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Autor: Pedro Luis Llera | Fuente: Catholic.net La infección marxista en la Iglesia
Iglesia es el enemigo a batir por los marxistas de cualquier pelaje.
La infección marxista en la Iglesia
Una de las estrategias favoritas de los socialismos en sus
diversas variantes es la infiltración en cualquier tipo de movimiento
asociativo para manipularlo y utilizarlo a favor de sus propios
intereses partidistas: lo mismo les da las asociaciones de vecinos
que las de padres de alumnos. La Iglesia no iba
a ser menos. Más aún si tenemos en cuenta que
la Iglesia es el enemigo a batir por los marxistas
de cualquier pelaje. Para un socialista nada se opone más
a sus propósitos de transformación social que la Iglesia que
lleva siglos empeñada en defender la dignidad y la libertad
de las personas ante los ataques permanentes de quienes desde
el fanatismo ideológico (véase el nazismo o el estalinismo) o
religioso (el islámico, por ejemplo) tratan permanentemente de someter a
los ciudadanos. El objetivo al final es el control social
absoluto y la eliminación de cualquier alternativa democrática para perpetuarse
en el poder y colocar a los suyos en el
pesebre de un Estado que premia a los buenos (los
de la ceja) y margina a los disidentes (los demás
somos todos «fachas» o «tontos de los cojones» en palabras
del alcalde de Getafe).
Así surge en el postconcilio la teología
marxista. Para estos religiosos y seglares, Jesús es un personaje
histórico más que nada tiene que ver con el Cristo
de la fe. Este Jesús «rojo» — que se parecería
más a la momia de Lenin o al dichoso Che
Guevara — defiende a los pobres frente al opresor, encarnado
por el imperialismo romano y por la jerarquía sacerdotal del
judaísmo. Se trataría de un predicador de la liberación social,
económica y política. Es un Jesús que nada tiene que
ver con el presentado por la tradición eclesial que ha
traicionado el auténtico mensaje revolucionario del Nazareno.
A partir de ahí,
la interpretación de los evangelios se aparta del magisterio de
la Iglesia de manera radical: la resurrección, en realidad, es
un símbolo del recuerdo revolucionario que la muerte del Maestro
suscita en sus seguidores: Jesús viviría, por tanto, en el
recuerdo de sus discípulos del mismo modo que Pablo Iglesias
en el corazón de los socialistas. La resurrección sería una
interpretación de la comunidad primitiva y la Iglesia, un invento
de Pablo de Tarso. Pero nada de hablar de un
acontecimiento real: de eso nada. Lo mismo que los milagros
no son sino formas literarias de hablar, cargadas de metáforas
y símbolos, que nos hablan siempre de la liberación del
oprimido, pero nunca de nada que tenga que ver con
realidades sobrenaturales. Lo que importa es trasformar la realidad social:
lo inmanente. Así la transcendencia y el misterio religioso se
reduce a pura ideología política.
El pecado personal, para estos nuevos
heterodoxos (por no llamarlos directamente herejes), ya no existe. Lo
único importante es el pecado estructural. Es la sociedad capitalista
y consumista la que causa la muerte de los pobres.
Por lo tanto, lo que hay que transformar es la
sociedad. Y ya estamos con la revolución en danza, con
el fusil en la mano y con la dictadura comunista
como meta. Recuerden, por ejemplo, a los curas guerrilleros en
latinoamérica como aquellos que se metieron de cabeza en movimientos
marxistas como el Sandinismo. Vean lo que le pasó a
Ernesto Cardenal en Nicaragua: en pocos años ha pasado de
ser ministro del gobierno revolucionario, a perseguido y encausado por
su otrora camarada Daniel Ortega (político corrupto donde los haya
y con acusaciones de pederastia sobre su cabeza). Mal negocio
cuando se deja la cruz por el fusil. Por ese
camino, se cambia la esperanza cristiana por la utopía socialista,
la caridad fraterna y el servicio a los pobres por
la lucha de clases y la oración, los sacramentos y
la relación con Dios por el materialismo puro y duro.
Se
pervierten y se desacralizan así los sacramentos de la Iglesia.
El de la penitencia ya no sirve para que el
pecador pida perdón a Dios por sus faltas y se
convierte en una especie de catarsis colectiva en la que
nos arrepentimos públicamente de nuestro aburguesamiento y nuestra falta de
compromiso en la lucha por el cambio social. Y la
eucaristía deja ser el sacramento de nuestra fe: se deja
a un lado el misterio de la presencia real de
Cristo en el pan y el vino, para convertirla en
la fiesta de la unidad del pueblo que comparte los
frutos del trabajo humano, símbolo de esa nueva sociedad fraterna,
alternativa y anticapitalista. El caso de la tristemente famosa «parroquia»
de Entrevías resulta en esto paradigmática: ¿Qué más da el
pan eucarístico que las rosquillas, el ramadán que la cuaresma? El
juego de las medias verdades da sus frutos y estos
supuestos creyentes dan una y otra vez gato por liebre.
Resultado: crisis de vocaciones, secularización, división y confusión en los
fieles que ya no saben qué creer. ¿Por qué tantas
órdenes religiosas están al borde de desaparición por falta de
vocaciones? ¿Por qué no hay seminaristas? Pues porque cuando echo
de la barca a Cristo Resucitado, a la mínima tempestad
la lancha zozobra y los marineros se lanzan al agua;
porque cuando el sarmiento se separa de la vid, ya
no da fruto y no sirve para nada; porque cuando
la sal se vuelve sosa, se puede tirar a la
basura.
Cuando los curas o los religiosos o los seglares convierten
la fe en ideología y los sacramentos en un circo;
cuando se apartan de la comunión con la Iglesia, con
el Papa y con los obispos, el resultado no puede
ser más patético y desolador.
Hace unos días aparecía en Asturias
el Foro Gaspar García Laviada, que por si no lo
sabían, fue un cura guerrillero de origen asturiano que murió
en Nicaragua en plena revolución sandinista fusil en mano. El
nombre que han escogido ya lo dice todo: mal rollo.
Lo siento por don Carlos Osoro.
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