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Autor: Mario Conti En la casa de los horrores de la bioética
A un bebé clonado, al igual que a cualquier niño recién nacido, se le debe todo el respeto y cariño a que tiene derecho todo ser humano
En la casa de los horrores de la bioética
Publicamos un artículo
escrito por el arzobispo de Glasgow, Mario Conti, sobre el
tema de la fertilización in vitro y la clonación, aparecido
la semana pasada en el Sunday Herald>
Cuando nació Louise
Brown, el primer bebé probeta del mundo, una de las
primeras personas que aseguraron que rezaría por la recién nacida
fue el relativamente poco conocido Patriarca de Venecia, Albino Luciani,
quien, pocos meses después, sería elegido Papa como Juan Pablo
I, un pontificado que duró 33 días.
Sus palabras fruncieron ceños.
¿Resultaba
apropiado que un mensaje así fuera pronunciado por un hombre
de Iglesia experimentado, dada la firme oposición de la Iglesia
precisamente a los procedimientos que dieron lugar al nacimiento del
bebé?
Reflexionando, parece claro que el Patriarca Luciani estuvo acertado al
ofrecer sus oraciones por el bienestar del bebé. Independientemente de
los procedimientos utilizados, el bebé era, y es, un ser
humano.
Viene este episodio a la mente cuando se anuncia que
ha nacido «baby Eve», presuntamente el primer bebé clonado del
mundo. A un bebé clonado, al igual que a cualquier
niño recién nacido, se le debe todo el respeto y
cariño a que tiene derecho todo ser humano.
Se ha cuestionado
en los últimos días la veracidad de este hecho. Me
uno a los innumerables científicos, moralistas y políticos del mundo
que esperan que este anuncio de clonación no sea más
que un truco publicitario de una obscura secta. El intento
de clonar a un ser humano es temido por el
peligro tanto en el proceso como en los resultados de
cara al bienestar físico y psicológico de la persona clonada.
Sin
embargo, no estaríamos considerando esta difícil cuestión si no fuera
por el hecho de que antes hemos traspasado algunos límites
morales antes de llegar a hacer un alto instintivo ante
el precipicio de la clonación reproductiva.
Un problema moral se ha
sucedido al otro.
El primer paso en este viaje de pesadilla
fue la aceptación por el gobierno británico de la fertilización
in vitro, es decir la producción de seres humanos en
una probeta. Con frecuencia se olvida que por cada niño
nacido usando estas técnicas, varios embriones morirán, serán congelados o
destruidos en el proceso.
Y se dio un paso aún más
siniestro cuando el mismo gobierno permitió la experimentación destructiva sobre
embriones humanos.
El paso siguiente consistió en tomar células-madre de los
que han sido espantosamente calificados como «embriones superfluos», destruyéndolos en
el proceso. Estos procesos, a su vez, prepararon el camino
de la así llamada «clonación terapéutica» --la creación de embriones
humanos por un periodo máximo de 14 días, a los
que después se mata para sustraer sus células-madre.
Apenas hace unas
semanas, el Sunday Herald revelaba la posibilidad de que se
dé un auténtico comercio de embriones humanos. Revelaba que «el
Consejo de Investigación Médica, que erigió el Banco de Células
Madre del Reino Unido para almacenar células de recambio para
partes del cuerpo, ha escrito a clínicas de fertilización in
vitro pidiéndoles que contraten a una enfermera coordinadora, cuya misión
consistiría en animar a los pacientes a donar sus embriones
para la investigación de células-madre». Este mercado incipiente de vidas
humanas parece abrir un nuevo espacio en esta casa de
los horrores bioética.
Con razón manifestó públicamente su preocupación el Dr.
Ian Gibson, Jefe del Comité de Ciencia y Tecnología de
los Comunes. Admiro su coraje al enfrentarse al Consejo de
Investigación Médica, cuestionando su propuesta.
Sin embargo, abrigaría la esperanza de
que su preocupación se extendiera más allá de un comercio
de embriones humanos hasta la propia idea de proveer con
embriones humanos a la investigación médica. Todos los pasos, antes
puestos de relieve, han sido dados sobre la base de
una ética meramente utilitaria. Cuando los seguidores de una ética
similar encuentran que un camino de acción concreto es útil,
lo describen como bueno. La motivación es generalmente el sentimiento.
Para mí significa no causar dolor a nadie y llevar
la felicidad a los demás.
Cierto, el sentimiento es meramente subjetivo,
y el juicio de llevar la felicidad a los demás
es notoriamente relativo. Tales argumentos indudablemente sirven a propósitos comerciales
pero no dan una base para una legislación válida que
tiene ante sí el beneficio de una comunidad más amplia.
Me dirán --y me lo han dicho investigadores médicos-- que
un embrión en esa etapa es solamente una burbuja de
células. Me dirán que estaría poniendo trabas a la investigación
que es necesaria para curar algunas enfermedades genéticas.
Sin embargo, hay
otras fuentes de células-madre, por ejemplo la placenta o el
cordón umbilical, e incluso la médula ósea de un adulto.
Sólo hace dos semanas los científicos de la Universidad de
Rostock en Alemania informaban de la utilización de inyecciones de
células-madre para ayudar en la recuperación de víctimas de ataques
al corazón. Las células-madre se han obtenido de la propia
médula ósea de los pacientes.
Es cierto que a nadie le
gusta que le digan que está actuando mal, especialmente cuando
se tiene una buena motivación, pero están actuando mal. En
todos estos casos los científicos están sometiendo a seres humanos,
aunque sean jóvenes, a procedimientos destructivos: fabrican un embrión, un
ser humano en un estado incipiente, para convertirlo en medicina
para otro ser humano.
Por supuesto, el argumento del sentimiento --en
caso de que sea la base de la filosofía moral
de alguien-- es irrebatible. El embrión de 14 días no
siente dolor, mientras que el embrión desarrollado, antes y después
del nacimiento sí. Pero fue el sentimiento --o más bien
la falta de él-- lo que permitió al régimen nazi
decidir y llevar a cabo una horrible política de liquidación
del pueblo judío. Y muchos otros horrores a través de
la historia, incluso de la historia reciente, se han basado
en argumentos meramente utilitarios, o en una filosofía que había
subyugado, por toda una serie de motivos, a un grupo
de seres humanos al beneficio de otros.
El único principio válido
que hemos conocido para lograr una ley equitativa y la
defensa de la vida humana es que ningún ser humano
individual es prescindible. O para decirlo de una manera más
tradicional: no se debe matar a ningún inocente.
Y esto, sorprendentemente,
y a pesar de todas estas aberraciones, constituye todavía el
fundamento de nuestras leyes.
Cuando este principio se ignora, incluso en
su forma más debilitada, no progresamos, sino más bien retrocedemos
como personas civilizadas.
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