Autor: Jorge Enrique Mujica L.C. De primer ministro chino a sacerdote católico
Cuando murió su mujer, Lou Tseng-Tsiagn ingresó como monje benedictino en la Abadía de San Andrés.
De primer ministro chino a sacerdote católico
Nacido en 1871, fue embajador de Bélgica y Rusia, ministro
de asuntos exteriores y primer ministro durante un breve período
de tiempo. Tiempo después visitaba, tras la II Guerra Mundial,
la Bélgica ocupada por los nazis. Esta vez ataviado con
un hábito de monje benedictino y como sacerdote.
(Roy Peachey/The Catholic Herald) Hace noventa años, el antiguo
primer ministro y ministro de de Asuntos Exteriores chino, Lou
Tseng-Tsiang, se quedó solo al rechazar la firma del Tratado
de Versalles. Este desafío es hoy absolutamente desconocido, pero en
aquellos días volvió a casa como un héroe. Veinte años
después, el mismo hombre, realizó uno de los más extraños
viajes políticos del siglo XX, haciendo frente a los desafíos
de la II Guerra Mundial como monje benedictino y sacerdote
en la Bélgica ocupada por los nazis.
Nacido en 1871 en
el seno de una familia protestante de Shanghai, Lou fue
un alumno de la escuela local de idiomas. Tras diversos
estudios en Pekín, trabajó como traductor para la delegación china
en Sanpetersburgo, antes de entrar a formar parte del cuerpo
diplomático del país. Fue embajador en Bélgica y Rusia y,
con la fundación de la República China en 1911, se
hizo cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores y poco después,
por un breve periodo de tiempo, fue nombrado primer ministro.
Era
el ministro de Asuntos Exteriores y encabezó la delegación china
en la Conferencia de Paz de Versalles. La situación que
tuvo que afrontar era extremadamente complicada. Alemania había conquistado parte
de la provincia de Shandong en 1897, pero luego la
perdió a manos de Japón durante la Gran Guerra. Los
japoneses, que reclamaban el territorio, usaron esta circunstancia como una
herramienta útil que les permitiera obtener una mayor influencia sobre
el débil Gobierno chino. Los aliados, que consideraban a Japón como
su más fuerte apoyo e ignorando el hecho de que
miles de trabajadores chinos habían muerto en la frontera oeste,
permitieron a Japón mantener los territorios chinos que habían ocupado.
Afrontando el hecho con cierta humillación diplomática, Lou rechazó firmar
el tratado. Fue el único representante que lo hizo.
Del matrimonio,
al monasterio
Tras la guerra, Lou fue paulatinamente alejándose de la
primera línea política, dimitiendo como ministro de Asuntos Exteriores para
concentrarse en la lucha contra la hambruna creciente, antes de
abandonar China en 1922, para ayudar a su esposa belga,
Berthe Bovy, a recuperarse de una enfermedad grave. Como católica,
Berthe nunca fue la mujer que los padres de Lou
hubieran elegido para él y, como extranjera, tampoco obtuvo el
apoyo de los jefes políticos de Lou. Sin embargo, Lou
estaba convencido de que «nuestros espíritus y nuestros corazones estaban
hechos el uno para el otro». La prueba es que
su matrimonio fue una permanente fuente de felicidad para ambos.
En 1922, Berthe necesitó un periodo de recuperación en Suiza,
donde Lou trabajó por un corto espacio de tiempo como
delegado de las Naciones Unidas y como embajador en Suiza.
Sea como fuere, la salud de su mujer no se
recuperó y murió en 1926. En consecuencia, Lou decidió retirarse
de la vida pública por completo y, habiéndose bautizado como
católico 15 años antes, ingresó en el noviciado de la
abadía de san Andrés en la nación de su mujer.
Allí vivió en clausura, estudiando teología y finalmente, fue ordenado
sacerdote.
Cualquier sueño de vivir el resto de sus días en
la paz del monasterio fue desterrado por la irrupción de
la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi de Bélgica.
Como quiera que aquellos hechos fueran devastadores, marcaron una nueva
fase en la vida del hombre que ahora era conocido
como Don Pierre Célestin.
La «vocación cristiana de China»
Cuando la abadía
fue incautada por los Nazis en 1942, se desplazó a
Brujas, donde empezó –de forma titubeante al principio- a compartir
los frutos de sus experiencias. En 1943, a pesar del
acoso de los nacional socialistas, empezó a escribir «Souvenirs et
Pensées», un libro que rápidamente fue traducido al Inglés. No
todos sus planteamientos políticos han resistido el paso del tiempo.
Pero sus reflexiones sobre su propia vocación religiosa y sobre
lo que él llamaba la «vocación cristiana de China» mantienen
una honda frescura. Su espíritu ecuménico también es impactante. Lejos
de suponer un problema para Lou, aseguraba que el «protestantismo
ha sido para mí una fase sin la que creo
que no me hubiera sido posible alcanzar el catolicismo».
De cualquier
forma, en una época en la que la duda de
ser plenamente católico y chino al tiempo se esparcía entre
los católicos del gigante asiático, tal vez la parte más
relevante del libro es aquella en la que explica cómo
sus compatriotas pueden «reconocerse con problemas en una institución que,
aún hoy, en su apariencia externa, latina y occidental, no
expresa completamente la profunda universalidad interna». Parte de su respuesta era
litúrgica. Veinte años antes del Concilio Vaticano II, Lou pidió
la introducción del chino en la liturgia. Sin embargo, apoyando
tanto la continuidad como la reforma, quería ver el uso
del lenguaje literario chino en la liturgia por «su profunda
belleza, su vigor y elegancia».
Otra parte de su respuesta se
refiere a su profunda devoción personal al Papado -una devoción
basada en los conceptos de piedad filial de Confucio- realizada
con recomendaciones prácticas basadas en parte en el estudio de
la lengua y la cultura chinas. La crítica de Lou
no era una mera teorización. En su séptima década de
vida, esperaba volver a casa para ser parte del renacimiento
monástico en China. Pero la incipiente guerra civil se lo
impidió y murió en 1949, poco antes de la Victoria
comunista.
Movido por un hondo sentido de la humildad y una
profunda espiritualidad, el hombre que había rechazado firmar el Tratado
de Versalles, terminó sus días como abad en Bélgica, orando
con estas palabras: «En todas las naciones de la tierra,
sea honrado y glorificado».
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