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Autor: P. Flaviano Amatulli Valente Cómo vivir la propia fe en una sociedad pluralista
Para que el católico pueda vivir su fe sin complejo de inferioridad ni zozobra, es necesario que Busque en sus raíces la razón más profunda de su seguridad e inspiración
Cuidado con los fetiches
A veces me preguntan: «todo
lo que usted anda haciendo, ¿está de acuerdo con el
Concilio?», como si el Concilio Ecuménico Vaticano II fuera la
última palabra en la historia de la Iglesia. Lo mismo
pensaron antes acerca del Concilio de Trento y del Vaticano
I. No se preocuparon por adecuarlos a las circunstancias del
momento y su fidelidad a la letra del Concilio se
volvió infidelidad hacia el hombre concreto.
El mismo peligro existe
ahora con relación al Vaticano II. Hay que recordar que
ya pasaron más de treinta años desde que se celebró
el magno acontecimiento y ahora treinta años corresponden a trescientos
años de las épocas pasadas, tan acelerado es el ritmo
del cambio. Así que, mucho cuidado con hacer del Vaticano
II un fetiche, que nos impida pensar para enfrentar con
sentido de responsabilidad los retos del momento presente, escudándonos en
la letra de sus documentos.
Vaticano II y sectas
Sencillamente
el tema de las sectas no estuvo presente en el
Vaticano II. Su preocupación fundamental fue el diálogo con las
demás iglesias históricas con miras a favorecer la unidad, y
el diálogo con las demás religiones y movimientos culturales, buscando
la forma de colaborar con todos, para sanar heridas, sembrar
esperanzas y construir una sociedad más solidaria y fraternal en
un plan de igualdad, sin pretender privilegios, sino con el
único afán de servir, a imitación del Maestro, que no
vino a ser servido sino para servir (Mt 20,28).
Sin
duda, se trató de una grande tarea que exigió mucho
esfuerzo y mucha entrega. Pero al mismo tiempo hubo una
cierta euforia por el nuevo tipo de Iglesia que estaba
naciendo, euforia aunada a una buena dosis de ingenuidad, que
impidió ver la realidad en toda su amplitud.
En efecto,
al tiempo del Vaticano II, ya existían las sectas y
ya estaban procurando algún daño a los fieles católicos, especialmente
en América Latina. Pero de eso no se habló en
el Concilio. ¿Por qué? ¿Por un cierto complejo de inferioridad
de parte de los obispos de América Latina? ¿Acaso no
quisieron dar la impresión de ser unos aguafiestas en el
conjunto de la euforia general?
Ciertamente algo faltó con relación
al problema de las sectas, y es conveniente apuntar esto
con toda claridad. Y esa falta causó grandes daños a
la Iglesia del postconcilio, especialmente en América Latina. En realidad,
aunque muchos se iban dando cuenta del problema representado por
las sectas, de todos modos se aguantaron y no hicieron
anda para enfrentarlo, por miedo a meterse en contra del
Concilio o la Santa Sede. Cuando desde arriba empezaron a
llegar señales de movilización, era ya demasiado tarde. Las sectas
ya habían cundido en todos los ambientes.
La contra misión
al ataque
Otro dato importante; mientras la Iglesia Católica bajaba
la guardia y se abría hacia todos, se desató la
Contra Misión oriental (hinduismo y budismo), musulmana y cristiana (las
sectas), con un ansia proselitista incontenible y muchas veces ligada
también a intereses de tipo político.
Frente a esta agresión
inesperada, el católico de la calle quedó completamente indefenso y
acomplejado, incapaz de realizar un verdadero diálogo, como se le
venía inculcando desde arriba. Trató de abrirse y sucumbió.
Ecumenismo
y diálogo interreligioso: una receta inadecuada
Al sobrevenir la enfermedad
de las sectas, se quiso utilizar la receta del ecumenismo
y el diálogo interreligioso para hacerle frente y no funcionó.
El enfermo, en lugar de mejorar se agravó mas. Es
que la receta no era para el caso. Consecuencia: comunidades,
que algunos decenios antes eran completamente católicas, cambiaron de rostro,
interiormente desgarradas por la presencia de una enorme cantidad de
sectas de origen y doctrinas muy variadas.
No obstante este
fracaso evidente, muchos se obstinan en vez de oponerse a
cualquier tipo de apologética. ¿Por qué? ¿Tal vez sueñan en
una superiglesia, en la que todos tengan igual derecho de
ciudadanía, considerando ya muerta y enterrada para siempre aquella única
Iglesia que fundó Cristo y que confió a Pedro y
los apóstoles? ¿O sueñan en un «milagroso» regreso a la
sociedad monolítica del pasado, sin el actual problema de los
grupos religiosos alternativos? ¿O implícitamente se reconocen incapaces de evangelizar
a los alejados, que constituyen la gran mayoría del pueblo
católico, dejando a las sectas esta tarea, convencidos de que
los que se salen algún día de todos modos regresarán
a la unidad, bien convertidos y en actitud fraternal?
Sin
duda, en la Iglesia Católica muchos han entendido mal el
ecumenismo y el diálogo interreligioso, como si todo fuera lo
mismo (ecumenismo: todo lo mismo). Para ellos, en el fondo
ser católico, ortodoxo, luterano, anglicano o pentecostal, sería lo mismo.
Se oye decir: «Los evangélicos ¿no son reconocidos por la
Iglesia?», como si el hecho de encontrarse en un diálogo
ecuménico con la Iglesia representara para ellos un certificado de
buena conducta o licitud, que los pusiera en plan de
igualdad con la misma Iglesia. Con relación a los testigos
de Jehová, los mormones y algún otro grupo, habría cierta
reserva por el problema del bautismo o la santísima Trinidad.
En esta línea de pensamiento, se enfatizó demasiado el valor
de las «semillas del Verbo» y el «Verbo en plenitud»,
el Reino de Dios y la Iglesia. Según ellos, todo
sería cuestión de sinceridad, como si la sinceridad en la
opción religiosa fuera el único signo de autenticidad, sin dar
la debida importancia a la búsqueda de la verdad, como
marca claramente el documento conciliar Dignitatis Humanae, dedicado al tema
de la libertad de conciencia.
Vino nuevo en odres nuevos
Que quede bien claro: no estamos en contra del ecumenismo
ni del diálogo interreligioso. Si se abocan a lo que
es su campo propio, no hay problema. El problema empieza
cuando quieren acabar también el asunto de las sectas, utilizando
los mismos criterios y los mismos métodos. Acordémonos de la
advertencia de Jesús: «Vino nuevo, en odres nuevos» (Lc 5,38).
¿Surge el problema de las sectas? Hay que ver cómo
solucionarlo. No hay que hacer del diálogo un mito o
una varita mágica. Hay que ser realistas. Se pecó de
ingenuidad y allá están las consecuencias.
Para enfrentar seriamente este
problema, es necesario que en cada comunidad exista un organismo
especial, que se aboque al problema de las sectas
con criterios y metodología propia, dando vida a una pastoral
específica con relación al problema sectario.
Sociedad del futuro: pluralismo
religioso cultural
Sin duda, hay que luchar por la unidad
y comprensión entre todos los hombres y especialmente entre los
discípulos de Cristo. Es el grande deseo de Jesús antes
de morir: «Oh Padre, que todos sean uno» (Jn 17,21).
Pero soñar en un tipo de sociedad, en que ya
no habrá divisiones por motivos religiosos, es sencillamente utópico. Siempre
habrá divisiones y siempre será necesario luchar por la unidad
y la comprensión. De ahí la necesidad del diálogo ecuménico
e interreligioso.
En este contexto, la apologética tendrá la tarea
de ofrecer a los feligreses las bases para seguir unidos
en la Iglesia de Cristo y no dejarse confundir por
cualquier viento de novedad. En una sociedad pluralista religiosa y
culturalmente, el papel de la apologética sea siempre insustituible para
dar seguridad a los miembros de la Iglesia. Por lo
tanto, preocuparse solamente por el ecumenismo y el diálogo interreligioso,
convencidos de que algún día desaparecerá el fenómeno de los
grupos religiosos alternativos, es una manera de pensar antihistórica.
Es
tiempo que toda nuestra catequesis esté enfocada a formar al
católico de manera tal que pueda vivir su fe en
un contexto pluralista, sin zozobras ni complejos de inferioridad. Esto
es ser realistas y no soñar en utopías irrealizables que
en lugar de ayudar para la lucha, provocan frustración y
desaliento.
Identidad católica
Para lograr esto, es fundamental que el
católico conozca su identidad y no se deje desviar hacia
aspectos marginales al enfrentar el problema religioso (ministros indignos, incumplimiento
de parte de muchos feligreses, etc.). Es importante aclarar que
una cosa es el aspecto esencial (dogmático) y otra cosa
es el aspecto pastoral; una cosa es el contenido y
otra cosa es la envoltura. Ahora bien, la Iglesia Católica
es aquella única Iglesia que fundó Cristo y llegará hasta
el fin del mundo, aunque en el momento actual tenga
problemas de tipo pastoral, al tratar de adecuar su aparato
ministerial a los tiempo actuales.
Como es fácil notar, se
trata de aspectos secundarios, cambiantes según las circunstancias de tiempo
y lugar; no se trata de algo esencial. Por lo
tanto, es incorrecto dejarse llevar por estos nuevos grupos religiosos,
porque cantan bien, entusiasman a la gente, usan mucha psicología,
saben utilizar los medios masivos de comunicación, ayudan económicamente a
la gente, etc.
No hay que pensar en la religión
como en un mercado, donde cada uno puede escoger el
producto que más le agrade. Más que fijarse en el
aspecto exterior, hay que ir al fondo de las cosas,
para no tener después desagradables sorpresas, como a menudo está
sucediendo con las sectas.
La experiencia enseña que donde la
gente conoce la diferencia entre la Iglesia Católica (la que
fundó Cristo) y las sectas (grupos particulares, fundados por hombres),
difícilmente un católico se deja confundir. Por lo tanto, es
urgente que todos los católicos conozcan esta realidad y se
sientan orgullosos de pertenecer a la única Iglesia que fundó
Cristo.
Aquí no se trata de triunfalismo, sino de amor
a la verdad, una verdad que hay que conocer y
proclamar frente a todos, sin ningún tipo de complejos, sino
con un espíritu de profundo agradecimiento al Señor por ser
objetos de una lección libre y soberana de su parte.
En esto precisamente tiene que consistir nuestra más profunda satisfacción
y seguridad como nuestra entrega personal, nuestros cantos, el don
de lenguas o de curación.
El club de los fariseos
Poner el acento sobre estos aspectos individuales y marginales, olvidando
los aspectos esencialmente eclesiales, desvía al creyente hacia posiciones equivocadas,
al estilo de los fariseos: «Gracias, Señor, porque no soy
como los demás» (Lc 18, 11). En esta perspectiva, ya
no importa conocer el origen de tal o cual grupo
religioso, su ideología y los valores que proclama, sino la
entrega del corazón y el testimonio de vida en aspectos
puramente exteriores y sin una verdadera trascendencia: no tomar, no
fumar, no comer carne de cerdo, pagar puntualmente el diezmo,
desmayarse durante la oración, etc.
Se empieza con flirtear con
los hermanos «entregados» de otros grupos religiosos, tratando de imitar
sus modales, su manera de vestir y hablar y sintiéndose
incómodos con los católicos «que no cumplen», «los del montón»,
«los ignorantes», «alejados de Dios», que son la mayoría. Para
dar el toque definitivo a este esfuerzo imitativo, se llega
hasta utilizar una biblia «evangélica», leer su literatura y usar
un tono de voz «americanizado». El elogio máximo que se
pueda hacer a este tipo de católico es confundirlo con
un «evangélico». «Ah no, te contestará; soy católico, pero estudio
la biblia, me llevo muy bien con los evangélicos y
no estoy de acuerdo con muchas cosas que se hacen
en la Iglesia Católica». Ay de ti, si se te
ocurre decir algo desfavorable con relación a los que dejan
la Iglesia para entrar en alguna secta. Pronto se exalta:
«Yo conozco a gente excelente, que se encuentra en otras
denominaciones religiosas».
Y con esa mentalidad, no hacen nada para
profundizar los fundamentos de la Iglesia Católica, felices de sentirse
parecidos a los «evangélicos», «entregados a Dios» y «abiertos hacia
los hermanos». A veces llegan hasta formar «comunidades ecuménicas», espontáneas,
sin la asesoría de alguien preparado bíblica y teológicamente. Y
entonces el flirteo se vuelve amorío, noviazgo y matrimonio, aceptando
todo lo que el nuevo líder «inspirado» enseña, como si
fuera la voz de Dios y se consideran como definitivas
las experiencias espirituales propias y del grupo. Y surge la
nueva secta.
A este punto, se acaba el fervor ecuménico
y empieza el proselitismo, el ansia de dar a conocer
a todos el nuevo descubrimiento, el nuevo Cristo que se
predica solamente en la nueva Iglesia recién estrenada. Y así
el «club de los fariseos», preocupado por las apariencias y
no por la esencia de las cosas, sigue engendrando divisiones,
pasando, sin darse cuenta, de la apertura al fanatismo, del
diálogo al monólogo y de la libertad a la esclavitud.
Masa y élite
En el fondo, el error que se
está cometiendo en el campo del ecumenismo y del diálogo
interreligioso (y en muchos otros aspectos de la vida eclesial)
consiste en no haber entendido el papel que las bases
juegan hoy en día en la vida de la Iglesia
y la sociedad. En el caso concreto del problema religioso,
no es cuestión de diálogo entre líderes católicos y líderes
de otros grupos religiosos, como si el pueblo no existiera
o estuviera compuesto por puros soldaditos, dispuestos a obedecer a
cualquier señal que viniera desde arriba. Hoy, si queremos que
algo tenga éxito en la práctica y no sólo en
el papel, es necesario que el pueblo esté involucrado en
todo el proceso de reflexión y elaboración del proyecto. Solamente
así podrá comprometerse con las acciones que derivan de tal
proceso.
No basta decir: «Amen a los que tengan otras
creencias, platiquen con ellos, dialoguen». Hay que explicar a los
católicos, a nivel de base, el sentido y el alcance
de esta nueva orientación de parte de la Iglesia y
prepararlos en concreto para el diálogo, conociendo la propia identidad
y los puntos en controversia. De otra manera, los
estamos enviando a la guerra sin armas. Por eso muchos
en el intento de dialogar se pasaron al bando opuesto,
al no contar con argumentos para rebatir los ataques de
los demás.
Confusión dentro de la Iglesia
Peor aún: muchos
sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos han entendido mal el ecumenismo.
He aquí algunos ejemplos. No cito nombres ni lugares para
no ofender. En cierta ocasión una señora que había estado
algún tiempo en una secta y pensaba regresar a la
Iglesia Católica por la lectura de algún libro mío, pidió
consejo a un famoso predicador católico. Este le pregunto: «¿Dónde
te entregaste a Cristo?» «En tal grupo evangélico», le contestó
la señora. «Pues bien, sigue en aquel grupo», sentenció el
famoso predicador católico. Esta respuesta dejó completamente desconcertado a la
señora y a sus amigos, que la habían llevado al
famoso predicador en busca de orientación.
Así que, «puesto que
en una secta te entregaste a Cristo, allá tienes que
seguir», como si tratara de un negocio cualquiera. «Ellos te
conquistaron, a ellos tienes que entregar al diezmo; les perteneces
a ellos, no los defraudes». ¿Y la búsqueda de la
verdad? ¿Y el deber de la conciencia de seguir la
verdad conocida? En otro lugar, supe de un sacerdote que
nunca rezaba el credo durante la misa, por no creer
en «una sola Iglesia, santa católica y apostólica». Para él,
todo era lo mismo, ecumenismo.
Otro sacerdote permitía que en
el mismo templo parroquial se llevaran a cabo campañas evangélicas.
«Fíjese, padre, que muchos católicos se están yendo
con ellos», le advertían. «No se preocupen -les contestaba-. Basta
seguir a Cristo. Todo lo demás sale sobrando. Ecumenismo».
«Padre,
me ofrecieron un curso bíblico en la casa. ¿Qué hago?»,
le preguntaba una señora a su párroco. «Acéptalo -fue la
respuesta-. Todo es palabra de Dios. Después podrás enseñarlo en
la Iglesia». La señora aceptó el curso, se hizo testigo
de Jehová y ahora es enemigo mortal de aquel sacerdote
y de todos los católicos.
Si hubiera habido más sentido
de responsabilidad de parte de muchos pastores de la Iglesia,
las sectas no habrían avanzado tanto. Muchos pastores se durmieron,
se descuidaron o no supieron orientar oportunamente a los feligreses
y ahí están las consecuencias. Ahora, rehacer el camino resulta
demasiado difícil. Pero lo vamos a intentar. En eso estamos.
Peregrino de la unidad
Por eso he decidido recorrer los
países más afectados por el problema de las sectas para
orientar, organizar y movilizar a los católicos más preocupados por
la suerte de sus hermanos frente al embate sectario. Para
muchos, mi llegada es una bendición; para otros, un anuncio
de muerte.
«No cabe duda que está cerca el fin
del mundo», declaraba un testigo de Jehová, sorprendido al ver
a los católicos realizar las visitas domiciliarias. «Claro -le contesté-,
cuando los católicos despiertan, para ustedes llega el fin».
¿Seré un nuevo don Quijote de la Mancha, recorriendo pueblos
y aldeas en pos de una utopía? Es posible. Lo
cierto es que en todas partes se despiertan esperanzas y
surgen nuevos Sancho Panza, que siguen mis pasos, cabalgando burritos
y espantando moscas. El futuro lo dirá.
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