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Autor: P. Eduardo María Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.blogspot.com ¿De dónde sale la religión?
La religión nos conduce a la felicidad eterna.
¿De dónde sale la religión?
El hombre es un ser inteligente, y por lo mismo,
se plantea la explicación última de todas las cosas y
el sentido de su vida.
En lo más profundo, se da
cuenta de que él no es -ni puede ser- el
máximo ser en perfección (¡no soy Dios!) y que él
mismo no explica su existencia (mi propia existencia no puede
explicarse a partir de mí mismo), ni su vida (lo
que soy y cómo soy no se debe a mi
decisión). Experimenta también una fuerza irresistible hacia la felicidad, y comprueba
que nada ni nadie la puede satisfacer en este mundo.
Todo
esto lo hace un ser esencialmente religioso.
Busca alguien más grande,
más pleno, más perfecto... y cuando lo encuentra lo reconoce
como ser supremo: el único que puede darle la felicidad
para la que se da cuenta ha sido creado, y
que anhela con todo su ser. Y por eso mismo
se abre al El.
Ahora bien, ¿es todo esto un mero
invento destinado a saciar apetencias de grandeza y sueños de
felicidad del hombre?
¿Es razonable ser creyente?
Comencemos planeándonos la alternativa de
fondo: Dios o el azar, la lógica divina o la
irracionalidad, la causalidad divina (una causa inteligente) o la casualidad
arbitraria. Aquí radica todo.
Así lo explicaba Benedicto XVI en Ratisbona: “Creemos
en Dios. Esta es nuestra opción fundamental. Pero, nos preguntamos
de nuevo: ¿es posible esto aún hoy? ¿Es algo razonable?
Desde la Ilustración, al menos una parte de la ciencia
se dedica con empeño a buscar una explicación del mundo
en la que Dios sería superfluo. Y si eso fuera
así, Dios sería inútil también para nuestra vida. Pero cada
vez que parecía que este intento había tenido éxito, inevitablemente
resultaba evidente que las cuentas no cuadran. Las cuentas sobre
el hombre, sin Dios, no cuadran; y las cuentas sobre
el mundo, sobre todo el universo, sin él no cuadran.
En resumidas cuentas, quedan dos alternativas: ¿Qué hay en el
origen? La Razón creadora, el Espíritu creador que obra todo
y suscita el desarrollo, o la Irracionalidad que, carente de
toda razón, produce extrañamente un cosmos ordenado de modo matemático,
así como el hombre y su razón. Esta, sin embargo,
no sería más que un resultado casual de la evolución
y, por tanto, en el fondo, también algo irracional.
Los cristianos
decimos: "Creo en Dios Padre, Creador del cielo y de
la tierra", creo en el Espíritu Creador. Creemos que en
el origen está el Verbo eterno, la Razón y no
la Irracionalidad. Con esta fe no tenemos necesidad de escondernos,
no debemos tener miedo de encontrarnos con ella en un
callejón sin salida. Nos alegra poder conocer a Dios. Y
tratamos de hacer ver también a los demás la racionalidad
de la fe, como san Pedro exhortaba explícitamente, en su
primera carta (cf. 1 Pe 3, 15), a los cristianos
de su tiempo, y también a nosotros.
Creemos en Dios. Lo
afirman las partes principales del Credo y lo subraya sobre
todo su primera parte. Pero ahora surge inmediatamente la segunda
pregunta: ¿en qué Dios? Pues bien, creemos precisamente en el
Dios que es Espíritu Creador, Razón creadora, del que proviene
todo y del que provenimos también nosotros”. (Homilía en Ratisbona,
12.9.06).
Encontrar a Dios supone encontrar el origen de sí mismo;
y, por tanto, la razón de la propia existencia.
¿Qué es
una religión?
Toda religión es un modo concreto de llegar a
Dios: un camino de acceso a la divinidad, al Creador
del universo (y de nosotros mismos).
Todas ellas implican una concepción
de Dios y del mundo, a la que siguen unos
modos de relacionarse con ambos, de rendir culto (ritos de
adoración) y de vivir (un moral).
Básicamente en esto consisten todas
las religiones: hinduismo, budismo, judaísmo, cristianismo, islamismo, etc.
En general, se
podría decir que hay dos modos de plantearse la religión:
1.
Ascendente: el hombre busca caminos hacia su Creador: se esfuerza
por llegar, se “estira” para alcanzar a Dios: conocerlo, agradarlo,
honrarlo.
2. Descendente: Dios que se dirige al hombre y se
revela, lo salva y le muestra el camino de salvación.
En
el primer modo el hombre sigue el impulso interior que
lo lleva a buscar a su Creador y su plenitud.
Es elogiable y muestra una excelente intención. Pero por este
camino podrá llegar tan lejos como sea capaz... lo que
siempre será poco. El ascenso humano hacia Dios es claramente
insuficiente para alcanzar a Dios de modo pleno. Por muy
valioso que sea -y lo es-, su resultado no puede
no ser una religión humana; es decir, hecha por hombres.
Con muchos elementos verdaderos, algunos inventos de la imaginación humana,
y también los inevitables errores reflejo de las limitaciones del
hombre.
Una religión a la “medida del hombre” es una religión
solamente humana.
En cuanto a su origen, resulta evidente que la
religión verdadera sólo puede venir de lo alto: “de arriba”,
de Dios. No puede ser creación del hombre: sólo si
viene de Dios será divina.
La religión verdadera necesariamente tiene que
ser superior a nosotros: nos supera precisamente porque es divina.
Dios es más grande que el hombre. Su ser y
su verdad no pueden no superarnos. Lo que viene de
El, supera nuestras capacidades. Los conceptos humanos son “chicos” para
contener la verdad divina y las palabra humanas son incapaces
de expresarla.
De manera que una religión que venga de Dios
necesariamente deberá incluir elementos que no entiendo plenamente porque superan
mi capacidad de entender: es lo que llamamos misterios. Su
aceptación requiere de la fe.
Este es un punto de partida
claro: se necesita fe: ¡por definición! Mis razonamientos se quedan
cortos ante lo divino. Acepto lo que Dios revela, no
en base a planteamientos humanos, sino por su origen divino.
Es bueno que sea así: si la religión cupiera en
nuestra razón... sería demasiado pequeña.
Por tanto, no soy árbitro, no
decido: acepto una realidad que viene de lo alto y
que existe independientemente de mí. Una realidad grandiosa, que lejos
de humillarme, me engrandece.
Una religión que no viene de Dios
es una producción humana. Esto es obvio. En cambio si
viene de Dios, es divina. Una religión que no sea
divina ¡no sirve!
La religión divina no es una imposición, es
un regalo. El mayor don posible: la llave de acceso
a Dios.
Veámoslo con un ejemplo: un maestro en su colegio
podría limitarse a mirar el trabajo de sus alumnos, su
empeño para aprender a sumar, a escribir, etc. Si no
mediara una enseñanza previa, por más notables que fueran los
esfuerzos de los chicos, estaría muy claro que no llegarían
a conseguir resultados satisfactorios. Quizás algunos más inteligentes se aproximaran
un poco a la verdad, pero siempre de modo insuficiente:
necesitarían mucho tiempo y esfuerzo para llegar a los conocimientos
que tiene su maestro, que a su vez los recibió
de sus propios maestros.... Todos necesitan -necesitamos- una guía. Y
confiar en la enseñanza del maestro (máximamente cuando el “Maestro”
es Dios mismo).
De manera que podríamos concluir que la religión
divina no se “construye” según opiniones humanas. No la hacemos
los hombres. La religión viene de lo alto. Y sólo
puede venir de lo alto. Todas las religiones humanas son
un esfuerzo muy meritorio, pero no pueden llegar muy lejos. La
realidad no se “decide” por mayoría. Ni la intramundana ni
la divina. Las cuestiones de religión tampoco dependen de estadísticas
sociológicas. No son meras opiniones personales: hacen referencia a la
realidad sobrenatural: el Creador, el sentido de lo creado, al
proyecto divino para el mundo y el hombre, la realización
personal, el acceso a Dios, la vida después de la
muerte, etc.
Además no todas las opiniones valen lo mismo: las
hay verdaderas y falsas, más y menos fundadas, razonables o
insostenibles. No es lo mismo torturar que dar de comer
al hambriento, por más convencido que esté quien tortura de
que así le hace un bien a la humanidad. El relativismo
no tiene sentido. No cierra por ningún lado. De hecho,
no es posible “funcionar” en clave relativista en ningún ámbito
de la vida concreta: ni para alimentarse, trabajar, tratar los
seres queridos, hacer inversiones, usar una computadora, salir de viaje...
La
cultura moderna circunscribe el relativismo (“todo es lo mismo”, “no
hay opciones mejores o peores”, “todas las religiones conducen a
Dios”, etc.) sólo al campo de las cuestiones más importantes
de la existencia: las que hacen al sentido de su
vida, la religión y la moral. Es una opción realmente
no racional, que carece de sentido. Sólo tendría sentido si
Dios no existiera y la religión fuera un cuento para
niños.
Pero existe un mundo superior a nosotros. Puede ser difícil
buscarlo, pero renunciar a su búsqueda no es sensato.
En este
terreno es obvio que necesitamos fe. Sin fe no se
puede acceder a Dios. Sin fe no se puede reconocer
la religión verdadera.
Por lo mismo, quien carece de fe, lejos
de ser un privilegiado, tiene un problema muy serio: le
falta lo que le permitiría el acceso a las verdades
decisivas de su vida. Desconoce la verdad más profunda de
sí mismo: de dónde viene, adonde va, cómo realizar su
vida, qué sucede después de la muerte, etc. Lo que
más importa conocer, está fuera de su campo visual. Tiene que
buscar el sentido de su vida, de otro modo podría
vivir “entretenido” con las cosas de la tierra, pero le
faltará la clave de lectura de su existencia. Si busca
con sinceridad, encontrará que Dios se hace el encontradizo y
recibirá la fe: porque la da Dios, es un don
que se recibe.
El cristianismo es una religión revelada. Dios nos
transmite la verdad sobre sí mismo y su plan para
nosotros; y, además, se comunica El mismo. Es cuestión de
fe. La fe se tiene o no se tiene. Es
como un tesoro escondido en un campo: se encontró o
no se encontró. En materias de fe no se puede convencer
a nadie: cada uno tiene que encontrar a Dios personalmente.
No
se puede obligar a creer: libremente se debe aceptar a
Dios y su revelación.
Se puede rezar por quien no cree
para que lo encuentre. Y ayudarlo a buscar.
Pero loco sería
quien pretendiese imponer a Dios sus propios gustos y modas.
Y, más todavía, quien se erigiera en juez de su
Creador, exigiéndoles explicaciones sobre lo que hace o permite. No, la
religión no la hacemos nosotros, para nuestra fortuna viene de
lo alto; y esto es lo mejor que nos podría
haber sucedido.
Pero hay más...
La religión no sólo enseña un conjunto
de verdades sobre Dios, nosotros y el mundo; sobretodo comunica
una vida divina: eleva al hombre sobre sí mismo para
introducirlo en el mundo divino. Y nos conduce a la
vida eterna. Este es el punto más importante: a través
de la religión, la vida divina viene a nosotros.
La religión
-si es verdadera- no sólo brinda consuelo para esta vida
sino que sobretodo nos conduce a la felicidad eterna: esta
es su razón de ser.
De esta manera, la religión no
empequeñece la vida, llenándola de prohibiciones, sino que amplía sus
horizontes, engrandeciendo las posibilidades vitales. Llena la existencia y le
abre caminos insospechados. Y sobre todo nos introduce en la
felicidad divina. Por su grandeza no puede no ser exigente. Y
esto, es parte de su belleza.
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