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Autor: P. Ángel Peña | Fuente: Libro ateos y Judíos Convertidos. Douglas Hyde 20 años comunista.
Douglas Hyde, un gran convertido, un gran luchador por la causa de Dios contra
los comunistas, que le habían mentido y engañado durante veinte años.
DOUGLAS HYDE (1911–1981) fue un gran periodista inglés, educado como metodista
por sus padres, pero que en su juventud perdió la
fe y se hizo comunista durante 20 años, ocho de los
cuales fue director jefe del periódico Dayly Worker, el periódico del
partido comunista inglés. Pero, poco a poco, fue desilusionándose del comunismo
al ver las grandes incongruencias de los comunistas soviéticos, hasta
que llegó a encontrar un nuevo sentido a su vida, convirtiéndose
a la fe católica. Escribió un libro Respuesta al comunismo y
su Autobiografía, titulada Yo creí, en la que cuenta: Yo creía
que todos los sacerdotes, monjas y monjes eran inmorales, que
los jesuitas eran siniestros y criminales. Y seguía conservando mis prejuicios
comunistas. En el partido sosteníamos que la población católica representaba la
parte más atrasada, inculta y políticamente moribunda del pueblo y que
los católicos estaban hundidos en la superstición y gobernados, sin esperanza
de liberación, por los curas45. Para los comunistas no hay valores
espirituales ni consideraciones morales o éticas. Ni la más mínima piedad
humana influye en su sentir marxista, ni el amor ni
la compasión ni el patriotismo tienen cabida en su estructura.
Para ellos
no existe la verdad ni el honor, excepto dentro de
su círculo inmediato de camaradas. La conciencia se ha convertido en
algo que la impulsa a mentir, a engañar, a traicionar. El
comunismo es el fin de sí mismo y ese fin
justifica siempre los medios.46
Un día al salir de la oficina, entré
a una iglesia católica. Permanecí una hora sentado en la oscuridad,
iluminada sólo por la vacilante llama de las velas del
altar. A la mañana siguiente, volví teniendo cuidado de entrar, cuando
no me viera nadie... Cuanto más veía aquella iglesia, más me
gustaba. Pero seguía sin poder rezar. Era ridículo y degradante arrodillarse,
un signo de sumisión, de rendimiento, de humildad. Era como hablar
con alguien que no estaba presente, que ni siquiera existía.
Pero yo seguí yendo día tras día, noche tras noche 47.
Una
mañana sucedió algo. Estaba sentado en la penumbra de Santa
Etheldreda en el último banco como de costumbre, cuando entró una
joven de unos dieciocho años, pobremente vestida y no muy agraciada.
A mi me parecía que sería una criada irlandesa. Pero, al
pasar por mi lado, vi la expresión de su rostro:
estaba preocupada. Como yo, tenía evidentemente alguna grave preocupación. Con paso
decidido avanzó por el centro de la iglesia hacia el altar,
después giró hacia la izquierda, encaminándose a un reclinatorio en el
que se arrodilló delante de Nuestra Señora, después de haber encendido
una vela y echado unas monedas en la alcancía. A la
luz de la llama de la vela, pude ver cómo
sus manos pasaban unas cuentas y cómo inclinaba la cabeza de
vez en cuando. Aquella era una práctica católica que yo desconocía.
Aquel era el mundo de la fe. Aquel era el
mundo que yo buscaba ¿Era una superstición? ¿Era el mundo propio
de los salvajes? Al pasar a mi lado, cuando salía, miré
el rostro de la joven. Fuera cual fuera su preocupación
había desaparecido. Sencillamente desaparecido. Y yo hacía meses y años que
llevaba a cuestas el peso de la mía.
Cuando estuve seguro de
que nadie me veía, me encaminé casi como un perro por
el centro de la iglesia como ella había hecho. Al
llegar al altar, giré a la izquierda, eché unas monedas en
la alcancía, encendí una vela, me arrodillé en el reclinatorio
e intenté rezar a Nuestra Señora. Pero era lo mismo que
me ahorcaran por una oveja que por un cordero. Si iba
a ser supersticioso e iba a rezar a alguien que
no estaba allí, bien podría dar un paso más en mi
superstición y rezar a una imagen. Pero ¿cómo se rezaba a
Nuestra Señora? Yo no lo sabía. ¿Se rezaba a Ella
o por medio de Ella como si fuese una intermediaria? ¿Se
contemplaba la imagen para ver la realidad que había tras ella
o había que dirigir las palabras solamente a la imagen?
Tampoco lo sabía. Intenté recordar alguna oración dedicada a Ella de
la literatura medieval o algo de los poemas de Chesterton o
Belloc. Pero fue inútil... Fuera de la iglesia traté de
recordar las palabras que había pronunciado y casi me eché a
reír. Eran la letra de una música de baile del año
veinte de un disco de gramófono que había comprado en
mi adolescencia: Oh dulce y encantadora señora, sed buena. Oh
Señora, sed buena conmigo 48.
A las ocho y media de la
noche del 17 de enero de 1948 telefonee al colegio
de los jesuitas de nuestro barrio para bautizar a nuestros dos
hijos... y nuestra instrucción comenzó bajo la dirección del Padre Joseph
Corr, un santo y culto anciano jesuita del norte de Irlanda,
que comenzó su tarea sin hacernos más preguntas. Tardó semanas
en saber quién era yo 49.
Después de convertido, me puse a
trabajar solo, escribiendo para periódicos de todo el mundo, pero conservando
mi independencia. Emprendía una serie de artículos en el Catholic Herald,
explicando en breves bosquejos mi conversión del comunismo al catolicismo y
contando algunas anécdotas. Mis artículos despertaron gran interés y, todavía más
importante, sirvieron de orientación a muchos, como demostraba la correspondencia que
recibía... Algunos de mis folletos fueron distribuidos entre las guerrillas comunistas
griegas y otros en China roja. Un folleto fue traducido
al indonesio para su distribución entre los comunistas de aquel país...
Desde todas partes de Inglaterra me llegaban invitaciones de organizaciones políticas
y, desde luego, de millares de sociedades católicas para dar conferencias...
Acudía a todas partes, no importaba que fuese a hablar a
seis monjas en un pequeño convento o a cinco mil personas
en una gran sala de una ciudad. En dos años
hablé en cientos de regiones y recorrí miles de millas. La
empresa primera y principal era despertar la conciencia de los cristianos,
no precisamente porque fuesen anticomunistas, sino, porque había que hacerles comprender
que sus acciones eran las que decidirían el curso de
la historia durante las próximas centurias. En aquellos dos años, hablé
probablemente a medio millón de personas por lo menos... Dormí en
trenes, en monasterios, en hoteles y escribí en todas partes 50.
Douglas
Hyde, un gran convertido, un gran luchador por la causa
de Dios contra los comunistas, que le habían mentido y engañado
durante veinte años, inculcándole odio contra Dios y los reaccionarios creyentes.
Por eso, ahora no podía callarse, debía hacer conocer el amor
que Cristo había venido a traer a la tierra. A
veces, decía que se quedaba asombrado, cuando hablaba a sus amigos
y compañeros de su fe, y ellos lo tomaban como si
fuera un fanático.
Dice que, cuando era comunista, procuraba estar al
día para poder contar a sus amigos todo lo que descubría
de nuevo en el comunismo y, cuando hacía lo mismo como
católico, parecía que se reían de él, como si muchos
católicos estuvieran viviendo una fe aguada, sin base ni fundamento, de
rutina, que no aprovecha ni a quien la posee. Y decía:
Si realmente creyeran que Jesús está vivo, ¿cómo podrían estar
indiferentes para comunicar esta gran noticia a otros?
Y termina con estas
palabras su libro Yo creí: No me fue fácil llegar
a conocer a mi nuevo Dios. El amor de Dios no
me llegó automáticamente... Lentamente, yo llegué a conocer el amor de
Dios. Pero una cosa es segura: mi Dios no ha
fracasado51.
45 Douglas Hyde, Yo creí, Luis de Caralt, Barcelona, 1952,
p. 284. 46 ib. p. 323. 47 ib. p. 288. 48 ib. p.
290. 49 ib. p. 299. 50 ib. p. 328-329.
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