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Autor: Responde el P. Miguel Ángel Fuentes, IVE | Fuente: Ediciones del Verbo encarnado Cuando muere una persona, ¿hay que rezar el rosario nueve días y ponerle un vaso con agua?
El sufragios por los difuntos
Cuando muere una persona, ¿hay que rezar el rosario nueve días y ponerle un vaso con agua?
Cuando muere una persona, ¿hay que rezar el rosario nueve
días y ponerle un vaso con agua?
Pregunta:
Me dirigo a Usted
con todo respeto y confiianza, tengo una inquietud
o duda y me gustaria me pudiera ayudar a aclararla.
Cuando fallece una persona, ¿cuál es el motivo o por
qué se le debe de rezar del novenario del rosario?
Y además, mientras se reza éste novenario ¿cuál es el
significado de ponerle una vela o veladora encendida durante todos
estos nueve días y también un vaso con agua?
Respuesta:
El
rezo del Rosario es una oración muy eficaz, y recomendada
por la Iglesia (por ejemplo, puede leer la Carta Apostólica
del Siervo de Dios Juan Pablo II, ´Rosarium Virginis Mariae´),
y como tal, es una gran ayuda a las almas
que están en el Purgatorio. El Papa Benedicto XVI, en
la reciente Carta Encíclica ´Spe Salvi´, recuerda la doctrina sobre
por qué debemos ofrecer sufragios por los difuntos:
´Sobre este
punto hay que mencionar aún un aspecto, porque es importante
para la praxis de la esperanza cristiana. El judaísmo antiguo
piensa también que se puede ayudar a los difuntos en
su condición intermedia por medio de la oración (cf. por
ejemplo 2 Mc 12,38-45: siglo I a. C.). La respectiva
praxis ha sido adoptada por los cristianos con mucha naturalidad
y es común tanto en la Iglesia oriental como en
la occidental. El Oriente no conoce un sufrimiento purificador y
expiatorio de las almas en el « más allá »,
pero conoce ciertamente diversos grados de bienaventuranza, como también de
padecimiento en la condición intermedia. Sin embargo, se puede dar
a las almas de los difuntos « consuelo y alivio
» por medio de la Eucaristía, la oración y la
limosna. Que el amor pueda llegar hasta el más allá,
que sea posible un recíproco dar y recibir, en el
que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto
más allá del confín de la muerte, ha sido una
convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos y sigue
siendo también hoy una experiencia consoladora. ¿Quién no siente la
necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que
ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o
también de petición de perdón? Ahora nos podríamos hacer una
pregunta más: si el « purgatorio » es simplemente el
ser purificado mediante el fuego en el encuentro con el
Señor, Juez y Salvador, ¿cómo puede intervenir una tercera persona,
por más que sea cercana a la otra? Cuando planteamos
una cuestión similar, deberíamos darnos cuenta que ningún ser humano
es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están
en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a
través de múltiples interacciones. Nadie vive solo.
Ninguno peca solo.
Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la
de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo
o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida
de los demás, tanto en el bien como en el
mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno
para el otro, algo externo, ni siquiera después de la
muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con
él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa
de su purificación. Y con esto no es necesario convertir
el tiempo terrenal en el tiempo de Dios: en la
comunión de las almas queda superado el simple tiempo terrenal.
Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro
y nunca es inútil. Así se aclara aún más un
elemento importante del concepto cristiano de esperanza. Nuestra esperanza es
siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así
es realmente esperanza también para mí.40 Como cristianos, nunca deberíamos
preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también:
¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para
que surja también para ellos la estrella de la esperanza?
Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal.´
(Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, n. 48)
El uso de velas
en la liturgia y las devociones privadas es muy antiguo
y tiene muchas aplicaciones; puede representar nuestras oraciones, nuestra devoción,
nuestra intención de ´velar´ es decir, de mantenernos despiertos y
atentos en la oración para alcanzar lo que pedimos a
Dios. Pero también pueden ser utilizadas con sentido supersticioso, como
si se creyese que las velas, o un número determinado
de velas, o alguna práctica por el estilo, pueden alcanzar,
por sí mismas, de modo ´mágico´, lo que pretendemos. Lo
mismo se diga de esa práctica a la que usted
alude, de poner un vaso de agua. Desconozco su origen
y el sentido que le dan quienes así obran. Puede
ser algo análogo a lasantiguas prácticas paganas, usadas más tarde
por algunos cristianos, por las que se dejaba a los
difuntos comida y bebida, como un modo de estar unidos
a ellos en un mismo banquete. Si se piensa que
el difunto necesita ese agua, sería un pensamiento supersticioso. Tal
vez la práctica venga del uso del agua bendita, usada
como un sacramental; en tal sentido estaría bien, mientras se
entienda cuál es el sentido.
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