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Autor: P. Eduardo María Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.blogspot.com El problema de quien no cree
¿Cuál es el verdadero problema de quien carece de fe?
El problema de quien no cree
“Si el ser humano sólo confía en lo que ven
sus ojos, en realidad está ciego porque limita su horizonte
de manera que se le escapa precisamente lo esencial. Porque tampoco
tiene en cuenta su inteligencia. Las cosas realmente importantes no
las ve con los ojos de los sentidos, y en
esa medida aún no se apercibe bien de que es
capaz de ver más allá de lo directamente perceptible.”
Joseph
Ratzinger, Dios y el mundo, p. 16
Tener fe o no
tener fe, esa es la cuestión
Hay personas con fe y
personas sin fe. Personas que la tienen y viven como
si no la tuvieran; y personas que no la tienen
y quisieran tenerla. Personas que nacen en el seno de una
familia cristiana y son casi genéticamente cristianas. Personas a las
que nunca nadie habló de Dios, no lo conocen y
por falta de experiencia “divina” carecen de sensibilidad para las
cosas espirituales. La fe no les dice nada, porque no
pueden imaginar lo que es tenerla.
Personas que perdieron la fe
que alguna vez tuvieron; se les quedó por el camino
y no les interesa mucho por dónde. No les dice
nada porque se aburrieron de lo que creían. Personas ansiosas por
encontrar un sentido a la rutina de sus vidas.
En estas
breves páginas, quisiera explicar al creyente (que más allá de
crisis coyunturales nunca ha experimentado lo que es vivir sin
fe) el problema de quien carece de fe. Porque, digámoslo
de entrada, aunque no sea conciente, quien no tiene fe
tiene un problema muy serio.
¿Cuál es el problema de quien
carece de fe? Para comenzar, se pierde de conocer mucho de
la realidad. Y, en concreto, lo más elevado. Puede alcanzar sólo
una visión muy superficial de la vida humana: lo que
se ve, se oye, se come, engorda, enferma, etc. Pero
el hombre es bastante más que una máquina que procesa
comida, trabaja y se reproduce. Quien pierde el espíritu humano
(lo más valioso del hombre) pierde mucho (y la relación
con Dios es la expresión más alta del espíritu humano).
Pierde,
además, la trascendencia y su vida queda así encerrada en
la “cárcel” de la inmanencia de este mundo. Podrá disfrutar
muchas cosas, divertirse, etc., pero su vida -considerada globalmente- se
ha convertido en un camino hacia el cáncer y la
tumba. Es duro, pero no cabe esperar otra cosa.
Pierde el
sentido más profundo del amor, que sin espíritu queda reducido
a mero placer. Se le escapa el sentido más profundo de
la vida (para qué vivo, dónde voy…). No sabe de
dónde viene ni adónde va.
No es capaz de alcanzar lo
único que, en definitiva, realmente importa. No tiene una sola
respuesta para los problemas cruciales de la existencia humana. Como
reconocía un premio Nobel español, agnóstico, lleno de tristeza hacia
el final de su vida: “no tengo una sola respuesta
para las cosas que realmente me interesan. Soy un sabio
muy especial. Un sabio que no sabe nada de lo
que le importa”.
Quien dice que sólo creerá lo que toque
y vea (“si no lo veo no lo creo”), en
realidad no sabe lo que está diciendo. La realidad más
profunda de las cosas no está a nivel superficial y,
por tanto, está fuera del alcance de los sentidos. No
se ve con los ojos, no se pesa en una
balanza, ni siquiera se alcanza con un microscopio. Se “ve”
con la inteligencia, pero más allá de donde llegan los
sentidos. Y, la verdad más grande -cómo es la vida
íntima de Dios-, supera incluso esta capacidad intelectual de “ver”:
sólo se accede a ella por la fe.
De modo brillante
y resumido se lo explica el zorro al Principito cuando
le dice: “no se puede ver sino con el corazón.
Lo esencial está oculto a los ojos” (Antoine de Saint-Exupery,
El Principito, XXI).
El hombre sin fe nunca llega a
entender algunas de las cosas más importantes de su vida
Como
por ejemplo: La felicidad y las ansias de infinito Las realidades espirituales El
sentido de la vida (para qué estamos acá) Los anhelos más
profundos de la persona El fracaso El dolor La muerte (tanto en general,
como la propia y la de los seres queridos) Y sobretodo
lo que viene después.
Quien se cierra en su no-creeencia tiene
cerrado el acceso a Dios, a la redención, a la
salvación. Cerrado a la trascendencia, está cerrado a su desarrollo más
pleno, y sobre todo a la felicidad perfecta. En el ser
humano hay unas ansias de infinito que no es posible
reprimir: nada de este mundo lo satisface plenamente, porque las
cosas de aquí le “quedan chicas”. Esas ansias de infinito
serán saciadas después de esta vida. Por eso quien está
cerrado a la trascendencia, está frustrado existencialmente, pues le resulta
imposible concebir como posible la satisfacción de la tendencia más
radical de su ser: su tendencia a la plenitud.
Sólo quien
sabe quién es puede vivir con plenitud
En la Misa
inaugural de su Pontificado Benedicto XVI recordó que “únicamente donde
se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando
encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es
la vida. No somos el producto casual y sin sentido
de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto
de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es
querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada
hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el
Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar
a los otros la amistad con él. La tarea del
pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa.
Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un
servicio a la alegría, a la alegría de Dios que
quiere hacer su entrada en el mundo” (Benedicto XVI, Homilía
del 24.4.05).
El hombre sin fe, se pierde lo mejor de
la vida (que no necesariamente es lo más divertido): Dios
y la vida eterna quedan fuera del horizonte de su
vida y de su alcance.
Algunos, con buen corazón, pueden ocuparse
de cosas muy nobles, como la ciencia o el arte;
también contribuir al bien temporal de los demás. Todo esto
es muy bueno. Pero, les falta algo, en realidad mucho:
la apertura al infinito y la perfección, que da sentido
y valor a lo que hacen. Para ellos, este bien,
en cierta manera, se convierte en un camino hacia Dios.
Otros
-quizá coherentemente con su visión materialista de vida (quien no
cree en la trascendencia queda “encerrado” en la materia)- viven
en la frivolidad (“comamos y bebamos que mañana moriremos”) pueden
distraerse (dis-traerse: alejar la atención de lo importante), entretenerse (entre-tener:
pasar ligeramente un rato entre dos cosas), divertirse (ocuparse jugando
de cosas livianas), vivir en y para la pavada. La sociedad
actual (tecnológica) les ofrece todo tipo de medios para conseguirlo...
y pueden distraerse, entretenerse y divertirse con bastante éxito... y
de a ratos olvidarse de quienes son, pero no se
realizan: pierden la vida. Pueden pasar su existencia distraídos, entretenidos y
divertidos (con la atención fuera de lo que lo conduciría
a una vida realizada). Incluso morir sin darse cuenta. Pero al
final, se desvelará el misterio y se verá cómo han
frustado su existencia llenándola de nada.
¿Es cómodo ser creyente?
Hay quienes
repiten una frase gastada: “es duro ser no creyente”. Como si
la postura de los creyentes fuera más cómoda. Como si
los no creyentes fueran más honrados al no creer al
precio de su inseguridad (cosa realmente dolorosa).
Esta expresión tiene dos
partes. Ser creyente es mucho más seguro y, al mismo tiempo,
exigente. Es cierto que sin fe se carece de la seguridad
del creyente. Y esto no puede no ser duro. Pero
también puede resultar muy cómodo. No se puede conocer el
interior de las personas. Hay quienes para estar cómodos “pagan”
el precio de vivir en la oscuridad. No se comprometen
con la verdad, no la buscan. Viven tranquilos en su
ignorancia para no exponerse a tener que hacer aquellas cosas
que les exijiría la fe si la encontraran… y por
eso prefieren no buscarla.
No están condenados a no creer. Quienes
son honestos consigo mismo no nunca abandonan la búsqueda de
la verdad.
La curiosa pretensión del agnóstico Resulta realmente curioso el
planteo del agnóstico: afirmar la imposibilidad de conocer lo que
él no conoce... ¿No sería más razonable afirmar simplemente que él
todavía no pudo conocer lo que no conoce? Hace una
extrapolación que no es válida: pasar de un dato particular
(su no-conocimiento personal de Dios) a la afirmación general de
la imposibilidad del mismo. Pero que él no conozca no
demuestra en lo más mínimo que sea imposible conocer. La fe
es el tesoro escondido en un campo. No haberlo encontrado todavía
no alcanza para negar su existencia. Sólo prueba que debo
seguir buscando. En cambio, parece bastante irrefutable el hecho de
que muchas personas cuerdas (no están locas) han vendido todo
lo que tenían para comprar ese campo...
La fe y las
apuestas
Quien no cree arriesga demasiado. La fe no es cuestión de
probabilidades, tampoco de cálculos de intereses y conveniencias, pero hace
ya mucho tiempo, una mente matemática como la de Pascal
planteó las siguientes alternativas: Si creo en Dios y Dios existe,
lo he ganado todo. Si creo en Dios y Dios no existe,
no pierdo nada. Si no creo en Dios y Dios existe,
lo pierdo todo. Si no creo en Dios y Dios no
existe, no gano nada.
Pero no es cuestión de apuestas. La
fe no es una apuesta, aunque por cálculo de probabilidades
tenga más chances de ganar.
No cree el que quiere sino
el que puede La fe es un don que Dios
no niega a nadie. Es un misterio de la gracia
y la libertad humana.
Impresiona ver a Jesús dar gracias al
Padre celestial porque se ha mostrado a los humildes y
ha ocultado a los que se tienen a sí mismos
por sabios y prudentes (cfr. Mt 11,25). Dios se esconde
y se muestra. Sólo los humildes son capaces de ver.
La
verdad no se impone: cada uno debe recorrer el camino
que conduce a ella. Un camino muy personal. Buscar la
verdad y ponerse en condiciones de poder encontrar a Dios.
No
se trata de conseguir entender a Dios, sino de encontrarlo. Y
cuando se lo encuentra, entonces, se entiende y sobretodo se
lo ama.
Ser capaz de escuchar a Dios y ser capaz
de hablar a Dios ¿Cómo se llega a encontrar a Dios,
a escucharlo y hablarle? “¿Hay que aprender a hablar con Dios?” Uno
puede ser -o volverse- sordo para las cosas de Dios.
“El órgano de Dios, explica el Card. Ratzinger, puede atrofiarse
hasta el punto de que las palabras de la fe
se tornen completamente carentes de sentido”. “Y quien no tiene oído
tampoco puede hablar, porque sordera y mudez van unidas”. Entonces
habrá que aprender -hacerse capaz- a comunicarse con Dios. “Poco
a poco se aprende a leer la escritura cifrada de
Dios, a hablar su lenguaje y a enteder a Dios,
aunque nunca del todo. Poco a poco uno mismo podrá
rezar y hablar con Dios, al principio de manera infantil
-en cierto modo siempres seremos niños-, pero después cada vez
mejor, con sus propias palabras” (Joseph Ratzinger, Dios y el
mundo, p. 16).
¿Cómo?
No hay fórmulas mágicas, hay recorridos. En primer lugar,
con la apertura a la trascendencia: quien descartara de entrada
la posibilidad de lo sobrenatural, cerraría la puerta a la
verdad. Estaría rechazando apriorísticamente la existencia de algo que no
es irracional. Y con esta actitud obviamente, difícilmente encontrará aquello
cuya existencia rechaza voluntariamente. Pero no es que la verdad
se le oculte, sencillamente la niega.
Después con todo lo que
favorece la actividad del espíritu: arte, poesía, música, etc. Las
expresiones del espíritu humano. Con el realismo filosófico. Con la lectura de
vidas ejemplares (los santos), y en particular con el recorrido
de los grandes conversos de la historia. Con la lectura de
la Sagrada Escritura: Dios habla en ella. Con la oración. Incluso
aunque parezca que no sirve para nada: Dios escucha aunque
yo no sea consciente de su presencia.
Un secreto
Georges Chevrot
nos explica que “Dios se hace amar antes que hacerse
comprender” (El pozo de Sicar, Ed. Rialp, p. 291). En
efecto, a Dios lo conocemos más a través del amor
que de la inteligencia. Juan entendió más a Jesús no
porque fuera más inteligente sino porque amó más y, por
tanto, tuvo más intimidad con El. Quien no lo entiende,
debería comenzar a tratar de amarlo y lo acabará entendiendo.
El camino inverso no es de éxito seguro: con facilidad
se enreda por la soberbia, y para encontrar la fe,
la humildad es requisito fundamental. Y a quien lo entiende –aquel
a quien el cristianismo le “cierra” perfectamente– todavía le queda
camino por recorrer, para llegar a amarlo con todo el
corazón.
Buscarlo, intentar dirigirse a El, incluso antes de creer en
El. La fe es un acto de conocimiento, pero también supone
el ejercicio de la voluntad: hay que querer creer. Es
difícil que alguien queriendo no creer llegue a creer. Dios
no fuerza nuestra libertad. Son muy raros los encuentros inesperados
como los de San Pablo o André Frossard (en su
libro “Dios existe, yo me lo encontré” cuenta su historia
personal).
Pero la fe, es sobretodo un encuentro. No se alcanza
por razonamientos intelectuales, sino que la inteligencia se rinde cuando
se encuentra delante de Dios. En concreto, un encuentro personal
con Cristo (de quien los cristianos afirmamos que vive y
por eso es “encontrable”).
Un riesgo frecuente
No pocas personas caen en
la tentación de crearse una fe a su medida, según
su propio gusto. Pero esto sería un auto-engaño notable. La verdad
tiene que venir de afuera. En el caso de Dios,
sólo puede provenir de El. Por mi cuenta puedo llegar
a conocer algunas cosas de Dios, pero lo más importante
es lo que El revela, que es inaccesible a nuestra
inteligencia.
La grandeza de la fe
Permite ir más allá de las
apariencias, más allá de este mundo. Descubrir las realidades más
profundas, el verdadero sentido de las cosas, el sentido de
la vida. Y penetrando en el misterio, encontrarse con Dios.
Los
cristianos deberíamos tener una sano complejo de superioridad... que en
realidad no es un complejo propiamente dicho. Es simplemente el
gozo de vivir una realidad superior. Saberse llamados a algo
muy grande, a la vida eterna.
La fe da respuesta a
los interrogantes más importantes de la persona. Los más vitales, acuciantes,
agudos. Los que el hombre no puede dejar de plantearse.
Los que modelarán su vida según la respuesta que les
dé.
Quien carece de fe no los resuelve, sencillamente necesita negarse
a planteárselos porque sabe que no puede encontrar respuesta para
ellos.
Las cuestiones de fe requieren fe. Esto es obvio. Para
creer hay que tenerla. Quien no la tiene no puede
“ver”.
Pero también es cierto que muchas cosas no “cierran” sin
fe (la existencia del mal, la vida después de la
muerte, el sentido del dolor, y un largo etc.) y
las cosas de la fe “cierran” (no son fábulas descolgadas):
llegan a explicar el mundo de un modo totalmente coherente.
La fe no es demostrable, pero creer es razonable. Mucho más
razonable que no creer.
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