Autor: P. Eduardo María Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.com ¿Tiene sentido estudiar de memoria el Catecismo?
Aprender es un proceso que lleva a conocer algo. Una cosa es tener una idea vaga de algo y otra conocerlo con propiedad.
¿Tiene sentido estudiar de memoria el Catecismo?
Cada año, cuando llegan las reuniones de padres de chicos
que se preparan para la Primera Comunión surge la misma
pregunta, fruto de una cultura antimemoria. Incluso en algunos casos,
con cierto tono inquisidor plantean ¿para qué les hacen estudiar
de memoria las preguntas del Catecismo? Casi como diciendo, ¿todavía
siguen con esos métodos prehistóricos de aprendizaje? ¿No se enteraron
que hoy la memoria está mal vista y que su
uso se ha pasado de moda?
Para mostrar la actualidad de
la memoria y del Catecismo, podríamos recurrir al argumento de
autoridad y mostrar cómo documentos recientes del Magisterio de la
Iglesia hacen referencia a ella (recogemos los dos principales textos
sobre el tema al final). Pero hemos preferido explicar con
cierto detenimiento su razón de ser.
Una aclaración previa: estas páginas
no pretenden defender la memoria por la memoria, sino algo
muy concreto: la centralidad del aprendizaje de memoria del Catecismo. Como
se trata de aprender de memoria, no cualquier cosa, sino
el Catecismo, tenemos que comenzar por explicar su sentido e
importancia.
¿Para qué sirve un Catecismo?
Partamos considerando la indudable utilidad de
los resúmenes. Quien quiere saber lo más importante –lo decisivo
de un tema-, encontrará en un buen resumen lo que
necesita saber sobre la cuestión.
En el ámbito de la fe,
sucede algo parecido. Ya desde el principio –la época de
los Apóstoles- surgieron los Símbolos de la Fe: la lista
de verdades más básicas que un cristiano debía creer. El
Símbolo de los Apóstoles –el Credo que rezamos en Misa
los domingos en Argentina- es una lista de los doce
artículos fundamentales de la fe, se atribuye a los mismos
Apóstoles. Allí está lo más básico, la mínima expresión de
nuestra fe. La verdad es que la síntesis es fabulosa:
que esté todo y no falte nada, que todo lo
demás se pueda remitir a esos doce artículos es sorprendente.
Y facilita mucho las cosas. Después uno puede ir profundizando
y planteándose qué sabe de cada uno de ellos y
tiene una guía para mejorar su conocimiento de la fe.
Hay
que reconocer que esa lista básica de la fe es
muy útil.
Un segundo paso es poner la fe en preguntas
y respuestas. Es antiquísimo. Y mirá si será práctico que
el mundo de la computación también lo ha adoptado como
sistema habitual. En todos los sitios de Internet encontrás una
sección de “Help” (Ayuda), con toneladas de preguntas. Te enseñan
a usar programas, a hacer cosas, etc., a base de
preguntas y respuestas. Tienen secciones como “FAQ” (las preguntas más
frecuentes con sus respuestas) o “Top questions”. Se podría decir
que esas secciones de “Ayuda” son un “catecismo” de tal
cosa o tal otra.
Eso es lo que ha hecho la
Iglesia desde siempre. Enseñar la fe a base de preguntas
y respuestas. Se hacen preguntas bien concretas. Y se responde
de manera bien precisa. De manera que todos tengan al alcance,
de modo sintético y concreto, los contenidos más básicos de
la fe.
De modo resumido y preciso, el Romano Pontífice explica
la finalidad del Compendio del Catecismo (fue uno de sus
primeros actos magisteriales, cumpliendo un encargo de Juan Pablo II
que él mismo había realizado): El Compendio, que ahora presento a
la Iglesia Universal, es una síntesis fiel y segura del
Catecismo de la Iglesia Católica. Contiene, de modo conciso, todos
los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la
Iglesia, de manera tal que constituye, como deseaba mi Predecesor,
una especie de vademécum, a través del cual las personas,
creyentes o no, pueden abarcar con una sola mirada de
conjunto el panorama completo de la fe católica.
Benedicto XVI, MOTU
PROPRIO para la aprobación y publicación del Compendio del Catecismo
de la Iglesia Católica (28.6.05)
Existen otros Catecismos más breves, que
exponen de modo sintético los principales misterios que el cristiano
cree, reza, vive y de los que se alimenta. Al
estudio de estos Catecismos en la preparación de la Primera
Comunión y de la Confirmación es a lo que se
refiere este escrito.
El sentido y el valor de la memoria
¿Por
qué la memoria? Porque es fundamental en el proceso del
conocimiento humano. ¿Para qué sirve la memoria? Para “almacenar” vivencias, conocimientos,
personas... Acordarse de algo es hacer uso de ese “depósito”
(base de datos) que llevamos con nosotros. Estudiar –en el
fondo- supone registrar datos, hechos, ideas... Y hablamos de estudiar
de memoria cuando lo “grabamos” textualmente en nuestra mente.
Aprender es un proceso que lleva a
conocer algo. Una cosa es tener una idea vaga de algo
y otra conocerlo con propiedad. No hablamos de ser un
experto, pero sí de saber con precisión, de manera básica,
de qué se trata.
A veces manejamos palabras de las que
tenemos una idea vaga, pero no sabemos en realidad a
qué se refieren exactamente, qué significan, qué alcance tienen. Pero
si nos pidieran que las explicáramos nos pondrían en un
aprieto, porque no seríamos capaces de hacerlo. Algunos ejemplos: “calentamiento
global”, “capa de ozono”, “evolución”, “energía atómica”. Son cosas que
“suenan”, de las que se tiene una idea super general…
a veces, tan confusa que no es verdadera.
Saber y entender.
Saberlo con precisión. Con las palabras justas.
Si preguntaras ¿qué
es una heladera?, cabrían respuestas a distintos niveles, unas más
precisas que otras. “Una cosa que sirve para enfriar” (también
podría ser el radiador de un auto o un aire
acondicionado). “Una especie de armario donde hace frío”. “Una máquina
para almacenar artículos que necesitan conservarse fríos”.¿Qué es un ser
humano? “Una cosa con pelo arriba y con patas” Bueno,
sí..., pero sería mucho mejor decir que un “animal racional”.
Es bastante más claro y preciso.
En los colegios los chicos
suelen preguntar: “¿puedo decirlo con mis palabras?” (quieren decir que
lo que no saben con palabras textuales, lo pueden expresar
con otras diferentes). Habría que responderles: por supuesto que sí,
siempre y cuando respondan a la realidad. Si tus palabras
significaran algo distinto... no servirían para explicarlo porque no explicarían
nada...
Las ciencias utilizan términos técnicos, que son bien precisos. Por
ejemplo en Matemáticas: numerador (no es “la parte de arriba”
que podría ser el techo...), denominador, integral, polígono... Cada una
de estas palabras designa algo muy concreto y su uso
facilita el entendimiento, evita confusiones y largas explicaciones.
En el ámbito
de la fe sucede lo mismo. Usamos términos técnicos que
tienen un significado bien preciso. Algunos ejemplos son las palabras
naturaleza, persona, sacramentos, crisma, transubstanciación, presencia real, infalibilidad, etc.
Para pensar
y hablar con propiedad de las realidades cristianas necesitamos de
estas palabras. Y para poder usarlas, primero tenemos que aprenderlas.
Cuando
lo que se trata de aprender son misterios de fe
(a los que no tenemos acceso por los sentidos), la
precisión de los términos y de las definiciones es esencial.
Los
cristianos necesitamos conocer bien nuestra fe para poder vivirla. Entender
qué creemos, qué sentido tienen las cosas que rezamos, hacemos,
practicamos, etc. De otro modo nuestra vida religiosa sería un
ritualismo carente de contenido.
No nos alcanza una idea vaga de
quién es Jesucristo, qué son los sacramentos, el cielo o
el purgatorio. Las ideas vagas con facilidad se distorsionan, porque
les falta precisión. Por el mismo hecho de ser genéricas,
en cuanto se trata de concretarlas, si no se hace
con cuidado, se puede acabar en afirmaciones que no son
verdaderas.
Para eso es necesario perfilar, delinear, definir con precisión las
distintas realidades. Los dogmas, por ejemplo, hacen eso: definen un misterio
de fe: lo expresan en palabras precisas y concisas. Unas
palabras diferentes no facilitarían el entendimiento sino que por el
contrario lo oscurecerían. Palabras deficientes confunden.
No se trata de aprender
fórmulas de memoria sin entender de qué se trata como
si se tratara de palabras mágicas, sino de conocer las
realidades sobrenaturales que definen. Los dogmas de fe son precisos,
una pequeña diferencia de palabras con facilidad supondría un error
(porque expresaría una realidad distinta). Así, no es lo mismo
decir que la Santísima Trinidad es un solo Dios verdadero
“en Tres Personas distintas”, que decir “con tres Personas distintas”
(como si estuviera “formado” por la suma de tres personas).
Y quien hiciera la señal de la cruz “en los
nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” sería
panteísta (estaría adorando a tres dioses...).
Cuando se olvida lo que
se sabe de memoria, permanece la idea del asunto Pero si
sólo se tenía una idea del asunto, olvidada esta, se
olvidó todo
Saber o no saber, esa es la cuestión
A fin
de cuentas la cuestión se reduce a la siguiente pregunta
¿sé de qué se trata o no lo sé? “Lo
entiendo pero no sé explicarlo” significa que tengo una idea
vaga del asunto, que “me suena” pero que no lo
conozco. Llevando a niveles de caricatura la cuestión para ejemplificarla,
podemos decir que la Eucaristía no es “una cosa que
se come en Misa”, sino “un sacramento que contiene verdadera,
real y sustancialmente, el cuerpo, la sangre, el alma y
la divinidad” de Jesús. La Misa no es una reunión
en la que rezamos, sino la “renovación incruenta del sacrificio
del calvario”. Para conocer los aspectos centrales de nuestra fe contamos
con la ayuda de fórmulas breves y precisas de los
Catecismos. Quienes los compusieron lo hicieron con el propósito de
que se aprendieran de memoria; de ahí que para facilitarlo
los hicieran breves y con cierta rima.
Si me preguntan qué
es un sacramento, no necesito pensarlo: un “signo sensible y
eficaz de la gracia instituido por nuestro Señor Jesucristo para
santificarnos” (¡lo que aprendí para mi primera Comunión!). Después tendré
que explicar qué significa esa definición, pero la idea fundamental
está allí expresada. Nos interesa mucho conocer las principales realidades de
la fe. Y para saber qué es la Misa, qué
son los Angeles, etc. no tengo que elaborar grandes y
complicadas explicaciones, porque cuento con la fórmula sencilla, concreta y
precisa que me enseña el Catecismo. Es fácil darse cuenta
de que cuando no se sabe la definición del Catecismo,
se hace mucho más difícil expresar esos misterios.
La memoria no
lo es todo. Es un punto de partida. Terreno firme
sobre el que edificar el conocimiento de la fe. No
se trata de un aprendizaje mecanizado de palabras como en
una grabación. Por supuesto que para que se pueda hablar
de conocimiento habrá que entender –en la medida que lo
permita el misterio- el sentido de las palabras.
Por sus
frutos los conoceréis (Mt 7,16) Por último, para verificar la
necesidad de la memoria en el aprendizaje del Catecismo podemos
recurrir a la experiencia reciente y considerar los amargos frutos
que ha producido su abandono (de ambos, del Catecismo y
de la memoria): la generalización de una catequesis que desprecia
la memoria ha “conseguido” que sus supuestos beneficiarios acaben con
una gran ignorancia de la doctrina católica. Es decir, sin
memoria, el fruto ha sido la ignorancia religiosa.
Textos del Magisterio
Pontificio sobre la memoria en el aprendizaje del Catecismo
Juan Pablo
II en la Ex.Ap. Catechesis tradendae (16.10.1979), n. 55 (el
título “memorización” pertenece al documento, los subrayados son nuestros):
Memorización La
última cuestión metodológica que conviene al menos subrayar -más de
una vez se hizo alusión a ella en el Sínodo-
es la memorización. Los comienzos de la catequesis cristiana, que
coincidieron con una civilización eminentemente oral, recurrieron muy ampliamente a
la memorización. Y la catequesis ha conocido una larga tradición
de aprendizaje por la memoria de las principales verdades. Todos
sabemos que este método puede presentar ciertos inconvenientes: no es
el menor el de prestarse a una asimilación insuficiente, a
veces casi nula, reduciéndose todo el saber a fórmulas que
se repiten sin haber calado en ellas. Estos inconvenientes, unidos
a las características diversas de nuestra civilización, han llevado aquí
o allí a la supresión casi total -definitiva, por desgracia,
según algunos- de la memorización en la catequesis. Y sin
embargo, con ocasión de la IV Asamblea general del Sínodo,
se han hecho oír voces muy autorizadas para reequilibrar con
buen criterio la parte de la reflexión y de la
espontaneidad, del diálogo y del silencio, de los trabajos escritos
y de la memoria. Por otra parte, determinadas culturas tienen
en gran aprecio la memorización. ¿Por qué, mientras en la
enseñanza profana de ciertos países se elevan críticas cada vez
más numerosas contra las lamentables consecuencias que se siguen del
menosprecio de esa facultad humana que es la memoria, por
qué no tratar de revalorizarla en la catequesis de manera
inteligente y aún original, tanto más cuanto la celebración o
"memoria" de los grandes acontecimientos de la historia de la
salvación exige que se tenga un conocimiento preciso? Una cierta
memorización de las palabras de Jesús, de pasajes bíblicos importantes,
de los diez mandamientos, de fórmulas de profesión de fe,
de textos litúrgicos, de algunas oraciones esenciales, de nociones-clave de
la doctrina..., lejos de ser contraria a la dignidad de
los jóvenes cristianos, o de constituir un obstáculo para el
diálogo personal con el Señor, es una verdadera necesidad, como
lo han recordado con vigor los Padres sinodales.
Hay que ser
realistas. Estas flores, por así decir, de la fe y
de la piedad no brotan en los espacios desérticos de
una catequesis sin memoria. Lo esencial es que esos extos
memorizados sean interiorizados y entendidos progresivamente en su profundidad, para
que sean fuente de vida cristiana personal y comunitaria. La
pluralidad de métodos en la catequesis contemporánea puede ser signo
de vitalidad y de ingeniosidad. En todo caso, conviene que
el método escogido se refiera en fin de cuentas a
una ley fundamental para toda la vida de la Iglesia:
la fidelidad a Dios y la fidelidad al hombre, en
una misma actitud de amor.
De la Introducción del Compendio
(cuyas preguntas son bastante largas y no está pensado primariamente
para su memorización: sino para ser la base para la
elaboración de Catecismos más breves que se puedan estudiar): Una
segunda característica del Compendio es su forma dialogal, que recupera
un antiguo género catequético basado en preguntas y respuestas. Se
trata de volver a proponer un diálogo ideal entre el
maestro y el discípulo, mediante una apremiante secuencia de preguntas,
que implican al lector, invitándole a proseguir en el descubrimiento
de aspectos siempre nuevos de la verdad de su fe.
Este
género ayuda también a abreviar notablemente el texto, reduciéndolo a
lo esencial, y favoreciendo de este modo la asimilación y
eventual memorización de los contenidos.
Joseph Ratzinger, Introducción al Compendio del
Catecismo de la Iglesia Católica (20.3.05), n. 4.
A modo de
conclusión
Sólo quería resaltar la importancia de dos textos fundamentales para
un católico.
Si me preguntaran cuáles son los tres libros más
importantes para un católico, que no deberían faltar en ningún
hogar y que todos deberíamos leer y releer con frecuencia,
no necesitaría pensar la respuesta. El primero es absoluto: la
Sagrada Escritura. Conteniendo la palabra de Dios, su importancia está
fuera de duda y es al alimento básico de nuestras
almas. Respecto a los otros dos, diría que son el
Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio del mismo.
Después
del Concilio Vaticano II se hacía sentir la ausencia de
un Catecismo Universal, que contuviera la misma fe de siempre,
expresada de modo actual, de acuerdo a las necesidades modernas,
y que recogiera las enseñanzas del Concilio. Es lo que
los Obispos pidieron a Juan Pablo II en el Sínodo
reunido con motivo de la conmemoración del 20º aniversario de la
Clausura del Vaticano II. Hacía casi quinientos años que no
se publicaba un Catecismo universal (el anterior había sido hecho
por S. Pío V en el siglo XVI). Así se
redactó el Catecismo de la Iglesia Católica en 1992. La
idea es que sirviera de base y guía para la
elaboración de Catecismos regionales, nacionales, etc. La gran utilidad y difusión
del Catecismo hizo surgir la necesidad práctica de contar con
un resumen del mismo. Entonces Juan Pablo II encargó a
una Comisión presidida por el Card. Ratzinger su elaboración. Y
fue él mismo, devenido Benedicto XVI, quien lo sancionó a
los dos meses de ser elegido Papa, entregando a la Iglesia
esta síntesis de la fe. Por esto es tan recomendada
su lectura para mantener fresca la memoria de la fe,
cómo consulta y también como inspiración para la meditación de
los principales misterios de nuestra fe.
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Es muy interesante el tema ,la memoria es necesaria para recordar y analizar la palabra de Dios . pero es impOrtante en la catequesis enseñarles en cada encuentro leer la biblia con la participacion de todos se sienten muy felices y crecen cada dia en la fe de Dios.
Publicado por: susana moyano
Fecha: 2009-11-19 19:06:01
Hola!! Me parece muy interesante y tiene muuucha verdad.Como bien dice el articulo que los mayores aprendimos del viejo catecismo las 99 preguntas, que hasta el día de hoy recuerdo pero puedo a la vez ayudada por el Nuevo Catecismo, profundizar y comprender. Aunque ya sabemos que NUNCA llegaremos a comprender tanta sabiduria con nuestra mente humana. Pero lo que aprendimos bien sera transmitido bien. ¡EXCELENTE! Ojalá muchos papás y mamás lo entendieran así.
Publicado por: Ana Isabel
Fecha: 2009-11-19 11:41:28
Excelentes argumentos para defender la tan desprestigiada memoria.