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La clonación humana se mueve en el terreno de la
Biotecnología. Esto desata una vehemente discusión acerca de la legitimidad
de las intervenciones sobre seres humanos. A continuación, transcribimos una
conversación con Robert Spaemann[1], uno de los más destacados defensores
de la vida, conducida por Susanne Kummer, publicada en el
periódico austríaco "Die Furche" y traducida del alemán por el
profesor José María Barrio Maestre
En la discusión sobre la clonación
terapéutica entra en juego la ponderación de los respectivos bienes.
¿Es defendible, desde el punto de vista ético, matar embriones
a cuenta de la posible curación de enfermedades?
Todas nuestras acciones
están sujetas a la ponderación de los bienes en juego.
Pero ciertas omisiones son indispensables porque hay acciones que nunca
deben ser realizadas. Si alguien me cuenta, por ejemplo, de
un campo de concentración en el que se tortura, entonces
ya no tengo que preguntar quién es torturado y por
qué motivo, sino que puedo decir sin más que eso
que ha sucedido es malo. Si afirmamos que los embriones
son seres humanos, entonces está claro que no puede haber
motivo alguno para intervenir sobre ellos empleándolos como objetos auxiliares
para otros hombres. Sin embargo, hay quien asevera que no
puede atribuirse al embrión la dignidad humana.
¿Qué autoriza a atribuir
el carácter espiritual al embrión, y con ello considerarle acreedor
de la dignidad humana?
La experiencia de que cada hombre ha
empezado de esa manera. Si el mundo sólo estuviera compuesto,
por una parte, de hombres adultos que nunca fueron embriones
y, por otra, de embriones que nunca crecerán, entonces podríamos
afirmar: cabe prescindir de los embriones. Salta a la vista
que carecen en sí mismos de la aptitud para desarrollar
un ser inteligente. Pero esto sin duda no es así.
Desde nuestro comienzo biológico ya somos seres espirituales. Todo hombre
dice: he nacido en tal o cual fecha. Y la
madre habla al hijo de lo que le ocurría “cuando
tú pataleabas en mi vientre”. Para quienes sólo reconocen el
ser personal a partir del comienzo de la actividad autoconsciente,
este modo de expresarse resultaría completamente equívoco. Ellos deberían decir:
“en aquel momento nació un organismo que más tarde llegaría
a ser el sustrato de una autoconciencia, a saber, de
la mía”. La propia formulación nos muestra lo artificial que
resulta la disección de cuerpo y alma. Es como si
primero hubiera una máquina carente de espíritu en la que
éste se introduce en un momento dado.
Vd. ha discutido duramente
la tesis del ex-ministro alemán de Cultura Nida-Rümelin, para quien
la dignidad de la persona humana está asociada a su
capacidad de autoestima…
Si así fuera, tal como argumenta el Sr.
Nida-Rümelin, habría que concluir que el hombre, aunque haya nacido,
todavía no posee ningún derecho humano, ya que en el
momento de nacer carece de autoconciencia y no es capaz
de autoestima alguna. Cabría incluso matar a niños de un
año. Algunos han propuesto tomar como límite el momento del
nacimiento. Mi objeción es la siguiente: ¿qué sucede entonces con
un parto prematuro? ¿No merece ser protegido en el seno
materno un niño de siete meses? En ese caso, el
lugar más peligroso para el ser humano sería el seno
materno, y sólo cabría desear que en lo posible todos
vengamos al mundo mediante un parto prematuro. Esto es perverso.
Todavía
está prohibido el diagnóstico preimplantatorio, pero se está abogando por
él. ¿Existe algún derecho a tener un hijo sano?
Existe el
justo deseo de tener un hijo sano, pero derecho propiamente
no hay. Aquí se emplea un lenguaje torticero. “Derecho a
un hijo sano” es una fórmula sugestiva con la que
se discurre como si existiera la posibilidad de convertir en
sano a un niño enfermo. En principio esto suena fantástico,
pero en realidad la cuestión es completamente otra: ¿está permitido
matar a un niño enfermo para tener uno sano? Naturalmente,
este derecho no existe.
Muchos argumentan que la praxis del aborto
elimina de facto la protección al embrión, de suerte que
ya no es necesario apelar a ella. ¿Cómo juzga Vd.
esta línea argumental?
En una sentencia todavía en vigor, el derecho
constitucional alemán ha establecido que la vida humana debe ser
protegida desde el primer momento de la concepción. En todo
caso, en lo que se refiere a lo que el
Tribunal Constitucional desarrolla en torno a las disposiciones jurídicas relativas
al aborto, hoy ya no puede darse una seguridad completa.
Hoerster ha señalado, con razón, esta contradicción. Sin embargo, a
mi juicio es inadmisible apelar a dicha contradicción para concluir
que se debe renunciar a la primera premisa, es decir,
la que se refiere a la protección de la vida,
puesto que las disposiciones legales más recientes no están en
consonancia con ella. ¿No será precisamente al revés? No es
falso el principio de la protección a la vida, sino
justamente las regulaciones legales posteriores.
¿Acaso no está el médico en
peligro de entrar en un dilema moral si se opone
a determinadas terapias?
La cuestión de hoy es la siguiente: ¿cómo
entienden los médicos su propio trabajo? ¿Continúan firmemente sujetos a
la ética médica tradicional según la cual deben ayudar a
promover la vida, y no a destruirla? Hablar de dilema
induce a error. No se trata de si el médico
puede ser culpable o no. No hay ninguna culpabilidad necesaria.
Si yo no presto una ayuda que no puedo prestar,
entonces no soy culpable. Si yo sólo puedo ayudar a
un hombre matando a otro, desde luego no puedo ayudarle.
No soy culpable si no lo hago. No soy alguien
como Dios, que pueda responder de todo.
¿Existen en su opinión
omisiones necesarias?
Sí. En la historia de la ética europea, ya
desde los griegos existe la convicción de que al hombre
no le está permitido hacer ciertas cosas; de que hay
acciones que no admiten deliberación. Esto siempre nos lleva a
aquella sencilla fórmula: el fin no justifica los medios. Nos
hemos hecho a un concepto hipertrofiado de la responsabilidad, como
si alguien pudiera ser responsable de todo lo que sucede.
Esto no es cierto. Sólo somos responsables de lo malo
que nosotros mismos hemos hecho, o de lo que nosotros
hubiéramos podido impedir con medios lícitos.
La llamada a la ética
hoy es más sonora que nunca. Sin embargo, no pocos
piensan que la ética va renqueando, o en todo caso
que mira siempre hacia atrás en vez de ir por
delante…
Pienso que esa demanda de ética es incluso peligrosa. En
realidad, se trata de una llamada a los especialistas en
ética. Éstos deben decir hasta dónde se puede llegar. A
mi juicio se ha producido una cierta perversión de lo
que entendemos por ética. El ethos es algo que impregna
y sostiene al hombre, lo que mantiene una comunidad humana.
El ethos no se puede construir. Me parecen sin sentido
fórmulas como, por ejemplo, la empleada por Hans Küng: “proyecto
de ética mundial” (Projekt Weltethos). El ethos no puede ser
un proyecto, puesto que se necesita para poder elaborar cualquier
proyecto. El problema ante el que hoy nos enfrentamos estriba
en que el ethos tradicional se compone de normas de
actuación que, a la vista de las nuevas situaciones, no
parece que se puedan sostener. En tales casos hay que
volver a las intuiciones fundamentales que sirven de base a
nuestra actuación. No necesitamos un nuevo ethos, sino nuevas normas
de aplicación de aquel que siempre nos ha servido para
saber lo que era bueno o malo. No necesitamos médicos
y expertos en moral; lo que hace falta es que
haya médicos con moralidad.
¿Está Vd. entonces en contra de la
bioética como rama especial de la ética?
La bioética no puede
ser algo diferente que la aplicación de las intuiciones éticas
fundamentales a situaciones cada vez más complejas. En esto, desde
luego, hace falta gente especialista. Pero es importante no equivocarnos
aquí: sólo porque haya gente que se ocupa de bioética
no quiere decir que puedan saberlo todo. Si parten de
un supuesto falso, obtendrán conclusiones igualmente falsas.
¿Qué recomendaciones daría Vd.
al legislador?
Hay reglas muy sencillas. El legislador debe atenerse al
principio fundamental de que no se debe matar seres humanos
al comienzo de su existencia con el fin de que
otros seres humanos puedan vivir mejor. El argumento de que
al fin y al cabo esto ya pasa en el
extranjero está muy gastado. Del hecho de que realmente lo
malo suceda no puede inferirse que nosotros también tengamos que
hacerlo. La dignidad humana no constituye el mal como imposible
sino como injusto. Por otra parte, el legislador debería impedir
de manera estricta toda iniciativa de programar la identidad de
las generaciones futuras.
* * *
[1] Robert Spaemann es profesor emérito
de la Universidad de Munich. Ha sido profesor visitante en
las Universidades de Río de Janeiro, Salzburgo, París (La Sorbona),
Berlín, Hamburgo, Zurich o Moscú. También se le ha galardonado
con diversas distinciones: doctor honoris causa por las Universidades de
Friburgo (Suiza), Santiago de Chile, Universidad Católica de América y
Universidad de Navarra. Ha recibido también la Medalla Tomás Moro
(1982) y la Cruz del Mérito de Alemania (1ª clase,
1987). Asimismo, es "Officier de L"Ordre des Palmes Academiques" (1988),
miembro fundador de la Academia Europea de las Ciencias y
de las Artes y miembro de la Academia Pontificia Pro
Vita en Roma. Su obra está principalmente dedicada al ámbito
de la filosofía práctica. Destacan sus escritos Crítica de las
utopías políticas (1977, 1980), Ética: Cuestiones fundamentales (1987), Lo natural
y lo racional: Ensayos de antropología (1987, 1989), Felicidad y
benevolencia (1991) y Personas: Acerca de la distinción entre algo
y alguien (1996, 2000). |