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Autor: P. Ángel Peña | Fuente: Libro ateos y Judíos Convertidos. Manuel García Morente, gran filósofo español.
Y fue tal el impacto recibido que decidió dedicar toda su vida al servicio de
Dios. Fue ordenado sacerdote en 1940 y murió en Madrid el 7 de diciembre de 1942.
MANUEL GARCÍA MORENTE (1886-1942), gran filósofo español, nos cuenta en la
carta que dirigió a su director espiritual Monseñor José María
García Lahiguera, en setiembre de 1940, el hecho extraordinario de su
conversión.
Él era ateo, aunque había hecho de niño su primera
comunión. Pero sus estudios de filosofía lo habían alejado de Dios
y de la religión. Al comenzar la guerra civil española, tuvo
que huir a Francia, porque lo buscaban para matarlo. Estaba
en París, desesperado por no encontrar los medios humanos para conseguir
que su familia llegara a París para estar a salvo con
él. En esas circunstancias, la noche del 29 al 30
de abril de 1937, escuchó un trozo de música de Berlioz,
titulada La infancia de Jesús, que lo dejó con una gran
paz interior. Dice así: Cuando terminó (la música) cerré la radio
para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa
música me había sumergido. Y por mi mente empezaron a desfilar
imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Seguí representándome
otros períodos de la vida del Señor... Y, poco a poco,
se fue agrandando en mi alma la visión de Cristo, de
Cristo hombre, clavado en la cruz... No me cabe duda
de que esta especie de visión (interior) no fue sino producto
de la fantasía excitada por la dulce y penetrante música de
Berlioz. Pero tuvo un efecto fulminante en mi alma. “Ése
es Dios, ése es el verdadero Dios, Dios vivo; ésa es
la Providencia viva” -me dije a mí mismo-. Ése es Dios,
que entiende a los hombres, que vive con los hombres,
que sufre con ellos, que los consuela, que les da aliento
y les trae la salvación. A Él sí que puedo
pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es pedir
y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que
se ha dado entero a nosotros los hombres. ¡A rezar,
a rezar! Y, puesto de rodillas, empecé a balbucir el Padrenuestro,
pero ¡se me había olvidado! Permanecí de rodillas un gran rato,
ofreciéndome mentalmente a Nuestro Señor Jesucristo con las palabras que se
me ocurrían buenamente. Recordé mi niñez, recordé a mi madre, a
quien perdí cuando yo contaba nueve años de edad; me
representé claramente su cara, el regazo en que me recostaba, estando
de rodillas para rezar con ella y, lentamente, con paciencia, fui
recordando el Padrenuestro... También pude recordar el Avemaría...
Una inmensa paz se
había adueñado de mi alma. Es verdaderamente extraordinario e incomprensible cómo
una transformación tan profunda pueda verificarse en tan poco tiempo... En
el relojito de pared sonaron las doce. La noche estaba serena
y muy clara. En mi alma reinaba una paz extraordinaria.
Me parece que debía sonreír... Pensé: Lo primero que haré mañana
será comprarme un libro devoto y algún manual de doctrina cristiana.
Aprenderé las oraciones, me instruiré lo mejor que pueda en las
verdades dogmáticas, procurando recibirlas con la inocencia del niño... Compraré también
los santos Evangelios y una vida de Jesús. “¡Jesús, Jesús!
¡Bondad! ¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un ademán de amor,
de perdón, de universal ternura. ¡Jesús!” Debí quedarme dormido.
Me puse en
pie, todo tembloroso y abrí de par en par la
ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví
la cara hacia el interior de la habitación y me quedé
petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no
lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. En
la habitación no había más luz que la de una
lámpara eléctrica, de esas diminutas de una o dos bujías en
un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no
tocaba nada. No tenía la menor sensación. Pero Él estaba allí.
Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía
su presencia con la misma claridad con que percibo el papel
en que estoy escribiendo y las letras que estoy trazando.
Pero no tenía ninguna sensación ni en la vista, ni en
el oído ni en el tacto ni en el olfato
ni en el gusto. Sin embargo, lo percibía allí presente con
entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que
era Él, puesto que lo percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es
eso posible? Yo no lo sé. Pero sé que Él
estaba allí presente y que yo, sin ver ni oír ni
oler, ni gustar, ni tocar nada, lo percibía con absoluta
e indubitable evidencia... No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como
hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atrevía a
moverme y que hubiera deseado que todo aquello - Él allí-
durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y
tan íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano que
yo sentía...
Era una caricia infinitamente suave, impalpable, incorpórea, que emanaba
de Él y que me envolvía y me sustentaba en vilo,
como la madre que tiene en sus brazos al niño... ¿Cómo
terminó la estancia de Él allí? Tampoco lo sé. Terminó.
En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba Él
aún allí y yo lo percibía y me sentía inundado de
ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después,
ya Él no estaba allí, ya no había nadie en
la habitación... Debió durar su presencia un poco más de una
hora 31.
Y fue tal el impacto recibido que decidió dedicar
toda su vida al servicio de Dios. Fue ordenado sacerdote en
1940 y murió en Madrid el 7 de diciembre de
1942.
29 Alexis Carrel, Viaje a Lourdes, Ed. Iberia, Barcelona,
p. 128-130. 30 ib. p. 13. 31 Manuel García Morante, El hecho
extraordinario, Ed. Rialp, Madrid, 2002, p. 36-43.
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