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Autor: P. Ángel Peña | Fuente: Libro ateos y Judíos Convertidos. Maria Benedicta Daiber.
María Benedicta Daiber escribió su Diario, publicado por el arzobispado de
Barcelona con el título La fuerza del amor. Su proceso de beatificación está en marcha.
MARÍA BENEDICTA DAIBER (1913-1971) relata su conversión en su escrito
Y yo te venceré. Sus padres eran de origen alemán, protestantes,
aunque habían perdido la fe y fueron a residir a Chile,
en donde su padre era el médico de un pequeño
pueblecito llamado Puerto Octay. Dice ella:
A los ocho o diez años
era yo una atea consumada. Mi padre repetía continuamente en mi
presencia: No hay Dios... Como en Puerto Octay, la mayoría
de los habitantes eran católicos, oía hablar algunas veces de la
Santísima Virgen... Un día, movida por un impulso misterioso, repetí tres
veces el nombre dulcísimo: “María, María, María”. Y largo rato estuve
como absorta en algo que, entonces, no sabía definir... A los
doce años cayó en mis manos una Biblia. Tengo que
confesar que, literalmente, devoré los Evangelios y, por primera vez, comprendí
el vacío inmenso que deja en el alma la falta de
fe. Me atormentaban ya estas preguntas: “¿de dónde vengo?, ¿a dónde
voy?, ¿por qué existo?” Y la vida me parecía triste,
sin sentido y vacía... Mi madre quiso enseñarme historia eclesiástica, pero
era la historia vista a través del odio a la Iglesia
y yo bebía a torrentes ese odio en las enseñanzas
de mi madre. Era el odio al Papa, al clero... Los
sacerdotes, me decía mi padre, son unos hipócritas, que explotan al
pueblo y no creen lo que enseñan... Un día, tenía aproximadamente
quince años, mi padre me llevó al hospital y, mientras él
visitaba a sus enfermos, yo me quedé en un saloncito.
Había allí un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, del cual
mi padre se burlaba continuamente. Ese cuadro encarnaba para mí, por
decirlo así, todo cuanto odiaba en el catolicismo. Así que,
ese día, me coloqué frente a la imagen de aquel Corazón,
que tanto ama a los hombres, y amenazándolo con ambas manos,
le dije que lo odiaba, que odiaba a su Iglesia,
a sus sacerdotes y que estaba resuelta a hacer todo el
mal posible a esta Iglesia. En ese mismo instante, resonaron en
el fondo de mi alma, estas palabras: “Y yo te
venceré”. Aterrada y presa de espanto, volví las espaldas al cuadro
y, por primera vez, comprendí que un día yo, que odiaba
tanto a la Iglesia, sería católica. No confesé a nadie
lo sucedido; pero, durante meses me negué a acompañar de nuevo
a mi padre al hospital. No quería encontrarme otra vez a
solas con Jesús. En marzo de 1922 (a los dieciocho años),
mi padre me llevó a Santiago (Chile)
para estudiar en el
Liceo... Quise asistir a la clase de religión, pero una
de las profesoras, sabiendo que no era católica, me lo impidió...
Un buen sacerdote trató de probarme la existencia de Dios, pero
todo fue inútil. Entonces, aprendí el Padrenuestro, el Avemaría, la Salve,
el Acordaos... Sólo quería que me enseñara oraciones a la Virgen
y, en las tardes, hacía mi visita a la Madre
de Dios, me arrodillaba ante su altar y le repetía una
y otra vez las oraciones que había aprendido. Si aquel sacerdote
no logró convencerme de la existencia de Dios, obtuvo sin
embargo, un resultado que no sospechó jamás. Mi convicción íntima era
que los sacerdotes no creían y sólo explotaban la credulidad del
pueblo, y pude observar que él se sacrificaba por mí, sin
que yo le pagara nada... Lo veía frecuentemente en una
iglesia cerca del Liceo en intensa oración y esto me impresionaba
profundamente. Y pensé: No es cierto que todos los sacerdotes católicos
sean unos hipócritas, mis padres me han engañado en este punto.
¿Será la religión católica la verdadera?
Comencé a decir está oración:
“Dios mío, si acaso existes, dame fe”. En setiembre de 1922
se celebró el II Congreso Eucarístico nacional en Santiago. Mi madrina
me llevó a la plaza Brasil para que viera pasar
a Nuestro Señor. Así vi por primera vez a Jesús hostia
y al ver la hostia santa, tuve la seguridad absoluta:
“Ahí está Dios”. Sentí de tal manera la presencia de Dios,
que arrastré a mi pobre madrina en pos de Jesús sacramentado
hasta la iglesia a la cual se dirigía la procesión.
En aquel instante, creí en Dios... Aquella noche de agosto me
acosté con el rosario en las manos, tranquila y feliz, porque
había encontrado la fe. A las pocas horas, desperté presa de
angustia indecible. Pensé en mis padres, recordé sus ideas hostiles
a la Iglesia, se me presentó el profundo dolor que les
causaría mi conversión y cómo interiormente me separaba de ellos. Se
libró en mi alma una lucha formidable, que terminó al amanecer
con la derrota de Dios. Resolví no hacerme católica y
así se lo comuniqué a mi madrina... Fueron semanas y meses
de indecible sufrimiento, en que mi solo consuelo era pasar largas
horas de silenciosa adoración a los pies de Jesús sacramentado. Oí
todas las misas que podía ir, de vez en cuando,
al convento de los capuchinos. Allí un anciano sacerdote trataba con
bondad paternal de sostenerme en mis luchas y consolarme...
Volví a Puerto
Octay a pasar mis vacaciones (con mis padres). Uno de
los sufrimientos más duros fue la privación de la santa misa.
En ella encontraba luz, consuelo, fuerza y paz. Una sola vez
les arranqué el permiso para oír misa... Pero todas las tardes,
desde mi cuarto, hacía en espíritu una visita a Jesús
sacramentado y miraba por la ventana la torre de la iglesia
parroquial... Para encontrar un pretexto que justificara mis actitudes (de no
hacerme católica) alegaba la infalibilidad del Papa, único dogma del cual
no estaba convencida. El error entre muchos protestantes, que mi madre
me había enseñado, es pensar que infalible significa, a la
vez, no estar sujeto a ningún error y ser impecable. ¡Yo
había creído que cada palabra salida de la boca del Papa
debía aceptarse como infalible! Una vez que se me explicó
el verdadero sentido del dogma, lo acepté sin la mayor dificultad. Por
fin, un 8 de setiembre, fecha que yo misma fijé
por ser fiesta de la Santísima Virgen, me bautizaron bajo condición...
Al día siguiente, hice mi primera comunión en la capilla de
la Universidad Católica. Sin embargo, aunque yo tenía esa tranquilidad que
se siente, cuando se cumple la voluntad de Dios, ni
el día de mi bautismo, ni el de mi primera comunión
tuve consuelos sensibles. Solamente, al comulgar por segunda vez, el día
del Dulce Nombre de María, experimenté en toda su extensión la
dicha inmensa de ser católica y ese sentimiento duró semanas
y meses... Nadie en adelante podría impedir que comulgara. Simplemente, vi
delante de mí una tarea, una misión: la de lograr que
también mis padres participaran de mi dicha y se hicieran católicos...
Escribí a todos los conventos de carmelitas para solicitar oraciones y
recorrí casi todo Santiago, pidiendo oraciones a las comunidades religiosas. Me
parecía que el resultado de tantas oraciones debía ser inmediato,
pero Dios quiso enseñarme a ser más paciente y esperar contra
toda esperanza, pues durante varios años, las oraciones no producían ningún
resultado... Pero, al final, se convirtieron.
¡Qué felicidad ver a mi padre
comulgar silencioso y recogido, dichoso con la visita de su Dios!
¡Cómo compensaban ampliamente esos momentos los cuatro años de angustia y
temores por su salvación que había pasado!... Mi madre comulgaba diariamente
y se confesaba todas las semanas y me decía: “He
estado tantos años lejos de Dios, que ahora quiero recuperar el
tiempo perdido...” Mi madre amaba de modo especial a Jesús sacramentado.
Los domingos y fiestas casi no salía de la Iglesia. Cuando
podía, asistía a la adoración nocturna. La noche del día
que murió, la pasé entre mi madre y Jesús sacramentado en
la iglesia del colegio del buen pastor y la pasé cantando.
Nadie perturbaba mi dulce soledad. En el silencio de la
noche me parecía que de lejos, de los esplendores de la
gloria, me contestaban, porque para el alma que vive de fe,
no hay más muerte que el pecado. Lo que el
mundo llama muerte es el comienzo de la verdadera vida. ¿Por
qué había yo de llorar a la que viviría eternamente? El
cielo es la última palabra de amor de Dios a
los hombres y allí espero cantar un día yo también eternamente
las misericordias del Señor 44.
María Benedicta Daiber escribió su Diario,
publicado por el arzobispado de Barcelona con el título La fuerza
del amor. Su proceso de beatificación está en marcha.
44 María
Benedicta Daiber, Y yo te venceré, publicado por Mons. José
Ignacio Alemany, Lima.
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