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Una científico decía que “debería haber un acuerdo de todos
los partidos políticos para que la ciencia esté por encima
de todo” y que “ni la política ni la religión
deberían interferir en la investigación científica”.
El doctor Josef Menguele
estaría de acuerdo. De hecho, en el campo de exterminio
de Auschwitz, Menguele también invocó a la ciencia para realizar
sus experimentos con seres humanos. Pero claro: es que los
judíos no eran humanos para los nazis. Tampoco los embriones
humanos lo son para algunos científicos modernos.
Las ciencias,
en particular las ciencias humanas, no pueden prescindir de la
trascendencia, afirmó Benedicto XVI al visitar la Universidad Pontificia
Gregoriana.
La aportación de la apertura a Dios constituye precisamente en
el desafío que deben afrontar en estos momentos las universidades
católicas, añadió en la sede de esta institución encomendada por
los papas a la Compañía de Jesús.
«hoy hay que tener
en cuenta el desafío de la cultura secular, que en
muchas partes del mondo tiende cada vez más, no sólo
a negar cada signo de la presencia de Dios en
la vida de la sociedad y de la persona, sino
que con diversos medios, que desorientan y ofuscan la recta
conciencia del ser humano, trata de corroer su capacidad de
escuchar a Dios», afirmó en su discurso.
Por este motivo,
«tampoco se puede prescindir de la relación con las otras
religiones, que sólo se revela constructivo si se evita toda
ambigüedad que debilite el contenido esencial de la fe cristiana
en Cristo único Salvador de todos los hombres y en
la Iglesia, sacramento necesario de salvación para toda la humanidad».
De
este modo, el obispo de Roma subrayó la importancia de
la enseñanza de las ciencias humanas, «porque, dado que conciernen
al ser humano, no pueden prescindir de la referencia a
Dios».
«El hombre, tanto en su interioridad como en su
exterioridad, no puede ser plenamente comprendido si no se le
reconoce abierto a la trascendencia».
«Privado de su referencia a Dios,
el ser humano no puede responder a los interrogantes fundamentales
que agitan y agitarán siempre su corazón en lo concerniente
al fin, y por tanto, al sentido de su existencia»,
reconoció.
«En consecuencia, ni siquiera es posible incorporar en la
sociedad aquellos valores éticos que por sí solos pueden permitir
una convivencia digna del ser humano», denunció.
«El destino del
ser humano sin su referencia a Dios no puede ser
sino la desolación de la angustia que conduce a la
desesperación», añadió.
«Solo si se hace referencia al Dios-Amor, que
se ha revelado en Jesucristo, el ser humano puede encontrar
el sentido de su existencia y vivir en la esperanza,
a pesar de la experiencia de los males que hieren
su existencia personal y la sociedad en la que vive».
«La esperanza ayuda a que el hombre no se cierre
en un nihilismo paralizador y estéril, sino que se abra
al compromiso generoso en la sociedad en que vive para
poderla mejorar», concluyó. |