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Autor: Cardenal Franjo SEPER, Prefecto y Jerôme HAMER, arzobispo titular de Lorium, Secretario | Fuente: Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual, Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe La masturbación
Con frecuencia se pone hoy en duda, o se niega expresamente, la doctrina tradicional según la cual la masturbación constituye un grave desorden mora
Con frecuencia se pone hoy en duda, o se niega
expresamente, la doctrina tradicional según la cual la masturbación constituye
un grave desorden moral. Se dice que la sicología y
la sociología demuestran que se trata de un fenómeno normal
de la evolución de la sexualidad, sobre todo en los
jóvenes, y que no se da falta real y grave
sino en la medida en que el sujeto ceda deliberadamente
a una autosatisfacción cerrada en sí misma (ipsación); entonces sí
que el acto es radicalmente contrario a la unión amorosa
entre personas de sexo diferente, siendo tal unión, a juicio
de algunos, el objetivo principal del uso de la facultad
sexual.
Tal opinión contradice la doctrina y la práctica pastoral de
la Iglesia católica. Sea lo que fuere de ciertos argumentos
de orden biológico o filosófico de que se sirvieron a
veces los teólogos, tanto el Magisterio de la Iglesia, de
acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de
los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación
es un acto intrínseca y gravemente desordenado 19. La razón
principal es que el uso deliberado de la facultad sexual
fuera de las relaciones conyugales normales contradice esencialmente a su
finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine. Le
falta, en efecto, la relación sexual requerida por el orden
moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la
mutua entrega y de la procreación humana en el contexto
de un amor verdadero 20. A esta relación regular se
le debe reservar toda actuación deliberada de la sexualidad. Aunque
no se puede asegurar que la Sagrada Escritura reprueba este
pecado bajo una denominación particular del mismo, la tradición de
la Iglesia ha entendido, con justo motivo, que está condenado
en el Nuevo Testamento cuando en él se habla de
"impureza", de "lascivia" o de otros vicios contrarios a la
castidad y a la continencia.
Las encuestas sociológicas pueden indicar
la frecuencia de este desorden según los lugares, la población
o las circunstancias que tomen en consideración. Pero entonces se
constatan hechos. Y los hechos no constituyen un criterio que
permita juzgar del valor moral de los actos humanos 21.
La frecuencia del fenómeno en cuestión ha de ponerse indudablemente
en relación con la debilidad innata del hombre a consecuencia
del pecado original; pero también con la pérdida del sentido
de Dios, con la depravación de las costumbres engendrada por
la comercialización del vicio, con la licencia desenfrenada de tantos
espectáculos y publicaciones; así como también con el olvido del
pudor, custodio de la castidad.
La sicología moderna ofrece diversos
datos válidos y útiles en tema de masturbación para formular
un juicio equitativo sobre la responsabilidad moral y para orientar
la acción pastoral. Ayuda a ver cómo la inmadurez de
la adolescencia, que a veces puede prolongarse más allá de
esa edad, el desequilibrio síquico o el hábito contraído pueden
influir sobre la conducta, atenuando el carácter deliberado del acto,
y hacer que no haya siempre falta subjetivamente grave. Sin
embargo, no se puede presumir como regla general la ausencia
de responsabilidad grave. Eso sería desconocer la capacidad moral de
las personas.
En el ministerio pastoral deberá tomarse en cuenta, en
orden a formar un juicio adecuado en los casos concretos,
el comportamiento de las personas en su totalidad; no sólo
en cuanto a la práctica de la caridad y de
la justicia, sino también en cuanto al cuidado en observar
el precepto particular de la castidad. Se deberá considerar en
concreto si se emplean los medios necesarios, naturales y sobrenaturales,
que la ascética cristiana recomienda en su experiencia constante para
dominar las pasiones y para hacer progresar la virtud.
Pecado grave
y opción fundamental
El respeto de la ley moral en el
campo de la sexualidad, así como la práctica de la
castidad, no se ven poco comprometidos, sobre todo en los
cristianos menos fervorosos, por la tendencia actual a reducir hasta
el extremo, al menos en la existencia concreta de los
hombres, la realidad del pecado grave; si no es que
se llega a negarla. Algunos llegan a afirmar que el
pecado mortal que separa de Dios sólo se verifica en
el rechazo directo y formal de la llamada de Dios,
o en el egoísmo que se cierra al amor del
prójimo completa y deliberadamente. Sólo entonces tendría lugar una opción
fundamental, es decir, una de aquellas decisiones que comprometen totalmente
una persona, y que serían necesarias para constituir un pecado
mortal. Por ella tomaría o ratificaría el hombre, desde el
centro de su personalidad, una actitud radical en relación con
Dios o con los hombres. Por el contrario, las acciones
que llaman periféricas (en las que niegan que se dé
por lo regular una elección decisiva), no llegarían a cambiar
una opción fundamental. Y tanto menos, cuanto que, según se
observa, con frecuencia proceden de los hábitos contraídos. De esta
suerte, esas acciones pueden debilitar las opciones fundamentales, pero no
hasta el punto de poderlas cambiar por completo. Ahora bien,
según esos autores, un cambio de opción fundamental respecto de
Dios ocurre más difícilmente en el campo de la actividad
sexual donde, en general, el hombre no quebranta el orden
moral de manera plenamente deliberada y responsable, sino más bien
bajo la influencia de su pasión, de su debilidad, de
su inmadurez; incluso, a veces, de la ilusión que se
hace de demostrar así su amor por el prójimo. A
todo lo cual se añade con frecuencia la presión del
ambiente social. Sin duda que la opción fundamental es la
que define en último término la condición moral de una
persona. Pero una opción fundamental puede ser cambiada totalmente por
actos particulares, sobre todo cuando éstos hayan sido preparados, como
sucede frecuentemente, con actos anteriores más superficiales. En todo caso,
no es verdad que actos singulares no son suficientes para
constituir un pecado mortal. Según la doctrina de la Iglesia,
el pecado mortal que se opone a Dios no consiste
en la sola resistencia formal y directa al precepto de
la caridad; se da también en aquella oposición al amor
auténtico que esté incluida en toda transgresión deliberada, en materia
grave, de cualquiera de las leyes morales. El mismo Jesucristo
indicó el doble mandamiento del amor como fundamento de la
vida moral. Pero de ese mandamiento depende toda la ley
y los profetas 22; incluye, por consiguiente, todos los demás
preceptos particulares. De hecho, al joven rico que le preguntaba:
"¿qué de bueno haré yo para obtener la vida eterna?",
Jesús le respondió: "Si quieres entrar en la vida eterna,
guarda los mandamientos...: no matarás, no adulterarás, no hurtarás, no
levantarás falso testimonio; honra a tu padre y a tu
madre y ama al prójimo como a ti mismo" 23.
Por lo tanto, el hombre peca mortalmente no sólo cuando
su acción procede de menosprecio directo del amor de Dios
y del prójimo, sino también cuando consciente y libremente elige
un objeto gravemente desordenado, sea cual fuere el motivo de
su elección. En ella está incluido, en efecto, según queda
dicho, el menosprecio del mandamiento divino; el hombre se aparta
de Dios y pierde la caridad. Ahora bien, según la
tradición cristiana y la doctrina de la Iglesia, y como
también lo reconoce la recta razón, el orden moral de
la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados,
que toda violación directa de este orden es objetivamente grave
24. Es verdad que en las faltas de orden sexual, vista
su condición especial y sus causas, sucede más fácilmente que
no se les de un consentimiento plenamente libre; y eso
invita a proceder con cautela en todo juicio sobre el
grado de responsabilidad subjetiva de las mismas. Es el caso
de recordar en particular aquellas palabras de la Sagrada Escritura:
"El hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón"
25. Sin embargo, recomendar esa prudencia en el juicio sobre
la gravedad subjetiva de un acto pecaminoso particular no significa
en modo alguno sostener que en materia sexual no se
cometen pecados mortales. Los Pastores deben, pues, dar prueba de paciencia
y de bondad; pero no les está permitido ni hacer
vanos los mandamientos de Dios, ni reducir desmedidamente la responsabilidad
de las personas: "No menoscabar en nada la saludable doctrina
de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las
almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia
y de la bondad de que el mismo Señor dio
ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para
juzgar, sino para salvar, El fue ciertamente intransigente con el
mal, pero misericordioso con las personas" 26.
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