
a Dios incesantemente de que, habiendo vosotros recibido la palabra
de Dios, que de nosotros oísteis, la abrazasteis no
como palabra de hombre, sino tal cual es verdaderamente, como
palabra de Dios (1Tes 2,15); Os recomendamos, hermanos, en el
hombre de nuestro Señor Jesucristo, que os retraigáis de todo
hermano que ande desconcertadamente y no según la tradición
que recibieron de nosotros (2Tes 3,6).
Tal vez en
esto, como en muchas de las demás cuestiones que veremos
en las páginas que siguen, muchos protestantes de muy buena
fe se manejen a partir de una confusión en el
concepto de “tradición”. Jesucristo, en efecto, parece condenar “la tradición”
en su discusión con los fariseos y escribas. Cuando éstos
le acusan ¿Por qué tus discípulos traspasan la tradición de
los antepasados?; pues no se lavan las manos a la
hora de comer (Mt 15,2), Jesús les responde: Y
vosotros, ¿por qué traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra
tradición? Porque Dios dijo: Honra a tu padre y a
tu madre, y: El que maldiga a su padre o
a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros
decís: El que diga a su padre o a su
madre: “Lo que de mí podrías recibir como ayuda es
ofrenda”, ése no tendrá que honrar a su padre y
a su madre. Así habéis anulado la Palabra de Dios
por vuestra tradición. (Mt 15,3-6).
Una crítica semejante
encontramos en Marcos: Se reunieron junto a él los fariseos,
así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver
que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es
decir no lavadas, –es que los fariseos y todos los
judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el
codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al
volver de la plaza, si no se bañan, no comen;
y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como
la purificación de copas, jarros y bandejas–. Por ello, los
fariseos y los escribas le preguntan: “¿Por qué tus discípulos
no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino
que comen con manos impuras?”. Él les dijo: “Bien profetizó
Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me
honra con los labios, pero su corazón está lejos de
mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas
que son preceptos de hombres. Dejando el precepto de Dios,
os aferráis a la tradición de los hombres”. Les decía
también: “¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar
vuestra tradición! Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y
a tu madre y: el que maldiga a su padre
o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero
vosotros decís: Si uno dice a su padre o a
su madre: ‘Lo que de mí podrías recibir como ayuda
lo declaro Korbán –es decir: ofrenda–’, ya no le dejáis
hacer nada por su padre y por su madre, anulando
así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os
habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas”
(Mc 7,1-13).
Éstos son los dos únicos lugares del Nuevo
Testamento en que aparece la expresión griega paradosis presbyterôn ,
tradición de los antiguos o ancianos. San Pablo emplea una
vez el giro análogo de tradiciones humanas (cf. Col
2,8).
Nuestro Señor opone la Palabra de Dios no
a cualquier tradición, puesto que la Palabra de Dios se
transmite por tradición (incluso sólo de este modo en
determinadas épocas de la historia del pueblo elegido y luego
de la Iglesia), sino a lo que él llama “vuestras
tradiciones”: las de los escribas y fariseos, es decir, a
las tradiciones de las escuelas rabínicas, como se deja ver
en el ejemplo usado por el mismo Señor, que hace
referencia a una interpretación y enseñanza de los fariseos que
ponían por encima del cuarto mandamiento de Dios.
Pero en
la misma Biblia aparece indicado el valor de la tradición
que viene de los apóstoles y la obligación de seguirla,
como dice San Pablo: Sed mis imitadores, como lo soy
de Cristo. Os alabo porque en todas las cosas os
acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os
las he transmitido (1Co 11,1-2). La traducción protestante de
la Biblia de Reina-Valera traduce “instrucciones”, para evitar usar la
palabra “tradiciones”, término correcto para traducir la palabra empleada por
el apóstol (parédoka-parádoesis ) tradiciones que os transmití . ¿Por
qué se ha cambiado la Palabra de Dios? La palabra
griega para instrucciones es, entre otras, paideia , pero ésta
nunca sustituye a la palabra tradición. La palabra griega para
definir “tradición” es paradosis . Y el mismo Libro de
Concordancias sobre el Nuevo Testamento Griego-Español, compilado por Jorge G.
Parker y basado en la revisión de 1960 de la
Reina-Valera (editado por la editora protestante “Mundo Hispano”), reconoce en
su punto 3268 que la palabra paradosis es la
utilizada en el pasaje de 1Co 11,1-2. El cambio ha
sido hecho voluntariamente, por la incomodidad de esta expresión que
recuerda uno de los errores fundamentales del protestantismo. En otras
versiones protestantes la palabra tradición es cambiada por “doctrina”, pero
doctrina se expresa en los términos didascalia, didaje, heterodidaskaleo ,
los cuales no son empleados en este texto ni tampoco
sustituyen o suplen por “tradición”.
Cuando la Iglesia católica
enseña que la Revelación divina nos llega a través de
dos fuentes, la Sagrada Escritura (Biblia) y la Tradición, por
esta segunda no se refiere a las distintas interpretaciones u
opiniones de escuelas teológicas nacidas ya sea en los primeros
tiempos o a lo largo de la historia eclesiástica. Se
trata de la Tradición Apostólica, como se puede ver, por
ejemplo, en el Catecismo de la Iglesia católica: “la Tradición
de la que aquí hablamos es la que viene de
los apóstoles y transmite lo que éstos recibieron de las
enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron
por el Espíritu Santo”2 . Esto, incluso, es de sentido
común: toda nuestra fe se basa en la tradición o
transmisión que se remonta a los apóstoles. La misma Biblia
es parte de esa tradición. Los apóstoles no recibieron de
Jesús ningún libro escrito y la mayoría de los apóstoles
(todos los cuales recibieron el mandato de “ir y enseñar”
por todo el mundo) no escribieron nada, sólo predicaron; los
primeros cristianos no tuvieron en los primeros años ningún escrito,
comenzaron primero algunas cartas de los apóstoles, luego se pusieron
por escrito algunos de los Evangelios, y todo esto incluso
no llegaba a todos los cristianos; algunos conocían unos textos
y desconocían otros, o sabían de su existencia (como sabían
que los corintios o los efesios habían recibido cartas de
San Pablo pero no tenían copias). Muchos cristianos vivieron, crecieron
y murieron sin tener textos escritos; y muchos que podían
entrar en contacto con ellos, no encontraban ninguna utilidad en
los mismos por ser analfabetos y no poder leerlos. La
doctrina cristiana se transmitió, pues, de modo oral, como Tradición
(tradición, paradosis en griego, significa entrega, traspaso de una
doctrina). Al poner por escrito, algunos de ellos o sus
colaboradores (como Marcos respecto de la predicación de Pedro y
Lucas de la de Pablo), la enseñanza oral y la
(2 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 83.) transmisión
no se frenó. Es más, como ya hemos aducido más
de una vez, algunos de ellos, como Juan, se apuraron
a decir que no estaban en esos escritos contenidos todos
los hechos y dichos de Nuestro Señor, y que muchas
de las verdades enseñadas por Jesús preferían ellos mismos transmitirlas
oralmente (véanse los textos de Juan más arriba citados).
Los
Apóstoles confiaron ambas cosas, sus escritos (parte de la Biblia)
y sus enseñanzas orales, a la Iglesia, es decir, a
sus sucesores. Todo esto que fue confiado lo llamamos depósito
de la fe o depósito sagrado , usando las
expresiones de San Pablo (1Tim 6,20: Timoteo, guarda el depósito
; 2Tim 1,12-14: Estoy convencido de que –Dios– es poderoso
para guardar mi depósito hasta aquel Día. Ten por norma
las palabras sanas que oíste de mí en la fe
y en la caridad de Cristo Jesús. Conserva el buen
depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros ).
El Magisterio de la Iglesia, es decir, el oficio de
magisterio o enseñanza, que desempeñan principalmente los sucesores de los
Apóstoles (y de modo especial Pedro, como veremos más adelante)
no está por encima de lo que ha sido transmitido
sino que su función es conservar, enseñar (según el mandato
de Cristo, que no se agotó en los apóstoles), custodiar
y defender, e interpretar (como indica el mismo Pedro en
2Pe, 1,20-21: Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía
de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca
profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres
movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de
Dios ). La negación de una tradición como fuente de
autoridad divina y de su poder de interpretación autorizada de
la palabra de Dios, ha llevado a sus negadores a
interminables disputas y a la anarquía doctrinal, y, en algunos
casos, a la negación de todo dogma.
Los
escritos apostólicos y los libros que nosotros llamamos Antiguo Testamento
circularon (junto a otros escritos, algunos atribuidos equivocadamente a algún
apóstol, otros de algunos de los primeros Padres de la
Iglesia) por separado casi durante los primeros cuatro siglos. Recién
en el año 393 tenemos la más antigua –que conozcamos–
decisión oficial de la Iglesia católica (era la única que
existía), sobre la lista de los libros canónicos, indicando que
“al margen de las Escrituras canónicas no se transmita en
la Iglesia ningún otro libro como si fuese parte de
las Escrituras divinas”; y a continuación se da el catálogo
completo de los Libros Sagrados3 . Pocos años más tarde,
los obispos reunidos en el Concilio de Cartago (norte de
África) reiteraron este mismo canon, es decir, determinaron –con la
autoridad que ellos reconocían tener heredada de los Apóstoles– cuáles
escrituras eran Apostólicas y cuáles no4 . Ni Jesús ni
los Apóstoles habían dejado ninguna lista de los libros inspirados
por Dios; ni hacía falta, porque había dotado a su
Iglesia del poder de discernir infaliblemente en este tema. Los
obispos,
3 Se indica como anterior el Decreto Gelasiano
(cf. DS 179-180) en torno al año 382, atribuido por
algunos al Papa Dámaso I; pero hoy en día los
críticos suelen negar que se trate de un documento de
autoridad pública, como un concilio o un papa, sino de
una obra privada compuesta por un clérigo en la Galia.
Por tanto, tiene el valor del testimonio de la época,
pero no como fuente doctrinal.
4 El texto dice
lo siguiente: “Can. 36 (ó 47). [Se acordó] que, fuera
de las Escrituras canónicas, nada se lea en la Iglesia
bajo el nombre de Escrituras divinas, Ahora bien, las Escrituras
canónicas son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Jesús Navé, Jueces,
Rut, cuatro libros de los Reyes, dos libros de los
Paralipómenos, Job, Salterio de David, cinco libros de Salomón, doce
libros de los profetas, Isaías, Jeremías, Daniel, Ezequiel, Tobías, Judit,
Ester, dos libros de los Macabeos. Del Nuevo Testamento: Cuatro
libros de los Evangelios, un libro de Hechos de los
Apóstoles, trece Epístolas de Pablo Apóstol, del mismo una a
los Hebreos, dos de Pedro, tres de Juan , una
de Santiago, una de Judas, Apocalipsis de Juan. Sobre la
confirmación de este canon consúltese la Iglesia transmarina. Sea lícito
también leer las pasiones de los mártires, cuando se celebran
sus aniversarios” (DS, 213).
pues, definieron el canon de
la Biblia (la lista o catálogo de los libros inspirados
o canónicos). No queremos decir con esto –como equivocadamente interpreta
un protestante en un escrito que me enviara para refutar
la enseñanza católica– que la Iglesia haya decidido en estos
concilios cuáles libros son canónicos, sino que, habiendo aceptado en
forma pacífica durante casi 400 años el canon actual, por
vez primera se vio en la necesidad de dejar constancia
del mismo, prohibiendo la lectura en la Iglesia de otros
escritos. apelando a la Tradición de la Iglesia, Por este
motivo, quien duda de la Iglesia (de su autoridad sobre
el canon de la Biblia) termina por dudar de la
misma Biblia. San Agustín decía con razón: “no creería en
el Evangelio si no fuera por la Iglesia”5 .
Baste
lo dicho para comprender por qué la Tradición no se
opone a la Sagrada Escritura, y por qué tendríamos toda
la razón de responder a las preguntas protestantes (“¿dónde dice
la Biblia que...?”) diciéndoles: “¿Y por qué tendría que estar
necesariamente en la Biblia? ¿No puede estar, acaso en la
Tradición, donde estuvo también la Biblia antes de ser puesta
por escrito y antes de ser determinado qué era parte
de la Biblia y qué no lo era ?”. Ciertamente
que podríamos y en algunos casos debemos hacerlo, pero trataremos,
más para instrucción y enseñanza de los mismos católicos que
para conocimiento de nuestros hermanos protestantes, indicar el fundamento bíblico
de las principales verdades enseñadas por la Iglesia.
A quienes
deseen ampliar este tema (que no consideramos más que esbozado)
recomiendo la lectura del libro dirigido por Robert A. Sungenis,
“Not by Scripture Alone” (“No por la sola Escritura”)6
, especialmente el 5 San Agustín, Contra Epist. Manichaei,
ML 42,176s. 6 Robert A. Sungenis, Not by Scripture
Alone. A Catholic Critique of the Protestant Doctrine of Sola
Scriptura, Queenship Publishing Company, Santa Barbara CA, 1997, 629 páginas.
capítulo 5 escrito por el propio Sungenis, “Punto/Contrapunto: Objeciones
protestantes y Respuestas Católicas”, en donde el autor analiza y
responde 75 objeciones protestantes sobre este argumento (que yo considero
que podrían, en realidad, reducirse a muy pocas, porque muchísimas
de ellas objetan lo mismo pero desde diferentes enfoques o
con distintas palabras)7 .
Bibliografía: Yves Congar, Tradición, en: “Diccionario
de las Religiones”, Herder, Barcelona 1987, pp. 1768 ss.; L.
Billot, De Sacra Traditione, París 1904; L. Cerfaux, La tradition
selon S. Paul, “Vie Spirituelle Suppl.” (1953) 176-188; J. Daniélou,
Écriture et tradition dans le dialogue entre les chrétiens séparés,
“La Documentation Catholique” 54 (1957) 283; J. R. Geiselmann, Sagrada
Escritura y Tradición, Barcelona 1968; H. Holstein, La tradition dans
l´Église, París 1960; P. Lengsfeld, Tradición, Escritura e Iglesia en
el diálogo ecuménico, Madrid 1967; H. Lennerz, ¿Scriptura sola?, “Gregorianum”
40 (1959) 38-53; Id., Sine scripto traditiones; ibidem, 624-635; A.
Michel, Tradition, en “Dictionnaire de Théologie Catholique”, 15, col. 1252-1350;
V. Proaño Gil, Escritura y tradiciones, “Burgense” 3 (1960) 9-67.
En cuanto a autores protestantes que se acercan al concepto
católico de Tradición cf.: O. Cullmann, La Tradition, probléme exégétique,
historique et théologique, París 1955; M. Thurian, La tradition, “Verbum
Caro” 15 (1961) 49-98. Para los análisis griegos de todos
los temas uso principalmente: Franciscus Zorell, Lexicon Graecum Novi Testamenti,
Ed. Pontificio Instituto Bíblico, Romae 1990; Max Zerwick, Analysis Philologica
Novi Testamenti Graeci, Ed. Pontificio Instituto Biblico, Romae 1958. 7
Cf. Op. cit., Chapter 5: Point/Counterpoint: Protestant Objections and
Catholic Answers, pp. 211-324.
Para más información y compras,
dirigirse a “Ediciones del Verbo Encarnado” El Chañaral 2699 –
CC 376 (5600) San Rafael – Mendoza Argentina Tel: +54
(0)02627 – 430451 E-mail: ediciones@iveargentina.org http://www.edicionesive.org.ar http://www.iveargentina.org
Preguntas o comentarios al autor
.
Visita Ediciones del Verbo Encarnado
Suscríbete a la Newsletter de Catholic.net para recibir este
servicio en tu e-mail
Si tienes alguna duda, conoces algún caso que quieras compartir,
o quieres darnos tu opinión, te esperamos en los FORO DE DISCUSIÓN donde siempre encontrarás a
alguien al otro lado de la pantalla, que agradecerá tus
comentarios y los enriquecerá con su propia experiencia.
|
|