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Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: Teología Actual 32 (1999) 59-61 Fe, certeza y tolerancia
Conocer la Verdad es abrirse al misterio de la persona de Jesucristo, que no se impone por la fuerza, sino que solicita nuestra adhesión libre y responsable
Fe, certeza y tolerancia
Vivimos en una época marcada por el relativismo. La
"búsqueda sin término" es preferida a la posesión pacífica de
la verdad. La duda, la instalación existencial en la perplejidad,
el rechazo de todo dogma, parecen ser - se nos
dice - las actitudes más racionales, respetuosas y tolerantes con
las opiniones de los demás.
El reconocimiento de verdades o de
valores absolutos es contemplado muchas veces con recelo. Cada vez
que expresamos una convicción firme nos sentimos inclinados, casi instintivamente,
a matizarla, a restringir su alcance, anteponiendo un tranquilizador "para
mí", "según mi opinión", "a mi parecer"...
Nada nos asusta
tanto como dar la impresión de intolerantes. ¿Acaso no anida
en la aceptación de una verdad como absoluta la tentación
de querer imponerla por la fuerza a los demás? ¿No
subyace en toda persona cierta de la verdad de su
creencia un temible Jorge de Burgos - el oscuro personaje
creado por Umberto Eco - dispuesto a envenenar con arsénico
a todo aquel que se incline a ponerla en duda?
Un teórico del Derecho, Hans Kelsen, sostiene que "la tolerancia
presupone la relatividad de la verdad que se mantenga o
del valor que se postule; y la relatividad de una
verdad o de un valor implica que la verdad o
el valor opuestos no sean excluidos por completo" (Escritos sobre
la democracia y el socialismo, pág. 289). Si esta afirmación
es verdadera, si el relativismo es presupuesto necesario de la
tolerancia, al cristiano se le plantea una drástica alternativa: o
es cristiano o es tolerante, sin que pueda ser, hablando
en propiedad, ambas cosas a la vez.
La fe cristiana
implica la aceptación incondicional de verdades absolutas. Supone la adhesión
plena y firme a la verdad de la revelación divina,
que Dios nos manifestó para nuestra salvación.
Si admito que
Jesucristo es el Hijo de Dios encarnado, debo excluir por
completo la afirmación de que sea solamente un hombre, a
semejanza de otros líderes religiosos. Si creo que hay un
único Dios, no puedo concederle formalmente ningún valor de verdad
a la creencia en un panteón politeísta. Los ejemplos podrían
multiplicarse.
No faltan quienes personalmente se distancian de lo que
califican como una "fe de seguridades". Algunos cristianos preferirán decir:
"en mi opinión, Jesús es el Hijo de Dios, pero
no puedo excluir por completo la afirmación contraria; lo es
para mí, pero no puedo asegurar que objetivamente - en
sí - lo sea".
Esta postura parece muy razonable, pero
¿es sostenible por parte de un creyente?, ¿cabe un cristianismo
relativista?, ¿es posible creer sin certeza?, ¿se puede estar de
acuerdo con algunas verdades que profesa el cristianismo y rechazar
otras cuando no coincidan con la propia opinión?
La fe exige
la certeza, escribía - haciendo suya una afirmación constante de
la tradición cristiana - el Cardenal Newman: "si la religión
ha de consistir en verdadera devoción y no ha de
ser un mero sentimentalismo, si ha de constituir el principio
supremo de nuestra vida, [...] necesitamos más que un cierto
contrapeso de argumentos para fijar y controlar nuestro espíritu. El
sacrificio de las riquezas de la fama, de la posición,
la fe y la esperanza, el dominio de sí mismo,
la comunión con el mundo espiritual presuponen una aprehensión real
y una intuición habitual de los objetos de la revelación,
que no es otra cosa que certeza" (El asentimiento religioso,
pág. 221-222).
Es decir, si la fe nos compromete personalmente
hasta el punto de estar dispuestos a dejarlo todo y
a entregar, si fuese necesario, la propia vida antes que
renegar de ella, la fe conlleva la certeza, la seguridad
plena de que lo creído es verdadero, absolutamente verdadero. Esta
certeza se apoya no en la sabiduría de los hombres,
sino en la fidelidad de Dios a su palabra.
¿Cómo, entonces,
compaginar fe y tolerancia? No desde la aceptación del relativismo
como paradigma válido en el ámbito del conocimiento religioso, sino
desde la consideración de que Jesucristo, el Objeto de la
fe, es la Verdad. La Verdad tiene un rostro personal.
Conocer la Verdad es abrirse al misterio de la persona
de Jesucristo, que no se impone por la fuerza, sino
que solicita nuestra adhesión libre y responsable.
El cristiano es
tolerante no porque dude del contenido de su fe -
sabe de quién se ha fiado -, sino porque es
consciente de que su verdad no es suya, no le
pertenece; es una Verdad regalada, de la que no es
dueño, sino siervo. Es una Verdad que se desvela suavemente
al que la busca con humildad, que sabe esperar con
infinita paciencia y que se atestigua con la indulgente firmeza
de un amor que prefiere el silencio de la cruz
antes que cualquier palabra de coacción.
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