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Autor: Luis Fernando Pérez | Fuente: www.luisfernando.com Vivencia íntegra de la fe cristiana
Artículo sobre la necesidad de vivir plenamente la fe cristiana haciendo frente a las dificultades
2ª Tim 3,12 Y también todos los que quieren
vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución
La vida del cristiano
que quiere vivir su fe íntegramente necesariamente será una vida
como la descrita por el apóstol Pablo. No pretendamos vivir
en Cristo mientras el mundo nos aplaude. Eso es imposible.
No pretendamos vivir en Cristo sin luchar hasta la extenuación
contra la multitud de enemigos que nos acechan. Sólo que
sepamos que en nuestra lucha tenemos al propio Cristo a
nuestro lado y que el Espíritu Santo es el paladín
de nuestros esfuerzos.
¿Quiénes son nuestros enemigos? ¿quiénes nos perseguirán
para que apostatemos de nuestra fe?
En primer lugar, el pecado.
Ese es el gran enemigo a batir. Forma parte de
nuestro hombre viejo, aquél que fue enterrado con el bautismo
y con nuestra definitiva conversión a Cristo, pero que se
niega a desaparecer por completo de nuestras vidas. Mientras estemos
en este mundo, será un gran adversario ya que siempre
es el pecado el principal obstáculo para nuestra comunión plena
con el Señor. Dado que el pecado nace de nuestras
propias concupiscencias, hemos de examinar nuestro corazón muy a menudo.
No hay cosa peor que estar en condición pecaminosa con
la conciencia tranquila. Sin llegar al extremo de la obsesión
debemos estar siempre alertas a la voz del Espíritu Santo
que nos recrimina cuando hacemos algo en contra de la
voluntad de Dios. Si anhelamos llevar una vida en santidad,
debemos saber que el Espíritu Santo se vale de la
Palabra de Dios, del consejo de nuestros pastores y de
nuestra vida de oración para encaminarnos por la buena senda
y mostrarnos las manchas que hemos de lavar en el
sacramento de la reconciliación. Por tanto, hermanos, agudicemos nuestros sentidos
espirituales para atender con prestancia a la voz del Espíritu
Santo. De ello dependerá la buena salud de nuestras almas.
Otro enemigo es el mundo. Aunque no deja de ser
algo paradójico que el mundo sea nuestro enemigo, ya que
al mismo tiempo es el campo donde nuestro ministerio como
cristianos ha de desarrollarse, lo cierto es que Cristo ya
nos advirtió de que aunque estamos en el mundo, no
somos parte de él. Nuestra ciudadanía está en los cielos,
en la Jerusalén celestial desde la cual todos los santos
nos ayudan con su intercesión en favor nuestro. No es
pequeña, pues, la ayuda que tenemos. Aprovechémosla y acojámonos a
la comunión de los santos que nuestra Iglesia ha predicado
desde siempre, como herramienta espiritual que nos fortalece en nuestro
caminar por este mundo alejado de Dios. Tenemos en derredor
nuestro una gran nube de testigos (Heb 12,1) que ya
han andado por los caminos que ahora transitamos. Vayamos sin
prisa, pero sin pausa, con los ojos en la meta
que es Cristo Jesús. Uno de los peligros que pueden
hacernos caer es la creencia de que tenemos que adaptar
nuestra fe y vivencia cristiana a las costumbres del mundo
que nos rodea. No es fácil ir contracorriente, imponiéndonos con
la ayuda de la gracia de Dios unos valores que
están en clara oposición a los valores de nuestra sociedad
actual. Enseguida acude la mentira a intentar convencernos de que
si vivimos en integridad la fe cristiana, seremos considerados como
unos bichos raros y nuestro testimonio apenas llegará a la
gente ya que nadie querrá ser un radical como lo
¿somos? nosotros. Pero lo cierto es que Cristo mismo es
el ejemplo a seguir en cuanto a su radicalismo en
seguir la voluntad del Padre y en vivir en consonancia
con la misión que tenía encomendada. Creo que si nuestra
sociedad se está deteroriando a pasos agigantados no lo es
tanto por la acción de las fuerzas del Inicuo como
por la falta de vivencia real y comprometida de aquellos
que nos llamamos cristianos.
Cuando se utiliza la libertad y
el respeto a los demás como excusa para no criticar
y señalar el pecado de nuestra sociedad, caemos en la
trampa del nihilismo ético y moral, que en el fondo
sólo puede llevar a la falsa "paz de los cementerios".
Pero no, eso no puede ser así. El cristiano es
un guerrero en constante batalla contra el pecado personal y
del mundo que le rodea. Dios no nos ha salvado
para que callemos y vivamos nuestra fe en silencio sino
para que proclamemos el evangelio con todos sus valores éticos
y morales. Y si eso nos lleva al enfrentamiento con
la sociedad en que vivimos, sepamos que esa y no
otra es la señal de que estamos en el buen
camino. Si somos pescadores de hombres no podemos pretender que
nuestros "peces" pueden seguir viviendo dentro del agua que les
rodea y que les sirve de sustento. Hay que sacarlos
de ahí para que mueran a su condición y así
puedan renacer a la vida eterna en Cristo Jesús.
Finalmente,
nuestro enemigo tiene un nombre propio bien conocido por todos:
Satanás, la serpiente antigua. Es real. Existe. Ha sido vencido
por Cristo en la cruz pero sigue dando coletazos buscando
la forma de engullirnos. Ahora bien, ni él ni todo
su ejército puede hacer nada para separarnos del amor de
Cristo. Podrá zarandear nuestros cuerpos y tentar nuestros espíritus, pero
si nos mantenemos firmes junto al Maestro, al final huirá.
No olvidemos que nuestra lucha no es contra carne y
sangre sino contra aquél que ya fue vencido por Cristo.
Por tanto, luchamos con la ventaja de saber que ya
tenemos la victoria en Jesucristo. No desesperemos pues, cuando veamos
que el Enemigo parece que a veces ha tomado ventaja
sobre nosotros. Mayor es el que está en nosotros que
él.
Tengamos ánimo. El futuro es nuestro. Luchemos la buena
batalla que el Señor nos ha puesto por delante. Nuestras
son las arras del Espíritu con que Dios nos ha
desposado con el Cordero. Cristo está con nosotros hasta el
fin del mundo. El Padre nos espera para el gran
abrazo con el que concluiremos esta carrera si en verdad
perseveramos hasta el final.
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