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Autor: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E. | Fuente: Foro de Teología Moral San Alfonso III. Aspectos teológicos de la conversión
Aspectos positivos y negativos. Conversión y justificación
El problema de la conversión se analiza teológicamente cuando
se estudia el problema de la justificación. Se entiende por
justificación el movimiento por el cual el hombre pasa del
estado de pecado al estado de justicia de Dios o
estado de gracia. Comprende, por tanto, un doble aspecto: negativo,
la remisión de los pecados; positivo, la renovación interior del
hombre. El término a quo, o punto de partida, de
este movimiento es el estado de pecado, mientras que el
término ad quem, o punto de arribo, es el estado
de filiación adoptiva de Dios, o estado de "justicia". Dicho
de otra manera, la justificación y la conversión indican: pasivamente
el movimiento de la creatura que pasa al estado de
justicia; activamente es la acción por la cual Dios nos
justifica; formalmente, designa la transformación interior del sujeto que se
hace justo. El protestantismo, en cambio, afirma que la justificación
es exclusivamente un acto forense (es decir, judicial) o declarativo19.
1.
Los polos de la conversión
Según acabamos de decir, podemos distinguir
en la conversión dos "polos".
1) La remisión de los pecados
El
primero (su aspecto negativo) es la destrucción del pecado. Se
ve claramente en numerosos textos bíblicos donde se afirma que
los pecados son borrados, quitados, lavados, purificados: Yo soy, yo
mismo soy el que borro tus iniquidades... y no me
acordaré de tus pecados (Is 43,25); Haced, pues, penitencia y
convertíos, para que sean borrados vuestros pecados (He 3,19)20. El
Magisterio lo ha definido solemnemente: "...la justificación misma que no
es sólo remisión de los pecados..."21; "la justificación arranca al
hombre del pecado"22.
Basándonos en estos testimonios, debemos sostener que en
la justificación del impío, todos y cada uno de los
pecados mortales son real y verdaderamente borrados y quitados. De
lo contrario, el hombre justificado sería al mismo tiempo justo
e injusto, objeto de amor y de odio; estaría apartado
de Dios y unido a Dios. Por eso, explica Santo
Tomás: "Esta justicia puede producirse en el hombre conforme a
la razón de movimiento que va de un contrario a
otro. En este sentido, la justificación implica cierta transmutación del
estado de injusticia al estado de la justicia predicha. A
esta manera nos referimos aquí al hablar de la justificación
del impío, conforme al texto del Apóstol: Más al que
no trabaja, sino que cree en el que justifica al
impío, etc. Y como el movimiento se denomina más bien
por el término final que por el punto de partida,
por eso esta transmutación, mediante la cual sale uno del
estado de injusticia por el perdón de sus pecados, recibe
el nombre del término final (ad quem) y se llama
justificación del impío"23. Esa misma realidad cuando es observada según
la transformación que se produce en la persona que la
"padece" recibe el nombre de "conversión".
2) La infusión de
la gracia
El segundo es el aspecto positivo: la conversión "pone"
algo en el alma. La Sagrada Escritura lo afirma diciendo
que se trata de una "renovación interior" del hombre: Os
daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu
nuevo... Pondré en vosotros mi espíritu (Ez 36,26-27); Es menester
que abandonéis vuestra vida pasada, y Os desnudéis del hombre
viejo, el cual se corrompe siguiendo la ilusión de las
pasiones, para renovaros por una transformación espiritual de vuestro juicio,
y revestiros del hombre nuevo, en la justicia y santidad
de la verdad (Ef 4,22-24). La justificación es descrita asimismo
como una regeneración24, una renovació25, una nueva creación26.
El Concilio de
Trento definió que la justificación no consiste solamente en la
remisión de los pecados sino también en la santificación y
renovación del hombre interior por la recepción de la gracia
y de los dones que constituyen la causa formal de
dicha justificación27; al mismo tiempo anatematizó y condenó las afirmaciones
contrarias de los reformadores protestantes28.
Santo Tomás explica la necesidad de
la infusión de la gracia divina sin la cual ni
hay remisión de los pecados, ni renovación interior, recordando que
la remisión del pecado se verifica por un acto del
amor divino; ahora bien, el amor divino deja siempre un
germen o fruto. Por tal razón, donde hay un nuevo
motivo de amor divino, se verifica también la presencia de
un nuevo fruto de ese amor. Por eso, siendo la
remisión del pecado señal de un acto especial de la
divina dilección, debe pensarse también en algún fruto positivo en
el amado, y dicho efecto es precisamente la gracia29.
2. Dios
y el hombre en la conversión y justificación
1) Dios en
la conversión
Es de fe que la causa primera y principal
de la justificación y conversión es Dios. Esto debe entenderse
del modo más amplio, es decir, en el sentido de
que Dios es el que toma la iniciativa, Él es
la causa total de la gracia (absoluta gratuidad de la
misma) sin que ésta dependa de mérito alguno en la
creatura, y Él es el que da la perseverancia en
la gracia.
Nadie puede venir a mí si el Padre no
lo atrae (Jn 15,5); esto es lo que se denomina
"gracia actual operante". De este modo, el mismo deseo de
la conversión y la misma inquietud de la conversión deben
ser atribuidas a la acción de Dios: es de Dios
el primer querer del fin sobrenatural. Sobre esto giró la
controversia agustiniana del "initium fidei", o preparación para la fe:
el Magisterio condenó el error semipelagiano que pretendía atribuir al
hombre los primeros movimientos hacia la fe (deseo de salir
del pecado, nostalgia de Dios, petición de la ayuda divina,
etc. ).
Los semipelagianos incurrían en el error metafísico de independizar
la causalidad segunda (el obrar de la creatura) respecto de
la Causa Primera (Dios), y el no poder explicar cómo
puede seguirse un efecto estrictamente sobrenatural (la conversión, justificación y
salvación) de un acto en definitiva humano. Contra ellos el
IIº Concilio Arausicano (Orange, año 529) afirmó que la misma
petición de la gracia proviene de la gracia y afirma
que decir algo distinto a esto contradice cuanto dice el
Profeta Isaías: He sido encontrado por los que no me
buscaban; me aparecí a quienes no preguntaban por mí (Is
65,1)30. Asimismo, añade que "aun el querer ser limpios se
hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del
Espíritu Santo"31. Sigue diciendo que "si alguno dice que está
naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio
de la fe y hasta el afecto de credulidad por
el que creemos en Aquel que justifica al impío y
que llegamos a la regeneración del sagrado bautismo, no por
don de la gracia –es decir, por inspiración del Espíritu
Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la
fe, de la impiedad a la piedad–, se muestra enemigo
de los dogmas apostólicos, como quiera que el bienaventurado Pablo
dice: Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena,
la acabará hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1,6)"32.
Finalmente señalo aquellas afirmaciones que dicen: "Si alguno dice que
se nos confiere divinamente misericordia cuando sin la gracia de
Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos,
pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión
e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que
creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe,
todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia
a la humildad y obediencia humanas y no consiente en
que es don de la gracia misma que seamos obedientes
y humildes, resiste al Apóstol que dice: ¿Qué tienes que
no lo hayas recibido? (1Cor 4,7); y: Por la gracia
de Dios soy lo que soy (1Cor 15,10)"33.
2) Los actos
del hombre en la justificación34
Junto a esto hay que afirmar
que la justificación de los adultos dotados de uso de
razón no se hace sino con la libre cooperación de
los mismos; por el contrario, la de los niños o
de aquellos que no tienen uso de razón (amentes) se
verifica sin necesidad de su cooperación35. En cambio, según los
luteranos y calvinistas el pecador en la justificación se comporta
como un instrumento pasivo e inánime36.
La Escritura, el Magisterio y
la Tradición hablan, en efecto, de una auténtica actividad por
parte del hombre: Todo el que oye a mi Padre
y recibe su enseñanza, viene a mí (Jn 6,45). El
Concilio de Trento afirma: "...La justificación... no es sólo remisión
de los pecados, sino también santificación y renovación interior, por
la voluntaria recepción de la gracia y de los dones..."37.
Esto es lo que enseña San Agustín: "Quien te creó
sin ti, no te justificará sin ti"38. El Catecismo, por
su parte, resume la doctrina del Magisterio diciendo: "La justificación
establece la colaboración entre la gracia de Dios y la
libertad del hombre"39. Es más, tanto la Revelación cuanto la
teología especifican cuáles son esos actos que debe realizar el
hombre en proceso de la conversión: se trata de los
actos de fe, caridad y arrepentimiento de los pecados40.
Esto nos
asoma al misterio de la relación entre la libertad y
la gracia. La suavidad de la divina Providencia provee a
cada cosa según su modo propio, por consiguiente, a las
causas libres, las mueve respetando siempre su libertad. Luego, cuando
Dios infunde la gracia en el alma de un adulto
dotado de razón y libertad, mueve al mismo tiempo el
libre albedrío para que preste su libre consentimiento a dicha
recepción: "Dios mueve a todos los seres según el modo
particular de cada uno de ellos, y así vemos que
en las cosas naturales mueve de una manera a las
cosas pesadas y de otra a las ligeras, debido a
la diversa naturaleza de cada una. De aquí que mueve
también a los hombres a la justicia conforme a la
condición de su naturaleza. Ahora bien, el hombre es libre
por su propia naturaleza. Por consiguiente, en aquel que tiene
el uso de su libertad no se da la moción
divina a la justicia sin un acto de libertad, sino
que de tal manera infunde el don de la gracia
justificante, que, al mismo tiempo que lo infunde, mueve la
libertad a aceptar el don de la gracia en aquellos
que son capaces de esta moción"41.
Sin embargo, aun moviendo a
la criatura libre según su modo propio, es decir, libremente,
debemos reconocer que hay afirmaciones claras de la Sagrada Escritura
que nos hablan del rechazo de la gracia por parte
de algunos hombres; otras veces, en cambio, se afirma que
alcanza su efecto salvífico de un modo absolutamente eficaz. Esto
presenta una dificultad teológica: ¿dónde radica la diferencia entre un
caso y el otro? Afirmar que la diferencia está en
la obra del hombre no ofrece dificultades en cuanto al
rechazo (cuanto hay de defectuoso viene de nosotros), pero aplicarlo
a la aceptación es incurrir en el error del semipelagianismo.
En efecto, dice el Concilio Arausicano II: "Si alguno afirma
que por la fuerza de la naturaleza se puede... consentir
a la saludable evangélica predicación, sin la iluminación o inspiración
del Espíritu Santo... es engañado de espíritu herético"42. Y también,
usando palabras de San Próspero de Aquitania: "Cuantas veces bien
obramos, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con
nosotros"43; asimismo, citando ahora a San Agustín: "Muchos bienes hace
Dios en el hombre, que no hace el hombre; pero
ningún bien hace el hombre que no otorgue Dios que
lo haga el hombre"44.
Por otra parte, afirmar que de Dios
viene tanto la aceptación de la conversión y la gracia
cuanto el rechazo no presenta objeciones en cuanto a lo
primero –es lo que venimos de exponer– pero entenderlo de
lo segundo nos empuja a la aberrante doctrina de la
"predestinación reprobativa" condenada reiteradamente por la Iglesia, como por ejemplo,
en el IIº Concilio de Valence (año 855): "...En los
malos [Dios] supo de antemano su malicia, porque de ellos
viene, pero no la predestinó, porque no viene de Él.
Que hayan sido algunos predestinados al mal por el poder
divino, como si no pudieran hacer otra cosa, no sólo
no lo creemos, sino que si hay algunos que quieran
creer tamaño mal, contra ellos... decimos anatema con toda detestación"45.
Estamos
ante uno de los más difíciles misterios de la teología,
que podemos enmarcar como sigue:
a) Es verdad de fe que
podemos resistir a la acción divina sobre nosotros cuando Dios
permite que le resistamos. La divina revelación nos recuerda nuestras
rebeldías a la gracia divina: Yo llamo y vosotros resistís
(Pr 1,24); ¡Hombres de dura cerviz y de corazón y
oído incircuncisos! Vosotros resistís al Espíritu Santo (He 7,51)46.
El hombre,
pues, no es un instrumento meramente mecánico de la gracia,
incapaz de resistirse a ella, como nos recuerda el Concilio
de Trento: "Si alguno dijere que el libre albedrío del
hombre, movido y excitado por Dios, no coopera en nada
asintiendo a Dios que le excita y llama para que
se disponga y prepare para obtener la gracia de la
justificación, y que no puede disentir, si quiere, sino que,
como un ser inánime, nada absolutamente hace y se comporta
de modo meramente pasivo, sea anatema"47.
Esto implica que hay gracias
que pueden ser resistidas. Algunos teólogos las llamaron "gracias suficientes".
Sabemos que las hay, pues, es de fe que Dios
quiere que todos los hombres se salven: Dios quiere que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de
la verdad... pues Jesús se dio, Él mismo, en rescate
por todos (1 Tim 2,4-6). Esto implica que Dios ofrece
a todos su gracia, ya que sin la gracia no
hay salvación. Al mismo tiempo sabemos que Dios no puede
ser causa del rechazo de la gracia, por imposibilidad metafísica
y moral, ya que sería causa de lo formal del
pecado.
San Alfonso en su Obra dogmática contra los herejes que
se dicen reformados (escrita en 1769), afirmaba –resumiendo la doctrina
de la Escritura, de los Padres y teólogos–: "Dios quiere
que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4). Si
no se admite esta gracia suficiente, con la cual, sin
necesidad de otra gracia no común a todos, pueda cada
uno orar, y orando obtener la gracia eficaz y observar
la ley, yo no entiendo cómo los oradores sagrados pueden
exhortar al pueblo a convertirse si a algunos les fuera
negada también la gracia de orar; porque la gente podría
responder: ‘Esto que tú nos dices a nosotros, dile a
Dios que lo haga, pues nosotros no tenemos ni la
gracia inmediata eficaz para actualmente convertirnos, ni la gracia suficiente
mediata por medio de la oración para obtenerla’"48. De aquí
su leit-motiv: "Tantos se condenan, siendo tan fácil salvarse... ¡Orad!
¡Orad! ¡Orad!"49.
b) Es también verdad de fe que la acción
salutífera de Dios es absolutamente eficaz cuando Dios así lo
quiere y esto sin mermar la libertad del hombre: Es
Dios quien opera en vosotros el querer y el obrar
según su beneplácito (Flp 2,13); El corazón del rey es
un curso de agua en la mano de Yahvéh, Él
lo inclina hacia donde quiere (Pr 21,1).
Péguy, en su obra
Clio escribía al respecto: "Los hombres que Dios quiere tener,
los tiene; los pueblos que Dios quiere tener, los tiene;
las humanidades que Dios quiere tener, las tiene. Cuando la
gracia no viene derecha, viene de través; cuando no viene
derecha, quiere decirse que viene torcida y, cuando no viene
torcida, quiere decirse que viene por partes. Hay que desconfiar
de la gracia, dice la historia. Cuando quiere tener un
ser, lo tiene; cuando quiere tener una criatura, la tiene.
Ella no toma nuestros mismos caminos: ella toma los caminos
que quiere. Ella no toma siquiera sus mismos caminos; no
toma nunca más de dos veces el mismo camino. Ella
es quizá libre, dice la historia; ella es fuente de
toda libertad"50.
Dios debe ser causa de la aceptación de la
gracia, por necesidad metafísica, ya que todo lo que tiene
ser por participación se reduce a la Causa Primera; nuestra
sola libertad no puede ser la causa última, independiente de
la moción divina, de nuestra salvación, a causa de la
infinita desproporción entre causa y efecto.
De aquí se siguen dos
principios que resumo en la forma en que Santo Tomás
los expone en la Suma Contra Gentiles.
El primero es que
"de modo razonable se imputa al hombre el no convertirse
a Dios" y no a Dios, aunque no pueda haber
conversión sin la gracia. Explica el Angélico: "Hay que tener
en cuenta que, aunque uno no pueda merecer la gracia
divina por impulso de su libre albedrío, puede, no obstante,
impedirse a sí mismo de recibirla; pues en Job 21,14
se dice de algunos: Decía a Dios: Apártate de nosotros;
no queremos conocer tus caminos. Y en Job 24,13: Fueron
rebeldes a la luz. Y como quiera que está al
alcance del libre albedrío el impedir o no impedir la
recepción de la gracia, no sin razón se le imputa
como culpa a quien obstaculiza la recepción de la gracia,
pues Dios, en lo que de Él depende, está dispuesto
a dar la gracia a todos, como se dice en
1 Tim 2,4: Quiere que todos se salven y lleguen
al conocimiento de la verdad. Y sólo son privados de
la gracia quienes ofrecen en sí mismos obstáculos a la
gracia; tal como se culpa al que cierra los ojos,
cuando el sol ilumina al mundo, si de cerrar los
ojos se sigue algún mal, aunque él no pueda ver
sin contar con la luz del sol"51.
El segundo principio es
que no puede pensarse en injusticia alguna si Dios libra
a algunos del pecado y a otros abandona en él52.
Lo explica en la Contra Gentiles: "Aunque el que peca
ofrece un obstáculo a la gracia y, en cuanto lo
exige el orden de las cosas, no debiera recibir la
gracia, sin embargo, como Dios puede obrar fuera del orden
aplicado a las cosas, del mismo modo que da vista
al ciego o resucita al muerto, algunas veces, como exceso
de su bondad, se les anticipa con su auxilio a
quienes ofrecen impedimento a la gracia, desviándolos del mal y
convirtiéndolos al bien. Y del mismo modo que no da
vista a todos los ciegos ni cura a todos los
enfermos, para que en los que cura aparezca el efecto
de su poder y en los otros se guarde el
orden natural, así también no a todos los que resisten
a la gracia los previene con su auxilio para que
se desvíen del mal y se conviertan al bien, sino
sólo a algunos, en los cuales quiere que aparezca su
misericordia, así como en otros se manifiesta el orden de
la justicia. De aquí que el Apóstol diga a los
Romanos (9,22): Pues para mostrar Dios su ira y dar
a conocer su poder, soportó con mucha longanimidad a los
vasos de ira, maduros para la perdición, para hacer ostentación
de la riqueza de su gloria sobre los vasos de
su misericordia, que Él preparó para la gloria. Mas como
quiera que Dios, entre los hombres que persisten en los
mismos pecados, a unos los convierta previniéndolos y a otros
los soporte o permita que procedan naturalmente, no se ha
de investigar la razón por qué convierte a éstos y
no a los otros, pues esto depende de su simple
voluntad, del mismo modo que dependió de su voluntad el
que, al hacer todas las cosas de la nada, unas
fueran más excelentes que otras; tal como de la simple
voluntad del artífice nace el formar de una misma materia,
dispuesta de idéntico modo, unos vasos para usos nobles y
otros para usos bajos. Con este motivo dice el Apóstol
en la carta a los Romanos (9,21): ¿O es que
no puede el alfarero hacer del mismo barro un vaso
de honor y un vaso indecoroso?"53.
Hay que tener cuidado de
no malinterpretar ni sacar falsas conclusiones de esta verdad, lo
que podría oprimir al alma con dudas y tentaciones contra
la fe. Por eso, con gran prudencia, San Ignacio indicaba
como una de sus "Reglas para sentir con la Iglesia":
"No debemos hablar mucho de la predestinación por vía de
costumbre; mas, si en alguna manera y algunas veces se
hablare, así se hable que el pueblo menudo no venga
a error alguno, como algunas veces sucede, diciendo: si tengo
de ser salvo o condenado, ya está determinado, y por
mi bien hacer o mal no puede ser ya otra
cosa; y con esto entorpeciendo se descuidan en las obras
que conducen a la salud y provecho espiritual de sus
ánimas"54.
En esto hay que recordar las consoladoras palabras de Pascal:
"No me buscaríais si no me hubieseis ya encontrado".
Concluyo tomando
las palabras con que el Papa Juan Pablo II resumía
la maravillosa doctrina de San Agustín sobre la relación entre
libertad y gracia: "[San Agustín] Sostuvo siempre que la libertad
es un punto fundamental de la antropología cristiana. Lo sostuvo
contra sus antiguos correligionarios55, contra el determinismo de los astrólogos,
de quienes él mismo había sido víctima56, y contra toda
forma de fatalismo57, explicó que la libertad y la presciencia
divina no son incompatibles58, como tampoco lo son la libertad
y la ayuda de la gracia divina. ‘Al libre albedrío
no se le suprime porque se le ayude, sino que
se le ayuda precisamente porque no se le elimina’59. Por
lo demás, es célebre el principio agustiniano: ‘Quien te ha
creado sin ti, no te justificará sin ti. Así, pues,
creó a quien no lo sabía, pero no justifica a
quien no lo quiere’60.
A quien ponía en tela de juicio
esta conciliabilidad o afirmaba lo contrario Agustín le demuestra con
una larga serie de textos bíblicos que libertad y gracia
pertenecen a la divina Revelación y que hay que defender
firmemente ambas verdades61. Llegar a ver a fondo su conciliación
es cuestión sumamente difícil, que pocos llegan a comprender62 y
que puede incluso crear angustia para muchos63, porque al defender
la libertad se puede dar la impresión de negar la
gracia, y viceversa64. Pero es preciso creer en su conciliabilidad
como en la conciliabilidad de dos prerrogativas esenciales de Cristo,
de las que una y otra dependen respectivamente. Efectivamente, Cristo
es al mismo tiempo salvador y juez. Pues bien, ‘si
no existe la gracia, ¿cómo salva al mundo? Y si
no existe el libre albedrío, ¿cómo juzga al mundo?’65.
...La doctrina
sobre la necesidad de la gracia se convierte en la
doctrina sobre la necesidad de la oración, en la que
tanto insiste Agustín66, porque, como escribe él, ‘es cierto que
Dios ha preparado algunos dones incluso para quien no los
pide, como, por ejemplo, el comienzo de la fe, pero
otros sólo para quien los implora como la perseverancia final’67
....No
será inútil recordar que la defensa de la necesidad de
la gracia para Agustín es la defensa de la libertad
cristiana. Tomando como punto de partida las palabras de Cristo:
Si el Hijo os libera, entonces seréis verdaderamente libres (Jn
8, 36), Agustín se hizo defensor y cantor de aquella
libertad que es inseparable de la verdad y del amor.
Verdad, amor, libertad, he aquí los tres grandes bienes que
apasionaron el alma de Agustín y estimularon su genio. Sobre
ellos derramó él mucha luz de comprensibilidad.
...En cuanto a la
gracia que fortifica la voluntad, insiste diciendo que obra por
medio del amor y que por lo tanto hace invencible
la voluntad contra el mal sin quitarle la posibilidad de
no querer. Al tratar de las palabras de Jesús en
el Evangelio de Juan: Nadie viene a mí si el
Padre no lo atrae (Jn 6, 44), comenta él: ‘No
creas que vas a ser atraído contra tu voluntad: al
alma le atrae también el amor’68. Pero el amor, observa
él también, obra con ‘liberal suavidad’69; por eso ‘observa la
ley libremente quien la cumple con amor’70: ‘La ley de
la caridad es ley de libertad’71"72.
PSICOLOGÍA Y TEOLOGÍA DE
LA CONVERSIÓN R.P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.
19 La doctrina protestante
puede resumirse en tres tesis principales: 1º Al identificar el
pecado con la concupiscencia (y quedando ésta presente tras el
bautismo y el sacramento de la penitencia) el protestantismo deduce,
consecuentemente, que la justificación no remite real y verdaderamente los
pecados sino que solamente los encubre, tapa y no imputa
al pecador. 2º La justificación no se verifica por la
infusión de alguna forma sobrenatural en el interior del hombre
(la gracia) sino tan sólo por la imputación extrínseca de
la misma justicia de Cristo. 3º La justificación no requiere
de nuestra parte otra cosa que un acto de fe,
por el cual creemos que la justicia de Cristo nos
ha sido aplicada, y que en consecuencia, nuestros pecados no
nos serán imputados delante de Dios. De estos principios se
deriva, en forma lógica, la teoría del homo simul iustus
et peccator, el hombre es al mismo tiempo, justo y
pecador. Bultmann llega a decir: "El hombre permanece siempre un
pecador, y siempre es un justificado sólo en el juicio
de Dios" (Citado por José Mª Millas, El pecado y
existencia cristiana. Origen, desarrollo y función de la concepción del
pecado en la teología de Rudolf Bultmann, Ed. Herder, Barcelona
1989, p. 332). Millas explica: "Notemos la frase ‘el justificado
es justo cabe Dios, y es un pecador sobre la
tierra’, que indica la permanencia del ser pecador en el
justificado y la simultaneidad de pecado y perdón como dos
totalidades" (p. 331).
20 Otros textos: Sl 51,3: Ten compasión de
mí, oh Dios, según tu gran misericordia; según la multitud
de tus piedades, borra mi iniquidad; Miq 7,18s: ¿Quién es
semejante a ti, que perdonas la maldad... que pisas nuestras
culpas y echas al fondo del mar nuestros pecados?; Is
1,16s: Lavaos, purificaos... aunque vuestros pecados fueren como la grana,
como la nieve quedarán blancos; aunque fueren rojos como la
púrpura, se tornarán blancos como la lana; Jn 1,29: Este
es el cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo; 1 Cor 6,11: Habéis sido lavados...
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alguna duda, conoces algún caso que quieras compartir, o quieres
darnos tu opinión, te esperamos en los foros de
Catholic.net donde siempre encontrarás a alguien al otro lado de
la pantalla, que agradecerá tus comentarios y los enriquecerá con
su propia experiencia.
27 Cf. Dz 799; Cf. Catecismo
de la Iglesia Católica, nº 1991.
28 Cf. Dz 820-821.
29 I-II,
113, 2.
30 Cf. Concilio II de Orange, canon 3; Dz
176.
31 Ibid., canon 4; Dz 177.
32 Ibid., canon 5; Dz
178.
33 Ibid., canon 6; Dz 179. Siguen afirmaciones semejantes en
los demás cánones.
34 Cf. I-II, 113, 3-5.
35 Estos sujetos no
son capaces de actos libres; por consiguiente, en virtud del
principio que usa el Aquinate en el cuerpo del artículo
3, Dios los mueve sin causar en ellos el acto
del libre consentimiento, del que, por otra parte, no son
naturalmente capaces ni aun para actos proporcionados a su naturaleza.
36
Afirmaciones condenadas por el Concilio de Trento: cf. Dz 814,
817.
37 Dz 799.
38 Sermón 169, 2, 13; ML 38, 923.
39
Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1993.
40 Sobre la fe:
Heb 11,6; Mc 16,16; Dz 798; Catecismo de la Iglesia
Católica, nº 1993; Santo Tomás: I-II,114,4. Sobre la caridad: St
2,14; Dz 819; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1993;
Santo Tomás: I-II, 113,4 ad 1. Sobre el arrepentimiento de
los pecados: Sl 50,19; Ez 18, 21-23; Lc 18, 13-14;
He 2,38; Dz 798, 813; Santo Tomás: I-II,113,5.
41 I-II, 113,
3.
42 Dz 180.
43 Dz 182.
44 Dz 193.
45 Dz 322.
46 Is
65,2: Tendí mis manos todos los días a un pueblo
rebelde, que marcha por una mala vía, según el agrado
de sus pensamientos; Mt 23,37: Jerusalén, Jerusalén, que matas a
los profetas y que lapidas a los que te son
enviados, ¡cuántas veces he querido yo congregar a tus hijos,
como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas,
y tú no lo has querido!; 2Cor 6,1: Os exhortamos
a hacer de modo que no hayáis recibido la gracia
de Dios en vano.
47 Dz 814; cf. Dz 1296.
48 San
Alfonso, Opere, Marietti, VIII, pp. 889-900; citado por Th. Rey-Mermet,
El santo del siglo de las luces, B.A.C., Madrid 1985,
p. 637.
49 Rey-Mermet, ibidem.
50 Cit. en G. Barra, Psicología..., p.
218.
51 CG, III, 159.
52 Cf. I-II,106,3 ad 3.
53 CG, III,
161.
54 San Ignacio, EE, 367.
55 Cf. De libero arb., 3,
1, 3: PL 32, 1272; De duabus animabus, 10, 14:
PL 42, 104-105.
56 Cf. Confess., 4, 3, 4: PL 32,
694-695.
57 Cf. De civ. Dei, 5, 8: PL 41, 148.
58
Cf. De libero arb. 3, 4, 10-11: PL 32, 1276;
De civ. Dei, 5, 9, 1-4: PL 41, 148-152.
59 Ep.,
157, 2, 10: PL 33, 677.
60 Serm., 169, 11, 13:
PL 38, 923.
61 Cf. De gratia et lib. arb.; 2,
2-11, 23: PL 44, 882-895.
62 Cf. Ep., 214, 6: PL
33, 970.
63 Cf. De pecc. mer. et rem., 2, 18,
28; PL 44, 124-125.
64 Cf. De gratia Christi et de
pecc. orig., 47, 52: PL 44, 383-384.
65 Ep., 214, 2:
PL 33, 969.
66 Cf. Ep., 130: PL 33, 494-507.
67 De
dono perserv., 16, 39: PL 45, 1017.
68 Tractatus in Io,
26, 25: PL 35, 1607-1609.
69 Contra Iulianum, 3, 112: PL
45, 1296.
70 De gratia Christi et de pecc. orig., 1,
13, 14: PL 44, 368.
71 Ep. 167, 6, 19: PL
33, 740.
72 Juan Pablo II, Carta Apostólica Agustinum Hipponensem, en
el XVI centenario de la conversión de San Agustín, nº
4 (libertad y gracia), 28 de agosto de 1986.
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