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Autor: Fernando Pascual ¿Anticonceptivos? No, gracias
A los 40 años de la Humanae vitae, conviene saber superar una mentalidad, muchas veces contraria a la misma dignidad de la mujer
¿Anticonceptivos? No, gracias
Nos inquietan, justamente, los efectos que producen en el
clima, en las plantas, en los animales y en nosotros
mismos, los miles de gases que salen todos los días
de nuestras fábricas. Nos preocupan las consecuencias a corto y
largo plazo de los humos que desprenden nuestros coches, camiones
o motocicletas.
Pero a veces ponemos poca atención a otras sustancias
que se venden y se compran en el mercado, incluso
en farmacias “para la salud”, y que pueden implicar consecuencias
dañinas para la vida de quienes las consumen.
Curiosamente, entre esas
sustancias se han difundido y se siguen difundiendo todo tipo
de preparados químicos y hormonales que buscan, simple y sencillamente,
evitar que nazcan niños. El mecanismo es sencillo: las mujeres
tienen un ciclo hormonal que prepara el propio cuerpo para
que, si hay relaciones sexuales, pueda ser concebido un niño.
Entonces, si queremos que no nazca un niño, intervenimos sobre
este ciclo y sobre partes del cuerpo femenino, y así
evitamos el “problema”, un embarazo no deseado.
Al hacer uso de
estos instrumentos “médicos” no nos damos cuenta de que vamos
contra dos leyes elementales de la biología, que tienen una
clara importancia ecológica. La primera: el que haya un embarazo,
el que nazca un ser humano, no es algo “malo”
a evitar a cualquier precio, sino que es la ley
esencial según la cual hemos nacido cada uno de nosotros,
y según la cual nacerán hombres y mujeres mientras respetemos
los mecanismos que nos han permitido vivir en la tierra
durante varios miles de años.
Por lo mismo, frente a la
mentalidad que lleva a algunos a ver el embarazo y
el nacimiento sucesivo de un ser humano como son una
especie de amenaza o como un peligro, habría que volver
a descubrir la verdad profunda de la sexualidad: una apertura
a la vida que merece, precisamente por lo que vale
cada niño, el que las relaciones sexuales se tengan sólo
entre quienes se aman hasta el punto de que están
dispuestos a convertirse un día en “papá” y “mamá”, es
decir, entre los que viven casados con un compromiso sincero
y total.
Además, al usar anticonceptivos atentamos a otra ley fundamental
de la vida. Muchos grupos ecologistas protestan con pasión cuando
se dan cuenta de que estamos comiendo maíz “genéticamente modificado”,
es decir, maíz al que le ha sido alterado lo
más profundo de sus mecanismos biológicos: su ADN, sus cromosomas.
Protestan, además, cuando se dan cuenta de los peligros que
tienen para la atmósfera estos o aquellos gases. Protestan cuando
amenazamos la supervivencia de animales o plantas que nos gustaría
fuesen nuestros compañeros de camino en los siglos o milenios
que vaya a durar la vida humana en la tierra.
Pues
bien, los ecologistas deberían protestar cuando metemos en la mujer
(o en el hombre: quizá algún día lleguen a existir
anticonceptivos químicos y hormonales para hombres) sustancias que buscan solamente
que las cosas no funcionen bien, es decir, que el
ciclo de las hormonas, que tiene un ritmo natural de
regulación, sea alterado de un modo brutal por medio de
píldoras o de otros productos farmacéuticos, para evitar el que
pueda producirse un embarazo.
Actuar así implica hacer una violencia sobre
el cuerpo femenino cuyas consecuencias sólo podrán ser descubiertas a
largo plazo, pero que ya ahora nos permiten intuir que
algo no va bien en el recurso a estos sistemas
de “prevención”.
La verdad es que ya la naturaleza ha pensado,
desde hace milenios, las maneras y los modos de regular
los nacimientos humanos. El ciclo de fertilidad de la mujer
está “organizado” de tal modo que cada mes hay pocos
días potencialmente fecundos, y no siempre coinciden las relaciones sexuales
entre los esposos con esos días de fecundidad.
Es por eso
que se dan casos de parejas sanas fisiológicamente que no
llegan a tener hijos por periodos largos de tiempo, incluso
deseándolos, porque no han descubierto a fondo el ciclo femenino.
Es por eso que ha habido parejas que han podido
tener una abundante prole (casos de esposos con 20 hijos...)
porque las relaciones coincidieron precisamente con esos días fecundos. Es
por eso que otras parejas, a partir del conocimiento de
las señales de fecundidad de la esposa, logran “programar”, en
el máximo respeto de la mujer y de su sistema
natural e integridad psicológica y hormonal, los nacimientos en los
momentos mejores para todos (padres e hijos), cuando existen serios
motivos para actuar de esa manera.
La defensa de los valores
ecológicos no puede dejar de lado esta conquista fundamental del
valor del cuerpo femenino. La fertilidad no es ni puede
ser vista como una enfermedad. Iniciar el embarazo, acoger a
un hijo, no es lo mismo que tener un parásito
que provoca la malaria.
Por lo mismo, conviene superar una mentalidad,
muchas veces contraria a la misma dignidad de la mujer
y del hombre, que ha promovido el uso de los
anticonceptivos, para sustituirla con otra que promueva una visión más
responsable de la sexualidad humana y un mayor respeto a
la esposa y al esposo en su integridad y riquezas
biológicas, desde las cuales pueden llegar a ser madre y
padre de nuevos seres humanos.
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