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Sectas, Apologética y Conversos | sección
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Conversos Famosos | tema
Autor: P. Ángel Peña | Fuente: Libro ateos y Judíos Convertidos.
Ignace Lepp
Ignace Lepp, comunista furibundo, que llegó a ser sacerdote por la gracia y la misericordia de Dios.
 


IGNACE LEPP, francés, se entregó al ideal comunista al poco tiempo de la
revolución bolchevique, y se convirtió al cristianismo al iniciarse la segunda guerra
mundial. En su libro De marx a Cristo va desgranando las diversas etapas de su vida
agitada. Habla de sus primeras actividades como activista comunista y de sus contactos
con los más altos dirigentes soviéticos y de cómo llegó a ser uno de los máximos
dirigentes de los intelectuales revolucionarios de Europa.

Este libro es como un Diario, donde expresa cómo, a lo largo de toda su vida,
buscó desesperadamente un ideal por el que pudiera vivir y morir. Y, al final, lo
encontró en Cristo, decepcionado del comunismo y de las incongruencias de sus
dirigentes, que vivían a todo lujo mientras las masas obreras vivían en la miseria.
Dice así: Cuando más desorientado me hallaba, se manifestó el Signo... Al
volver una noche a casa, no conseguía conciliar el sueño. Para pasar el tiempo fui a
buscar la novela que la hija de la casa había olvidado en la mesa del salón... Era
mediodía del día siguiente, cuando acabado el libro, lo cerré. Tenía los ojos inundados
de lágrimas. El título de la novela era “Quo vadis”, de un tal Sienkievicz, novelista
polaco, premio Nóbel de 1905... Lo apasionante para mí fueron los numerosos datos
que “Quo vadis” proporcionaba sobre la vida de las comunidades cristianas
primitivas. Súbitamente, tuve la impresión de que todo aquello, a que más o menos
confusamente había aspirado desde los quince años, buscándolo en vano en el
comunismo, no era, a pesar de todo, pura utopía, ya que los primeros cristianos lo
habían vivido... Después comencé a leer otros libros sobre el tema. Me lo tragué todo:
“Los últimos días de Pompeya”, Fabiola del cardenal Wiseman, luego novelas
francesas, alemanas e italianas (sobre el primitivo cristianismo).

Leí la “Vida de Jesús” de Ernesto Renan... Después de Renan, leí las obras de
los racionalistas Harnack, Strauss, Guignebert, Loisy, del protestante Sabatier, de los
católicos Batifol, Duchesne, Prat, Lagrange... Tanto católicos como protestantes y no
creyentes pintaban la primitiva comunidad cristiana casi con los mismos colores...
Todos los libros leídos se referían a una misma fuente: el Evangelio. Era ya hora de
que lo leyese por mi propia cuenta...

A continuación, pasé varias semanas, frecuentando asiduamente reuniones de
bautistas, metodistas, adventistas, pentecostales y otras iglesias... Después de haber
asistido a la reunión, solía pedir una entrevista con el pastor-predicador de la
comunidad. Le decía quién era y qué buscaba, rogándole que me hablase de su iglesia.
En la mayoría de casos, me sorprendía desagradablemente la mediocridad intelectual
de mis interlocutores, incapaces de responder con precisión a mis preguntas... También
me chocaba la extraña intolerancia de todos aquellos hombres, por lo demás piadosos
y caritativos, hacia las demás iglesias, especialmente, cuando se trataba de quienes
ellos denominaban con desprecio los “papistas” (católicos). Era aún peor que la
intolerancia de los comunistas. Entonces, comprendí el sentido exacto de la palabra
sectario... Los pastores de las grandes iglesias de la Reforma: la luterana, la anglicana,
la calvinista, eran hombres de una cultura más amplia y refinada. Discutir con ellos
era ya harina de otro costal, porque hablábamos el mismo lenguaje... Pero tampoco el
protestantismo, en ninguna de sus formas, respondía completamente a lo que del
cristianismo esperaba, ni pudieron los pastores convencerme de la continuidad
histórica entre el cristianismo primitivo y sus iglesias respectivas. A menudo, tuve la
impresión de que les costaba comprender mi insistencia en este punto. Tales iglesias, de
estructuras demasiado estrictamente nacionalistas, me parecían carentes de
universalidad... Empezaba ya a desanimarme (de encontrar la verdad), cuando el azar,
o si se prefiere la providencia, puso en mi camino a un sacerdote católico excepcional,
un teólogo jesuita...

Con gran consuelo, vi que su Iglesia daba tanta importancia como yo a la
cuestión de la continuidad ininterrumpida con la Iglesia fundada por Jesús hace dos
mil años en Palestina.

Durante varias semanas, pasé casi cada día dos o tres horas hablando con él...
Por fin, la tarde del 14 de agosto, pronuncié la fórmula de abjuración de todo error y
herejía e hice mi profesión de fe católica. Inmediatamente, fui bautizado “sub
conditione” (bajo condición), porque no sabía, si en mi infancia había recibido o no
bautismo válido...

A partir del día de mi bautizo, quedé sólidamente anclado en la fe. Apenas sabía
rezar, conocía mal las exigencias de la vida cristiana, pero la gracia había comenzado
ya a obrar en mí. Ahora, habiendo transcurrido desde mi bautismo muchos años, en
cuyo curso, como ocurre con todos los creyentes, han alternado tantas veces períodos
de gran fervor con otros de aridez, puedo considerar como una gracia particular el no
haber sentido jamás lo que se llama dudas y obstáculos en la fe... De todas las Órdenes
religiosas, la que mejor llegué a conocer fue la dominicana. Allí estaba el P. Bernadot,
un hombre extraordinario, y allí editaban la revista “La vie spirituelle” y “La vie
intellectuelle...” Estudié en la Facultad de Teología de la Universidad Católica de
Lyon... y el 29 de Junio de 1941, en la basílica de Fourvière, la Iglesia me confirió el
sacerdocio 23.

Ignace Lepp, comunista furibundo, que llegó a ser sacerdote por la gracia y la
misericordia de Dios.


21 Bruno Schafer, o.c. p.36-37. p. 219.
22 ib. p. 222-223.










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